La renovación Carismática Católica: El Bautismo del Espíritu - Cuarta Parte | Proyecto Emaús

La renovación Carismática Católica: El Bautismo del Espíritu – Cuarta Parte

Como ya se ha dicho, el “pentecostalismo” y el “carismatismo” eran desconocidos en la Iglesia, habiendo nacido en el siglo XIX entre las sectas protestantes. Los dos seglares católicos Ralph Keifer y Patrick Bourgeois, que lo Introdujeron en la Iglesia Católica, recibieron el Bautismo del Espíritu de las manos de pentecostales protestantes; por lo tanto, su acción fue un insulto a la verdadera y única Iglesia de Nuestro Señor Jesucristo y en consecuencia, una auténtica apostasía.

Ellos, con su acción, si no con las palabras, declararon que la Iglesia Católica no estaba capacitada para darles el Espíritu Santo por medio de los Sacramentos, los sacramentales, las bendiciones, el Sacrificio de la Misa, la Comunión, los retiros, las peregrinaciones, etc. Por eso se sintieron constreñidos a buscarlo fuera, entre los pentecostales protestantes, donde se encontraría fácilmente.

Ahora bien, ¿cómo podía el Espíritu Santo comunicarse a tales personas? Si fuera así, esto implicaría que la Iglesia Católica no tiene el derecho a decir que es la única y verdadera Iglesia de Cristo; por consiguiente, si lo que afirma el Movimiento Carismático es cierto, todo católico debería abandonar la Igle­sia y unirse a los pentecostales protestantes, que fueron henchidos del Espíritu Santo mucho antes que la Iglesia Católica supiera algo de ello.

¿Cómo puede un católico buscar al Espíritu Santo en una Iglesia no católica, sin negar implícitamente la unicidad de la Iglesia Católica?

Si el considerado Bautismo del Espíritu fuese verdadero, sería en realidad un “Súper sacramento”, instituido, sin embargo, no por Cristo sino por los hombres. Naturalmente, los pentecostales “católicos” niegan que sea un sacramento, pero esto se debe a la confusión e inseguridad que invaden toda su enseñanza doctrinal. Insisten en la “experiencia” y no están completamente seguros de la “doctrina”. En esto los pentecostales protestantes son mucho más coherentes: rechazan el Bautismo de los niños y la Confirmación de los adolescentes, y en su lugar predican un bautismo de fe para los adultos, que debe ser seguido por el verdadero Bautismo del Espíritu.

Pero los pentecostales católicos no se atreven a rechazar estos Sacramentos, por­que sería una palmaria herejía; sin embargo, a duras penas aluden a ellos en sus ense­ñanzas, y aquí y allá hacen afirmaciones sorprendentes, ajenas a la Fe. Tómese por ejemplo lo que dicen Kevin y Dorothy Ranaghan en el libro “Pentecostales católicos” , que se considera uno de los clásicos del movimiento:

“El Bautismo del Espíritu Santo es una parte fundamental de nuestra iniciación cristiana. Para los católicos, esta experiencia es una renovación, que hace nuestra iniciación concreta y explícita”.

Es difícil sondear la profundidad de los errores contenidos en estas líneas, pero aún así, pueden ser detectados. En primer lugar, en esta afirmación se supone que el Bautismo del Espíritu tiene un significado distinto según se sea católico o protestante, y por lo tanto habría un Bautismo del Espíritu para los protestantes y otro para los católicos.

Además, si “el Bautismo del Espíritu Santo es una parte fundamental de nuestra iniciación cristiana” , se sigue de ello que nadie es auténtico cristiano si no lo ha recibido, porque le faltaría algo fundamental en la vida cristiana. Las conclusiones serían verdaderamente sorprendentes: San Agustín, Santo Tomás de Aquino, San Francisco de Asís, Santa Teresa de Avila, San Francisco Javier, Santa Teresa de Lisieux, San Pío X, todos los papas y los buenos cristianos anteriores a 1966, y posteriormente todos aquéllos que rehusan recibir el Bautismo del Espíritu o que simplemente no lo han recibido, no serían auténticos cristianos , ya que estuvieron privados de algo fundamental en la vida cristiana.

Esto implicaría también que habría una cristiandad dentro de la cristiandad , una raza elegida dentro del pueblo de Dios. Implicaría incluso que durante dos mil años la Iglesia Católica habría privado a sus hijos de la plenitud del Espíritu Santo. Se habría comportado con ellos como una madrastra indigna, hasta que los pentecostales trajeron la plenitud del Espíritu Santo al seno de la Iglesia.

¿Quién podría medir las dimensiones de este necio y subyacente orgullo?

Los pentecostales católicos niegan que el Bautismo del Espíritu sea un sacramen­to, pero su negación la contradicen los hechos. Un sacramento, en realidad, es un signo externo que produce la gracia. Ahora bien, el llamado “Bautismo del Espíritu” tendría todos los elementos constitutivos de un sacramento: la imposición de las manos seria el signo externo; la invocación al Espíritu Santo sería la forma; la efusión del Espíritu sería el efecto. Pero hay más. Si el “Bautismo del Espíritu” fuese verdadero, no seria un simple sacramento, sino un “Super sacramento”, muy superior a los otros siete reconocidos por la Iglesia, porque:

a) no produciría simplemente la gracia, sino una efusión de ella semejante en plenitud a la producida el día de Pentecostés;

b) además no produciría solamente la gracia en el alma, sino también una milagrosa efusión externa;

c) por último, no produciría solamente la gracia interna y externa, sino que conferiría también dones milagrosos, como el don de curaciones, de profecía, de lenguas, etc.

Contrario a la fe

De pasada se puede observar que los carismáticos no se muestran muy interesados en los siete dones del Espíritu Santo, que se dan a todos los cristianos en el Bautismo y en la Confirmación: los dones de Sabiduría, Entendimiento, Consejo, Fortaleza, Cien­cia, Piedad y Temor de Dios. Es más, incluso en el caso de algunos sacerdotes como el P. Darío Betancourt, uno de los líderes del movimiento en América, los dones del Espíritu Santo adquieren características nuevas y plagadas de mentiras.

Pero los verdaderos dones del Espíritu Santo, son mucho más deseables que los secundarios, como la sanación, la profecía, el don de lenguas etc., los cuales no son necesarios ni para la salvación ni para conseguir un alto grado de santidad, y que incluso podrían terminar en una terrible trampa, en cuanto podrían conducir al orgullo espiritual.

Si lo que los pentecostales afirman del Bautismo del Espíritu fuese verdad, ¿dónde habría que colocar la Confirmación en la vida cristiana?

Los pentecostales católicos o Renovación carismática, evitan la cuestión, y como no quieren negar abierta­mente la Confirmación, la ponen aparte. Ranaghan, en el libro citado “Pentecostales católicos” , propone la cuestión en estos términos:

“Se puede estar más seguro de lo que quiere decir estar bautizado en el Espíritu Santo, que de lo que quiere decir estar Confirmado”.

¡No saben lo que quiere decir estar confirmado! Sin embargo la enseñanza inmemo­rial de la Iglesia es la infalible declaración del Concilio de Florencia en 1439, a saber que “la confirmación es el Pentecostés de todo cristiano” . Incluso —como veremos más adelante— algunos, como el ya mencionado Padre Darío Betancourt, afirman que aunque se recibe el Espíritu Santo en la Confirmación y en el resto de los Sacramentos, EL ESPÍRITU SANTO ESTÁ COMO LIGADO, FRENADO HASTA QUE EL BAUTISMO DEL ESPÍRITU DE LOS CARISMÁTICOS, LO LIBERA DE NUESTRO INTERIOR Y LO HACE SURGIR

El dilema es por lo tanto inevitable: o el Bautismo del o en el Espíritu es verdadero y la Confirmación es falsa, o por lo menos no necesaria; o la Confirmación es verdadera y el Bautismo del Espíritu es falso. No pueden ser verdad las dos cosas.

Si un laico, hombre o mujer, o una religiosa, al imponer las manos, pueden impartir el Espíritu Santo junto con algunos poderes milagrosos, ¿qué necesidad tenemos de los obispos o de los sacerdotes? ¡NINGUNA! Los pentecostales protestantes no tienen necesidad de ellos; ¿por qué habríamos de tenerla los católicos? Cualquiera podría objetar que esto es llevar las cosas demasiado lejos. Además, los carismáticos dicen: “¿Qué hay de malo en la imposición de las manos? ¿Es que cada cual no puede imponer las manos e invocar al Espíritu Santo?”.

A la primera objeción se responde que esto no es llevar las cosas demasiado lejos, sino su lógica conclusión. Desgraciadamente los pentecostales siguen la “experiencia” y no la “lógica” , y esto les vuelve sordos a la voz de la razón. A la segunda objeción se responde que todos son libres para invocar al Espíritu Santo, pero no lo son para imponer las manos con el fin de introducir a los fieles en el camino al que quieren llevarles. Imponer las manos denota autoridad : Los Patriarcas del Antiguo Testamento impo­nían las manos a sus hijos para bendecirles. Cristo imponía las manos sobre los Após­toles para conferirles el Espíritu Santo. Los Apóstoles a su vez, y después de ellos los Obispos y los Sacerdotes, imponen las manos para consagrar y confirmar.

Pero ¿qué autoridad tiene un laico para imponer las manos sobre otro laico, o lo que es peor, sobre un Sacerdote, o sobre un Obispo o un Cardenal? ¿Quién les ha dado esa autoridad?

NO CRISTO, que ha establecido el Sacramento de la Confirmación para conferir el Espíritu Santo; NI LA IGLESIA, que no sabe nada del Bautismo del Espíritu; NI EL MISMO ESPÍRITU SANTO , puesto que no hay pruebas en la Escritura o en la Tradición de que haya conferido tal autoridad.

Y no se objete que es un simple gesto que cualquiera puede hacer: no es un simple e inútil gesto. Es un intento de acción “sacramental” , porque se hace una petición fantástica (casi se podría decir sacrílega) para que, por medio de ese gesto, se produzca una efusión extraordinaria del Espíritu Santo, con experiencia mística y carismas muy superiores a los que pueden producir los Sacramentos del Bautismo, de la Confirmación, del Orden, y verdaderamente de cualquier otro Sacramento.

Los carismáticos dicen que la efusión milagrosa del Espíritu Santo se debe a la fe: ¿es que no ha dicho Cristo que dondequiera que se reúnan dos o tres en su nombre, Él estaría en medio de ellos? ¿No ha afirmado también que cualquiera que tuviese fe como un grano de mostaza, sería capaz de obrar grandes milagros? ¿Por qué maravillarse entonces, si los carismáticos obran cosas extraordinarias? La afirmación suena bien cuando no se examina de cerca. Pero en realidad Cristo prometió que estaría entre aquellos que se hallaran reuni­dos en su nombre, pero tiene que ser en su nombre, esto es, entre aquellos que se reúnen para pedir lo que agrada a Dios. Ahora bien, Dios jamás ha prometido tales experiencias místicas, ni éstas son de ningún modo necesarias para nuestra santificación. Dios nos pide hacer uso de todos los medios ordinarios puestos a nuestra dispo­sición: Confesión, Sacrificio de la Misa, Comunión, otros Sacramentos, etc.

En realidad la búsqueda de la experiencia extraordinaria implica que los carismáticos no creen en el poder de los Sacramentos. Ellos ni siquiera creen en la presencia del Espíritu Santo, a menos que, como Tomás, lo sientan y lo toquen ; y esto quedará certificado con las palabras del Padre Darío Betancourt, como veremos más adelante. Aquí son oportunas las palabras de Cristo: “¡porque me has visto, has creído! Bienaventurados los que no vieron y creyeron” (Jn. 20, 29). Parece que los pentecostales carismáticos han olvidado esta enseñanza de Cristo.

Continuará…

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