Los Evangelios son auténticamente históricos y fiables


Sobre la Divinidad de Jesucristo, una conclusión básica se puede establecer más allá de toda duda razonable: Jesucristo es el único fundador de una religión quien afirmó ser Dios encarnado. Que él murió a causa de esa afirmación también es evidente.

Los Evangelios, son el registro dejado por los apóstoles. Pero ¿son los Evangelios históricamente exactos? o, como algunos han afirmado, ¿fueron sus textos alterados por algunos cristianos en los primeros siglos? ¿Cómo se puede establecer más allá de toda duda razonable la autenticidad de los documentos históricos que nos informan sobre la vida de Jesucristo?

Ha sido solo en los últimos doscientos años que los escépticos (enemigos de la Iglesia mayormente) han arrojado dudas sobre la autenticidad de los Evangelios. Es decir, por más de un milenio y medio todos los cristianos han aceptado su historicidad sin duda alguna. ¿Quién tiene la razón?

En primer lugar, hay un principio básico de justicia natural que debemos considerar: el trabajo de recolectar pruebas y evidencia recae en el acusador, no en el defensor. En otras palabras, los escépticos deben presentar su evidencia si quieren convencernos de cambiar de opinión sobre la verdad de los evangelios y no al revés.

Solo porque ellos dudan, no significa que su duda tenga valor en absoluto, ese es solo su problema. Si pueden presentar argumentación objetiva, pruebas confiables – no solo más dudas para reforzar las dudas anteriores -, entonces uno puede darles alguna consideración. De otra manera, es como ser considerado culpable hasta demostrar que es inocente.

Autenticidad, historicidad y fiabilidad del Nuevo Testamento

Hay tres campos de investigación: textual,literario y teológico.

El campo textual investiga la autenticidad de los textos de libros históricos. Los estudiosos del Nuevo Testamento estudian los documentos griegos más antiguos con el fin de descubrir cualquier discrepancia entre ellos. Luego consultan las traducciones más antiguas, en latín, copto, Siríaco, árabe, etc., para averiguar si los textos son lo suficientemente antiguos, independientes y lo suficientemente aproximados en sus lecturas para demostrar que son lo que realmente escribieron San Mateo, San Marcos o los demás.

De esta manera, evalúan la acusación – infundada hasta el día de hoy, – que señala, que los cristianos manipularon textos en siglos posteriores. La conclusión de la mayoría de los académicos de renombre, es que esos libros son lo que dicen ser, a saber, los escritos de los apóstoles y sus asociados cercanos, y no, como afirman las acusaciones gratuitas; falsificaciones o escritos reunidos siglos después de la muerte de los Apóstoles.

También es gratuito afirmar que los Evangelios cristianos son básicamente retratos de Espiritualidad y religión de los apóstoles en lugar de la del mismo Jesús. Aquí no es nuestra tarea profundizar en el mismo complicado campo de opiniones contradictorias entre los eruditos bíblicos. Es suficiente para nosotros, los no académicos, darnos cuenta de que no hay motivos para suponer que los escritos del Nuevo Testamento no son auténticos. Todo lo contrario, como demostrarán algunos argumentos.

En primer lugar, todos los originales se han perdido. Estos fueron los únicos textos aceptados como inspirados por los primeros cristianos. Todo lo que tenemos son copias de copias de copias. ¿Qué tan confiables son esos textos?

Debemos considerar el número de documentos menciones y manuscritos, el intervalo de tiempo entre las copias y los originales, y la integridad de los textos. Hay otros elementos de naturaleza literaria-crítica y teológica, pero se refieren a un área muy especializada de investigación, que va mucho más allá del espectro de este artículo.

1. El número de documentos y manuscritos.

¿Por qué es importante el número de documentos?

Cuantas más copias haya, mejor. Así será mayor será la concordancia entre sus diversos textos en los diferentes idiomas. Cuantas más copias se parezcan al original básico, mejor.

Por ejemplo, hasta el día de hoy existen copias antiguas del Nuevo Testamento en griego, latín antiguo, latín, Etíope, eslavo, armenio, siríaco y árabe, para un total de más de 24,000 documentos, de los cuales 5,000 están en solo griego. Esos eran textos muy independientes en diferentes idiomas y fueron leídos por personas de diferentes culturas, pero siempre llevaban el mismo mensaje.

Las diferencias de alguna importancia entre ellas es tan poca, que no llega a ser significativa.

2. El intervalo de tiempo entre las copias y los originales

La antigüedad de los documentos existentes es importante. Cuanto más antigua sea la copia, menos probable es que alguien pueda haber corrompido el manuscrito original. Entonces, ¿cuántos años tienen los documentos?

Todos los eruditos bíblicos de renombre, tanto católicos como protestantes, han acordado que las mejores y más antiguas copias datan del siglo IV d. C.

Hay dos de estas: el Codex Sinaiticus y el Codex Vaticanus. Estos se llaman «textos neutrales» porque son copias directas sin glosas ni comentarios. Estos textos son documentos básicos para un estudio serio de la Biblia, y además los estudiosos rara vez se apartarán de ellos en favor de uno más reciente.

La antigüedad y la autoridad de estos documentos recibió una notable confirmación en 1955, cuando una familia copta en Egipto, vendió un texto de papiro a un coleccionista occidental. Este papiro contiene casi todos los primeros 14 capítulos del Evangelio de San Juan, más fragmentos de los capítulos 15-21. Los papirólogos acordaron por unanimidad que el texto se remontaba al año 200, «con total certeza.”

San Juan escribiendo el libro del Apocalipsis.

Fue una confirmación notable de que el texto básico de la Biblia que tenemos hoy, tomado de los dos documentos antiguos del siglo cuarto, es al menos 200 años mayor de lo que se pensaba anteriormente, datando muy cerca de la época de los apóstoles mismos, autores de los textos originales.

Esto fue algo así como el descubrimiento de los Rollos del Mar Muerto. Antes de su descubrimiento, los manuscritos más antiguos del Antiguo Testamento databan del año 900 d. C.

¿Podemos saber que el Antiguo Testamento ha sido correctamente copiado de los originales, digamos, por ejemplo, el libro de Isaías, el gran profeta hebreo, 1,500 años a partir del original y la primera copia? Ahora con los Rollos del Mar Muerto, se encontró una copia completa del libro de Isaías, en el que las únicas diferencias son de resbalones obvios de la pluma y la ortografía.

¡El mensaje es el mismo! La comunidad Qumran, del primer siglo, tenía el mismo texto que tenemos hoy. Pero hay más; otros documentos del Nuevo Testamento que se remontan incluso antes del año 200, han salido a la luz:

-Los papiros de Chester Beatty (155 d.C.) y el Manuscrito de John Ryland (130 d.C.).

Teniendo en cuenta que el último apóstol murió el año 100, solo tenemos una brecha generacional. En términos históricos, es extremadamente improbable que en tan poco tiempo, hubiese una corrupción generalizada del texto original y nadie lo notase.

También debemos tener en cuenta que ser cristiano en aquellos días, era ser candidato al martirio. Cualquiera que fuere encontrado con un manuscrito cristiano, debía entregarlo para que fuese destruido, o peor aún, debía destruirlo uno mismo. Uno no arriesga su vida por un texto inventado por uno.

Ahora comparemos esta autenticidad con otros documentos históricos aceptados. Recuerde, hay más de 24,000 copias antiguas del Nuevo Testamento.

Tome por ejemplo los escritos de Homero (643 copias enteras o parciales de su Ilíada), Demóstenes (200), Sófocles, (193), Aristóteles (49), Tácito (20), César (10), Heródoto (8), Plinio (7). Estos documentos, por mucho, se remontan a la Edad Media. Pero los historiadores generalmente no tienen ningún problema con eso; están satisfechos con su autenticidad histórica. Compare esa situación con el Nuevo Testamento – 24,000 copias en muchos idiomas que transmiten el mismo mensaje, que dan un testimonio sólido de la autenticidad del Nuevo Testamento.

Por otra parte, los escritos de los primeros Padres de la Iglesia, algunos que datan de antes del final del primer siglo, cuando el último apóstol todavía estaba vivo, cita del Nuevo Testamento tan extensamente y con tal precisión que no es razonable suponer una corrupción en el texto.

Para terminar, historiadores paganos y judíos como Tácito, Suetonio y Josefo todos hacen referencia a Jesús y el comienzo del cristianismo, como hicieron funcionarios del gobierno, como Plinio el joven.

En conclusión, los escritos del Nuevo Testamento, como nosotros los conocemos hoy son, desde el punto de vista la precisión textual, bastante confiables. No son, como afirman aquellos que se oponen a la autenticidad de los escritos del Nuevo Testamento, afirmaciones sin ninguna prueba satisfactoria, ni meras falsificaciones escritas siglos después de la muerte de los apóstoles. Su autenticidad textual es suficiente para refutar a sus detractores, pero más pruebas lógicas pueden ser agregadas para demostrar que los escritos del Nuevo Testamento son lo que dicen ser, los escritos de Apóstoles y sus asociados más cercanos.

Jerusalén, Jerusalén

La destrucción del Templo de Jerusalén por las legiones romanas en el año 70 d. C. fue el acontecimiento histórico más trascendental del primer siglo del cristianismo. Fue impactante no solo para los cristianos, sino especialmente para los enemigos del cristianismo, el Sanedrín judío y su cohorte de fariseos, saduceos, herodianos, fanáticos, escribas y publicanos.

Su Templo sagrado fue completamente destruido, su santuario reducido a cenizas y escombros. También perdieron sus documentos históricos, sobre todo el registro sagrado del sacerdocio, sin el cual nadie podría afirmar ser sacerdote y ofrecer sacrificios de manera adecuada. No es de extrañar que a este día no hay sacrificio en la adoración judía, solo oraciones en las sinagogas. El templo, el altar, el sacerdocio, todo se perdió. Dios permitió que los romanos destruyeran los sacrificios judíos para siempre. Fue una derrota asombrosa para los enemigos del cristianismo, especialmente porque Jesús mismo había previsto esa destrucción de la ciudad santa:

“¡Jerusalén, Jerusalén, la que mata a los profetas y apedrea a los que le son enviados! ¡Cuántas veces he querido reunir a tus hijos, como una gallina reúne a sus pollos bajo las alas, y no habéis querido!”

Mateo, 23

“Salió Jesús del Templo y, cuando se iba, se le acercaron sus discípulos para mostrarle las construcciones del Templo. Pero él les respondió: «¿Veis todo esto? Yo os aseguro no quedará aquí piedra sobre piedra que no sea derruida.”

Mateo, 24

“«Cuando veáis, pues, la abominación de la desolación, anunciada por el profeta Daniel, erigida en el Lugar Santo (el que lea, que entienda), entonces, los que estén en Judea, huyan a los montes;”

Mateo, 24

El sacrilegio desolador del que se habla en Daniel, fue la profanación del Templo por Antíoco IV, quien ocupó el templo y erigió ídolos de dioses falsos en el altar de los holocaustos (I Macabeos 1:57).

“«Cuando veáis a Jerusalén cercada por ejércitos, sabed entonces que se acerca su desolación.”

Lucas, 21

Una nueva abominación tuvo lugar cuando los romanos ocuparon y destruyeron el templo. Más tarde, Adriano erigió una estatua a Júpiter en medio de las ruinas.

El historiador judío Flavio Josefo, quien vivió durante el evento, escribió en su obra Las Guerras Judías que un millón cien mil personas murieron durante el asedio de Jerusalén. La ciudad estaba entonces llena de peregrinos que habían llegado a celebrar la Pascua, como en el año 33 d.C. y relata además los terrible eventos que tuvieron lugar durante la toma de la ciudad.

¿Y entonces? uno puede preguntar. La profecía de Jesús se cumplió al pie de la letra. Fue, si así se quiere, la mayor reivindicación de la verdad de la profecía y el mensaje de Jesús y la derrota total del Sanedrín, su mayor enemigo, sin embargo, no se menciona en el Nuevo Testamento.

Si los evangelios fueron escritos siglos después de Jesús, ¿por qué los Apóstoles no hicieron uso de esa información? – La destrucción del Templo – a fin de demostrar a los nuevos conversos, especialmente a los conversos judíos, que la ley mosaica ya no era vinculante.

Evidentemente, el Nuevo Testamento fue escrito antes del evento, antes del año 70 d.C. Una vez más, si los apóstoles o sus sucesores hubieran querido alterar el texto, este hubiese sido el motivo perfecto para hacerlo: demostrar que Jesús era un profeta, que la Cruz había triunfado sobre el Sanedrín, que sus verdugos habían sido aplastados y dispersados. Pero no, el gran evento aún no había tenido lugar cuando se estaba escribiendo el Nuevo Testamento.

Ningún escritor del Nuevo Testamento jugó esta carta ganadora, fundamental. Los únicos templos de los que habla San Pablo son el gran Templo del cuerpo de Cristo, la Iglesia y el pequeño templo del Espíritu Santo, nuestros propios cuerpos.

En la carta a los Hebreos, que la tradición atribuye a San Pablo, el autor se esfuerza minuciosamente por persuadir a los judíos convertidos al Cristianismo, de que el sacerdocio de Cristo había reemplazado al sacerdocio de Aarón. Hubiera sido tan fácil para él demostrar que Dios mismo había permitido que los sacrificios en su gran templo fuesen abolidos por los romanos a la vista del mundo en el año 70 d.C., pero no lo hizo.

Evidentemente, el evento aún no había sucedido.

En conclusión, tanto desde el punto de vista de la integridad textual como de la precisión histórica, los escritos del Nuevo Testamento son documentos confiables que nos dicen, que los eventos y las enseñanzas de Jesucristo reportados en ellos, son lo que dicen ser: escritos de autores contemporáneos, muchos de ellos testigos oculares, que hizo que el texto se copiara y difundiera fielmente lo más ampliamente posible, quienes lo respaldaron con su predicación y quienes finalmente dieron sus vidas como testigos de su veracidad.

Cualquier diferencia de la historicidad de los Evangelios como documentos auténticos es, por lo tanto, un intento superficial de crear dudas donde la certeza se ha establecido más allá de la duda razonable.