La Oración de María


La oración de María

Contenido

1.- Características de su Oración
2.- Principales oraciones marianas
2.1. El Avemaría
2.1.1.- Orígenes e historia
2.1.2.- Significado
2.2.- Bajo Tu Amparo
2.1.1.- Origen e historia
2.3.- La Salve
2.3.1.- Breve historia
2.4.- Acuérdate
2.4.1.- Historia

Características de la Oración de María

El Magnificat y la breve frase que pronuncia Nuestra Señora en las bodas de Caná dirigiéndose a su Hijo, en ayuda de los novios que daban la fiesta, ( No tienen vino) son las únicas muestras de su oración que nos han dejado los evangelistas.

El Magnificat es una oración de alabanza, en el que el corazón se desborda en afectos, en palabras de agradecimiento, en expresiones de jubilosa admiración por la grandeza divina y por las obras de Dios.

En Caná, en cambio, la Virgen hace oración de súplica. Es una oración de apenas tres palabras: No tienen vino. Una oración tan lacónica, tan breve, que apenas si parece oración. Hay, sin embargo, en esa misma brevedad una decisión tan grande, tan insospechada a primera vista, que merece ser puesta de relieve.

En primero de todos los caracteres que se percibe en la súplica de la Virgen María a Jesús es la sencillez. Es la exposición de una necesidad, hecha con la simplicidad de un niño. Los niños, más que pedir, exponen, y no es necesario más porque la compenetración es tan grande que los padres saben perfectamente todo lo que la frase del niño encierra, y es para ellos más clara que un largo discurso.

Siendo, como es, La Virgen la más perfecta de las criaturas, la criatura perfecta, su oración, sin duda y después del Padrenuestro, es la más perfecta de las oraciones, la mejor hecha, la que reúne todas las cualidades en su máxima profundidad. Se puede tomar como modelo poderosísimo de oración.

Y nos encontramos, entonces, conque toda oración debe ser sencilla, con la que la sencillez, es la primera de las condiciones que requiere una oración a gusto de Dios. Sencillo es lo contrario de complicado, que encierra una cierta dosis de artificio que entorpece la directa y espontánea manifestación de sentimientos íntimos (No es lo mismo complicado que complejo).

La oración complicada no es un grito del alma desnuda. Si la oración no es sencilla, más que conversación de un hijo con su padre es la de un soldado con su general y no es esto lo que el Señor quiere.

Quizá porque sabía lo complicados que somos no es encargó que nos hiciésemos como niños (cf. Lc 18,17), que cuando nos pusiéramos a orar no quisiéramos decir muchas palabras, como hacen los paganos. Bien sabe nuestro Padre lo que necesitamos antes de que se lo pidamos (cf. Mt 6, 7- 8).

El mismo Jesús nos dio una soberana lección de sencillez al enseñarnos el padrenuestro. La oración del fariseo y el publicano ( cf. Lc 18,9-14) es un buen contraste para apreciarlo, ya que la sencillez es siempre la expresión al exterior de una sinceridad tan íntima y profundamente vivida que se hace espontánea hasta en los pormenores más insignificantes de la vida cotidiana.

La súplica de Nuestra Señora deja traslucir toda la humildad que Ella posee, y éste es el segundo de sus caracteres. La frase de súplica de las bodas de Cana, hace evidente su humildad, que la lleva a no querer molestar a su Hijo, que era Dios y era el Mesías, y María sabía que su misión era lo primero y estaba muy por encima de aquellas naderías. Su espontánea manifestación, la delicadeza con que se dirige a Jesús, su manera casi tímida de insinuar, no de pedir, revela una conciencia muy clara de la distancia, y a la vez, de la proximidad entre ambos: era Dios pero Ella era su Madre.

Era necesario ser del todo lo humilde que era María para saber darle el tono y matiz preciso a una oración tal, para darle tan gran fuerza y al mismo tiempo, no pedir nada. Por una parte revela una impotencia tan grande que era como decir que no le hubiera molestado si Ella hubiera podido remediar, y por otro una ansiedad y un interés tales que equivalían a proclamar que acudía a Él como única solución.

Lo que llama a gritos a la misericordia de Dios y a su poder no son las palabras, sino el desamparo: de ahí que la oración que nace de la humildad y de la propia indigencia sea la que más fuertemente “obliga” a Dios. Lo que da intensidad a una oración, lo que hace poner en ella toda el alma es la necesidad, y nadie como el humilde puede percibir hasta qué punto está necesitado que Dios se compadezca de su impotencia, hasta qué punto depende de Él, hasta qué extremo límite es cierto que el hombre puede planta y regar, pero que es Dios quien da el incremento (cf.1 Co 3,6-7).

Nosotros, que no somos humildes, carecemos de delicadeza para pedir a Dios.

Muchas veces nuestro egoísmo nos lleva a tratar a Dios con gran inconsciencia, como si fuera un servidor nuestro, cuya casi exclusiva función estuviera reducida a resolvernos los problemas que nosotros mismos nos hemos planteado o sacarnos de los atolladeros donde nos hemos metido. No tenemos demasiada afición a pedir por los demás, reducimos nuestra oración a peticiones para resolver asuntos puramente terrenos, como si en ellos nos fuera la vida. Es demasiado egoísmo.

Hay una ausencia demasiado patente de amor: somos como pequeños egoístas interesados, que sólo miran por sí mismos y que todo lo ponen a su servicio. No es que esté mal pedir remedio para nuestras necesidades terrenas: la Virgen nos dio ejemplo pidiendo en Caná. Y el mismo Jesús nos enseño a pedir el pan cada día. Pero todas las demás peticiones del padrenuestro son de otra índole.

Pero lo que quizá se pone más de manifiesto en la oración de la Virgen en Caná es la FE en su Hijo. Era su Madre, le había acunado en sus brazos, y con todo, se abstiene de indicarle lo que puede hacer. Expone la necesidad y deja todo lo demás a su arbitrio, segura que la solución que dé al problema, cualquiera que sea, es la mejor, la más indicada, la que lo resuelve de manera más conveniente. No le ata las manos a su Hijo forzándole a adoptar un camino: confía en su sabiduría, en su superior conocimiento, en su visión más amplia y profunda de las cosas que abarca aspectos y circunstancias que Ella podía, quizá, desconocer. Expone lo que ocurre y lo deja en sus manos. Y es que la fe deja a Dios comprometido con más fuerza que los argumentos más sagaces y contundentes.

Cuando la Virgen le hablo, su hora no había llegado todavía; después de hablarle, su hora llegó enseguida. San Juan observa que éste fue el primer milagro que hizo Jesús (cf.Jn 2,11*). La fe de María, empapando aquella breve frase de tres palabras, No tienen vino, cubrió el tiempo e hizo apresurar la hora en que el Señor descubrió su divinidad con una manifestación extraordinaria.

¡De qué distinta manera procedemos nosotros! Cuando pedimos algo rara vez nos limitamos a mostrara a Dios nuestra desnudez. Más bien solemos urgir una solución, y además concreta que tenemos muy bien pensada. Circunscribimos la acción de Dios a una sola posibilidad, la que nosotros vemos más adecuada, como si partiéramos de la base de que nadie sabe mejor lo que nos conviene. Y si tarda Dios en responder, cada vez pedimos con menos fuerza, pensamos que no está interesado en ello y al fin, dejamos la oración como un niño deja arrinconado un viejo juguete.

Convendría recordar aquella respuesta que dio Jesús a los hermanos Santiago y Juan cuando le hicieron una petición descabellada: No sabéis lo que pedís.

Es cierto que la oración es omnipotente: la fuerza del hombre y la debilidad de Dios, ha dicho San Agustín. Pero lo es, cuando realmente es oración. Orar es elevar el corazón a Dios, no simplemente decir palabras. Y por corazón solemos entender lo más íntimo de nosotros, lo último y más recóndito. Allí donde no nos encontramos más que nosotros solos, tal y como somos. Donde guardamos todas nuestras virtudes y defectos.

El corazón interviene en todo lo que pensamos, hablamos y hacemos; lo matiza y lo perfuma deliciosamente, más también lo afea, pervierte y torna repugnante. El corazón está en y tras todo lo que somos y hacemos. Es la raíz misma de nuestro ser, el más íntimo y escondido núcleo de nuestra persona, es también el módulo de que se sirve Dios para medir y valorar todas nuestras obras.

Se hace oración en la medida en que nuestro ser se eleva hacia Dios. De la abundancia del corazón habla la boca (cf Mt 12,34); por ello, cuando la oración de la Virgen María fue de alabanza, un torrente de palabras se desbordó en el Magnificat, más solo tres vocablos salieron de su boca para pedir.

Mientras que nosotros, con nuestras peticiones formularias, y nuestros corazones replegados en sí mismos, y no elevados a Dios, estamos pendientes de las criaturas y no de dirigirnos con sencillez, humildad y fe a nuestro Señor.

La oración es la expresión de un corazón enamorado, la respiración del alma, todo dirigirse a Dios es oración en la medida que la sencillez, la humildad y la fe lo esté informando. De aquí también que haya grados en la oración, desde el torpe balbuceo, hasta la oración perfecta de quien ha llegado a la unión con Él.

Toda elevación hacia Dios es oración, por eso se puede orar siempre. Y es tan importante que si la oración no existe, la vida interior se acaba. Y elevar el ser hacia Dios es fácil, tanto que cualquiera puede hacerlo.

Nuestro Señor nos ha mostrado el camino y la manera: basta querer ser sencillos, humildes, confiados para que Dios haga todo lo demás, pues se deja encontrar por todos los que le buscan con un corazón recto.

El número 2679 del Catecismo de la Iglesia Católica nos dice que María es la orante perfecta, la Oracion de María, es la oración perfecta, figura de la Iglesia. Cuando le rezamos, nos adherimos con ella al designio del Padre, que envía a su Hijo para salvar a todos los hombres. Como el discípulo amado acogemos a la Madre de Jesús (cf Jn 19,27), hecha madre de todos los vivientes. Podemos orar con ella y a ella. La oración de la Iglesia está sostenida por la oración de María. La Iglesia se une a María en la esperanza (cf. LG68-69).

 

 

Principales oraciones marianas

El Avemaría

Dios te salve, María,
llena eres de gracia;
el Señor es contigo;
bendita Tú eres
entre todas las mujeres,
y bendito es el fruto
de tu vientre, Jesús.
Santa María, Madre de Dios,
ruega por nosotros, pecadores,
ahora y en la hora de nuestra muerte.
Amén.

Orígenes e historia

El Ave María consta de tres partes: la primera está tomada del saludo angélico: ” Alégrate llena de gracia, el Señor está contigo” (cf. Lc 1,28). La segunda está formada por las palabras de alabanza que Isabel, pariente de la Virgen, y esposa de Zacarías, dirige a María al pisar su casita de Ain karim: ” ¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre! (cf. Lc 1,42). La tercera parte es una invocación de la Iglesia de origen muy posterior: “Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén”.

Lo primero que hemos de advertir es que esta plegaria tiene origen divino y origen eclesiástico. El ángel e Isabel fueron los personajes inspirados por Dios. La Iglesia, asistida por el Espíritu Santo, completó la primera oración a Nuestra Señora.

La estructura íntegra del Ave María necesitó un milenio —del siglo VI al siglo XVI— para alcanzar su actual formulación.

Se pueden fijar algunos datos de indudable certeza. La vinculación del saludo de Gabriel con la alabanza de Isabel se debe a Severo de Antioquía, que falleció el año 538. En una vasija de barro encontrada en Luxor (Egipto) ya se leen estas palabras unidas. San Juan Damasceno, fallecido en el 749, las comenta en sus homilías.

La Iglesia ha añadido los nombres de «María» al principio y de «Jesús» al final, siendo Urbano IV en el siglo XIII, su afortunado autor. El último añadido: «ahora y en la hora de nuestra muerte», aparece en un breviario cartujano del 1350, siendo asumido posteriormente por los trinitarios y camaldulenses.

En el año 1525 se encuentra ya en los catecismos populares. Puede afirmarse que la fórmula definitiva que ha llegado hasta nosotros fue fijada por Pío V en 1568, con ocasión de la Reforma litúrgica. Hace pues, 432 años que los católicos rezamos en su forma actual esta incomparable plegaria mariana, mitad himno de alabanza, mitad súplica filial.

 

Significado

Dios te salve, Maria (Alégrate, María)
La salutación del ángel Gabriel abre la oración del Ave María. Es Dios mismo quien por medio del ángel saluda a María. Nuestra oración se atreve a recoger el saludo a María, con la mirada que Dios ha puesto sobre su humilde esclava y alegrarnos con gozo, que Dios encuentra en ella.

Llena de gracia, el Señor es contigo
Las dos palabras del ángel se aclaran mutuamente. María es la llena de gracia porque el Señor está con ella. La gracia de la que está colmada es la presencia de Aquel que es la fuente de toda gracia. “Alégrate hija de Sión, grita de gozo Israel*, regocíjate y disfruta con todo tu ser, hija de Jerusalén. El Señor ha revocado tu sentencia, ha expulsado a tu enemgio.

El rey de Israel, el Señor, está en medio de ti, no temas mal alguno” (Sof 3,14,-17) María, en quien va a habitar el Señor, es en persona la hija de Sión, el Arca de la Alianza, el lugar donde reside la Gloria del Señor: ella es la morada de Dios entre los hombres (cf. Ap 21,3). Llena de gracia se ha dado toda al que viene a habitar en ella, y al que ella entregará al mundo.

*Sof 3,14 La fuerza de la esperanza que respira el final de Sofonías impresiona. Es difícil de dar cuenta de la riqueza del vocabulario de la alegría, que inspira de algún modo el saludo del ángel a María en la anunciación (Lc 1,28).

Bendita tú entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús
Después del saludo del ángel hacemos nuestro el saludo de Isabel. Llena del Espíritu Santo (cf. Lc 1,41), Isabel es la primera de una larga serie de las generaciones que llaman bienaventurada a María: Bienaventurada la que ha creído …(cf. Lc 1,45): María es bendita entre todas las mujeres porque ha creído en el cumplimiento de la palabra del Señor.

Abrahán por su fe se convirtió en bendición para todas las naciones de la tierra (cf. Gn 12,3). Por su fe, María vino a ser la madre de los creyentes, gracias a la cual todas las naciones de la tierra reciben a Aquel que es la bendición misma de Dios: Jesús, el fruto bendito de su vientre.

Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros
Con Isabel nos maravillamos y decimos: “¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?” (Lc 1,43) Porque nos da a Jesús su hijo, María es madre de Dios y madre nuestra; podemos confiarle todos nuestros cuidados y nuestras peticiones: ora por nosotros como ella oró por sí misma: “He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra” (Lc 1,38). Confiándonos en su oración, nos abandonamos en ella en la voluntada de Dios: Hágase tu voluntad.

Ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte.
Pidiendo a María que ruegue por nosotros, nos reconocemos pecadores y nos dirigimos a la Madre de la Misericordia, a la Virgen Santísima. Nos ponemos en sus manos ahora, en el hoy de nuestras vidas. Y nuestra confianza se ensancha para entregarle desde ahora, la hora de nuestra muerte. Que esté presente en esa hora, como estuvo en la muerte en cruz de su Hijo y que en la hora de nuestro tránsito nos acoja como madre nuestra para conducirnos a su Hijo, Jesús, al Paraíso.

 

 

Bajo Tu Amparo “ Sub tuum praesidium”

Bajo tu amparo nos acogemos,
Santa Madre de Dios;
no deseches las oraciones
que te dirigimos
en nuestras necesidades,
antes bien líbranos de todo peligro,
¡oh Virgen gloriosa y bendita!
Amén.

Origen e historia

En un papiro se encontró la oración más antigua conocida,que los cristianos han dirigido a la Virgen María. Data de finales del siglo III o principios siglo IV. Desde la época posterior a los Apóstoles ya aparece en las más antiguas redacciones del Símbolo o Credo de los Apóstoles, la maternidad divina de María.

El himno del que San Atanasio de Alejandría (obispo de Alejandría, 296-373 d.c.) podría haber cogido el título Theotokos (Madre de Dios), era la oración griega original, traducida más tarde al latín, Sub tuum praesidium, que fue el primer ejemplo de esta alabanza a la Virgen María.

Procede de las comunidades cristianas de Egipto y en ella aparecen algunas de las facetas de la verdadera devoción mariana: Veneración y súplica.

María es saludada como Madre de Dios, título raíz de todos los privilegios que iba a tener. Antes de que el Concilio de Éfeso ( a.431 d.c) lo declarase dogma, hemos señalado como ya aparecía la invocación de Theotokos, Madre de Dios en la piedad de los fieles cristianos.

 

 

La Salve

Dios te salve,
Reina y Madre de misericordia,
vida, dulzura y esperanza nuestra;
Dios te salve.
A Ti clamamos los desterrados hijos de Eva;
a Ti suspiramos,
gimiendo y llorando,
en este valle de lágrimas.
Ea, pues,
Señora, abogada nuestra,
vuelve a nosotros esos tus ojos
misericordiosos,
y después de este destierro
muéstranos a Jesús,
fruto bendito de tu vientre.
¡Oh clemente, oh piadosa,
oh dulce Virgen María!
D- Ruega por nosotros Santa Madre de Dios.
T- Para que seamos dignos de alcanzar las promesas de nuestro Señor Jesucristo. Amén.

Breve historia

Aunque su compositor sea incierto, La Salve es una de las más populares y conocidas oraciones católicas a María Santísima, la madre de Jesús, originariamente escrita en latín.

Inicialmente era una antífona mayor e himno. Es una de las cuatro antífonas del Breviario dedicadas a la Santísima Virgen (las otras tres son Alma Redemptoris Mater, Ave Regina Coelorum y Regina Coeli).

Se trata originalmente de una secuencia con rima en “e”, aunque la disposición de los versos puede variar según los recopiladores.

Durante algún tiempo fue atribuida a San Bernardo de Claraval; ahora se sabe que éste sólo añadió la invocación final: O clemens, o pia, o dulcis, Virgo Maria (que introduce una pareja de versos con rima en “ia”).

También se ha atribuido al obispo de Compostela, Pedro de Mezonzo, al de Le Puy-en-Velay, Ademar de Monteil, al monje alemán Hermann von Reichenau, e incluso al obispo legendario de Segovia San Jeroteo.

Domenico Scarlatti musicó esta oración en el siglo siglo XVII en su composición para alto y orquesta “Salve Regina”.

La melodía sencilla que se usa habitualmente para cantarla parece haber sido elaborada por el P. F. Bourgoing.

Los cistercienses, los dominicos y los franciscanos promovieron su uso en diversas circunstancias (en especial en el Santo Oficio). En 1250 Gregorio IX la aprobó y prescribió que se cantara al final del rezo de las Completas. Los monjes la cantaban antes de dormir y los monjes de la orden de Predicadores la cantaban en procesión con velas encendidas.

Diversos autores cristianos han elaborado comentarios para esta oración; entre ellos destacan: San Bernardo de Claraval, San Anselmo de Lucca, San Pedro Canisio y San Alfonso María de Ligorio.

La gran variedad de representaciones de la Virgen y la devoción existente en cada lugar donde se venera ha generado la creación de una “Salve” particular según la advocación del lugar.

 

 

Acuérdate (Memorare)

Acordaos¡oh piadosísima, Virgen María!,
que jamás se ha oído decir
que ninguno de los que han acudido
a tu protección,
implorando tu auxilio
haya sido
abandonado de Ti.
Animado con esta confianza,
a Ti también yo acudo,
y me atrevo a implorarte
a pesar del peso de mis pecados.
¡Oh Madre del Verbo!,
no desatiendas mis súplicas,
antes bien
acógelas benignamente.
Amén.

Historia

Una de las oraciones marianas mas ampliamente conocida y rezada en la actualidad,  en el mundo católico,  es el Acordaos (llamada también Memorare por su inicio en latín).
Esta oración de intercesión a la Virgen, es atribuida al cisterciense Bernardo de Claraval. Pero a pesar de ser denominada la oración de San Bernardo, no se sabe exactamente el origen de la misma, los primeros documentos donde la encontramos proceden del siglo XV.

Quien divulgó realmente la oración fue el fraile francés Claude Bernard (1588-1641), llamado “le pauvre prêtre”, que vivió cinco siglos más tarde que el santo de Claraval.
Bernardo utilizaba la oración como una ayuda en su apostolado entre los condenados a muerte, llegando a imprimir 200.000 folletos con el Acordaos en varios idiomas, distribuyéndolos donde pensaba que podían ser de ayuda.

Tanta devoción a esta oración procedía del hecho que el propio Bernard había sido curado de una grave enfermedad, después de haber rezado el Acordaos al sentirse en peligro de muerte.
En un primer momento pensó que su curación se había debido a causas naturales, pero recibió la visita de un fraile agustino que le contó que la Virgen se le había aparecido y contado la enfermedad del Padre Claude. En ese momento pidió perdón a Dios por su ingratitud y se dedicó a fomentar la divulgación de la oración.

La razón por la que se atribuye a San Bernardo puede ser debida a que en la Biblioteca Nacional de París existen unos retratos de Claude Bernard junto con la oración y un rotulo que dice “oración del Rev. P. Bernard a la Virgen”; con el tiempo se asoció la oración que rezaba el fraile con el Santo de Claraval.

El propio fraile manifestó que la oración la había aprendido de su padre y se sabe que era conocida y rezada por el salesiano y obispo de Ginebra, San Francisco de Sales (1567-1622) veintiún años más viejo. En la obra Antidotarius animae, publicada en 1489, un libro de oraciones de Nicolaus Salicetus, un monje cisterciense, abad de Baumgarten, pueblo que hoy forma parte de la ciudad de Viena, donde murió en 1493, aparece una oración Ad sanctitatis tuae pedes, dulcissima Virgo Maria (A los pies de tu santidad, dulce Virgen María), dentro de la cual esta incluido el Acordaos.

 

 

Actos de contrición

¡Oh Señora mía, oh Madre mía!,
yo me entrego del todo a Ti
y en prueba de mi afecto,
con amor filial te consagro en este día:
todo lo que soy, todo lo que tengo.
Guarda y protege, y también defiende
a este hijo tuyo, que así sea.
Amén.

¡Oh Señora mía, oh Madre mía!,
yo me entrego del todo a Ti,
y en prueba de mi filial afecto,
te consagro en este día
mis ojos, mis oídos,br /> mi lengua y mi corazón,
en una palabra, todo mi ser,
ya que soy todo tuyo,
¡oh Madre de bondad!,
guárdame y protégeme
como hijo tuyo. Amén.

 

Fuentes

http://www.devocionario.com/textos/avemaria_1.html
Cf. Suárez, Federico, La Virgen Nuestra Señora, Ed. Rialp, Madrid, 2005, cap. V, pp 261- 270
Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, Asociación de Editores del Catecismo, Madrid, 1992, IV parte, 2617-2622
Números 2676 y 2677 Catecismo de la Iglesia Católica
http://www.mariologia.org/reflexionesmarianas1072.htm
http://origenescristianos.es/acordaos-memorare/