Las 4 trampas del demonio para alejarnos de la oración


La oración es un don de la gracia y una respuesta decidida por nuestra parte. Supone siempre un esfuerzo. El catecismo de la Iglesia Católica, nos dice en el numeral (2725), que el demonio, nuestro enemigo, «hace todo lo posible por separar al hombre de la oración».

En el combate de la oración, tenemos que hacer frente en nosotros mismos y en torno a nosotros a conceptos erróneos sobre la oración. Unos ven en ella una simple operación psicológica, otros un esfuerzo de concentración para llegar a un vacío mental. Otros la reducen a actitudes y palabras rituales. En el inconsciente de muchos cristianos, orar es una ocupación incompatible con todo lo que tienen que hacer: no tienen tiempo. Hay quienes buscan a Dios por medio de la oración, pero se desalientan pronto porque ignoran que la oración viene también del Espíritu Santo y no solamente de ellos.

El demonio, saca ventaja de todas estas situaciones y las utiliza a su favor. Sus trampas, son más comunes de lo que el cristiano promedio podría imaginar, y emplea este arsenal sin discriminar entre sus victimas. Toda vale y todo cuenta.

Estas son las cuatro trampas más comunes, mediante las cuales el demonio busca lograr el objetivo de alejar al hombre de Dios.

 

Trampa número 1. La oración es inútil

Efectivamente, la oración no sirve para nada, si nos atenemos a los criterios habituales de eficacia. Desde un punto de vista humano, rezar es perder el tiempo. Además, está la gran cuestión que plantean los monjes y monjas al mundo que les rodea: ¿para qué sirven esos hombres y esas mujeres cuya vida se consume en la oración? Desde la perspectiva mundana, esas vidas entregadas  a oración parecen, a los ojos de muchos, vidas desperdiciadas.

Nosotros cometemos exactamente el mismo error cuando renunciamos a rezar con el pretexto de que tenemos demasiado trabajo: nos situamos en una lógica de la productividad, en vez de situarnos en una lógica del amor. Si estamos un poco atentos, veremos que, en nuestra vida, lo que es más inútil, es también lo más precioso: hacerle mimos a un niño, por ejemplo, abrazar a tu cónyuge o contemplar un paisaje hermoso. Del mismo modo, la oración es radicalmente inútil y fundamentalmente indispensable.

 

Trampa número 2. No sabes rezar.

El Tentador multiplica los argumentos para demostrar con argumentos apabullantes que la oración es algo demasiado difícil, que la oración es cosa de santos, que debería formarme antes de empezar a rezar, etc. Una vez más, es cierto: yo no sé rezar.

Mi oración está llena de distracciones, de infidelidades, de búsqueda sutil de mí mismo y de mil otras imperfecciones. ¿Y qué? Cuando un padre coge en brazos a su bebé y él empieza a balbucear y a sonreír, ¿acaso el padre suelta a su hijo y le dice: “Te dirigirás a mí solo cuando sepas hablar”? ¡Por supuesto que no! Al contrario, lo contempla enternecido y maravillado esos torpes balbuceos. Lo que es verdad para los padres en la tierra, ¡lo es también para Dios!

 

Trampa número 3. Ya rezarás cuando tengas tiempo.

Una cosa es segura: si esperamos a tener tiempo para rezar, no rezaremos, porque siempre tendremos mil otras tareas más urgentes que cumplir. Si tenemos la intención de rezar hoy, pero no determinamos un momento concreto para ello, corremos un gran riesgo de llegar a la noche sin haber encontrado ni un minuto disponible.

Quien reza de forma regular no es quien dispone de mucho tiempo libre, sino quien decide consagrar un tiempo a la oración. Es una cuestión de elección. ¿Cuáles son mis prioridades? ¿Quiero situar la oración en el centro de mi vida, o la considero como un lujo opcional? Si es algo primordial, ocupará un buen lugar en mi gestión del tiempo.

 

Trampa número 4. Tu trabajo es tu oración.

Dicho de otra manera: si trabajas con toda tu alma, ofreciendo tu trabajo al Señor, eso te dispensa de rezar. Es cierto que la oración no es la única forma de mantenerse en presencia de Dios, de estar cercano a Él y de servirle. ¡Afortunadamente! Porque si no, eso querría decir que no podríamos pasar más que una pequeña parte de nuestras jornadas con Dios.

¿Cuándo estoy más cerca a Dios? Cuando hago su voluntad, allí donde Él quiera, cuando y como Él quiera. Si eso es a la hora de preparar la comida, de animar una reunión de trabajo o de llevar las cuentas de mi empresa, realizando ese trabajo es como estoy más cercano a Él.

Soy llamado a hacerlo todo en presencia de Dios y por amor a Él. Pero “no se puede orar «en todo tiempo» si no se ora, con particular dedicación, en algunos momentos” (Catecismo de la Iglesia católica, 2697). Podría rezar trabajando si, todos los días, rezase también sin trabajar.

Estas cuatro trampas son universales. Todos los que rezan se tropiezan con ellas, de una forma u otra. Contrariamente a lo que piensa mucha gente, la oración no es más fácil para una carmelita que para una madre de familia. Porque la oración es siempre un combate “contra las astucias del Tentador que hace todo lo posible por separar al hombre de la oración” (2725).

Confiemos pues nuestras buenas resoluciones a María, “la orante perfecta” (2679), cada mañana, para que no se acabe el día sin que hayamos dedicado un tiempo a rezar.

Fuentes
https://www.religionenlibertad.com/cultura/530317370/Cuatro-trampas-que-te-susurra-al-oido-el-demonio-para-que-dejes-de-rezar-y-lo-que-puedes-contestarle.html

Escrito originalmente por Christine Ponsard