Las diabluras de Lourdes: De cómo el demonio interfirió durante las apariciones de Nuestra Señora

Si la muy modesta aldea de Ars debe toda su fama a su santo cura, en el sentido de que era completamente desconocida en el mundo antes de él, no es exactamente lo mismo en el caso de Lourdes. En su Francia pintoresca, que data de 1835, Abel Hugo, el hermano mayor de Víctor, habla de ella en estos términos: “Esta capital del antes llamado Lavedan-en-Bigorre tenía el nombre, antiguamente, de «Mirabel», palabra que en el dialecto del lugar significa bella vista.”

En Lourdes existe un viejo castillo que había servido sobre todo de prisión de Estado desde el siglo XIV. Este castillo acababa, nos dice Abel Hugo, de ser reparado. Y añade:

“La ciudad rodea la roca del costado opuesto al Gave; se extiende en una barranca atravesada por un torrente. Bien construida pero irregular, ningún edificio notable la decora; pero se halla situada ventajosamente en la unión de cuatro valles que recorren las rutas de Pau, Tarbes, Baréges y Bagnéres.”

Pero no fue un bello lugar lo que acudieron a ver millones de peregrinos en el transcurso del año 1958. Este año marcó el centenario de las apariciones. ¿De qué apariciones se trata? Todo el mundo lo sabe. El 11 de febrero de 1858, una niña, muy simple, muy pobre, muy ignorante, pero muy piadosa, Bernadette Soubirous, vio de pronto, en el hueco de una roca, en la entrada de la gruta de Massabieille, a “una joven blanca“.

Y dieciocho veces, entre el 11 de febrero y el 16 de julio, la aparición volvió. Pero nuestro objeto no es, evidentemente, repetir un relato tantas veces ofrecido a los lectores de todos los países del mundo.

¿El diablo ha intervenido en esta extraordinaria aventura? Su silencio o su ausencia sería bastante asombroso… Iba a rondar sin duda por Ars, alrededor de un santo. ¿Podía desatender lo que ocurría en la Gruta milagrosa? Todos los que han escrito sobre Lourdes, y son muchos, han señalado, en efecto, sus intervenciones. Fueron lo que se llama en teología infestaciones y vamos en este capítulo a recorrer las rarezas tan dignas de Satán.

Primer Alerta

Si creemos al excelente J. B. Estrade, uno de los primeros relatores de las apariciones, hubo ya un alerta, el 19 de febrero, en ocasión de la cuarta aparición.

Cuando Bernadette, desde la Gruta, subía hacia la ciudad, habría revelado que la aparición había sido perturbada por clamores extraños e insólitos. Estos clamores parecían subir del Gave, y eran numerosos y como contestándose unos a otros. Se interpelaban, se cruzaban como las vociferaciones de una muchedumbre tumultuosa. Entre estos aullidos deformados una voz más clara se elevó iracunda y se oyeron estas palabras proferidas como una amenaza: “¡Escapa!. . . ¡Escapa! . .

¿A quién se dirigía esta orden perentoria? Bernadette comprendió en seguida que no era a ella, demasiado insignificante para ser peligrosa, sino a la “joven blanca” que se mostraba a sus ojos extasiados, y cuyo nombre aún ignoraba. Pero — siempre de acuerdo con la versión de J. B. Estrade —la Visión de luz no hizo más que volver los ojos un instante hacia el punto de donde salían los clamores y esta rápida mirada fue tan eficaz, de una autoridad tan perfectamente soberana, que el silencio siguió inmediatamente a los clamores que se habían oído hasta ese instante.

J. B. Estrade declara que el relato de este primer alerta le fue “hecho directamente por la vidente, a él y a su hermana“. El abate Nogaro, cura de la catedral de Tarbes, recibió también el dato de “la misma extática” (Santa Bernardita).

Creemos, pues, con monseñor Trochu, que debemos admitir el hecho. Pero tenemos dudas sobre la fecha. El padre Cros, S. J., en efecto, que ha estudiado con tanta minucia todo lo que concierne a las Apariciones, no habla de ello en la fecha 19 de febrero, ni más tarde por cierto. Además, tiene ocasión, con harta frecuencia, de señalar los errores en los recuerdos del buen señor Estrade, lo cual nos induce a creer que éste ha situado mal el citado episodio en el sentido de habernos dado una fecha muy anterior. No lo descartamos, por cierto, pero pensamos que ha de haberse producido más adelante.

Lleguemos, pues, a las “diabluras” mejor fechadas y por lo tanto más seguras.

Pero cumpliendo nuestro propósito de no dar más que hechos bien atestiguados seguiremos de muy cerca los datos del padre Cros(1). Antes que nada, entonces, los hechos y después los ensayos de explicación.

Múltiples videntes

Fue un jueves 15 de abril cuando el alcalde de Lourdes, el señor Lacadé, entregó un primer informe al subprefecto de Argeles sobre otras visionarias además de Bernadette Soubirous, que aseguraban haber visto la aparición. Recordemos bien la fecha. De acuerdo con los cálculos del padre Cros, habíanse producido ya 18 apariciones, del 11 de febrero al 7 de abril (2). La serie estaba, pues, terminada. Bernadette permanecerá alejada de todo cuanto va a producirse. Pero leamos el informe del alcalde:

El sábado último pasado, 10 de abril,  tres niñas de Lourdes estaban en la Gruta rezando a Dios y a las dos de la tarde la Virgen, afirman ellas, se les apareció. Una de ellas ha puesto en manos del señor cura una declaración escrita que éste ha enviado al señor obispo.

La llamada Pauline Labantés, que estaba en la Gruta ayer por la mañana, 14 de abril, a las diez, para rezarle allí al Señor, dice haber visto a la Virgen.”

No era, sin embargo, más que un comienzo. El muy concienzudo comisario de policía Jacomet, redacta a su vez un informe, como era su deber, dirigido al subprefecto, luego al prefecto.

Las visionarias van a multiplicarse. Bernadette está, si nos atrevemos a decirlo, “hundida” en el silencio. No puede rivalizar con tantas otras que ven maravillas. El comisario da detalles muy precisos. Estos detalles son muy útiles para formarse una opinión sobre el valor de estas nuevas visiones. ¿Dónde ocurren? Jamás en el lugar mismo donde Bernadette había visto a la Virgen y oído su nombre de labios de Ella misma. Parece que una protección invisible rodea ese lugar, como rodea a la persona misma de Bernadette. En tanto que ésta permanecerá siempre tan “natural“, es decir, tan exactamente lo que ella era, muy simple, muy modesta, muy ignorante, pero muy recta y muy sincera, he aquí las indicaciones que nos han sido proporcionadas sobre las nuevas videntes.

El 10 de abril eran cinco y no tres, como lo decía el primer informe del alcalde. Escribe el comisario:

“Una de ellas  es Claire Marie Sazenave, de veintidós años, muchacha virtuosa, de una fe ardiente, de una imaginación exaltada: «He visto —dice ella— una piedra blanca, casi al mismo tiempo una forma de mujer, de estatura normal, llevando un niño en el brazo izquierdo: el rostro sonriente, cabellos ondulados que le caían por los hombros; sobre su cabeza algo blanco levantado como por una peineta; por fin un vestido blanco. En cuanto al niño, lo distinguí confusamente y sólo al principio; después no lo vi más».”

 

“La segunda, Madeleine Cazaux, cuarenta y cinco años, casada, mala mujer, adicta a la bebida, explica así su visión: «Vi sobre la piedra blanca algo, del tamaño de una niña de diez años; tenía un velo blanco sobre la cabeza que le caía sobre los hombros, los cabellos le caían sobre el pecho. Todas las veces que se movía un poco la vela, esta forma desaparecía».”

 

“La tercera, Honorine Lacroix, de más de cuarenta años, prostituta, de costumbres innobles, dijo que había visto, la primera, a la Virgen. «Esta Virgen — declaró — tenía la forma de una niñita de cuatro años, cubierta por un velo blanco y cuyos cabellos le caían sobre los hombros y estaban recogidos sobre la frente. Sus ojos eran azules, sus cabellos eran rubios, la parte inferior del rostro era blanco y las mejillas rojas».”

 

“En cuanto a las dos extranjeras, de las cuales una ha tenido también una visión, según dicen, no se ha oído hablar más de ellas: se ignora de dónde son.”

¡Todo esto, a primera vista, es muy sospechoso! Pero lo que no lo es menos es el lugar donde se manifestaban estas pretendidas apariciones.

El lugar

Es siempre el comisario el que nos ha hecho una descripción detallada.

Después que la Gruta, como consecuencia de las apariciones a Bernadette, se hubo convertido en un punto de peregrinaje popular, se había levantado allí una especie de altar donde los visitantes llevaban ramos de flores del campo o de los jardines y depositaban allí sus ofrendas. La Gruta tenía la forma de un horno de alrededor de cuatro metros de profundidad. La bóveda de este horno se hallaba a dos metros sesenta de altura. Ahora bien, a los dos metros cincuenta, más o menos, es decir en un punto al cual no podía llegarse sin una pequeña escalera, se abría en la bóveda misma un corredor estrecho que se hundía, aunque ascendiendo abruptamente en el interior de la roca. Este corredor podía tener cuatro metros de largo y desembocaba en un espacio oval que medía alrededor de dos metros sesenta de diámetro. Más adelante el corredor se estrechaba de nuevo. Y cuatro metros más adelante uno estaba bloqueado, pero se podían percibir a la luz de los cirios, paneles de rocas blanquecinas.

Se sobreentiende que para deslizarse en este hueco de la roca era necesario, casi sin excepción, arrastrarse boca abajo en una posición muy incómoda y bastante poco decente para una mujer. Además, la primera vez las “videntes” no habían llevado consigo ninguna escalera, como se hizo después, sino que habían trepado sin vergüenza al altar levantado en el fondo de la Gruta para arrastrarse desde ahí en el corredor misterioso que acabamos de describir sumariamente. Se iluminaban con velas cuya luz vacilante arrojaba, sin duda, formas cambiantes que podían tomarse, con un poco de imaginación, ora por una mujer de estatura normal, ora por una niñita de diez años o aún mismo de cuatro.

El comisario decía claramente, con una expresión de reprobación:

“Fue el sábado 10 de abril que por primera vez las mujeres se arriesgaron a visitar el lugar que les describo. Ni el altar que era necesario hollar, ni la decencia, ni nada las detuvo. Eran cinco, grupo bien curioso por las diferencias de edad, de vida y de costumbres.”

Esta primera visita no tuvo mucha repercusión. Marie Cazenave, la más honorable de las tres videntes, parece haberse sentido, dijo el comisario, “avergonzada de lo que declaraban haber visto sus poco dignas compañeras“. Pero la cosa se propagó, con todo. La curiosidad fue más fuerte que el respeto humano. Otras mujeres entraron a su vez en el hueco de la roca. Muchas no vieron nada y regresaron muy desconcertadas. Pero el 14 de abril, Suzette Lavantes, sirvienta de cincuenta años de edad, realiza la ascensión de la galería y vuelve toda entusiasmada. La rodean, la interrogan. Ella ha visto. Está todavía toda temblorosa. ¿Qué ha visto? “Una forma blanca — dice — más o menos del tamaño mío, una especie de vapor como un velo, y debajo un vestido de cola, pero no distinguí ninguna forma humana, ni cabeza, ni brazos, ni piernas, ni parte alguna del cuerpo. Por lo demás — añade —, lo que he visto es tan indeciso y vago que no puedo darme cuenta de lo que es.”

Y con estos elementos empezó el alboroto. A partir de este momento los peregrinajes a la galería tan poco abordable se multiplican. El 17 de abril, por primera vez, hombres y mujeres se encuentran reunidos para esta expedición perturbadora. Una joven, Josephine Albario, de quince años, empieza a llorar, a agitarse. La tranquilizan, la hacen salir. Se ven obligados a conducirla de nuevo a su casa y a acostarla. Declara que ha visto a “la Inmaculada Concepción, llevando a un niño en brazos y junto a ella a un hombre con una larga barba“. ¡Y esta misma aparición parece perseguirla hasta su cama!

Los ánimos desde ese momento se alteran. Dos corrientes de opinión parecen definirse. Unos están llenos de admiración, creen en todas las apariciones, las de Bernadette y las de sus émulos. Otros, chocados por muchos detalles de las nuevas visiones, no creen ni en las de Bernadette. La confusión es enorme. El 18 de abril, la propia sirvienta del alcalde es presa de convulsiones porque ella también ha creído ver algo.

Pero esta vez ella no ha tenido ni siquiera que subir al corredor de la roca, puesto que sus convulsiones empezaron delante del altar de la Gruta, cuando rezaba su rosario. El alcalde tiene absoluta confianza en su sirvienta. Va a ordenar que se realicen experiencias para saber si los juegos de luz pueden provocar las visiones que enloquecen a tantas mujeres. El 19 de abril una comisión investigadora entra en la gruta superior; se desea tener la conciencia tranquila. Las visiones, y sobre todo la de Josephine Albario, que le han provocado un éxtasis de tres cuartos de hora, ¿pueden tener una explicación natural?

Pero el resultado de esta investigación es completamente negativo. Con todo debemos destacar que las apariciones a Bernadette habían estado rodeadas de circunstancias muy diferentes de las que acabamos de relatar.

Lo cierto es que la muchedumbre tenía tendencia a confundirlas. Las personas serias como el comisario Jacomet, se creyeron, por lo tanto, autorizadas, sin más trámites, a atribuirlas, las unas y las otras, a imaginaciones deplorables. Y el procurador Dutour escribirá al procurador general, el 18 de abril, quejándose de la actitud del clero:

“No se hace nada para desviar del camino por el cual avanza cada día más el sentimiento religioso que se extravía como consecuencia de la locura o de la superchería. Las visiones se multiplican; ya no se alcanza a contar los milagros; el clero y el señor alcalde de Lourdes no parecen tener otra preocupación que registrarlos.”

Y reconstruye, a su vez, como el comisario Jacomet, todo el proceso de las visiones que acabamos de relatar. No hay duda que en esa fecha de fines de abril de 1858, la confusión de los espíritus era extrema en lo tocante a las apariciones.

Primeros temores

Y sin embargo una voz se hizo oír que debemos registrar y que nos servirá aquí como principio de distinción. Hemos dicho que había hasta ese momento dos tendencias: o admitir y admirarlo todo, o condenar todo y poner todo en cuarentena. Por primera vez, un sacerdote va a insinuar lo que más tarde fue reconocido como verdad.

Hacia esa misma época, en el número de “videntes” se contaba una cierta Marie-Bernard, de Carrére-basse. Cuenta el abate Péne:

“Pretendía haber visto en la Gruta a un grupo de tres personas: un hombre con barba blanca, una mujer bastante joven, y un niño. El anciano tenía llaves en una mano y con la otra se enrulaba los bigotes. Al principio se dijo en la ciudad que podía ser la Santa Familia. Más tarde la misma visión se reprodujo y se añadió que se habían observado ademanes poco decentes hechos por estos personajes. Si estos ademanes fueron advertidos por la misma visionaria o por otros que hubieran podido tener la misma visión, tanto mi hermana como yo nunca lo supimos. No obstante esta mujer era penitente mía y varias veces me había relatado estos hechos, pero no le presté mayor atención, creyendo que no eran más que maniobras diabólicas tratando de cubrir con su sombra las apariciones precedentes”

Nosotros subrayamos estas últimas líneas. Nos parecen dar, en efecto, la explicación más razonable sobre todo el conjunto de hechos.

Aunque atribuyamos a la exaltación, a la imaginación, al contagio espiritual, las visiones que se agregan a las apariciones a Bernadette, no hay duda, en efecto, que el demonio hallaba en ellas su, provecho y que se veía asomar en el conjunto de los episodios de los cuales no hemos comentado más que una parte, una táctica: la de desvirtuar las visiones autentiquísimas y las apariciones certísimas de la Virgen bajo el flujo de imitaciones absurdas o estrambóticas con las que una parte del público se saciaba con deleite en Lourdes, mientras que los más cuerdos se encogían de hombros.

Ahogar la verdad en la mentira era un procedimiento muy digno del demonio. Y lo que vamos a decir confirmará esta primera apreciación de los acontecimientos.

Debemos hacer notar, con todo, que las interdicciones y oposiciones que sufrieron las apariciones verídicas de Bernadette, tuvieron por lo menos un buen resultado: el de limitar o de suprimir las manifestaciones diabólicas en su extrema violencia. Con el tiempo se llegará a comprender que no se trataba de admirar todo ni de condenar todo, sino simplemente de distinguir.

La más acreditada de estas visionarias había sido la joven Josephine Albario. Pero había en su caso demasiadas perturbaciones, agitaciones, lágrimas. El señor Estrade que hemos citado en varias oportunidades y cuyos juicios son más seguros que sus recuerdos, escribirá sobre ella después de haberla colocado, interiormente, en el mismo nivel, en su confianza, que a Bernadette:

“Algo secreto incomodaba, sin embargo, mi admiración y parecía advertirme que la verdad no se hallaba ahí. Establecí comparaciones y recordé que ante los éxtasis de Bernadette me sentía transportado, en tanto que ante los de Josephine . . . sólo me sentía sorprendido. Yendo al fondo de los primeros percibía en ellos una acción verdaderamente celestial; enfrentándome con los segundos sólo encontré en ellos las agitaciones de un organismo fuertemente sobreexcitado ..”

Al hablar así, el señor Estrade, como todas las personas sensatas, practicaba ese arte necesario que San Ignacio de Loyola había llamado “discernimiento de los espíritus“. Y el mismo San Ignacio no había hecho sino poner en fórmulas el grande precepto de San Pablo, en los albores del cristianismo: El espíritu no lo apaguéis, las profecías no las menospreciéis; probadlo todo, quedaos con lo bueno..(I Tesalonicenses, V, 19-21).

Juicios razonables

La verdad estaba, pues, en camino. La luz se hacía poco a poco en los espíritus, aunque se estaba todavía bastante lejos del objetivo final, como vamos a verlo.

Pero antes de ocuparnos de otra serie de perturbaciones y agitaciones en las cuales las infestaciones diabólicas se tornarán cada vez más visibles, daremos otro ejemplo más de las apreciaciones que se hacían en torno de las demasiadas “videntes” que le hacían la competencia a Bernadette. Acabamos de hablar de Josephine Albario, muchacha excelente, por lo demás. He aquí otra: Marie Courrech, la sirvienta del alcalde de Lourdes. Sería demasiado largo consignar aquí sus propias declaraciones que figuran en la obra del padre Cros. (II, 96 v siguientes.)

Pero lo que nos llama la atención es el juicio que sigue, hecho por un habitante de Lourdes, Antoinette Garros:

“No tenía fe en las visiones de Marie Courrech; su rostro no era el de Bernadette ni sus ademanes tampoco. Tenía sacudimientos, sobresaltos. Muchas veces, viendo estas apariciones más allá del Gave, se lanzaba hacia adelante, porque, decía ella después, la Aparición la llamaba a la Gruta. Si no la hubiésemos retenido con grandes esfuerzos, se hubiera precipitado en el Gave. Cierto día que yo la retuve violentamente las personas que miraban empezaron a gritar: «Déjela ir: si cruza el Gave será un milagro.» Pero yo no los escuché; prefería evitar que se ahogara y me dije: «Si la Santísima Virgen quiere que cruce el Gave sabrá bien cómo arrancarla de mis brazos.»

Lo que debemos retener de estos ejemplos y estas discusiones es que siempre hay manera de discernir los dones auténticos, los verdaderos carismas de sus imitaciones diabólicas.

Visionarios en masa

Los desórdenes — es menester llamarlos así — no estuvieron limitados por mucho tiempo a algunas mujeres o niñas, como las que hemos citado. Los “videntes“, de ambos sexos, van a multiplicarse y sus agitaciones y remilgos, cuyo carácter casi siempre ridículo o burlesco vamos a relatar, se prolongaron hasta comienzos del año 1859.

El padre Cros pudo investigar sobre ellos alrededor de veinte años más tarde.

“En el mes de junio de 1878, escribió, encontramos en Lourdes el recuerdo y el nombre de estos visionarios de ambos sexos y de todas las edades: y eso que sólo hemos descubierto a los más ilustres, porque ya nadie en esa época tenía orgullo de haber sido visionario.”

El padre Cros pudo comprobar, de este modo, que los informes del comisario Jacomet, a quien, con mucha frecuencia, se le ha criticado la severidad, atribuyéndole erróneamente una parcialidad hostil a las cosas divinas, no tenían nada de exagerado. En realidad el comisario estuvo lejos de conocer todos los hechos: no denunció más que una parte e ignoró o descuidó el resto.

Las manifestaciones alcanzaron un grado tal de exageración que se produjo un verdadero escándalo y el mismo cura de Lourdes, en septiembre de 1858, debió conjurar desde el púlpito a los padres, para que les pusieran fin, impidiendo que sus hijos se entregaran a esas incesantes excentricidades.

Leyendo los textos reunidos por el padre Cros se tiene la impresión de estar frente a una especie de epidemia. Juzguemos: he aquí las declaraciones de los testigos:

“Hermano Léobard, director de las escuelas de Lourdes: El diablo hizo surgir una infinidad de visionarios. Los vimos librarse a las más grandes extravagancias. ¿Veían algo? Sí, y tenemos motivos para creer que muchos de ellos han visto al espíritu maligno, bajo formas diversas . . . Muchos de mis alumnos pretendieron haber visto apariciones. Faltaban a menudo al colegio . . . Sus extravagancias se produjeron no sólo en la Gruta, y en un arroyo abajo de la ladera de la Basílica, sino también en casa de ellos, donde habían improvisado pequeñas capillas.

Hermano Cérase: Una multitud de niños y niñas pretendieron haber visto a la Virgen Santísima. Los he encontrado en el camino de la Gruta. Llevaban una vela en la mano y se arrodillaban junto a los charcos… En oportunidad de uno de estos encuentros, un hombre me dijo: «Mi hijita también ve a la Santísima Virgen, en la Gruta; ¡son tantos los que la ven!» Yo consideré todo esto como pura comedia, y me asaltaron dudas muy grandes con respecto a las visiones de Bernadette a las cuales yo no había asistido nunca.

Nosotros somos los que subrayamos estas últimas palabras. Vemos ahí los peligros que las falsificaciones diabólicas hicieron correr al mensaje de Bernadette. Y sobre ello tendremos otras muchas pruebas.

Pero continuemos con nuestra citación extraída de las pacientes investigaciones del padre Cros.

“Domlnique Vignes, Marie Portan, Dominiquelle Cazenave, Ursule Nicolau.. . testigos excelentes: He visto muchas veces visionarios en la Gruta. Asían los ramos de flores naturales que llevábamos allá y arrancando los lirios y las rosas, que arrojaban al Gave, decían: «La Aparición no quiere ni lirios ni rosas».

He oído a una niña de diez u once años gemir, gritar, aullar, delante del hueco de la roca donde se encuentra ahora la vivienda del guardián: la Aparición estaba ahí, para ella. A esta niña se la honraba como a las otras. Se la besaba con devoción . . .

Cada uno de ellos llevaba un rosario en la mano; pero todos los rosarios eran nuevos y no estaban benditos; no querían otros. Tenían los rosarios colgando, con el Cristo a la altura de los ojos, y movían el rosario delante de sus rostros; hacían corriditas en todas direcciones, medio agachados, con el rostro contorsionado y gritando como cachorros de perro que ladraran persiguiendo una presa . . .

Vi llegar una procesión desde la fuente de la Merlasse hasta el poste, se trata del poste del cartel que prohibe la entrada a la Gruta. Llegado ahí, uno de los procesantes gritó: «Bajen todos conmigo: ¡van ustedes a ver a la Virgen!» Las mujeres se pusieron en fila para seguirlo . . .

Cierta tarde, caída la noche, uno de los visionarios, con la cabeza coronada de laureles, gritó: «Reciten todos el rosario: ¡Dios va a recitarlo! Fue inútil que yo observara que era el mundo al revés, que Dios le rezaba a la Santísima Virgen: ¡todos estaban encantados! Poco después el visionario gritó: «¡Besen la tierra- cuarenta veces, cuarenta veces!» Los asistentes besaron la tierra. En cuanto a mí, reía y al mismo tiempo rabiaba al ver estas cosas del diablo . . .”

La señorita Tardhivail:

No se tiene idea hoy de la credulidad de los habitantes de Lourdes en esa época; los espíritus estaban en el aire y en llamas; un desconocido que llegaba de Saint-Pé, dijo al entrar en la ciudad: «Miré hacia el lado de la Gruta; vi allí a la Santísima Virgen que se paseaba; todo el mundo la ve». Una multitud corrió enseguida hacia la Gruta; mis hermanas y yo estábamos entre ella.”

Jean Domingieux:

Cierto día vi, desde la Ribére, a un visionario, de pie frente a la Gruta, y le gritó a la multitud que se agolpaba entre el canal del Gave y, más allá del río, en la pradera donde yo estaba: «¡Sacad los rosarios!, ¡voy a bendecirlos!» Todos sacaron los rosarios y el visionario los bendecía con el agua de la Gruta.”

Lo que había de más revelador, generalmente, en las “payasadas” de todas estas pobres criaturas eran sus horrorosas muecas. He aquí los testimonios en este sentido, recopilados sobre todo por el padre Cros.

El de el guardabosque Callet:

“Cierto día seguí al visionario Barraóu hasta el molino. Llegado junto a una cama se puso a trepar por las cortinas con muecas espantosas: rechinaba los dientes o los hacía castañetear y sus ojos tenían algo de salvaje».”

La señora Prat:

“Fui una vez testigo de las visiones de Minino: relinchaba y su rostro era tan horroroso que yo no podía mirarlo.”

Otros testigos nos señalan ademanes estúpidos de parte de estos visionarios improvisados: habían visto a Bernadette una vez comer hierba. O por lo menos se había hablado de esto: entonces les agradaba imitar este acto y por este medio es evidente que los desacreditaban sin querer, puesto que la mayoría de ellos actuaba sin darse cuenta del alcance de su comportamiento.

Pero tenían también otras invenciones de su propia cosecha:

Pauline Bourdeau:

“He visto a doce llegar juntos de la Gruta en nuestra calle, con coronas de flores sobre la cabeza.”

Basile Casterot:

El visionario “fulano” pasaba por la ciudad con una cinta, que había sacado del tocado de una niña, atada en la cabeza: «La Santísima Virgen — decía — me lo ha ordenado.» Muchos lo seguían. Algunos decían: «Está loco», pero la mayoría sostenía que había tenido una aparición.”

La señora Baup:

“En el camino del bosque encontré cierto día al visionario M . . . en una especie de éxtasis, pero con el rostro descompuesto. Lo sacudí, no dijo ni palabra. Por fin salió del éxtiasis y se fue bruscamente. Le pregunté: ¿Qué has visto? No quiso contestar y se marchaba. Insistí: ¿Qué has visto? Acabó por decirme, alejándose siempre: A la Santísima Virgen con un vestido blanco y una corona.

Al mismo tiempo mi sobrina me fue a buscar para llevarme junto a tres o cuatro visionarios en el mismo camino: «¡Ven a ver, me dijo, el bello éxtasis de una niña!» La vi a esta niña de diez a once años, de rodillas con el rostro transfigurado. En ese momento, pasaba otra pequeña visionaria con una vela encendida en la mano. Me apoderé de la vela y pasé la llama delante de los ojos de la niña en éxtasis. Los ojos permanecieron igualmente abiertos. Poco a poco, el éxtasis terminó y la pequeña nos dijo: «He visto a la Santísima Virgen con un vestido blanco, un cinturón azul y una corona en la cabeza. —¿Qué te ha dicho? —Me ha dicho: ¡Retírate! Es preciso que me vaya al regadío.”

Todo esto no era muy malo, como se ve, pero hacía correr los riesgos más grandes a las verdaderas Apariciones, las de Bernadette, que ya habían cesado y que se hallaban superadas por las de sus imitadores o imitadoras.

En realidad se vacilaba, se averiguaba, se interrogaba. Esta cantidad de visiones, algunas de las cuales muy sospechosas; los milagros alegados, algunos de los cuales se revelaban más que dudosos; todo esto arrojaba la confusión en los mejores espíritus.

Un ejemplo notable va a hacérnoslo comprender. Entre los que se citaron, al principio, con los incrédulos, frente a los hechos de Lourdes, se encontraba, con la mejor fe del mundo, un director del Gran Seminario Lourdes en el mes de agosto de 1858. Estaba acompañado por un sacerdote extranjero. Los dos iban con el fin de informarse. Quisieron, antes que nada, ver a Bernadette. Esta permanecía a pesar de todo en el primer plano de la actualidad de Lourdes. Era ella, por cierto, quien había tenido los primeros favores de las Apariciones. Nuestros dos visitantes se presentaron en casa de los padres de Bernadette y pidieron verla. La niña estaba ausente. Prometieron por lo tanto volver al molino, entonces tenido por el padre. Y a continuación veremos la escena de la cual fueron testigos:

Dijo el canónigo Ribes:

“Del molino nos dirigimos a la Gruta por un pequeño camino que corre a lo largo del Fuerte. Descendimos la pendiente, entonces abrupta y árida, plantada hoy de árboles verdes y más fácilmente transitable gracias al camino en zigzag tan conocido de los peregrinos. Llegamos frente a la Gruta maravillosa; una barrera de tablas cerraba su entrada. Había allí, de hinojos, con una vela en la mano, una niña de doce a catorce años, pasando las cuentas de un rosario entre sus dedos, saludando a un ser misterioso y avanzando de rodillas hasta el pie de la roca. El suelo subía en anfiteatro; las crecidas del Gave habían formado allí anchos peldaños de escalera muy suaves. Miramos a la visionaria algunos instantes: sus facciones estaban contraídas y eran repelentes. Mi compañero le gritó: «—¡Sal de ahí! ¡Estás haciendo la obra del diablo!» La niña, simulando no oír, continuó su maniobra: « —¡Sal de ahí —le repitió con voz de trueno—, vete, o la mano de Dios va a caer sobre ti.» En seguida la visionaria apagó su pequeña vela, trepó por encima de la barrera y desapareció.”

Pero no era más que el primer acto de la investigación de los dos eclesiásticos. En el fondo, buscan, dudan, pero saben que no corren ningún riesgo de cometer un error si rezan. Escuchemos la continuación del relato:

“Rezamos, bebimos el agua de la fuente y fuimos a casa del señor cura. Bernadette nos esperaba allí. Nos contó con su candor de siempre lo que había visto y oído en la Gruta. Le hice observaciones sobre los tres secretos: veía en ello una imitación de La Salette. Ella contestó, sin vacilar, que había recibido esos secretos para ella sola; que no debía decirlos a nadie, ni siquiera al Papa, y que estaba decidida a guardarlos.

Mi compañero declaró que él creía; yo, en tanto, no estaba todavía convencido: —Estoy —le decía— dispuesto a creer, pero quiero otras pruebas.”

Esta vacilación fue tomada a mal por el cura de Lourdes, ya enteramente convencido, y por excelentes razones, de la autenticidad de las apariciones de Bernadette. Le escribió algunos días más tarde al obispo, diciéndole:

“¿Cómo quiere usted que los extranjeros den fe a las apariciones, cuando los Directores del Gran Seminario se pronuncian en contra?”

Al año siguiente, sin embargo, el canónigo Ribes regresó a Lourdes para celebrar allí una misa de acción de gracias por una curación obtenida mediante el empleo del agua de Lourdes. El cura le dijo entonces: “Debía usted esta reparación a la Santísima Virgen, porque le ha hecho usted oposición.”

Había tenido razón no obstante de no querer rendirse sino con pruebas fehacientes. Y en esa fecha del mes de agosto de 1858 las pruebas seguían siendo discutidas y discutibles. El demonio había “ahogado“, como ya lo hemos dicho, la verdad en la mentira. Apariciones fantásticas, milagros pretendidos; se comprende que el comisario Jacomet haya podido, a la sazón, escribir al Prefecto, en la época en que se hablaba de una comisión episcopal nombrada para examinar los hechos:

“Las gentes sensatas y verdaderamente religiosas se preguntan cómo se atreven a hacer intervenir al alto clero en supercherías flagrantes de esta naturaleza.”

Esta comisión, sin embargo, fue aceptada por el Prefecto que tenía la certeza de hacer condenar categóricamente todas esas historias de las visiones, inclusive las de Bernadette, que habían desatado el flagelo.

“Una Comisión ha sido nombrada para ocuparse de la comprobación de los milagros de Lourdes — decía, efectivamente, el prefecto de Tarbes, señor Massy —. La Comisión podría todavía, al cumplir su mandato con conciencia y sin parcialidad, poner fin a un triste asunto . . . Estaré pronto para facilitar los informes con el objeto de reducir a su justo valor los hechos pretendidos sobrenaturales que se van a tratar de reconstruir.”

Las conclusiones del ministro

Si, como lo pensaban los mejores espíritus, las payasadas tan numerosas que contribuían a desfigurar el carácter de las apariciones a Bernadette provenían del demonio, es menester reconocer que Satán no había calculado mal su maniobra. Los hechos que hemos relatado eran conocidos, por lo menos en parte, de las autoridades civiles. No nos sorprendamos por ello. Era el deber de estas autoridades mantener el orden (perturbado con demasiada frecuencia y demasiada evidencia), alrededor de la Gruta de Lourdes y en todos los pueblos vecinos. Por eso no podemos sino aprobar la carta escrita por el ministro de Cultos, señor Roland, al obispo de Tarbes, monseñor Laurence, con fecha del 30 de julio de 1858. Esta carta es por demás significativa para no ser citada in extenso.

Monseñor les decía:

“Los nuevos informes que recibo sobre el asunto de Lourdes me parecen de una naturaleza capaz de entristecer profundamente a todos los hombres sinceramente religiosos. Esas bendiciones de rosarios hechas por niños, esas manifestaciones en las cuales se advierte en primera fila a mujeres de vida equívoca, esos coronamientos de visionarios, esas ceremonias grotescas, verdaderas parodias de las ceremonias religiosas, no dejarían de dar rienda suelta a los ataques de los diarios protestantes y a algunas otras publicaciones, si la autoridad central no interviniera para moderar el ardor de su polémica.

 

Esas escenas escandalosas consiguen desacreditar más la religión a los ojos de los pueblos y creo de mi deber, monseñor, llamar de nuevo seriamente vuestra atención sobre estos hechos.

 

Vuestra Eminencia comprenderá sin dificultad que el establecimiento de un nuevo lugar de peregrinaje no podía, en sí mismo, causar ningún disgusto al gobierno. Si he insistido vivamente desde las primeras manifestaciones que se produjeron en la Gruta de Lourdes, para que no se les diera curso, es porque los informes precisos, obtenidos de diversas fuentes, no me permitían ver ni en el origen, ni en los progresos, ni en los resultados de ese movimiento popular, nada serio ni nada respetable.

 

Los acontecimientos han confirmado mis previsiones: la multiplicación de los visionarios y los que caen en éxtasis, que nos recuerdan escenas tristemente célebres del siglo XVIII; las locas demostraciones que se llevan a cabo en este momento a orillas del Gave, bastarían para justificar, sin más, las medidas que las autoridades han debido tomar.

 

Estas manifestaciones lamentables me parecen también de naturaleza suficiente para hacer salir al clero de la reserva en la cual se ha mantenido hasta ahora.

 

No puedo, por otra parte, sobre este punto, más que dirigir un urgente llamado a toda la prudencia y a toda la firmeza de Vuestra Eminencia, preguntándole si no juzgaría apropiado reprobar públicamente semejantes profanaciones . . .”

No es posible dejar de ver en esta carta una verdadera intimación, cortés sin duda, pero categórica. Lo que deseaba el ministro, lo que esperaba, exigía, haciendo claras alusiones a los desórdenes históricos del cementerio de Saint-Médard, en el siglo XVIII, era sin duda una intervención episcopal, y esta intervención debía ser, en su opinión, una reprobación general y una condenación de todas las historias de apariciones, comprendiendo las de Bernadette, que, sin duda alguna, habían dado impulso a todas las otras.

Si el obispo hubiera obedecido a esta especie de intimación, si hubiese intervenido sin respetar el precepto paulino: “Quedaos con lo bueno”, Satán hubiera obtenido la victoria.

Celos entre aldeas

El peligro que señalamos era tanto más grave por cuanto el obispo acababa, en esa fecha de julio de 1858, de ser sorprendido por uno de sus sacerdotes de los alrededores de Lourdes, con nuevos casos de exaltación colectiva. Se producía una nueva puja en materia de visiones sobrenaturales, no solamente en Lourdes donde tantas personas pensaban ganarle a la pobrecita Bernadette, tan poco hecha, según la opinión pública, para ser elegida por la Virgen con preferencia a muchas otras, sino también en los pueblos vecinos.

El 9 de julio, en efecto, el abate Pierre Junca, cura de Ossen, escribió a monseñor Laurence para ponerlo al corriente de lo que pasaba en su parroquia.

Un chico, Laurent Lacaze, de 10 años había querido ir a la Gruta después de la clase matinal. Ocurrió el 2 de julio. Había insistido tanto que sus padres cedieron. Hacia el mediodía, Laurent, acompañado de su hermanito de ocho años, se encontró frente a la Gruta. Rezaba su rosario cuando al levantar los ojos vio a “una mujer vestida de blanco, teniendo en su brazo izquierdo a un niñito pequeñito. Este niño llevaba en la mano derecha un ramo compuesto por tres rosas rojas. Sobre su cabeza, un bonete rojo terminado por tres rosas blancas atadas con una cinta roja. La mujer tenía, en la mano derecha, un ramo formado por tres rosas rojas. Del brazo derecho le colgaba una ancha cinta roja y festoneada. Del mismo brazo le colgaba un lindo rosario. Su cabeza estaba cubierta por un bonete blanco adornado con una cinta blanca. Junto a esta mujer, estaban de pie, el uno a la derecha, el otro a la izquierda, dos hombres vestidos de negro, tocados con boinas azules. El hombre de la derecha tenía una larga barba blanca. Y la mujer y los dos hombres tenían puestos zapatos negros“.

Toda esta descripción se encuentra en la carta del cura. El joven Lacaze había tenido, pues, bastante tiempo para detallar su visión milagrosa. La mujer le había recomendado que volviese por la tarde. El niño había obedecido. Y había vuelto a ver a todos los personajes de la mañana. Y todos habían tomado el sendero, llevando al niño y a la madre que había ido con él, detrás de ellos, en dirección a la aldea de Ossen. A lo largo del camino la mujer se prestaba a las charlas infantiles de Laurent . . . Los días subsiguientes, nuevas visitas de Laurent Lacaze a la Gruta, nuevas apariciones. Pero en adelante está rodeado. Se forman procesiones para acompañarlo. El cura, advertido, había creído conveniente echar agua bendita sobre el niño y el lugar donde éste decía que veía a la mujer. Al parecer sin gran resultado.

Estas eran historias absurdamente inverosímiles. Pero los habitantes de Ossen estaban perturbados por ellas. Se le guardaba rencor al cura porque manifestaba sus dudas al respecto. Y él consultaba a su obispo para saber cuál actitud debía asumir. Durante este lapso se habían presentado otros visionarios: Jean-Marie Pomiés, de trece y Jean-Marie Sarthe de diez años. Este último era de Ségus, una aldea vecina. Pero las visiones de éste no le duraron. El cura le ordenó que permaneciera en su casa. El niño obedeció y todo terminó ahí.

Los dos chiquillos de Ossen, en cambio, seguían con sus maniobras de las cuales transcribimos lo siguiente:

“Durante bastante tiempo fueron perseguidos y estuvieron como obsesionados por la aparición. Corrían detrás de ella por las calles y dentro de las casas, como si le estuvieran dando caza. Sus gritos se asemejaban, con frecuencia, a aullidos, y sus ademanes, sus movimientos, no eran siempre armoniosos: más de una vez, por el contrario, nos chocaban por lo que veíamos en ellos de desordenado e inconveniente. El amor propio de los padres, quienes con toda inocencia se habían figurado que sus hijos veían a la Santísima Virgen, contribuía a prolongar estas lamentables escenas.”

Estas líneas son del cura de Ségus.

El alcalde de Ossen, Jean Verguez, observaba, por su lado, lo que ocurría. El padre Cros nos deja su testimonio, durante todo este proceso, en el sentido que venimos de anotar. Parecía evidente que el joven Lacaze tenía realmente visiones. Los asistentes no podían creer en otra cosa que no fuera la aparición de la Virgen. ¿Y por qué no? Una Bernadette Soubirous ¿tendría el monopolio de esto? Los padres de Laurent Lacaze no lo creían así. El alcalde que los interrogó escribe:

“Los Lacaze no trabajan: están contentos, sobre todo el padre de lo que le ocurre a su hijo. Al caer la noche encontré al padre que iba a guadañar. Le dije: «Ha perdido una jornada». Me contestó: «Sí, pero por lo menos tenemos en casa una hermosa compañía, la de la Santísima Virgen».”

Pero esto no es todo. De acuerdo con el testimonio del alcalde había en estos niños de su aldea algunas cosas que asombraban. Por ejemplo, Laurent Lacaze que no sabía más que el dialecto, hablaba en francés. Pero había algo más raro aún. Escuchemos al alcalde:

“Cierto día en la casa de los Lacaze, Jean-Pierre Pomiés, niño de trece años se hallaba de pie a distancia de dos metros de una claraboya que daba sobre el corral. Esta claraboya tiene sesenta centímetros de alto por cuarenta y tres de largo y queda a más de un metro sobre el suelo. Ahora bien, el niño vio, de pronto por la claraboya, la aparición en el corral y lo he visto pasar con la rapidez de una flecha a través de la claraboya sin tocar el marco, caer sobre sus pies en el corral y perseguir la aparición.

 

Este espectáculo me perturbó en forma tal que me retiré en seguida y le dije a mi mujer, al volver a mi casa: ¡Todo esto no me inspira confianza! ¡No volveré más allí!”

Todo esto no me inspiraba confianza. Le entregaban objetos benditos. Ninguno de los objetos benditos que les fueron entregados fue devuelto. Monseñor Laurence había recibido informes fidedignos y detallados de todos estos acontecimientos. Desde el 12 de julio de 1858, había contestado al cura de Ossen:

“Considero a los niños Lacaze y Pomiés, visionarios como atacados de una afección nerviosa. Hay que tratarlos así. No hay nada sobrenatural en lo que experimentan, por lo que yo puedo juzgar. Un objeto celestial no dice palabras que nada significan; no se divierte, no tienen ninguna familiaridad. Si estos niños dicen o hacen cosas poco convenientes, es menester reprenderlos y tratarlos con severidad.”

Pero el obispo tendrá que reiterar sus recomendaciones antes de que sean oídas y respetadas por el pueblo. Los visionarios de Ossen continuarán, pues, durante cierto tiempo con sus ejercicios extraños. Abundan los testimonios según los cuales las gentes seguían a nuestros jóvenes profetas, los admiraban, les obedecían. Se arrodillaban al pasar frente a la casa de los Lacaze. Se le rezaba una oración a la Virgen. Iban a pasar la noche al cuarto donde descansaba el visionario. En vano el cura hablaba en el púlpito de una carta del obispo, de acuerdo con la cual debía prohibirse a los menores de quince años el acceso a la Gruta y no permitir a los otros que se comunicaran con los visionarios. ¡Se negaron a creer en su palabra hasta que les mostró la carta! La hermana del cura Frangoise Junca, añade: “Las aldeas vecinas estaban celosas de Ossen; para nosotros este asunto era muy penoso; mi hermano no dormía por causa de todo esto“.

Hemos hecho notar al pasar estos celos de las aldeas con respecto a Ossen. Unos celos semejantes se desencadenaron contra Lourdes.

Cuenta una habitante de Omex, otra aldea vecina:

“Cierto día estaba yo en la Gruta y los niños visionarios de Ossen, con unos cuantos otros de Lourdes, se hallaban en el hueco de la roca donde el diablo se les aparecía. Se oyó de repente salir del interior de la cavidad una voz muy fina, semejante a la de un niño melindroso. La voz decía: «En el valle de Batsurguére, y sobre todo en Ossen, hay muchas buenas gentes; en Lourdes sólo hay canallas.» Yo dije entonces delante de todo el mundo: «Es más demonio que el demonio el que habla así. ¡La Santísima Virgen no desprecia a nadie, y menos a los que necesitan convertirse!»”

No por ello dejó de producirse entre la concurrencia una agitación, una división de los ánimos. Una mujer de Ossen se sintió tan halagada de lo que había oído que quiso levantar una capilla a la Virgen en su cuarto, pero su marido se opuso a ello. La pobre mujer, por lo demás, enloqueció y murió ese mismo año. Pero hemos dicho bastante ya para que pueda medirse un poco la extensión de las perturbaciones provocadas por tantas “diabluras” en Lourdes y en los alrededores, y para que pueda comprenderse la prudencia que necesitó el obispo para discernir entre todas estas manifestaciones más o menos extravagantes. Si el demonio había deseado desacreditar las apariciones de la Virgen a Bernadette, mezclándolas con pujas numerosas y grotescas, puede decirse que faltó poco para que lograra sus fines. Felizmente monseñor Laurence no se dejó impresionar. El 28 de julio de 1858 firmó una orden destinada a formar una comisión de investigación con respecto a las apariciones de Lourdes. Pero lo más notable es que desde el principio esta comisión no designó por el nombre más que a Bernadette Soubirous como el objeto del examen decisivo. No se mencionaban en la Orden, los hechos tan numerosos que hemos reunido en este capítulo. A los ojos de las personas sensatas todo esto no era más que imaginación, exageración, rareza, y quizá cosas del diablo. El lector que las ha encontrado reunidas aquí puede haberse asombrado por su cantidad, su repercusión, su extravagancia, y concebir por lo mismo, en forma retrospectiva, alguna penosa impresión sobre las apariciones de Lourdes. Y sin embargo, si reflexiona sobre ello, sólo experimentará mayor asombro por la forma sencillísima y, al parecer, tan natural, con que las sombras, muy densas en un momento dado, fueron disipadas, y cómo se hizo la luz.

La comisión episcopal empezó a trabajar sin retardo. La simplicidad, la rectitud, la perseverancia, la evidente sinceridad que todos pudieron comprobar en Bernadette, y, por otra parte, los milagros realizados mientras tanto en la Gruta, milagros bien auténticos esta vez, hicieron maravillas, y al cabo de un poco más de tres años monseñor Laurence pudo otorgar su aprobación solemne a los acontecimientos de Lourdes, tales como son conocidos por la vida de Bernadette.

Pero seguramente el lector ha de tener curiosidad por saber lo que ocurrió con esa multitud de visionarios improvisados cuyas hazañas habían ocupado, durante meses, un lugar preponderante en el ánimo de los habitantes de toda la región de Lourdes.

Los visionarios de Ossen

Cuando el padre Cros realizó su investigación histórica con una esmerada minucia, en 1878, pudo conocer a los visionarios de Ossen. En veinte años habían, naturalmente, crecido mucho. ¿Qué les quedaba en el ánimo de sus experiencias de 1858? Nada, o casi nada.

Tanto el uno como el otro eran excelentes cristianos. Ambos, Laurent Lacaze y Jean-Marie Pomiés pertenecían al grupo que cumplía el oficio de los grandes acólitos en la procesión parroquial del Santísimo Sacramento. El padre Cros los interrogó. Laurent Lacaze, el primero, le dijo que no guardaba casi ningún recuerdo de sus hechos y hazañas de 1858:

“Recuerdo, eso sí — le dijo —, que iba a la Gruta con otros chicos; que veía una especie de sombra, pero no tengo ya idea si eso tenía miembros, si era un hombre o una mujer. No tengo recuerdo de lo que hacía en el camino de Lourdes a Ossen.”

Para la mayoría de los que se acordaban un poco más, esta “especie de sombra” que Laurent había visto entonces no podía ser sino el diablo.

Interrogado a su vez, Jean-Marie Pomiés, declaró al padre Cros:

“Yo iba a menudo a la Gruta, atraído por lo que oía contar sobre las cosas extraordinarias que pasaban allí. Durante esas visitas tuve visiones dos veces: la primera vi, en la cavidad de la roca, un resplandor deslumbrante en medio de una sombra bastante densa. El resplandor no era ni rojo, ni blanco, y tenía alrededor de un metro de altura. No distinguí ninguna cara. Esto duró un cuarto de hora, más o menos. La segunda vez fue la misma cosa, pero me llamó la atención lo que le ocurrió a una chiquilla que también veía visiones. Yo estaba de rodillas entre ella y un chico: los tres vimos el mismo resplandor. De pronto, la chica avanzó la mano hacia el lugar de donde venía el resplandor y la vela que tenía en la mano desapareció súbitamente sin que hubiéramos podido saber adonde había ido a parar. Nuestra sorpresa fue grande . . .”

De modo que Jean-Marie Pomiés no había distinguido, tampoco él, más que “una sombra bastante densa” con un resplandor que no era ni rojo, ni blanco, sino muy deslumbrante.

Recordemos que fue él quien saltó tan ágilmente por una claraboya estrecha, de ida y de vuelta, de acuerdo con nuestros testigos, con una habilidad sobrehumana. Pero en 1878 se pudo escribir de él y de su émulo, Laurent Lacaze:

“Viven honesta y cristianamente; el espíritu de la mentira abusó de su inocencia, pero ninguno de los dos se hizo cómplice de Satán.”

Es el testimonio que les rinde el padre Cros, después de haberlos visto y oído.

Los visionarios de Lourdes

Esta misma facultad de rápido olvido se advierte también en los muchísimos visionarios de Lourdes.

El padre Cros no podía dejar de interrogarlos a su vez. Y comprobó que la mayoría no conservaba de sus presuntas visiones más que recuerdos muy vagos. El abate Serres, vicario de Lourdes, y, por su cargo, en contacto constante con los niños del catecismo, había advertido ya, poco tiempo después de las apariciones, que estos niños, en su mayoría, llegados a la edad de su primera comunión — suponemos que en Lourdes como en muchas otras diócesis de Francia, ésta se hacía entre los doce y los catorce años —, se acordaban confusamente de los objetos que se les habían aparecido en la Gruta o en otros lugares.

Pero el padre Cros interrogó a algunos de ellos después de un intervalo de veinte años. He aquí la respuesta de uno de ellos, Alexandre Franois L.:

“No me gustaba vagar y me cuidaban mucho; tanto que no hubiera ido a la Gruta si mis camaradas no me hubieran arrastrado hasta allí. Subí, pues, con ellos, a la cavidad superior y me puse a rezar de rodillas.

Entonces vi llegar desde el fondo una visión blanca como este papel: era por cierto una especie de forma humana, pero no distinguí ni el rostro, ni las manos, ni los pies. En cuanto los chicos hablaban, yo ya no veía nada. Les pedía que se callaran y la visión volvía. La vi volver de este modo por lo menos cinco veces. Créase o no, la he visto, y era hermoso verla . . .”

Otro, que el padre Cros llama “el más ilustre de los viejos visionarios” y que se había convertido en padre de cuatro hijos, le contó a su vez:

“Había asistido una o dos veces a las apariciones de Bernadette y me habían conmovido como a los demás; pero no pensaba mucho en ello cuando, cierto día, al volver de un paseo con un chico de mi edad, del lado del bosque, bajamos juntos hasta la Gruta. Al llegar yo allí, el primero, me pasó delante de los ojos algo que tenía un rostro de hombre. Me puse a reír, luego a llorar y las personas que estaban allí comprendieron que había tenido una visión. Conté a mi camarada lo que había visto. Las mujeres iban a buscarme a mi casa y me llevaban a la Ribére. Algunas veces, no vi absolutamente nada; otras veía la misma cosa y gritaba: ¡Arrodíllense! ¡Besen la tierra!, porque tenía miedo. Veía también a esta aparición que iba de un árbol a otro en la pradera. Les pedía a todos sus rosarios y los enjuagaba en el Gave, porque se me ocurría hacerlo. Un día estaba yo solo en la Gruta; vi la Aparición, entonces, el padre que hizo levantar las cruces en la cima del Ger, vino hacia mí y me dijo: «Vete de ahí; lo que tú ves es contrario a la verdadera Aparición», y yo me fui. Los otros chicos hacían muecas, como yo, y gritaban, pero no sé qué gritaban. Tenía miedo. Nunca fui solo sino durante el día. Por la noche no me hubiera atrevido a ir allí si las mujeres no hubiesen ido a buscarme.

 

Ellas creían que yo veía a la Santísima Virgen. A veces eran las diez o las diez y media cuando regresábamos a casa. Las mujeres me preguntaban: «¿Qué has visto?» Yo les contestaba: «A la Santísima Virgen.» Sin embargo era claramente un rostro de hombre lo que yo veía. Esta cara cambiaba con frecuencia. Solía tener barba. Una vez vi a este personaje vestido de blanco; ¡no me acuerdo haber notado sus pies, ni sus manos!

 

Todo esto está ahora muy embarullado: no podría decir lo que era …”

Y esto es todo cuanto el padre Cros ha podido recoger de preciso sobre todas esas visiones, a veinte años de distancia! No obstante, los antiguos visionarios afirmaban categóricamente dos cosas, a saber: que nadie los había impulsado jamás a simular las visiones, esto provenía de ellos mismos — o del diablo, diríamos nosotros, junto con muchos otros — y en segundo lugar, la policía, el comisario, los gendarmes, el guardabosques se opusieron siempre a sus maniobras.

Conclusión

Nuestra conclusión no podría ser diferente a la del padre Cros, que ha estudiado tan bien todo este expediente, y al cual hemos tomado en préstamo algunos elementos. Está convencido que Satán fue realmente el centro de todas estas manifestaciones porque encontró en ellas una convergencia, una continuidad, una estrategia, diremos, que no podían ser propios de los personajes que desempeñaron en ellas un papel cualquiera. Era como uno de esos coros antiguos, del cual hemos oído las voces, pero cuyo director no puede ser otro sino el demonio. Un director de orquesta: Satán, he ahí lo que explica la lógica de las extrañezas que hemos visto. Unicamente que Satán deja su garra marcada en sus composiciones más hábiles. Hubo siempre, gracias a Dios, una diferencia enorme entre los visionarios, mujeres, jovencitas, jóvenes o niños que se manifestaron entonces y la tranquila y serena Bernadette. Nadie pudo equivocarse: la distinción entre el bien y el mal, entre lo verdadero y lo falso, se operó por sí misma.

Citemos pues la apreciación final del padre Cros adhiriéndonos a ella (ver el tomo III, pág. 272):

“Hemos mostrado en otra parte cómo la prueba de lo divino resulta de los contradictores mejor armados: contradictores oficiales u oficiosos, ni los unos ni los otros pudieron detener el acontecimiento ni retardar su marcha: el acontecimiento, a sus ojos, no era sin embargo Bernadette, y Bernadette no era nada. La nube de visionarios se disipó y pronto no se habló más de ellos; la estrella de la vidente brilló aún a través de la nube y la nube misma sirvió para hacer apreciar mejor la pureza de su luz.

 

Así la contradicción del Infierno fue vencida como la de los hombres. Un momento Satán tuvo como auxiliares a personas piadosas que se ilusionaron con sus prestigios; nada más temible podía imaginarse, y sin embargo esta nube misma, tan negra, fue atravesada por obra divina; las más poderosas protecciones de nada sirvieron a los visionarios, y cuando hubieron desaparecido sus rostros convulsionados, quedó, luminoso como antes, pero de una sinceridad y una paz que se habían tornado más encantadoras, el rostro de Bernadette.”

El brillante centenario que terminó en Lourdes, a principios de 1959, es una prueba del lustre que rodea para siempre el nombre de Bernadette Soubirous, la que vio a la Virgen en 1858. No olvidemos sin embargo que Bernadette, humilde campesina, como el cura de Ars era hijo de campesinos, terminó su vida en el convento de Nevers y que tuvo, en su última hora, que luchar contra el demonio, como lo había hecho el santo cura de Ars en el transcurso de su vida.

Durante su agonía, en efecto, manifestó un instante un gran temor, y una de las religiosas que la asistía le oyó exclamar claramente: “¡Vete, Satán!” Pero la santita volvió a encontrar poco después toda su tranquilidad y murió en una inmensa paz victoriosa.

Referencias.-

(1) Se trata de la bella obra: Historia de Nuestra Señora de Lourdes según los documentos y los testigos, por L. J. M. Cros, S. J., París Beauchesne, 1927 sobre todo en el tomo II, pág. 47 y siguientes y passim.

(2) Sabemos que hubo todavía una aparición a Bernadette el 16 de julio, pero el padre Cros no la cuenta. Para él la serie se cerró el 7 de abril. 44

Presencia de Satán en el Mundo Moderno.
Capitulo II
Monseñor Cristiani