La Santísima Virgen María y los predestinados

«Mira qué hoy pongo ante ti la vida y el bien, la muerte y el mal (…) poniendo ante ti la vida y la muerte, la bendición y la maldición; escoge, pues, la vida, para que vivas tú y tu posteridad» (Dt 30,15ss.)

La Madre de Jesús, por su obediente fiat ante el mensaje del ángel, medió al mundo al Autor y Fuente de todas las gracias (cf.: Lc 1, 26-38). El oficio de Nuestra Señora como Mediadora materna de las gracias de la Redención fue delineado en la Visitación a Isabel, lo cual condujo a la santificación del Bautista no nacido aun (cf.: Lc 1, 39-45); y en las Bodas de Caná, donde la Mediadora intercedió por el primer milagro y ministerio público del Mediador (cf.: Jn 2, 1-11).

El oficio de la universal Madre y Mediadora de las gracias fue totalmente establecido ante la Cruz con las palabras del agonizante Salvador al dar a la humanidad a su propia Madre como último don de su sacrificio redentor (cf.: Jn 19, 25-27).

«Los doctores de la Iglesia enseñan comúnmente que la Santísima Virgen María, que parecía ausente de la vida pública de Jesucristo, estuvo presente, sin embargo, a su lado cuando fue a la muerte y fue clavado en la cruz, y estuvo allí por divina disposición. En efecto, en comunión su hijo doliente y agonizante, soportó el dolor y casi la muerte; abdicó los derechos de madre sobre su Hijo para conseguir la salvación de los hombres; y, para apaciguar la justicia divina, en cuanto dependía de ella, inmoló a su Hijo, de suerte que se puede afirmar, con razón, que redimió al linaje humano con Cristo. Y por esta razón, toda suerte de gracias que sacamos del tesoro de la redención nos vienen, por decirlo así, de las manos de la Virgen dolorosa».[1]

«Esta predestinación encuentra su realización efectiva en la concepción del Salvador, y en los actos por los cuales ella prepara primero la Hostia que había de ser ofrecida en la cruz por la salvación del género humano y coopera después con Cristo, identificada su voluntad con la del Hijo, co-ofreciendo al Padre la inmolación de la vida de su Hijo para salvación y rescate de todos los hombres.

Ahora bien: dada la unión tan estrecha que en la predestinación y revelación divina tienen Jesús y María acerca de nuestra redención sería gran torpeza no ver en todos estos hechos [dar a luz al Salvador; sustentarlo; nutrirlo; defenderlo de Herodes; presentarlo en el templo; buscarlo entre los doctores de la ley; ‘ayudarlo’ en el inicio de su vida pública en las bodas de Caná; asistir a la inmolación de su vida en la cruz; etc.] nada más que la materialidad de los mismos, sin percibir el lazo tan íntimo y profundo que los une en el gran misterio de nuestra salud».[2]

I. Predestinación

San Pablo dice: Dios quiere que todos los hombres sean salvos y lleguen al conocimiento de la verdad. Pues hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres: el hombre Cristo Jesús que se entregó a sí mismo en rescate por todos (I Tim 2, 4).

«Dios no manda jamás lo imposible y hace realmente posible a todos, el cumplimiento de sus preceptos, en la hora en que ellos obligan y en la medida en que son conocidos.

Sin embargo, hay almas que, por su culpa, se pierden y a veces almas que han llegado a estar muy cerca del Salvador, como fue la del «hijo de perdición» (Juan, XVII, 12).

Hay otras, los elegidos, que serán infaliblemente salvados: entre ellos, niños que mueren poco después del bautismo, y adultos que, por la gracia divina, no solamente pueden observar los preceptos, sino que de hecho los observan y obtienen el don de la perseverancia final.[3]

Todos los teólogos católicos están completamente de acuerdo en los siguientes puntos que pertenecen expresamente a la fe católica o son doctrina cierta, y son más que suficientes para que cada uno trabaje con seriedad en la salvación de su alma:

1.° Dios quiere sinceramente que todos los hombres se salven. Consta expresamente en la Sagrada Escritura (1 Tim. 2, 3-4).

2.° En su consecuencia, Cristo murió por todos los hombres sin excepción. Consta también en la Sagrada Escritura (2 Cor. 5, 15) y ha sido expresamente definido por la Iglesia (D 1096).

3.° En virtud de su voluntad salvífica y en atención a los méritos de Cristo Redentor, Dios ofrece siempre a todos los hombres las gracias necesarias y suficientes para que de hecho puedan salvarse si quieren (cf. D 827).

4.° «Que algunos hayan sido predestinados al mal por el divino poder, no sólo no lo creemos, sino que, si hubiere algunos que quieran creer tanta maldad, con toda repulsión les anatematizamos» (D 200).

5.° «Que algunos se salven, es don del que salva; pero que algunos se pierdan, es merecimiento de los que se pierden» (D 318).

6.° «Ni los malos se perdieron porque no pudieron ser buenos, sino porque no quisieron ser buenos y por su culpa permanecieron en la masa de condenación» (D 321).

7.° «Porque Dios no manda cosas imposibles a nadie, sino que, al mandar alguna cosa, nos avisa que hagamos lo que podamos y pidamos lo que no podamos y nos ayuda para que podamos» (D 804).

Mientras tanto, con temor y temblor trabajad por vuestra salud (Flp. 2, 12), sabiendo que, la salvación eterna está al alcance de cada uno, y por parte de Dios no quedará.[4]

Se establece que tal es la enseñanza de la Escritura, porque ella afirma a este respecto, tres cosas incontestables:

1ª. Dios ha elegido a ciertos hombres (Mt. 20, 16; 24, 31; Lc.12, 3 2; Rom. 8, 3 3; Ef. 1, 4).

2ª. Dios los ha elegido eficazmente, para que lleguen infaliblemente al cielo: Mt., 24, 24; Jn, 6, 39; 10, 28: mis ovejas no perecerán jamás; nadie las arrebatará de mi mano; Rom. 8, 30: Aquellos que El ha predestinado, también los ha llamado, y a aquellos a quienes ha llamado, también los ha justificado; y a aquellos que ha justificado, también los ha glorificado.

3ª. Dios ha escogido sus elegidos de una manera absolutamente gratuita antes de toda previsión de sus méritos: Lc. 12, 32: No temas, pequeño rebaño, porque vuestro Padre ha encontrado bueno el daros el reino. Jn. XV, 16: “No sois vosotros quienes me habéis escogido, sino que yo os he escogido y os he establecido, a fin de que vayáis y que llevéis fruto y que vuestro fruto permanezca”; Rom. 11, 5: En el tiempo presente, hay un resto (en Israel) según la elección de gracia. Ahora bien, si es por gracia, no es por las obras; de otro modo la gracia no es ya gracia; Ef., 1,4: En Él (Jesucristo) Dios nos ha elegido antes de la constitución del mundo, para que seamos santos, y no porque nosotros lo seamos, o porque Él ha previsto que nosotros lo seríamos por nosotros mismos. Rom. 8, 29: a aquellos que El ha conocido de antemano (con benevolencia) los ha predestinado a ser semejantes a la imagen de su Hijo.

San Agustín escribe: Por su predestinación, Dios ha previsto lo que Él había de hacer, para conducir infaliblemente a sus elegidos a la vida eterna.

«La predestinación es completamente gratuita y depende en absoluto del libre beneplácito de Dios, que nadie puede conocer si el mismo Dios no se lo revela».[5]

El Concilio de Trento declaró y definió que, sin especial revelación divina, nadie puede estar seguro de su salvación. «Aunque por privilegio especial sea revelada a alguien su predestinación, no es, sin embargo, conveniente que se revele a todos, porque en tal caso los no predestinados se desesperarían, y la seguridad engendraría negligencia en los predestinados».[6]

II. La devoción a María, señal de predestinación

Los Santos y los Doctores y el Magisterio eclesiástico, nos repiten la «necesidad moral» que tenemos los católicos de la devoción a Nuestra Reina y Madre para alcanzar al fin de nuestra existencia, la salvación eterna. «Tanta es la grandeza de María, afirmó el papa León XIII, tanta la gracia de que goza ante Dios que el que, necesitando ayuda no acude a Ella pretende volar sin alas».

Pero, ¿de qué devoción se trata? Ciertamente no será devoción verdadera la de aquel que se entregase al pecado, en la confianza de que la Virgen le salvará del mismo. El que así lo hiciere manifestaría acogerse a la conocida fórmula herética «confía y peca». Una devoción semejante, lejos de honrar a María la injuria, pues pretende hacerla solidaria de sus iniquidades.

Habrá también una segunda pseudo devoción: la del pecador que invoca a María, pero sin decidirse a abandonar el pecado, nadie puede prometerse el auxilio maternal de la Virgen porfiando en pecar.

Sin embargo, San Luis María de Montfort, hablando del rezo cotidiano del Santo Rosario, enfatiza: «Aun cuando os hallaseis al borde del abismo o tuvieseis un pie en el infierno, aun cuando hubieseis vendido vuestra alma al demonio, aun cuando fueseis un hereje endurecido y obstinado como un diablo, tarde o temprano os convertiréis y salvaréis, con tal que (lo repito y notad bien mis palabras y los términos de mi consejo) recéis devotamente todos los días el Santo Rosario hasta la muerte, para conocer la verdad y obtener la contrición y el perdón de vuestros pecados».[7]

Las palabras del Santo, nos llevan de la mano a la tercera categoría de devoción a la Virgen: la del que invoca a María suplicándole le arranque y desate de los lazos de sus pecados. Este tal cerca está de su redención.

Así, la auténtica devoción a Santa María que lleva consigo la prenda de salvación, es la del devoto que se esfuerza por imitar sus virtudes, perseverando en su amor e invocación.

Así si la fórmula herética «confía y peca», que predica el modernismo, contrasta con la fórmula católica, descrita por San Juan, que podemos aplicar a María Santísima de esta manera: «Hijitos míos, esto os escribo para que no cometáis pecado. Mas si alguno hubiere pecado, sepa que tenemos buena abogada ante Dios».[8]

Montfort señala que Jacob es figura de Cristo y de los predestinados, y Esaú de los réprobos. Los réprobos apenas se cuidan de la devoción a la Santísima Virgen, es verdad que no la aborrecen formalmente; algunas veces la alaban; dicen que la aman; hasta practican algunas devociones en honra suya; pero, por lo demás, no pueden sufrir que se la ame tiernamente, porque no tienen para con Ella las ternuras de Jacob… venden su derecho de primogenitura, es decir, los goces del cielo, por un plato de lentejas, por los placeres de la tierra; en pocas palabras: no piensan sino en el mundo, no aman más que la tierra, no hablan ni tratan más que de la mundanidad y de sus placeres, vendiendo por un breve momento de goce, por un humo vano de honra y por un pedazo de tierra dura, amarilla o blanca (oro o plata), la gracia bautismal, su herencia celestial. Finalmente, los réprobos aborrecen y persiguen sin tregua a los predestinados, franca o solapadamente; no pueden soportarlos; los deprecian, los critican, los contradicen, los injurian, los roban, los engañan, los empobrecen, los desechan, los reducen a polvo. [9]

San Alfonso María de Ligorio, nos dice: «Dos cosas son menester: la primera es que le ofrezcamos nuestros homenajes con el alma limpia de todo pecado. De otra suerte María podría echarnos en cara lo que, a un soldado vicioso, del que habla San Pedro Celestino. Este soldado no dejaba pasar día alguno sin hacer algún obsequio a la Virgen. Aconteció que un día se sintió acosado por el hambre; y entonces se le apareció María Santísima, presentándole exquisitos manjares, pero en un plato tan sucio que sentía indecible repugnancia en probarlos. “Soy -le dijo la Virgen- la Madre de Dios, que ha venido a mitigar el hambre que te devora”. “Pero, en este plato ¿quién podrá comer?” “Y ¿cómo quieres que yo – repuso María- acepte tus obsequios, ofreciéndomelos con un alma tan manchada de pecados?”».[10]

Si María Santísima es Madre de los hombres todos, lo es especialmente de los predestinados, es decir, de los que debe llevar hasta la vida de la gloria. Son estos los redimidos que la escogen por Madre y Señora permitiéndole cumplir plenamente su maternidad de gracia.[11]

Si la exclusión positiva de la devoción a Nuestra Señora llevaría consigo la señal segura de condenación, por el contrario, la auténtica devoción y el singular amor a María -nos enseñan los santos- es nota característica de los que se han de salvar, signo seguro de predestinación divina.


[1] BENEDICTO XV, Carta Apostólica Inter sodalicia, 22-5-1918

[2] CUERVO O.P., P. MANUEL, Maternidad divina y corredención mariana.

[3] GARRIGOU LAGRANGE O.P., P. REGINALD, La predestinación de los santos.

[4] Cf.: ROYO MARÍN O.P., P. ANTONIO, Teología de la salvación, n° 97.

[5] ROYO MARÍN O.P., P. ANTONIO, ¿Se salvan todos? Estudio teológico sobre la voluntad salvífica universal de Dios.

[6] DE AQUINO, Santo TOMÁS, Suma teológica, I, q. 23, a. 1, ad 4.

[7] Secreto admirable del Santísimo Rosario, n° 4.

[8] Cf.: I Carta, 2, 1.

[9] Tratado de la Verdadera Devoción a María, ns. 188-190.

[10] Las glorias de María.

[11] Cf.: Tratado de la Verdadera Devoción a María, ns. 29-33.

Artículo publicado originalmente en Adelante la Fe y escrito por Germán Mazuelo-Leytón.