La tiranía de la entretención


Los medios de entretenimiento de una cultura, hablan de esta misma, así como su arte, su estética, el trato de sus semejantes, o incluso su economía y su política. Así se hace evidente que donde hay un circo de la muerte, como en Roma, el carácter es fuerte, guerrero si es bien llevado, cruel si se desvía, poderoso en el buen camino, soberbio si se descuida, etc. Las formas de entretenimiento, pues, nos hablan del conjunto de la sociedad que las disfruta.

Por ello, si uno pretende acercarse al conocimiento de un tiempo y de su gente, es fundamental adentrarse también en los gustos reflejados en el trabajo, en la familia y en el ocio de las personas.

Si miramos con cierta atención, la diversión actual tiene, es verdad, unos cuantos matices cuando se trata de literatura, algo menos cuando hablamos de cine, un poco menos en los juegos electrónicos, menos aún en la televisión, y prácticamente nulas en las fiebres del sábado por la noche . Bien mirado, de hecho, el hombre contemporáneo escasa vez se escapa de alguna de estas maneras de pasar el tiempo, jugando a algo que lo haga pensar, o conversando con sus amigos creativamente.

Con el paso de los años, cada día se vuelve más raro el gusto por la lectura, y por todo aquello que exija un esfuerzo intelectual, por esto, aunque las librerías se tapicen de libros variados (y a veces no tanto, porque suelen sufrir las olas de la moda), nos encontramos con que la mayor parte de la gente, pretextan razones económicas, o simplemente afirmando sin tapujos su desagrado hacia los textos que rebasen las cinco hojas. La lectura queda, pues, casi relegada a la “gente culta”, y a una novela rosa o solución de conflictos rápidamente absorbida en el metro camino a casa o al trabajo.

Entonces, dejando la literatura de lado, casi deberemos enfrentar como única alternativa a todos aquellos medios que absorben todos nuestros sentidos, y nos entretienen por la supresión del pensamiento (“hay que vaciar la cabeza de sus problemas”) y la utilización de los reflejos o de las emociones. A esto queda abandonada toda entretención. Se acabaron los tiempos en que los niños imaginaban embarcarse hacia tierras lejanas…

Lo cierto es que nunca, salvo (en parte) durante aquel desgraciado anochecer cultural romano, hubo en general tanta afición y culto al ocio, y nunca, sin precedentes, hubo tantos medios de alcanzar el mismo resultado.

¿Qué pasa hoy con la variedad filmográfica que en cierto momento existió? ¿Dónde están las películas creativas que no necesitan utilizar la transgresión para mostrarse innovadoras? ¿Dónde quedaron esos films que dejaban la sensación de ver algo inteligente sin convertirse por ello en cine de sótano o para pseudo-intelectuales?

Así mismo, ¿cuánta variedad de juegos hay? Millones, me dirán, pero… ¿en género? ¿Dónde están los juegos que desarrollan la inteligencia más que los reflejos, que enseñan la verdad y no un montón de mentiras, que son divertidos y están bien hechos, y no son un conjunto de puzzles que ningún chico actual osaría siquiera pensar en resolver?

¿Y el sábado por la noche? En general, pensemos en conjunto: ¿en qué se divierte la gente? Los que salen por las noches, se quedan en borracheras, flirteos y euforia. No mucho más que eso…si acaso perreo, twerking y reagueton…

Es decir… ¿cuál es la contra propuesta a esto que consumimos a montones? ¿Dónde está la variedad que la dogmática “libertad” de nuestros días debería permitir?

No existe. El ser humano, hoy, cree tener opciones pero vive siempre lo mismo, se ríe, llora o se siente malo y transgresor, una y otra vez, con películas que poco o nada varían su argumentación, a excepción de ir progresivamente empeorando el mal gusto y la decadencia.

Más allá de estas observaciones, y de las nuevas comprensiones que hayan surgido en la mente del lector, es interesante hacerse una última pregunta para terminar esta reflexión: ¿Por qué es tan importante el ocio? ¿Acaso no buscamos todos desprendernos lo más posible de obligaciones y deberes, para ir a tirarnos a los brazos de la diversión?

El equilibrio de alma nos indica qué es sano y qué no lo es. Así, el exceso de trabajo es tan dañino y desequilibrado como la vagancia casi absoluta en que muchísima gente se entrega cada vez que le es posible. Ambos desórdenes corresponden a la permisión que la persona da a sus vicios desatados, y casi podría ser terrible, para quien no quiera leer sobre estos temas con serenidad y deseo de perfección, el sólo hecho de mencionar como no tan bueno el gusto desmesurado por asesinar el tiempo que tenemos.

¿Acaso hemos nacido para divertirnos? Los liberales de un siglo atrás probablemente estarían felices con la obra realizada. “Ya que al morir me convierto en nada, mejor reviento a la vida ahora”, dirían entre copas  y un abismante vacío interno que los dejaba desgraciados el resto del tiempo en que no estropeaban sus vidas.

Hoy, ¿no vivimos acaso la misma mentalidad? ¿Dónde queda nuestro catolicismo si no puede enraizarse en nuestros hábitos de vida? ¿Acaso no será un terrible mal actual el que lloremos con una comprensión, en donde entra nuevamente el sentimentalismo bien llamado, pero no logremos hacer un cambio real en nuestra vida?

El catolicismo es mucho más que una palabra y que una comprensión. Catolicismo es una forma de creer, de pensar y de vivir, que no queda colgada con el abrigo a la entrada de nuestras casas. ¿Somos acaso católicos en nuestra forma de vivir?

Muchas veces nos horrorizamos con los actos malos y perversos, con el pecado, pero nunca o rara vez comprendemos el mecanismo del pecado, del mal y de error. El mal no comienza con el inicio del acto ruin, sino que comenzó mucho antes: en nuestras tendencias. Las tendencias son la forma de cómo vivimos, qué gustamos, qué rechazamos, qué nos identifica, etc.

Las tendencias, con el tiempo, se vuelven ideas, lo que se convierte después en ideologías que corroboran y refuerzan esas malas tendencias. De aquí al acto no hay más que un paso, si contamos con que todos nuestros gustos e ideas avanzan en esa dirección. Esto se aplica a nuestra vida personal, y a las culturas y civilizaciones. En palabras de Paul Claudel: “Cumple vivir como piensas, so pena de terminar pensando como vives”.

Tal vez son demasiados los temas que se desprenden de esta breve reflexión, y sería interesante poder ir pensando en cada uno de ellos. Lo importante ahora es, no que abandonemos la diversión, sino que, al menos, podamos ser espectadores, además del cine,  o del juego o del smartphone, de las tendencias ajenas y de las propias.

Fuentes

Publicado en el desparecido sitio Cristiandad