La Oración y el Evangelio: Las mejores defensas contra el Maligno

Un alma sencilla y humilde, totalmente confiada en Dios, como lo hizo Jesús en su vida terrenal, aprende cómo relacionarse con el Creador. La libertad de elegir le permite al hombre resistir al Diablo, porque el Diablo puede tentarnos, pero nunca puede obligarnos a hacer su voluntad.

Las armas, que nos sirven tanto como para el combate como para la defensa que Jesús nos ha dejado, consisten en la Palabra de Dios, la oración, el ayuno y los sacramentos.

Al hacer uso de estas armas de defensa, no debemos considerarlas con actitud supersticiosa; eso sería caer en un concepto mágico, distante de nuestra fe católica. En otras palabras, no debemos creer que nuestras prácticas religiosas ahuyentan a los demonios. Miren a los santos como el Padre Pio y el Santo Cura de Ars, ambos atormentados constantemente por los demonios. Lo que sí podemos decir, con base en las Sagradas Escrituras, es que al demonio se le expulsa únicamente por la fe y la confianza total en Jesús.

Nuestra Señora y todos los santos nos muestran cómo la comunión con Dios hace que el ser humano, una criatura inferior a Satanás, sea más fuerte que él mismo. Esto motiva una intensa hostilidad por parte del Maligno hacia el hombre, que pone en movimiento toda una verdadera maquinaria bélica para atacar a la persona que ha decidido regresar a Dios.

La Palabra de Dios, el Evangelio

La Palabra de Dios escuchada consistentemente y repetidamente en el transcurso del día es la inspiración y el arma que supera las dudas, ansiedades, pensamientos recurrentes, ataques de depresión, suicidio, ira, confusión y todo el desorden que Satanás puede generar en el mente del ser humano. De hecho, el ataque del Maligno comienza por penetrar el núcleo de la voluntad y el libre albedrío, la mente y la inteligencia, influyéndolas y subyugándolas hasta que finalmente puede llegar al interior mismo de la persona para conducirla al mal.

A menudo, los que van a un sacerdote exorcista oran, van a Misa los domingos y a veces también durante la semana, pero se quejan de repentinos despertares nocturnos, atormentadores sueños y pensamientos obsesivos recurrentes, dudas sobre Dios y su fe en Él.Esto se debe a que no han centrado su vida en la Palabra de Dios, es decir, Jesucristo, el centro y fundamento de la vida cristiana, Jesucristo, la Palabra de Dios.

En el Evangelio de Lucas, después de que Jesús fue bautizado y conducido por el Espíritu de Dios al desierto, fue tentado por Satanás. En ese caso, la victoria sobre el demonio no ocurrió por medio de la oración. Tres veces Jesús citó la Sagrada Escritura para resistir las tentaciones y refutar las mentiras del enemigo. Jesús afirmó: “Está escrito. . . “(Lucas 4: 1-13). La Palabra de Dios era su arma e instrumento contra las mentiras y las provocaciones del enemigo.

Jesús, al hacerse hombre, se hizo uno como nosotros, para mostrarnos cómo mantener alejado al enemigo. Mantuvo su distancia de Satanás, citando la fuente de la sabiduría y el discernimiento: la Palabra de Dios. Y nos enseña que, para llevar nuestra vida terrenal con serenidad, siempre es necesario tener Sus palabras en mente, para que en cada adversidad venga a nuestra mente la Palabra de Dios y, guiados por el Espíritu Santo, podamos saber cómo elegir lo que es verdadero y bueno. Es fundamental que el Evangelio esté impreso en nuestra mente, el asiento de la voluntad y del libre albedrío. Satanás sabe que si logra confundir el libre albedrío alejándolo de la voluntad de Dios a través del pecado, también puede corromper y dañar el alma del hombre. La Palabra de Dios escuchada y vivida cada día en lecciones concretas se convierte en nuestra defensa de las trampas del Maligno.

Oración

A menudo damos por sentado que sabemos lo que es la oración, pero en realidad no es así. Desde la infancia, nos enseñaron a decir oraciones por la mañana y por la tarde, pero tal vez muy pocos son los que entienden el valor o el significado de la misma.

En la Última Cena, Jesús dijo: “Esta copa es la Nueva Alianza en mi sangre, que es derramada por vosotros.” (Lucas 22:20). Con estas palabras, Jesús nos dice que Dios el Padre, ha establecido una alianza eterna con el hombre, una relación de fe fundada en el sacrificio de Cristo en la Cruz. Esta alianza se mantiene solo si, a través del Evangelio, hay una respuesta del hombre. Esta respuesta ocurre en la oración que ha sido estimulada por la enseñanza de la Palabra de Dios. Orar es conversar con Dios después de haberlo escuchado. Jesús nos dice: “No me escogieron a mí, sino que yo los escogí” (Juan 15:16).
La oración también es alabanza y acción de gracias. Esta es la oración que Jesús prefiere: que se le agradezca continuamente por la vida, por lo que somos y por lo que tenemos.

La oración también es una invocación o súplica de ayuda. Si brota de un alma purificada por el sacramento de la Reconciliación, la oración se escucha inmediatamente porque la persona que reza está en comunión con Jesús y está particularmente atento a las almas humildes (Lucas 18: 7-8). La Palabra no es solo una voz; es una persona en carne y hueso, Dios mismo hecho hombre en la persona de Jesús (Juan 12: 44-45, 48-50). Escuchar a Jesús es escuchar al Invisible, al Omnipotente, el Uno hecho visible y alcanzable.

La oración puede ser expresión de confianza, necesidad, alabanza, alegría etc., y se expresa no solo en palabras sino, sobre todo, en la disposición del alma. La oración es más efectiva cuando tiene una intención precisa y demuestra comunión con Dios. De esta manera, se convierte en una fuerza contra estados instintivos como la soledad, el miedo, la ansiedad, la confusión y el desorden; y pone todo bajo la guía de Jesús, quien nos ayuda a superar las debilidades humanas y las tentaciones del Maligno.

Nuestra oración, sin embargo, no puede ser un instrumento directo de liberación del enemigo, ya que no podemos combatirlo por nosotros mismos. Como criaturas humanas, somos seres más débiles, inferiores a las criaturas angélicas. Creer que podemos liberarnos del Maligno únicamente a través de nuestra propia oración sería un pecado de arrogancia, ya que no podemos expulsar al Maligno solo con nuestras propias fuerzas. Estaríamos haciendo que su maldad sea aún más efectiva en nuestra vida. Por lo tanto, es solo la oración en la que hacemos un llamado a la intervención de Jesús, María y los santos la que es capaz de expulsar al demonio.

A veces, podemos ofrecer una oración de bendición o liberación y esta no es escuchada. No es debido a nuestra condición espiritual en ese momento particular que nuestra oración parece ineficaz; en realidad, es nuestro pecado no perdonado lo que impide la acción de Dios.

He podido verificar a través de las personas que ayudo que la mayoría de las perturbaciones espirituales ocurren a través de una vida espiritual confusa o hipócrita, es decir, a través de la inconstancia en la oración, la inconstancia en el encuentro con Jesús en los sacramentos y la inconstancia en escuchar la Palabra de Dios. En estos casos, para ayudar a nuestra oración, es útil familiarizarse con un catecismo adecuado y recibir el sacramento de la Reconciliación. La eficacia de este último remedio depende de una vida cristiana coherente y fiel.

Si la oración brota de un alma en comunión con Dios, es inmediatamente efectiva contra los ataques del enemigo. Tuve el caso de un hombre que de repente pasó de extremadamente devoto a rechazar lo sagrado. Su hermana, también muy fiel, señaló este cambio aparentemente inexplicable. Le aconsejé que invoque mentalmente la intervención de María Inmaculada precisamente en el momento en que su hermano padeciera uno de sus ataques de cólera visceral. Ella me dijo que, como resultado de la oración, su hermano se calmaba algunas veces y, otras tantas empeoraba. Esta fue una prueba de que el cambio no estaba en la voluntad de su hermano; más bien, fue la consecuencia de la aflicción del Diablo. El hermano, de hecho, no pudo saber sobre la oración mental de su hermana.

También estaba el caso de un niño de cinco años cuya madre le había enseñado a rezar el Ave María. Me llamaron porque el niño veía sombras alrededor de su cama. Les dije a los padres que se mantuvieran en el estado de gracia con Dios a través del sacramento de la Reconciliación a fin de hacer que la oración fuera más poderosa, y que, cuando se repitiera este fenómeno, invocasen la intervención de nuestra Madre en el Cielo.

Después de una semana me llamaron, diciendo que el fenómeno se redujo pero no terminó. Pregunté si habían orado con el niño. Ellos dijeron no. Los invité a orar con él cuando ocurrió el fenómeno. Lo hicieron. Me dijeron que tan pronto como el niño dijo “Salve”, las sombras ya no regresaban. Ese “Salve” solo rezado por el niño pequeño en confianza y en una fe genuina y total fue suficiente para ahuyentar los poderes de la oscuridad.

El Catecismo de la Iglesia Católica nos recuerda que:

La superstición es la desviación del sentimiento religioso y de las prácticas que impone. Puede afectar también al culto que damos al verdadero Dios, por ejemplo, cuando se atribuye una importancia, de algún modo, mágica a ciertas prácticas, por otra parte, legítimas o necesarias. Atribuir su eficacia a la sola materialidad de las oraciones o de los signos sacramentales, prescindiendo de las disposiciones interiores que exigen, es caer en la superstición (cf Mt 23, 16-22).

La oración que sale de un corazón humilde y está en comunión con Dios no solo es eficaz; también se convierte en un instrumento  para desenmascarar al enemigo y sus acciones.

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El autor de este artículo es el padre Paolo Carlin, sacerdote y exorcista de la diócesis de Faenza-Modigliana / Italia.
https://catholicexchange.com/prayer-word-god-defenses-evil-one
Traducido y adaptado por Proyecto Emaús

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