Los Dolores de María y la soledad de la Iglesia


La Pasión de Nuestro Señor Jesucristo es el modelo que toda alma debe contemplar e imitar, si desea, no sólo llevar a cabo la perfección de su vida, sino incluso comprender su propia existencia. Esta afirmación vale también para la Santísima Virgen María y para el Cuerpo Místico de Cristo, la Santa Iglesia.

El plan providencial que Dios ha trazado a la Inmaculada se comprende y se corona a la luz de la Madre Dolorosa. Los designios determinados por Dios para la Esposa sin mancha del Cordero se aquilatan y comprueban al considerar las pruebas pasadas y presentes a través del prisma de las profecías anunciadas para los últimos tiempos.

Una de las principales características de la Pasión de Nuestro Señor es la soledad: el abandono, prácticamente total, por parte de los hombres; y el desamparo, aparente pero sensible y perceptivo, de su Padre.

En cuanto al abandono humano, las citas de los Evangelistas son claras: “Mirad que llega la hora (y ha llegado ya) en que os dispersaréis cada uno por vuestro lado y me dejaréis solo”; “Todos os escandalizaréis de mí en esta noche, porque está escrito: Heriré al pastor y se dispersarán las ovejas”; “Vino entonces donde los discípulos y los encontró dormidos; y dijo a Pedro: ¿Conque no habéis podido velar una hora conmigo?”

Respecto al desamparo del Padre basta contemplar las tres horas de agonía en Getsemaní y las palabras de Jesús sobre la Cruz: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?”.

Para cumplir con el plan divino trazado para Ella, María Inmaculada debía pasar por la soledad, el abandono y el desamparo…Para que los designios de Dios sobre la Iglesia se ejecuten, ella debe sufrir su pasión, padecer soledad y abandono. He aquí el tema de nuestra meditación: Nuestra Señora de los Dolores y la Soledad de la Iglesia…

Nuestra Señora de los Dolores y la Soledad de la Iglesia…

Llegó el Jueves Santo, principio de la dolorosa Pasión del Hijo y de la Madre. Este día iba a separarlos… Comienza el drama de la Pasión. Cristo, Cordero de Dios, será pronto sacrificado. Después de Cristo, la Madre de Jesús hará el principal papel en este sangriento drama, el más horroroso que jamás verá la tierra.

¿Quién sería capaz de describir aquellos momentos, cuando, antes de la Última Cena, el Hijo más afectuoso se despide de la Madre más amable y amorosa?

Se separan con el fin de cumplir cada uno el duro cometido que Dios les impuso… Se separan; Jesús para ser el Varón de dolores…; y María para ser la Reina de los mártires…

La noche del Jueves Santo la separación de Jesús y María fue cruel… El Hijo y su Madre tienen pleno conocimiento de las aflicciones sin cuento que a los dos esperan. Prevén todos los pesares de Getsemaní, de la noche horrible, de la Vía dolorosa y del Calvario…

Redentor y Corredentora se abrazan en un mar de lágrimas con muchas demostraciones de amor; apretados en aquel abrazo estrechísimo repasan juntos el pasado, se dicen a porfía mil tiernas palabras de gratitud, de ternura y se comunican toda la pena de sus corazones que pronto serán atormentados…

No hay palabras que describan la pesadumbre que cayó sobre sus almas. El corazón colmado no tiene facilidad de expresarse… Sin embargo, a través de este silencio, los amantes se comprenden. Nunca el amor tendrá lenguaje más apasionado.

Madre acongojada de Jesús, la tremenda visión de Getsemaní y del Calvario pone espanto en tu alma, porque entiendes que en adelante no será ya privilegio tuyo tener a tu lado al Hijo que tanto amas… ¿Quién podría calcular todo el dolor de tu exquisito Corazón de madre, sufriendo por el más adorable de los hijos?…

Lágrimas de fuego queman tus mejillas, mientras dices resignada la plegaria de Jesús: Padre mío, fiat… Ecce ancilla Domini, fíat mihi secundum verbum tuum: Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra… ¡Lágrimas calladas, plegaria silenciosa, impregnada de tristeza!…

Soledad en la persecución

Puesto que la persecución contra la Iglesia es continua, y redobla hoy su intensidad, justo es acompañarla en su soledad. La Iglesia, en su contexto actual, es figura de Nuestra Señora en su soledad. El Calvario, el Santo Sepulcro, noche cerrada…; soledad torturadora para Ti, Madre Dolorosa, que haciendo frente a los más horrendos pensamientos, padeces sola los dolores.

Recibida en San Juan la maternidad espiritual de todos y cada uno de los miembros del Cuerpo Místico, tu mirada sigue desde la colina del Calvario el camino doloroso que, siglo tras siglo, harán recorrer a la Esposa Inmaculada de tu Hijo, la Santa Iglesia Católica: camino en verdad largo y difícil, cadena de tristezas y persecuciones…

¡Qué siniestra aparición para tus ojos y qué tortura para tu Corazón!… ¡Dolores asperísimos en el alma!…

La Santa Madre Iglesia, Esposa de Cristo, yace a su vez en agonía… Dirigiéndose a los discípulos, Jesús les había dicho:

No es el siervo mayor que su amo… El mundo os odiará… Si me han perseguido a mí, también os han de perseguir a vosotros… Os arrastrarán por sinagogas y prisiones, por los tribunales de los reyes y de los magistrados a causa de mi nombre…

Si la predicción de Jesucristo se cumple en los individuos, más aún en la Iglesia entera. Se le hace guerra a muerte. La suerte que le espera no es mejor que la que tocó a su Esposo; andando los siglos pasará también por el Calvario

En la historia de la Iglesia, a cada siglo se reproducen las escenas de la Pasión de Cristo. El mismo odio, envidia, suspicacia de los enemigos, las intrigas farisaicas, la calumnia cínica, el refinamiento en interpretar los hechos con malicia, el soliviantar al pueblo, las juntas clandestinas, la oferta del traidor, el recurso a la turba amotinada y con armas, la sorpresa nocturna, el prendimiento, las vejaciones inicuas, los escrúpulos pedantescos, las acusaciones políticas, los virajes de la opinión popular, tribunal y sentencia de Pilato, exaltación de Barrabás, camino de la cruz, asesinato civil… Todo, todo vuelve a la escena…

María conocía puntualmente las indescriptibles congojas de la Pasión. Las conocía por las profecías de Jesús, por sus palabras de adiós en la última Cena, y por la descripción hecha por el profeta Isaías:

No es de aspecto bello ni es esplendoroso. Le hemos visto y nada hay que atraiga nuestros ojos, ni llame nuestra atención hacia Él. Vímosle despreciado y el desecho de los hombres, varón de dolores y que sabe lo que es padecer. Y su rostro como cubierto de vergüenza y afrentado; por lo que no hicimos ningún caso de Él.

Es verdad que Él mismo tomó sobre sí todas nuestras dolencias y pecados y cargó con nuestras penalidades; pero nosotros le reputamos entonces como un leproso y como un hombre herido de la mano de Dios y humillado. Siendo así que por causa de nuestras iniquidades fue Él llagado, y despedazado por nuestras maldades; el castigo, de que había de nacer nuestra paz con Dios, descargó sobre Él, y con sus cardenales fuimos nosotros curados.

Como ovejas errantes hemos sido todos nosotros: cada cual se desvió de la senda del Señor para seguir su proprio camino, y a Él solo le ha cargado el Señor sobre las espaldas la iniquidad de todos nosotros. Fue ofrecido en sacrificio porque Él mismo lo quiso; y no abrió su boca para quejarse: conducido será a la muerte sin resistencia suya, como va la oveja al matadero; y guardará silencio sin abrir siquiera su boca delante de los verdugos, como el corderito que está mudo delante del que le esquila.

Después de sufrida la opresión e inicua condena, fue levantado en alto. Pero la generación suya ¿quién podrá explicarla? Arrancado ha sido de la tierra de los vivientes, para expiación de las maldades de mi pueblo le he yo herido, dice el Señor…

Esta descripción del Profeta se representaba con toda precisión en la mente de María, y la pena de esta Madre, que llora por su Hijo único, es inconmensurable…

Comprende Nuestra Señora que sólo Dios es capaz de alcanzar hasta dónde llega su dolor maternal; y en la soledad en que todo le habla de Jesús, pasa Ella también por una agonía más cruel que la misma muerte.

¡Tristis est anima mea usquae ad mortem!

Como el Hijo divino, María exhala el ¡ay! de la agonía: ¡mi alma padece congojas de muerte!…

¡Padecimientos de alma! ¡Dolor maternal!… ¡Con cuánta verdad puede afirmarse aquí que el peso del dolor iguala al peso del amor!…

Las madres se ofrecen como víctimas a Dios, prefieren ellas morir a ver muertos a sus hijos. María, la más cariñosa de las madres, se ofreció por el Hijo. Tanto ama a Jesús, que se olvidó de sí; tan abnegada estaba, que estimó su mayor felicidad rescatar la vida del Hijo querido con su propia muerte. No pudiendo ser así, quiso, a lo menos, morir con Jesús… Y es tanto lo que padeció, que hubiese realizado su deseo, si una fuerza sobrenatural no le hubiese impedido exhalar el último suspiro.

Efectivamente, por divina disposición, María, Corredentora, no debía morir con Jesús sino llevar su dolor hasta el límite de lo posible a una pura criatura. Por este modo María debía dar gloria a Dios, colaborar en la obra redentora de su Hijo y merecer título de Reina de los mártires.

Para ser en verdad Corredentora en el plan divino era menester que María entrase en toda la extensión y profundidad de los padecimientos de Cristo, y los superase, como Él, en la hora de la inmolación suprema.

Los enemigos de la Iglesia, cual los esbirros de Satanás en la noche del Jueves Santo, conciertan planes inicuos y celebran con gozo diabólico el momento de dar libre curso a su odio infernal a Cristo y a su Iglesia…

Tampoco ellos descansan. El odio no sabe estarse quieto; en la oscuridad sobre todo, en reuniones secretas, su odio extrema la violencia… El ansia de vengarse no duerme, y mantiene viva y avasalladora la perenne persecución contra la Iglesia. No tienen descanso… La torpe inverosimilitud de sus afirmaciones, la repugnante injusticia de sus intrigas, todo es burdo… El odio, la envidia, la suspicacia apagan en ellos toda chispa de amor a la verdad y a la justicia…

Como durante la Pasión, acusadores y enemigos se juntan y conspiran, cobardes,  ocultos entre sombras. El resultado de estos nocturnos conciliábulos, la sentencia de muerte contra la Iglesia, se pregona a todos los vientos; proveen al pueblo de cuerdas, palos y armas para detener a la Iglesia, encadenarla, golpearla y hacerla morir de inanición…

Sus juntas tenebrosas se convierten en orgías… La expansión tiene su apogeo, mientras la Esposa de Cristo agoniza… De tanto en tanto, la puerta del salón de fiestas se entreabre al paso de un nuevo Judas…

Los labios del nuevo traidor estremecen los oídos sectarios de aquellos agitadores del pueblo armado, con el rumor de nefandas delaciones: Conozco iglesias, sacerdotes, religiosos y religiosas, congregaciones, escuelas y grupos de fieles que no han caído aún en vuestras manos… ¿Qué me dais y os las entrego?…

Madre Dolorosa, a la misma hora en que Judas negocia el precio de la traición, Tú suspiras: ¡Padre!, Padre que pase de mí este cáliz… Pero el cielo está sordo a tu súplica… Segunda…, tercera vez intentas con lágrimas y ruegos conmover el Corazón del Padre… ¡En vano! La redención de las almas será fruto de humillaciones y padecimientos; y tanto más amargos cuanto más desenfrenado es el orgullo y la embriaguez sensual de la humanidad pecadora…

Fiat voluntas tua, ¡Padre, hágase tu voluntad!…

La Santa Iglesia, atormentada y desolada en este nuevo Calvario, lanza un grito de terror: ¡Padre!, Padre, que pase de mí este cáliz… Sacerdotes y seglares, ancianos y niños, hombres y mujeres, piden al Cielo piedad para su Iglesia. ¡Sálvanos, Señor! ¡Ven, Señor Jesús!… Pero hoy también se muestra Dios sordo a las súplicas de los suyos…

La Iglesia no cesa de rogar, reza hoy, rezará siempre: Padre, que pase de mí este cáliz… Y, no viendo el suspirado auxilio de lo alto, añade la Madre Dolorosa en su soledad, con lágrimas de sangre: Fiat voluntas tua… Que se haga tu voluntad y no la mía… Que mis padecimientos sean pues… expiación por los pecadores…

Dice oportunamente San Alfonso María que cuando la madre se halla presente a los padecimientos del hijo, no cabe dudar que siente y padece los sufrimientos de este; pero que, cuando después de muerto, van a darle sepultura y tiene que separarse de él, el solo pensamiento de no volverlo a ver es un género de dolor que sobrepuja a todos los demás dolores.

Esta fue la última espada de dolor de Nuestra Señora

San Bernardo hace hablar a la Madre Dolorosa de este modo: ¡Oh, verdadero Hijo de Dios!, eras mi padre, mi hijo, mi esposo, mi alma. Ahora quedo huérfana sin padre, viuda sin esposo, madre desolada sin hijo, pues perdiéndote a ti, lo pierdo todo.

Los santos discípulos llevaron luego a enterrar el Santo Cuerpo de Nuestro Señor; junto con ellos fue la Madre de los dolores. Al levantar la piedra para cerrar el sepulcro se volvieron a la Virgen y le dijeron: ¡Animo, Señora!, Vamos a cerrar el sepulcro; tened paciencia, miradlo por última vez y despedíos de vuestro Hijo.

Dice San Fulgencio, María tuvo ansias vivísimas de sepultar su alma con el cuerpo de Cristo. Y Ella misma dijo a Santa Brígida: Puedo decir con toda verdad que, al ser enterrado mi Hijo, hubo en el mismo sepulcro dos corazones.

María dejó su Corazón sepultado con Jesús, porque Jesús era todo su tesoro, y Jesús es el mayor tesoro de la tierra y del cielo.

Antes de marcharse del sepulcro, opina San Buenaventura que bendijo la piedra sagrada, exclamando: Dichosa piedra que custodias al que albergué nueve meses en mi seno, yo te bendigo y te envidio; ahí te dejo para que me custodies este Hijo mío, que es todo mi bien y todo mi amor.

Y dando así el postrer adiós al Hijo y al sepulcro, partió y retornó a su casa.

Pasando delante de la Cruz, bañada aún en la Sangre de su Jesús, ella fue la primera en adorarla: Oh Cruz Santa, te beso y te adoro, pues ya no eres leño infame, sino trono de amor y altar de misericordia, consagrado con la Sangre del Cordero divino, que acaba de ser en Ti inmolado por la salvación del mundo.

Mientras la Madre agoniza, la mayoría de sus hijos asisten indiferentes a su dolor; si algunos entre ellos lo comprenden, se mantienen en actitud impasible y neutral…

Y si les hablan de la traición que sufre hoy la Iglesia, si se oyen invitados a consolar y defender a la Madre de todos, les es más cómodo cerrar los ojos, tapar los oídos, no creer en la autenticidad de esos relatos trágicos y continúan siempre neutros e indiferentes, como aquellos del pueblo el Viernes Santo, sin odio a Jesús, pero sin interés por su suerte, riendo y divirtiéndose mientras que el Maestro padecía.

La Madre Santísima, la Iglesia soporta sola las angustias de su pasión

Si la persecución se exacerba, y las crueldades se multiplican y resultan monstruosas, estos católicos no pueden menos de verlas, leer o escuchar la relación de ellas y ceder a la triste realidad. Pero allí pierden la serenidad…; vacilan…; gimen: ¡qué catástrofe!… ¡qué injusticia!… ¿Y qué puedo hacer yo?… Y luego vuelven de nuevo espíritu y corazón a sus mezquinos intereses personales; olvidan las agonías de la Madre…

Apenas hubo entrado en su morada, la afligida Madre volvió los ojos a todas partes y ya no se encontró con Jesús; y, en lugar de la presencia del querido Hijo, se le presentaron a la memoria todos los recuerdos de su hermosa vida y de su despiadada muerte…

La Madre Dolorosa, al igual que su divino Hijo en Getsemaní, ocupó la soledad de su alma con una oración más intensa.

Repasó en su Corazón todo lo que allí conservaba…

Recordó los abrazos dados al Hijo en la gruta de Belén, las conversaciones sostenidas con Él tantos años en la casita de Nazaret, las mutuas muestras de afecto que se habían dado y las palabras de vida eterna salidas de aquella divina boca…

Vino a su memoria el dolor de la separación y la primera soledad, cuando Jesús se despidió de Ella antes de partir para llevar a cabo la obra que el Padre le había encomendado.

Había llegado el día… ¡Qué momento aquel! Al partir Jesús con sus discípulos lo siguió hasta que se perdió de vista, con el Corazón oprimiéndosele a cada paso… Y al cerrar la puerta, sintió que la casa estaba sola. Experimentó esa terrible sensación de saber que ya no se oirían otros pasos que suyos…

La soledad es uno de los sufrimientos más profundos del ser humano… Pero, ¡qué dura fue la soledad de María, después de haber compartido treinta años con el Hijo de Dios! Sí, la soledad de la María comenzó mucho antes del Viernes Santo…

Pero Nuestra Señora supo santificar ese dolor de la separación y de la soledad con fe, con entereza, con caridad; aceptando obediente la voluntad de Dios…

Pero ahora se le representó nuevamente la funesta escena desarrollada aquel día, los clavos, las espinas, las carnes laceradas del Hijo, las profundas llagas, la osamenta descarnada, la boca abierta y los ojos obscurecidos…

¡Qué noche tan dolorosa fue aquélla para María!

Mirando la Dolorosa Madre a San Juan, le preguntaba con acento de dolor: Juan, ¿dónde está tu Maestro?… Y a continuación preguntaba a la Magdalena: Hija, dime dónde está tu amado… ¿Quién te lo ha arrebatado?

¡Qué horas aquellas antes de la resurrección! ¡Qué soledad tan diversa de aquella, tras la despedida de Nazaret! Es la soledad tremenda que deja la muerte del ser querido.

Así la describía Lope de Vega con gran realismo en su hermosa poesía Con la mayor soledad:

Sin Esposo, porque estaba José de la muerte preso; sin Padre, porque se esconde; sin Hijo, porque está muerto; sin luz, porque llora el sol; sin voz, porque muere el Verbo; sin alma, ausente la suya; sin cuerpo, enterrado el cuerpo; sin tierra, que todo es sangre; sin aire, que todo es fuego; sin fuego, que todo es agua; sin agua, que todo es hielo…

Pero ni la fe, ni la esperanza, ni la confianza, ni la caridad de María Santísima claudicaron ante esa prueba a la cual la sometió la divina voluntad.

Aprendamos de María Dolorosa a llenar el vacío de la soledad que nos invade cuando las criaturas, los acontecimientos, los hombres… e incluso Dios nos abandonan…

Aprendamos a ocupar ese vacío con lo único que puede colmarlo: la fe, la esperanza y la caridad. La Revelación nos ha dado una consigna. La tenemos en las Cartas a las Iglesias del Apocalipsis.

Se le dice a la Iglesia de Tiatira:

Pero a vosotros, a los demás que estáis en Tiatira, que no seguís esa doctrina, y que no habéis conocido las profundidades de Satanás, como ellos dicen, os digo: No os impongo ninguna otra carga; sólo guardad bien lo que tenéis, hasta que Yo venga.

La Tradición, “lo que tenéis”, conservadlo, reforzadlo, hacedlo fuerte. La consigna para la Iglesia desde aquel momento es conservar, no crear nada nuevo. La Iglesia desde entonces mira hacia atrás y aspira a una restauración definitiva.

Esta recomendación de aferrarse a lo tradicional se repite en forma más apremiante y dramática en las dos cartas siguientes.

Ponte alerta y consolida lo restante que está a punto de morir. Pues no he encontrado tus obras cumplidas a los ojos de mi Dios. Acuérdate, por tanto, tal como recibiste y oíste mi Palabra: guárdala y arrepiéntete.

Vengo pronto; guarda con firmeza lo que tienes, para que nadie te arrebate la corona.

Le fue dada a la Iglesia la consigna de confirmar, robustecer las cosas que, de todas maneras, eran morideras.

Es claro el mensaje: la Iglesia lo que tiene que hacer es conservar lo que le queda, los restos, aun sabiendo que son cosas perecederas y que van a la muerte.

Todo aquello que entendemos bajo el nombre de Tradición Occidental, toda la herencia de Occidente que podríamos llamar Romanidad, a partir del Renacimiento comienza a ir a la muerte; y el esfuerzo de la Iglesia debe emplearse en fortalecerlo.

Nuestra Señora del Apocalipsis

También puede ayudarnos a colmar nuestra soledad el servir de Ángel del Consuelo para Nuestra Madre Dolorosa. La agonía de Jesús dobló en intensidad, al extremo de tener que bajar un Ángel del cielo para confortar al divino Penitente y detener la muerte.

Preciso era que el divino Redentor bebiera el cáliz hasta las heces; por eso el celestial ministro no retiró el cáliz de la amargura, sino que reanimó a Jesús, dándole primero certeza de que su dolor glorificaría a Dios Padre, que lo aceptaba como reparación debida; mostrándole después las infinitas almas que por su Pasión salvaría y por otras nuevas gracias que les merecería; en fin, por la seguridad que le daba de que María, Corredentora, le permanecía fiel en su retiro, que velaba y oraba con Él, y unida a Él le seguiría en amor y dolor…

Buscó, Jesús, quien lo compadeciera en sus dolores y no lo halló; quien lo consolara, y no hubo nadie que lo hiciera. ¿Lo habrá hallado la Madre?

Quedó en el Calvario un grupo insignificante de discípulos que acompañó a la Madre Dolorosa en su soledad.

¿Cómo nos portamos nosotros con nuestra Madre afligida, y con la Iglesia, Esposa de Cristo, pasando una verdadera agonía?

Iglesia Santa y Madre mía, quiero, porque es mi deber, consolarte ahora que gente enemiga te ha arrastrado a un nuevo Calvario… No quiero ser apóstol somnoliento… Quiero velar y orar… Velar siempre, tomando a pecho tus caros intereses…

Orar, suplicando esfuerzo para los hermanos que sufren esta agonía, orar por su constancia y perseverancia… ¡Jesús!, piedad para vuestra Esposa atormentada… ¡Oh, Cristo! Venga tu reino… Pero, ¿tendrá María un Ángel del consuelo?…

Vosotros los que pasáis por el camino, mirad si hay dolor comparable al mío. Grande como el mar es mi quebranto…

Quien consuela a la Madre de Jesús, consuela también el Corazón afligido de su Hijo divino…

¡Madre nuestra! Deja que descansemos la cabeza sobre tu Corazón Doloroso; queremos consolarte, como un hijo a su madre, amándote, participando de tus penas, de tu desconsuelo… compartiendo la soledad de la Iglesia…