Los Cruzados y Constantinopla: ¿otra leyenda negra?


Los cruzados entran en Constantinopla, por Delacroix. Dominio Público.

El año 330 Constantino, funda un Imperio Oriental y concede su nombre a la ciudad central. Vivaracho como pocos, el patriarca quiere que se le concedan honores iguales al del emperador, pese a que ésa no era una sede de origen apostólico. El Concilio de Constantinopla (381 y segundo ecuménico) le concede la máxima autoridad de la Iglesia Universal después del Santo Padre. Ya que Constantinopla era la nueva capital del Imperio, ellos querían que fuera la nueva capital de la cristiandad.

Pero nadie, salvo estos codiciosos patriarcas, cuestionó la autoridad del Sucesor de San Pedro. Esto lo vemos en las cartas de San Clemente Romano y San Ignacio de Antioquía, y los escritos de San Ireneo.

A fines del siglo V, Acasio, patriarca de Constantinopla, recibe un comunicado de S.S. Félix III conminándole a abandonar la herejía monofisista so pena de excomunión. El reciente Concilio de Calcedonia había condenado este resabio de la herejía gnóstica. Como reacción, Acasio borró el nombre del Papa del canon y negó obediencia a Roma. Los patriarcas de Alejandría y Antioquía se sumaron a este, que fue el primer cisma oriental. Duró 34 años, y aunque con el advenimiento del Emperador Justino I cesó el cisma formal, la idea de más poder y el honor de ser cabezas de la iglesia permaneció en oriente.

A mediados del siglo IX, el bienaventurado obispo Ignacio de Constantinopla niega la comunión al tío del Emperador Miguel III el Beodo, a causa del concubinato público en que vivía ¡con su propia nuera!. Conocido por su piedad y buenas obras, Ignacio acarreó la aprobación de todos cuantos vivían en comunión con los mandamientos. El Emperador reaccionó con ira y le desterró. A continuación designo.. ¡a su jefe de guardia, Focio, para que sucediese al Patriarca Ignacio como obispo! En apenas cinco días, de manos de un obispo que odiaba a Ignacio, Focio recibe todas las órdenes sagradas para poder convertirlo en nuevo Patriarca, sumiso a los deseos del Emperador.

El Santo Padre ordena reponer al legítimo Patriarca, pero las intrigas y presiones de Focio le llevaron a ser confirmado por un sínodo constituido por religiosos amigos del Emperador. Había envuelto en la trampa incluso a los delegados papales. El Sumo Pontífice (858) excomulga a los cismáticos legados y extiende la excomunión al Emperador y al falso Patriarca. La mano de Dios retiró pronto el Cisma, porque apenas unos años después (867) el Emperador muere de mala forma y asume Basilio I, quien repone al legítimo Patriarca.

Focio, herido en su soberbia por haber sido reducido otra vez a su estado laical, emprende contra esta decisión adoptada por el IV Concilio de Constantinopla (VIII ecuménico) y logra convencer al Emperador Basilio I de su fidelidad. Asume el patriarcado tras la muerte de Ignacio y es reconocido incluso por S.S. León VI. Pero con el paso de los años, sus malas acciones llegan a oídos del Santo Padre, quien le depone. Diez años mas tarde Focio muere en la soledad del monasterio donde fue recluido. El venerable Patriarca Antonio Kauleas restituye la unidad con Roma.

Bajo el gobierno de S.S. León IX, varón de profunda piedad, restaurador de la Orden de Cluny, se renuevan los problemas. Miguel Cerulario es elevado a la dignidad patriarcal. Era un laico sin formación teológica, conocido por su particular odio hacia occidente y la autoridad papal. El delegado pontificio le acusa reiteradamente de herejía. Tras un diálogo infructuoso con quien rechazaba la autoridad pontificia y sostenía implacablemente sus errores, el delegado papal le excomulga. El excomulgado devuelve el decreto ¡excomulgando al mismo Papa y autonombrándose cabeza de la Iglesia!

Paralelo a estos acontecimientos y años antes (638), el califa Omar invade Tierra Santa. La égida de sangre y terror comienza. Destruyen iglesias y esclavizan o dan muerte a los cristianos y peregrinos. Tras siete siglos bajo su cimitarra, los secuaces del «profeta» han invadido Egipto, devastado el norte de África – donde se ahoga en sangre el cristianismo incluso en lugares como los que predicó San Agustín – para luego apresar España, Sicilia y Grecia hasta que en 1453 Constantinopla cae bajo el golpe de la medialuna.

El reguero de violencia avanza por los Balcanes y se detiene, por milagro, en las puertas de Viena. Para los musulmanes, lo que no es «territorio del islam», es «territorio de guerra». Fue contra esta agresión militar que los cristianos se organizaron para defender el Sepulcro del Señor, a los peregrinos y cristianos de África e impedir mayores daños en Europa. Numerosos santos predicaron las cruzadas, llamando a los cristianos a sumarse y luchar. El Papa Beato Urbano II las proclama con un grito de amor y fraternidad que resonó en Europa entera: «¡Dios lo quiere!» Lamentablemente la serie de cruzadas fueron sufriendo las consecuencias de la decadencia del espíritu medieval hasta conocer el fracaso.

La Cuarta Cruzada

Fue en la IV cruzada cuando se origina un hecho lamentable. Por primera vez el propósito principal es desviado por los intereses humanos. S.S. Inocencio III promovió la liberación de Tierra Santa y el auxilio a los oprimidos sobrevivientes de la devastación de los estados cristianos. Para ello negoció con Alejo III, emperador de Constantinopla a fin de formar una causa común en la santa obra.

Durante un torneo en Ecry-sur-Aisne, Teobaldo de Champagne y numerosos varones toman el estandarte de la cruz y deciden sacrificarlo todo para partir en auxilio de sus hermanos en la fe. Tras la campaña en Egipto y la muerte de Teobaldo, eligen a Bonifacio de Montserrat como sucesor. Este noble catalán negocia con el gobierno de Venecia un transporte para viajar en ayuda de los cristianos orientales. En esos momentos estaba siendo destronado el Emperador de Constantinopla (Isaac Angelus), pide refugio al Santo Padre y ruega el auxilio católico para restaurarlo en el trono.

Los cruzados, entretanto, habían empeñado todo en su generosa resolución y no tenían dinero para pagar el transporte que el gobierno de Venecia les cobraba por ir en auxilio de esos desvalidos. Desesperados ante las noticias de las atrocidades que se sucedían con los días, aceptan una propuesta de los comerciantes venecianos para recuperar la ciudad de Zara, en Dalmacia. Los caballeros aceptaron y tras unos días de asalto la ciudad fue recuperada (1202). Absueltos por esta empresa militar contraria al propósito de liberación de Tierra Santa, algunos jefes de los cruzados conspiran para marchar contra Constantinopla.

El bienaventurado Simón de Montfort y el resto de los cruzados se oponen firmemente y rechazan la idea. Los primeros habían acordado devolver al trono al legítimo Emperador a cambio del retornar a la fe católica a los griegos y participar en las cruzadas. Adicionalmente prometió la suma simbólica de 200.000 marcos. El 23 de junio de 1203 se presentan ante Constantinopla y el 7 de julio el suburbio de Galacia cae. Con esto fuerzan la entrada y el 17 de julio, tras escaramuzas e intentos de retirada, el usurpador huye de la ciudad y el Emperador Alejo III es liberado. Acepta compartir el trono con su hijo Alejo IV, quien trajo a los cruzados en su auxilio.

Los cruzados forman un campamento en el barrio de Galacia en espera del cumplimiento de las imperiales ofertas. Pero pasa el tiempo y no sólo no se cumple con lo prometido sino que las hostilidades van en aumento día tras día. A principios del año siguiente (5 de febrero de 1504) Alejo III y Alejo IV son destronados por una violenta revolución comandada por Alejo Murzuphla, el usurpador depuesto. Los ejércitos revolucionarios se enfrentan a los cruzados, quienes asedian Constantinopla por segunda vez.

En marzo de 1204 un acuerdo entre los comerciantes venecianos y los jefes cruzados que desviaron la ruta hacia Constantinopla propone compartir el botín de guerra si vencían a los revolucionarios griegos. El 12 de abril cae Constantinopla. Los soldados saquean la ciudad rebelde. El 9 de mayo un colegio electoral ofrece la corona al dogo de Venecia, quien renuncia en favor de Bonifacio de Monserrat. El imperio se divide entre el emperador, los venecianos y el jefe de los cruzados. Se otorgan 600 feudos y se nombra Patriarca a Tomás Morosini, clérigo veneciano.

Enterado de los sucesos, el Santo Padre reprende la desobediencia, pero termina aceptando los hechos que pusieron fin a la anarquía y obtiene la unión entre las iglesias. Pero a pocos kilómetros de Constantinopla, en Nicea, los revolucionarios proclaman emperador a Teodosio Lascaris.

A un mismo tiempo, el zar Joannitsa invade Tracia y destruye las tropas cruzadas. Al morir el rey Balduino le sucede Enrique de Flandes quien, lejos de reencauzar la cruzada llevándola a Palestina para liberar a los cristianos, se ve obligado a pactar con el usurpador Teodosio y con el sultán Iconium. Los griegos rebeldes, envalentonados, se separan definitivamente de Roma y huyen a Nicea. Los conventos griegos son reemplazados por monasterios cistercienses, por comanderías de templarios y hospitalarios.

La cruzada había fracasado. Tres años después las amenazas contra la Cristiandad eran tantas que el Santo Padre proclama una nueva cruzada sin tomar en cuenta la opinión de Constantinopla. Con el dolor de su alma, debe dividir las fuerzas cristianas contra los desmanes y amenaza albingense (1209) en el sur de Francia y contra los almorávides (1213) en España, los paganos en Prusia y Juan Lackland en Inglaterra.

La pregunta que queda abierta

¿Cómo es posible responsabilizar a la Iglesia por la toma de Constantinopla? Lo que se ha ventilado a cuatro vientos es una mentira o un absurdo, algo habitual a la hora de propagar una leyenda negra. La conquista de Constantinopla no fue obra de los cruzados, sino que fue una empresa militar querida y emprendida por los comerciantes venecianos, que forzaron el viaje de los cruzados hasta llegar a las costas de Grecia. La conquista se llevó a cabo con la cooperación de algunos cruzados, quienes miraron dos causas fundamentales: la unión entre las Iglesias y el apoyo necesario para liberar a los cautivos de Tierra Santa.

En resumen: El saqueo (una práctica común y aceptada en guerra) fue consecuencia de una expedición motivada por la ambición política de algunos de los dirigentes cruzados, con la oposición de sus más notables líderes como es el caso de Simón de Montfort. La conquista no fue dirigida por los cruzados ni menos contó con aprobación pontificia, sino que estuvo planificada y capitaneada por Venecia (que buscaba la supremacía comercial). S.S.

Inocencio III se horrorizó al conocer la noticia y excomulgó a los responsables, pese a que en intención la conquista pretendía restaurar el trono ilegítimamente usurpado y sumar fuerzas a la cruzada de liberación de Tierra Santa. Por tanto puede afirmarse fehacientemente que no existe relación entre las cruzadas y la conquista de Constantinopla, si bien algunos cruzados participaron de esta empresa político-económico-militar.

¿A qué podemos atribuir la creación de esta leyenda negra que está llevando a repetir hasta el hartazgo tamaño absurdo? Por una parte a la animadversión de los dirigentes cismáticos autodenominados «ortodoxos». En Grecia se educa a la población entre mentiras e invenciones anticatólicas. La difusión de la leyenda negra es más que explicable: la misteriosa unión entre los enemigos de la Iglesia que han tenido la oportunidad, durante siglos, de alimentar sus discursos virulentos con esta leña que harto fuego prende en los corazones mal dispuestos. La abundancia de información, recordémoslo siempre, nunca alcanzará para reivindicar la verdad, divulgar la realidad o defender el honor de los inocentes.

Quiera el buen Dios permitir que sus hijos se alerten y recuerden su sabia advertencia: «He aquí que os envío como ovejas entre lobos». No importa, recordémoslo bien, cuán buena sea nuestra intención, motivo y forma de obrar. Para los malos siempre seremos culpables de las peores atrocidades y de las maldades más increíbles. Y si no tienen de qué acusarnos, no les es muy difícil la solución: se inventa. Y mientras más delirante, mejor.

En definitiva, esto prueba lo torcida que puede estar la balanza a la hora de aplicar con justicia el término de discriminación, persecución, ofensa y genocidio que se consideran para otros pueblos pero nunca, jamás, para el católico…

Descripción de una matanza de latinos en época de Andrónico I (1183-1185):

«Contar las desgracias que entonces sufrieron los latinos, el fuego que devoró sus bienes, sin tener en cuenta los saqueos que sufrieron, y los accidentes ocurridos en las playas y en las calles, sería empresa difícil. Ya que no sólo los latinos armados eran presa de los hombres de Andrónico, sino que la gente, que no podía defenderse, no suscitaba la más mínima piedad. De hecho las mujeres y los niños eran abatidos por sus espadas.

Pero el espectáculo más horrible se daba cuando el hierro enemigo, abriendo el vientre de las mujeres encinta, sacaba el feto, que, después de haber visto antes de tiempo la luz del sol, era acogido por las tinieblas del infierno, muriendo antes incluso de estar perfectamente vivo. y esto era bestial, y no comparable a otras formas de locura.

Cayó también un sacerdote latino, no sé si venido en embajada de la antigua Roma o de Sicilia, o sea romano o siciliano. Y cayó con todos los ornamentos sagrados que él se había puesto en vez de armas, con la esperanza de que los malvados lo respetasen».

Eustaquio de Tesalónica. Publ. S. CLARAMUNT, El mundo bizantino. La encrucijada entre Oriente y Occidente, Barcelona, 1987, p. 40

Fuentes
http://web.archive.org/web/20020605003336fw_/http://www.cristiandad.org/investigaciones/constantinopla.htm