La renovación Carismática Católica: Antecedentes y orígenes – Segunda Parte


El pastor metodista norteamericano William Seymour, sentado, segundo lugar contando desde la derecha, considerado como una de las figuras más influyentes en el surgimiento del pentecostalismo. Dominio Público.

Hoy día la Iglesia está siendo criticada tácitamente en muchas de sus auténticas enseñanzas, sobre la base de lo que la gente cree “nue­vas” intuiciones y “nuevas” doctrinas. En realidad no son nuevas, sino simplemente viejos errores revestidos con nuevas vestiduras, nuevas sólo para aquellos (y son legión) que han olvidado el conocimiento del pasado. El Antiguo Testamento afirma que “no hay nada nuevo bajo el sol” (Qo 1,9) . Nada; ni siquiera el pentecostalismo.

Sería interesante esbozar el origen, el desarrollo y el carácter de las herejías que desarrollan estos nuevos movimientos, pero esto nos llevaría demasiado tiempo. Sin embargo, hay una cosa común a todas ellas: sus fundadores y seguidores sostienen tener intuiciones especiales bajo la enseñanza e inspiración del Espíritu Santo.

En el tiempo de San Pablo había hordas de falsos profetas, que merodeaban afirman­do hablar bajo la inspiración o en nombre del Espíritu Santo y perturbaban a las comunidades cristianas de reciente fundación. Después vinieron los gnósticos y fueron los primeros herejes ofi­ciales; se relacionaban con los Apóstoles, y San Juan escribió su Evangelio para poner en guardia a los cristianos contra sus falsas doctrinas.

Un tipo particular de pentecostalismo apareció en el siglo II; lo fundó un tal Montano, que afirmaba hablar bajo la inspiración del Espíritu Santo. Él y sus seguidores soste­nían poseer la plenitud del Espíritu Santo y sus carismas; en particular, afirmaban po­seer, como sus émulos modernos, el don de curaciones, de profecía y de lenguas. Sus seguidores fueron innumerables, lo mismo que hoy son innumerables las víctimas del pentecostalismo; y también como hoy, entre sus víctimas hubo algunas situadas en puestos altos de la Iglesia y con capacidades intelectuales poco comunes. El mismo Tertuliano , que escribió brillantemente sobre la Iglesia Católica y la defendió contra sus enemigos, finalmente cayó víctima del montanismo, se separó del Papa y fundó su propia secta.

Los siglos XII y XIII conocieron multitudes de activos puritanos que se jactaban de tener una especial iluminación del Espíritu Santo; como los modernos pentecostales, viajaban sin parar de un sitio a otro, predicando su propio evangelio . Algunos sobrevi­ven hoy, otros no han dejado seguidores; podríamos citar los albigenses, los valdenses, los cátaros, los pobres de Lyón, etc. Todos fundamentaron sus creencias y prácticas extrañas en su interpretación particular, distorsionada y separada del Magisterio, de las Sagradas Escrituras, e intentaron menoscabar y en lo posible destruir a la Iglesia Católica.

Pero fue a Lutero a quien correspondió arrebatar a la Iglesia naciones enteras. Lutero, un desviado sacerdote católico, sostenía que él y sus seguidores poseían “la plenitud del Espíritu Santo” , a la vez que la negaban de los Obispos, de los Papas e incluso como sostén e iluminación de los Concilios Ecuménicos. De ahí que el protestantismo, por su misma naturaleza, llegó a ser la cuna y el terreno de cultivo del moderno pentecostalismo.

El moderno movimiento carismático o pentecostal, de hecho, nació del Protestantismo en Carolina del Norte (Estados Unidos); la fecha oficial de nacimiento fue el año 1892; sus fundadores fueron el Rev. R. G. Spurling y el Rev. W. F. Bryant , pastor bautista el primero, y pastor metodista el segundo. El movimiento fue bien recibido por otras comunidades de signo protestante contemporáneas a ellos.

Estos pentecostales afirmaban poseer la misma plenitud del Espíritu Santo que los Apóstoles recibieron el día de Pentecostés, junto con algunos carismas también otorgados a los Apóstoles en esa ocasión, en particular los dones de profecía, curaciones y lenguas. Como el resto de sus hermanos protestantes, afirmaban que el Espíritu Santo interviene directamente en la interpretación personal de la Sagrada Escritura. Rechazaban también todos los dogmas, porque sostenían que el Espíritu Santo inspira directamente a los fieles lo que es necesario creer para la salvación ; de allí que en el movimiento no hubiera lugar para ningún tipo de magisterio, porque la piedad cristiana era vivida en forma personal, sin guías jerarquizados pero de manera entusiástica, incluso con emotividad y exaltación extremas.

Era esperable que un movimiento de este género se resolviera en el caos. Esto habría debido abrir sus ojos y hacerles cambiar de camino, porque el Espíritu Santo no produ­ce el caos; en cambio, los pentecostales protestantes explicaron el fenómeno diciendo que la confusión era inevitable en un movimiento vivo y en expansión . Una mirada a los organismos vivos en torno a nosotros les habría debido enseñar que la vida sana se desarrolla armoniosamente y produce cosas buenas, mientras la vida que se desarrolla caóticamente no puede producir más que monstruos y abortos de la naturaleza.

La Iglesia Católica juzgó el movimiento por lo que era, y en el segundo Concilio Plenario de Baltimore (Estados Unidos) los obispos católicos pusieron en guardia a los fieles para no prestarle ningún tipo de adhesión. Prohibieron a los católicos incluso estar presentes, aun por mera curiosidad, en los llamados encuentros de oración.

La Iglesia, sin embargo, no conoció un movimiento así en su interior por siglos, y los católicos se libraron del contagio hasta 1966 , cuando llego a la Iglesia por medio de dos laicos, ambos profesores de Teología en la Universidad de Duquesne en Pittsburg Pennsylvania (Estados Unidos). Se llamaban Ralph Keifer y Patrick Bourgeois; ellos leyeron, releyeron y discutieron los dos libros sobre el movimiento pentecostal protestante: “Cruz y la palanca de cambio” , del pastor Wikerson y “Ellos hablan en lenguas” del periodista J. Sherill.

En su deseo de reencender la llama de la Fe en los estudiantes universitarios, pensaron erradamente que Dios ponía en sus manos un medio providencial. En su lucha contra la apatía y la increencia de los universitarios, tenían necesidad de aquel poder que creían que poseía Wikerson.

Estudiaron o reestudiaron durante dos meses sucesivos; luego releyeron algunos pasajes de la Carta de San Pablo a los Corintios (1 Cor, 12) y de los Hechos de los Apóstoles que sirvieron como base teológica al movimiento, y por fin se dirigieron a un grupo de oración pentecostal protestante para recibir… El Bautismo del Espíritu.

Y así fue como el 13 de Enero de 1967, en un encuentro de oración, se impuso las manos a Ralph Keifer y a Patrick Bourgeois, que recibieron el Bautismo del Espíritu junto con el don exaltante de “hablar en lenguas” . Su entusiasmo se inflamó; conven­cieron a los estudiantes de que probasen la misma experiencia, y en el siguiente encuentro de oración el mismo Keifer impuso las manos sobre algunos estudiantes, que súbitamente recibieron el Bautismo del Espíritu con varios “dones extraordinarios”, al puro estilo de Benny Hinn.

Rome Reports así lo evidencia en uno de sus vídeos sobre el Movimiento Carismático Católico, en donde demuestra el origen protestante del movimiento. El vídeo no puede ser publicado en el sitio debido a cuestiones de derecho de autor, pero puede ser visto cliqueando el botón disponible a continuación.

Ver vídeo

Desde entonces el movimiento se difundió ampliamente en toda la Iglesia Católica. Ha ganado seguidores incluso entre Cardenales y Obispos, y naturalmente atrae, como una calamidad irresistible, a millares de religiosas , deseosas de experimentar lo que creen ser las emociones del primer Pentecostés.

Pero es necesario subrayar todavía una vez más que no existe un movimiento caris­mático “católico”. El movimiento no es católico, sino protestante. No ha nacido en la Iglesia Católica, sino que fue importado a ella desde las sectas pentecostales protestan­tes, en las cuales nació.

Es protestante hasta la médula: es hijo de la herejía; llamarlo católico significaría decir que puede haber un auténtico movimiento carismático católi­co y un auténtico movimiento carismático protestante, como si el Espíritu Santo pudiera asumir roles diversos según obre en la Iglesia Católica o entre las diversas sectas protestantes.

Aunque durante dos mil años la Iglesia no había conocido ningún Bautismo del Espíritu , y aunque el movimiento provenga de la herejía, el fenómeno se ha extendido como un incendio. ¿Cómo ha podido suceder una cosa así?

La respuesta, pensamos, es ante todo esta: el movimiento carismático promete una conversión inmediata y una inmediata santidad . Además es permisivo especialmente desde el punto de vista moral. ¿Quién renunciaría a tan preciosos dones y a tan poco precio?

Para quienes presentan objeciones, tienen una respuesta pronta y aparentemente convincente:

“¿por qué pones objeciones? ¿Acaso no ves que muchos sacerdotes, obispos e incluso cardenales y el Papa respaldan el movimiento? Es claro que no hay ningún mal en ello”.

Es evidente que el engaño diabólico escondido en el movimiento carismático ofus­ca a la masa de superficiales que van en busca del éxito clamoroso y de resultados inmediatos, olvidando que el camino de la santidad auténtica y del apostolado eficaz y duradero está hecho de abnegación, silencio, mortificación, humillación, y también de aparentes fracasos: “Si el grano de trigo no cae en tierra y no muere, no produce fruto (Jn. 12,24)

Hay que advertir que si entre los seglares y en algunas religiosas se puede presumir la “buena fe”, no es así en los eclesiásticos que están en situación de comprender el diabólico fraude. Algunos de ellos son demoledores de la Iglesia Católica demasiado conocidos como para no sospechar otra de sus maniobras de destrucción.

El caso del reconocimiento pontificio está relacionado con la buena disposición que existe actualmente para reconocer a los movimientos. Pero aclaremos que al momento de solicitar la aprobación pueden presentarse postulados “para ser aprobados” y luego en el marco de la actual desobediencia que reina en la Iglesia hacer lo que quieran hacer.

Esto es fácil de comprobar al conocer algunos postulados que, como veremos en los próximos capítulos, son insultantes para con Dios, para con los Santos y para con la Iglesia. El Papa jamás aprobaría a un movimiento que tuviera entre sus prácticas “perdonar a Dios” como los carismáticos. Nunca jamás el sucesor de Pedro ha aprobado ni aprobará estas cosas jamás.

Algunos piensan que el propio éxito del movimiento habla a su favor; sostener esto sería un grave error; la historia enseña que todos los movimientos heréticos, particularmente en sus comienzos, recibieron el respaldo entusiasta de muchísimos cristianos, incluso en las alturas de la Jerarquía católica.

Aquí es necesario aclarar que criticar al Movimiento Carismático no es estar contra el Espíritu Santo. ¿Cómo podría ser así?; el Espíritu Santo es la misma alma de la Iglesia, el propio principio de su vida sobrenatural.

Si fuese posible demostrar que procede del Espíritu Santo, el Movimiento Carismático tendría derecho a que todos lo apoyáramos; pero si no es así, entonces estamos obligados a combatirlo hasta su destruc­ción, porque sólo dos pueden ser las fuentes de su existencia: Dios o Satanás. Si viene de Dios, todos debemos adherirnos a él; si viene de Satanás, todos debemos combatir­lo.

Ahora bien; cuando se lo examina a la luz de la sana Teología, la conclusión inevitable es que el pentecostalismo y por lo tanto el Movimiento Carismático, aunque se autoproclame católico no viene del Espíritu Santo (y por tanto viene de Satanás).

Continuará…

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