La Leyenda del Buen Ladrón


Hace muchos años, después de que Jesús nació, el rey Herodes esperó la vuelta de los Tres reyes de Oriente para recibir noticias sobre el nacimiento del Rey recién nacido.

Viendo que no regresaban, creció la angustia en Herodes, temeroso de que este nuevo rey ocupase algún día su trono. Debido a esto, ordenó a sus soldados que mataran a todos los niños menores de dos años en la pequeña Nazaret.

Ahora, Dios Padre no podía permitir a los hombres de Herodes el matar al Niño Jesús, por ello envió un ángel para hablase con san José mientras este dormía.  El ángel advirtió a San José de que los hombres de herodes estaban buscando al niño para matarlo, y  la indicó,  que salvar a su familia y huir con ellos a la tierra de Egipto, donde estarían a salvo.

San José se despertó y se preparó con gran prisa para abandonar su sencillo hogar. Cuando llegó el momento de partir, María la la madre de Jesús despertó a su recién nacido, quien lloró, como lo haría cualquier niño pequeño, que es repentinamente despertado con urgencia por su madre en medio de la noche. Pero Nuestra Señora lo calmó tiernamente, arrullándolo y besándolo reverentemente hasta que se quedó dormido.

San José colocó a la Madre y al Santo Niño sobre un pequeño burro y partió hacia Egipto. Solo se podía llegar a estas tierras cruzando un vasto desierto, que la Sagrada Familia tuvo que atravesar sin mucha comida o bebida, porque eran muy pobres y porque tuvieron que partir sin mayores preparativos.

A veces, sufrían mucho de hambre, no tenían nada que comer todo el día, y durante la noche tenían poca protección contra el frío. Nuestra Señora,  bastante afligida por todo lo que el bebé tenía que pasar, lo arrulló en sus brazos, estremeciéndose y sollozando por el frio.

Entonces la Sagrada Familia sufrió terribles dificultades en su camino a Egipto. Sin embargo, la naturaleza, ordenada por Dios, acudió en su ayuda de manera milagrosa.

Una vez, cuando la Sagrada Familia tenía mucha hambre, llegó a un lugar en el desierto donde estaba una higuera cargada de fruta. La fruta estaba demasiado alta para que San José la alcanzara, entonces el árbol dobló sus ramas para que María y José tomasen tanta fruta como necesitasen para Jesús y sí mismos.

En otro momento, cuando estuvieron todo el día sin comer, Nuestra Señora, usando su poder como reina de los ángeles, les ordenó traer algo de alimento. Miles de ángeles se apresuraron a ayudar la Sagrada Familia, trayéndoles celestial deliciosa comida. También caminaban con la Sagrada Familia durante la noche, y su luzo iluminaba el camino como si fuera un día soleado.

Una noche, después de muchos largos días en su viaje, la Sagrada Familia llegó a un muy lugar desolado, uno lleno de gran peligro, donde pandillas de ladrones escondidos en cuevas cercanas asaltaban a los peregrinos. Escucharon estos a la Sagrada Familia cada vez más cerca, y en el momento oportuno,les salieron al paso. Sin embargo, en el momento en que miraron a la hermosa
niña, un rayo brillante, veloz como un flecha, penetró el corazón del líder.

Extrañamente conmovido, el líder tuvo un cambio de corazón. Ordenó a sus compañeros ladrones que no dañasen a los santos peregrinos e invitó a la Sagrada Familia a cenar con él en su guarida. El ladrón le contó a su esposa cuán extrañamente había sido su corazón trocado, y mientras  la mujer servía a los peregrinos panecillos, frutas, miel y jugo.

Después de haber comido, Nuestra Señora pidió a la esposa del ladrón un poco de agua para bañar al niño. La mujer trajo una tina llena con agua y se quedó con su esposo mientras Nuestra Señora lavaba tiernamente al niño Jesús, retirando de su cuerpo el polvo del desierto.

El esposo y toda su pandilla de ladrones estaban profundamente conmovidos por la aparición de la Sagrada Familia, cuyo encanto, belleza y bondad provocó un cambio de corazón en casi todos los que entraban en contacto con ellos. Nuestra Señora era tan hermosa y majestuosa que la gente salía de sus hogares para verla mientras pasaba.

San José y el infante Jesús también tocaban los corazones de manera similar. Imagina qué clase de gracia y esplendor llevaron a esa guarida sucia llena de ladrones y pecadores!

En cierto momento durante la visita, el ladrón le susurró a su esposa: «Este niño no es un niño común. Pregunta a la Señora si nos permite bañar a nuestro hijo leproso en el agua que Ella usó con su hijo. Esa agua podría hacerle bien».

Antes de que la esposa se acercara a la Bendita Madre con esta petición, Nuestra Señora se volvió hacia ella y le indicó amablemente que lavase a su hijo con esa misma agua. El hijo de la pareja estaba terriblemente afectado por aquella horrible enfermedad. Por palabra de Nuestra Señora, la muje levantó a su hijo de tres años, cuyas extremidades estaban rígidas por la lepra.

Mientras sumergía al niño en la tina, vio caer las costras leprosas de cada parte de su cuerpo tan pronto como tocaban el agua. Todos vieron maravillados como el niño quedó limpio y saludable una vez más.

La mujer, fuera de sí con alegría, corrió para abrazar a Nuestra Señora y al Niño Jesús, pero María la rechazó suavemente. Ella le dijo que guardase el agua para usos futuros.

Temprano a la mañana siguiente, la Sagrada Familia dejó la guarida de ladrones con sus anfitriones liderando el camino más allá de la zona donde solían tender sus trampas a los viajeros.

Cuando por fin tuvieron que despedirse de la Sagrada Familia, los esposos expresaron su agradecimiento y sentimientos más profundos, suplicándoles se acordasen de ellos donde sea que fuesen.

La región donde ocurrió todo esto se llamaba Gaza, la última ciudad antes de pasar a Egipto.

Pasaron treinta años. El niño creció maravillosamente en santidad y belleza, el hijo del ladrón también creció, pero en maldad y pecado. Entonces, Salvador y el ladrón encontraron ellos uno al lado del otro una vez más. Esto, lamentablemente ocurrió mientras eran clavados una al lado del en cruces de madera. El uno, era el Hijo de Dios, sin pecado e inocente, sufriendo para liberarnos a todos de los lazos del pecado. El otro era el pobre Dimas. primero la lepra era había desfigurado su cuerpo, y ahora, el pecado desfiguraba  su pobre alma.

Las cruces se levantaron en el Calvario, y durante tres horas Dimas, como Jesús, fue testigo de las blasfemias de la multitud, que representaban al mundo entero. También se unió a las blasfemias. Pero María, mirándolo, lo reconoció y oró por él. A medida que se acercaba la hora sexta, la larga sombra de la cruz de Jesús cayó sobre el cuerpo de Dimas.

En ese momento, Gestas gritó: «Si tú eres el Cristo, sálvate a ti y a nosotros». Dimas levantó su cabeza y volteó a mirar a Cristo. Mientras lo hacía, su corazón se conmovía tan extrañamente como el de su padre, hace mucho tiempo se conmovió al mirar  rostro del Rey de reyes. De repente vio lo horrible de la vida que había llevado y comprendió que merecía quedarse allí, en esa  cruz. Pero este otro hombre, este Jesús, quien fue llamado el Hijo de Dios, El era seguramente inocente.. Dimas no podía contener su remordimiento más. Respiró entrecortadamente entonces habló:»¿Ni siquiera temes a Dios, al ver que estás bajo la misma condena? Porque justamente y merecidamente hemos recibido las cosas que soportamos, pero Él no ha hecho ningún mal».

Después de estas palabras incomparables, con arrepentimiento, el ladrón, transformado en un buen ladrón, pronunció un acto sublime de Fe, Esperanza y Caridad: «Señor, recuérdame cuando llegues a tu Reino».

Y Jesús, levantando su mirada moribunda hacia Dimas, rápidamente le ofreció esta promesa eterna: «Te aseguro que hoy estarás conmigo en el paraíso…»

¡Ah Dimas!..Ahora, que no podrás lavarte con aquella agua purificadora. Serás lavado por aquella Sangre Redentora, que se derrama abundante sobre los pecados del mundo. Sí Dimas, con ella se limpian incluso crímenes como los tuyos….