La renovación Carismática Católica: Supuestos fundamentos escriturísticos – Tercera Parte

El movimiento busca su justificación sobre todo en los capítulos 12 a 14 de la primera carta de San Pablo a los Corintios. Pero la semejanza entre el movimiento carismático – pentecostal y lo que acaeció en Corinto es sólo superficial; los dos fenómenos concuer­dan únicamente en que ambos pretenden recibir del Espíritu Santo algunos carismas, como el don de lenguas, de curaciones y de profecía. Difieren en el resto.

a) A diferencia del movimiento carismático – pentecostal, en Corinto no hubo Bautismo del Espí­ritu, no hubo imposición de las manos, no hubo tentativas de organizar encuentros de oración o retiros con el fin de distribuir el Espíritu Santo.

b) De las cartas de San Pablo se deduce con evidencia que el fenómeno no estaba generalizado en la Iglesia apostólica, sino que estuvo limitado a Corinto, y que ensegui­da se comprobaron muchos abusos. Por otra parte, no hubo ningún intento por parte de San Pablo o de otro apóstol o discípulo de difundirlo en otros lugares, con el fin de acrecer o sostener la piedad de los fieles. Por fin, los improperios de San Pablo tuvieron el efecto de una ducha fría sobre el movimiento, que de repente desapareció y no se oyó hablar de él en la Iglesia hasta 1966 . Los pentecostales modernos, por su parte, no ahorran esfuerzos para difundir el movimiento en todo el mundo.

c) En Corinto los católicos hablaban “lenguas extrañas”, al revés de los pentecostales que emiten “ sonidos extraños” [mussitationes].

Eran verdaderas lenguas, si bien desconocidas a los presentes. Esto es evidente por la “unánime interpretación de los Padres de la Iglesia” e incluso por los repetidos reproches del mismo San Pablo (1 Cor. 14,10):

“Hay sin duda muchas y diversas lenguas en el mundo y ninguna carece de significado; pero si no entiendo el significado de la lengua seré extranjero para el que habla y el que habla será extranjero para mí”.

Además, San Pablo, dice que él mismo posee el don y que lo posee con más plenitud que ellos (1 Cor. 14,19). Y así era justo que fuese, porque debía predicar el Evangelio a diversos pueblos. ¿Cómo habría podido aprender tantas lenguas tan rápidamente? Dios por lo tanto, obró en él el mismo milagro que había obrado en los otros Apóstoles el día de Pentecostés.

Por el contrario, los pentecostales – carismáticos emiten sonidos ininteligibles (mussitationes), y el balbuceo no puede ser lenguaje de la Tercera Persona de la Santísima Trinidad, que es Espíritu de suprema Sabiduría y Verdad.

d) Los pentecostales no tienen en cuenta los consejos de San Pablo, y por lo tanto se vuelven inhábiles para recibir el Espíritu Santo.

De hecho, San Pablo, si bien no prohibe a los Corintios profetizar y hablar en lenguas, repite insistentemente que el don de lenguas es el menos importante entre los carismas, y que no debe buscarse ansiosamente. Cuando se presente el caso auténtico de una persona que habla en lenguas, debe hacerlo con discreción y de manera decoro­sa, y en cuanto no haya nadie que comprenda o ningún intérprete presente, debe callarse.

San Pablo pone en evidencia que el fiel debería ambicionar no estos dones, sino más bien las grandes virtudes de la Fe, de la Esperanza, y de la Caridad. Concluye diciendo que “las mujeres deben callar en la asamblea” , porque no les está permitido hablar, sino que deben estar sujetas, como dice también la ley, porque “es indecoroso para una mujer hablar en la asamblea” (1 Cor 14, 34-35).

Los pentecostales, sin embargo, fundándose insistentemente en la Epístola de San Pablo, no tienen en cuenta los consejos y las normas prescritas en nombre de Dios, volviéndose así inhábiles para recibir el Espíritu Santo y sus dones. De hecho anhelan el don de lenguas y lo consideran como la prueba irrefutable de la efusión del Espíritu Santo. Las mujeres, pues, no sólo hablan en la iglesia, sino que son las más activas en organizar encuentros de oración carismática, en profetizar, en ver señales del Espíritu Santo, en obrar curaciones (de su naturaleza y de su causa se hablará enseguida) y en imponer las manos a todos.

Lejos de escuchar las palabras de San Pablo, los jefes del movimiento hacen todos los esfuerzos para atraer a las mujeres; ellos intentan justificar su abierta desobediencia a la palabra de Dios afirmando que la prohibición de San Pablo de permitir a las mujeres hablar en la Iglesia fue sugerida a causa de las limitaciones que imponía la cultura en la que vivían. Hoy la cultura ha cambiado radicalmente, y así, pretenden ellos, el mandato de San Pablo no es actual; como de costumbre, los pentecostales carismáticos tergiversan y malinterpretan la Sagrada Escritura para adaptarla a sus propios fines.

La verdad es que en el mundo pagano, en los tiempos de San Pablo, había muchas mujeres que pretendían profetizar y hablar en nombre de los dioses. Pero San Pablo no tiene en cuenta las costumbres y hábitos culturales, sino que apela a la ley de Dios: “como dice la ley” (ibídem).

Los pentecostales se apoyan también en algunos episodios de los Hechos de los Apóstoles, especialmente en la efusión del Espíritu Santo el día de Pentecostés. Buscan traer a la mente de todo cristiano aquella gran experiencia mística: “¿por qué –dicen– hay que privar a un cristiano de aquel don incomparable, tan necesario para una vida cristiana ferviente?”. La respuesta es la siguiente:

a) En el primer Pentecostés, la experiencia mística y sensible del Espíritu Santo, junto con los carismas de lenguas, de profecía, de curaciones y semejantes, no fue concedida a todos, sino sólo a los Apóstoles y, probablemente, a los discípulos presen­tes en el Cenáculo. Ciertamente no se concedió a los tres mil convertidos que fueron bautizados en aquel día; sin embargo, los Apóstoles hablaban en una lengua, mientras que los oyentes les oían cada uno hablar en su propia lengua. Obviamente los Apósto­les hablaban arameo con su acento galileo, pero la gente les oía hablar en griego, en latín, en parto, en elamita, etc.; evidentemente, es del todo distinto a lo que sucede en los encuentros carismáticos de oración.

b) Los pentecostales se remiten también al capítulo 8 de los Hechos de los Apósto­les, donde se lee que en Samaria, el diácono Felipe convirtió y bautizó muchas perso­nas. Cuando los Apóstoles en Jerusalén oyeron lo que había sucedido en Samaria, mandaron a Pedro y a Juan, que a su llegada impusieron las manos sobre los nuevos bautizados, quienes recibieron el Espíritu Santo.

Obviamente se trata del Sacramento de la Confirmación , cuyo ministro ordina­rio es el Obispo. Esta es la interpretación constante de la Iglesia. Felipe, aunque diácono, hacedor de milagros, gran predicador, y que ha­bía administrado el Bautismo, no se atrevió a imponer las manos a sus nuevos bautizados, porque esto estaba reservado a los Apóstoles, que eran Obispos.

Otro episodio al que se remiten los carismáticos es la conversión de San Pablo, cuando Ananías le impuso las manos diciéndole: “Saulo, hermano, me ha enviado el Señor; a quien viste en el camino, para que recuperes la vista y te llenes del Espíritu Santo”. Inmediatamente sucedió que se desprendieron de los ojos de Pablo unas como escamas, y comenzó de nuevo a ver (Hech. 9, 17-19).

Los carismáticos insisten en el episodio para justificar la imposición de las manos practicada por ellos. Pero nuevamente estamos ante una interpretación evidentemente errada.

Ananías era probablemente sacerdote y, de todas maneras, no iba imponiendo las manos a la gente para dar el Espíritu Santo; tuvo una visión y un mandato especial para este caso particular: “vete a la calle estrecha y busca en la casa de Judas a uno que se llama Saulo y que viene de Tarso” (Hech. 9, 11). Esto no tiene nada que ver con las pretensiones de los carismáticos.

Además hay otros dos episodios a los que apelan los pentecostales:

a) El primero es el episodio referido en el capitulo 19 de los Hechos de los Apóstoles (vv. 1-7), cuando San Pablo encontró en Éfeso doce discípulos de Juan Bautista. Des­pués de haberles instruido sobre Cristo, los bautizó en el nombre del Señor Jesús, y después que “les impuso las manos, el Espíritu Santo descendió sobre ellos y comen­zaron a hablar en lenguas y a profetizar” (Hech. 19, 6). Pero esto es un caso más de administración de la Confirmación por parte de San Pablo, que era Obispo.

b) Otro episodio es la conversión a la Fe de Cornelio y de sus familiares: “mientras Pedro hablaba todavía, el Espíritu Santo descendió sobre los oyentes. Los fieles judíos que habían acompañado a Pedro se sorprendieron de que el don del Espíritu Santo pudiese infundirse también sobre los paganos, toda vez que les oían hablar en lenguas extrañas y proclamar la grandeza de Dios” (Hech. 10, 44-46).

Una vez más es preciso rebatir con firmeza que esto constituya una justificación del movimiento carismático. San Pedro no fue a Cesarea para imponer y conferir el Espíritu Santo; fue llevado hasta allí a través de una revelación especial, y el Espíritu Santo descendió mientras les hablaba para instruir a los oyentes sobre Cristo y sobre su misión. Dios obró un gran milagro , incluso antes que Cornelio y los suyos fueran bautizados, porque eran los primeros gentiles en ser acogidos oficialmente en la Iglesia y se necesitaba que le quedase bien claro a todos los cristianos judíos, tan convenci­dos de la idea de que nadie fuera del pueblo elegido podría entrar en el reino mesiánico, de que a partir de entonces los gentiles serían invitados a participar de los beneficios de la Redención.

De vuelta a Jerusalén, San Pedro fue ásperamente criticado por los judíos por lo que había hecho en Cesárea, pero él se defendió de sus acusadores con estas escuetas palabras: “si, pues, el mismo don otorgó Dios a ellos que a nosotros, por haber creído en el Señor Jesucristo, ¿yo quién era para poner vetos a Dios?” (Hech. 11,17).

Fuera de estos textos citados, casi esporádicos, no hay ninguna otra prueba de que semejante efusión externa del Espíritu Santo haya tenido lugar en la Iglesia Apostólica, ni siquiera, como ya se ha subrayado, el día de Pentecostés, cuando después de la predicación de San Pedro tres mil personas fueron bautizadas.

Además, Cristo jamás prometió tales experiencias místicas y dones extraordinarios a los cristianos, ni dio disposiciones para transmitirlos por medio de ritos particulares. Más exactamente, Él instituyó el Sacramento de la Confirmación, que la Iglesia siempre ha administrado y a través del cual cada cristiano participa en la efusión del Espíritu Santo. La Confirmación, sin embargo, no confiere el Espíritu Santo con signos externos y milagros, tan ajenos al Espíritu de Cristo, sino silenciosamente y de manera misteriosa, como los otros Sacramentos.

Durante sus dos mil años de vida, la Iglesia Católica jamás ha conocido el “Bautismo del Espíritu”, tal como nos lo quieren enseñar los pentecostales carismáticos; sino que ha enseñado, infaliblemente, desde el Concilio Ecuménico de Florencia (1439) que la Confirmación es el Pentecostés de todo cristiano; las palabras del Concilio son: “en la Confirmación el Espíritu Santo se da para fortificar al fiel lo mismo que fue dado a los Apóstoles el día de Pentecostés” (Denz. 697)

Continuará…

5 Comentarios en “La renovación Carismática Católica: Supuestos fundamentos escriturísticos – Tercera Parte”

  1. “Las mujeres no pueden hablar en la asamblea”…
    ¿Es acaso un ser diferente?.
    Esto era una Glosa emitida por la escuela de Corinto, a las mujeres también nos dió dones, el mandato del Señor es dejar que Magdalena sea la primera en experimentar su resurrección, y qué María fuera su Madre. En sí, no está mal que las mujeres tengan dones y tomen una actividad notoria dentro de la Iglesia, porque muchas Santas lo han hecho, tampoco está mal qué la Iglesia esté más llena de mujeres que hombres, sino Pablo no se hubiera “Servido” de Priscila, son más las mujeres qué van a la Iglesia, y fueron muchas las que siguieron a Cristo. Mal está la mentira y el engaño…fingir tener dones de los que se carece.

    1. Se lo pongo de manera sencilla:
      Hay cosas en la Iglesia que a mí criterio personal (o sea, según mi opinión, formada o no) parecían tontas e injustas (antes de mi acercamiento al Señor). Sólo menciono dos en pro de la brevedad: Ayuno y celibato.
      Aquí uno puede proclamar todos los derechos que se le ocurran en contra (por lo menos el mundo de hoy así lo permite y así usted lo evidencia), pero al final, la triste realidad es que solo denotan nuestra pobre formación. Le dejo el comentario que Monseñor Straubinger hiciera al respecto:

      ¡Cuán lejos estamos de esta normalidad! En vez de que los hombres instruyan a sus mujeres, éstas suelen verse obligadas a catequizar a sus maridos. Pero el Apóstol deja firmemente constancia de que tal es el plan de Dios, para que lo conozcan quienes busquen agradarle según Él nos enseña y no según la ocurrencia propia.

      Más claro…no se puede.
      Que Dios te guarde, la Santísima Virgen María te proteja y el buen San José te guíe siempre.

  2. Es interesante y revelador el tema. No digo que eaten correctos, no incorrectos. A mí me gusta el silencio. Hi relación con Dios es muy personal e íntima.
    Me interesante el tema y por tal razon, me gustaría leer la primera y segunda parte, pero no las encuentro. ¿Será posible que los publiquen?

    Gracias anticipadas por su atención. Proyecto Emaús es muy educativo y edificante. Los Felicito por tan buenos artículos. Éxito en su Proyecto y adelante. Un abrazo fraternal en Jesús y María.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *