La Justicia de Dios

La Justicia de Dios

Hace mucho tiempo iba de viaje un pobre peregrino llamado Pedro, y sucedió que cansado una tarde, le sorprendió la noche antes de poder llegar a una posada. Entonces vio en el camino dos posadas, una enfrente de otra: una grande y hermosa, la otra pequeña y de aspecto humilde.

Entonces, el pensó el peregrino:

-Al rico no le pesará mi presencia, a su puerta llamaré.

Al oír llamar a su puerta, el rico abrió de mal humor la ventana y preguntó al forastero que se le ofrecía. Este respondió:

-Solo pido albergue.

El rico miró al peregrino con altanería y meneando la cabeza le dijo:

-No puedo ayudarte. Si tuviese que socorrer a todos los que vienen a llamar a mi puerta, tendría que ir a pedir limosna yo también!

Cerrando de golpe la ventana, dejó al peregrino a la puerta.

El peregrino entonces decidió probar suerte en la casa pequeña y llamó a la puerta. Apenas hubo llamado, el pobre abrió la puerta y con la mayor cordialidad del mundo convidó al viajero  a que entrase y pasara la noche en casa.

La mujer del pobre, le recibió afectuosamente. En seguida puso unas patatas al fuego y mientras se cocían, ordeñó a su cabra, para que tuviese también un poco de leche.

Puesta la mesa, el peregrino se sentó y comió con los esposos. La mala comida no le supo tan mala, pues vio caras satisfechas y corazones limpios.

Concluida la comida, como ya era hora de dormir, la mujer llamó en secreto a su marido y le dijo:

-Escucha esposo mio, esta noche nos acostaremos sobre un poco de paja para que el viajero pueda  dormir en nuestra cama y descansar bien. Ha andado tanto durante todo el día que debe estar cansado.

El esposo asintió y  se ofreció a hacérselo saber así al peregrino.

Acercándose a Pedro, le rogó, que si gustaba, podía echarse en su cama para descansar bien, así ellos quedarían agradecidos.

A la mañana siguiente se levantaron al rayar el día y prepararon al huésped un frugal desayuno. Al entrar por la ventana los primeros rayos del Sol, el peregrino se levantó, comió de nuevo con ellos y se dispuso a seguir su camino, pero estando ya en la puerta se detuvo y dijo:

-Son ustedes muy caritativos y piadosos y yo aunque parezco un pobre peregrino soy algo más. Pídanme tres cosas que se las concederé.

Con la mayor cordialidad dijo entonces el esposo:

-Pido la salvación eterna y que los dos tengamos salud mientras vivamos y el pan justo para comer cada día, pero lo tercero, no se que pedir.

Y el peregrino le dijo:

-¿Qué? ¿No quiere una casa nueva en cambio de esta vieja?

El hombre contestó que sí además se la daba, le gustaría.

Entonces Pedro realizó sus deseos y trocó la casa vieja en una nueva, y hecho esto, los dejó y siguió su camino.

Muy entrado el día, el rico se levantó y poniéndose a la ventana, vio en el sitio donde antes se levantaba la vieja choza, una hermosa casa nueva. Se extrañó mucho que llamando a su mujer dijo:

-¿Puedes explicarte cómo ha sucedido esto? ¡Corre y entérate de lo que ha pasado!

La mujer fue entonces y preguntó al pobre, el que le respondió:

-Anoche vino un peregrino que buscaba albergue y esta mañana al despedirse nos ha concedido tres peticiones: La salvación eterna, la salud en esta vida y el pan preciso de cada día. Además cambió nuestra vieja choza por esta hermosa casa nueva.

La mujer del rico volvió a casa y le contó al marido lo sucedido.

-¡Oh, Si lo hubiera sabido! – reclamó el hombre.

-¡Date prisa esposo, monta a caballo y aún podrás alcanzar al hombre y hacer que te conceda tres peticiones!

Así lo hizo. Montó a caballo el rico y pronto le dio alcance al peregrino, entonces le habló con dulzura, diciéndole que no tomara a mal, el que no le hubiese dado posada el día anterior, pues mientras buscaba la llave de la puerta, él ya se había marchado; pero que si algún día volvía por allí, le haría entrar a la fuerza y agasajaría.

-Sí- contestó Pedro-, si vuelvo algún día, entrare en tu casa.

De inmediato preguntó el rico si podría también hacer tres peticiones como su vecino.

-Sí- replicó Pedro-, puedes hacerlo; pero sin embargo no te lo aconsejo, pues no te conviene.

El rico pensó entonces en escoger algo que hiciera su felicidad. Pedro entonces le dijo.

-Vuelve a tu casa. Las tres coas que pidas, se te darán.

Ya el rico había conseguido lo que deseaba y camino a su casa fue pensando en lo que pediría.

Pensativo, soltó las riendas; el caballo comenzó a brincar y no le dejaba recoger sus ideas. El hombre intentó apaciguarlo pero el animal se encabritaba de nuevo. El hombre entonces exclamó:

-¡Caballo malo! ¡Si te rompieras el cuello!

Apenas terminó de pronunciar aquellas palabras y el animal cayó en tierra muerto. Con esto se había cumplido la primera petición del hombre rico.

Siendo un hombre muy avaro, no quería perder la silla, se la echó a los hombros y volvió a casa a pie.

-Aún me quedan dos cosas que pedir- pensó-. Mas aunque pida todo lo imaginable, se me ocurrirá algo más, ¡pero yo lo arreglaré de modo que quede satisfecho!

Algunas veces creía que lo había encontrado, pero después, siempre le parecía pequeño e insignificante lo que se le ocurría.  Entonces se le ocurrió que su mujer estaba perfectamente en casa sentada en una habitación, fresca y arreglándose. Esta idea le incomodaba y sin poder remediarlo, se dijo:

-¡Ojala estuviera mi mujer, sentada sobre esta silla de montar sin poder bajarse en vez de tenerla que llevar yo a cuestas!

Apenas pronunció la última palabra, desapareció la silla de sus hombros y notó que se había realizado el segundo deseo.

Entonces fue cuando empezó a sudar de veras y a correr para llegar antes a su casa. Pero al entrar en ella, encontró a su mujer sentada en la silla de montar sin poder bajarse, quejándose y gritando. Al verla le dijo:

-No te desesperes, yo pediré todas las riquezas del mundo si estás sentada ahí.

Pero ella contestó furiosa:

-¿De que me sirven todas las riquezas del mundo  si he de estar sentada siempre sobre esta silla? ¡Tu lo habrás deseado así; haz que pueda bajarme otra vez!

Y prosiguió:

-¡Eres un gran estúpido! ¡Yo lo hubiera hecho mucho mejor que tu!

El rico entonces contestó:

-¿No te das cuenta? ¡Acaso obtuve tres peticiones por nada!

La mujer contestó:

-¡No me importan las riquezas! ¡Haz que me pueda bajar ahora!

El avariento, viendo que se esfumaban las posibilidades de obtener mayores riquezas, desde lo más profundo de su corazón, le reclamó a su mujer grito en cuello:

-¡Eres una mula!. ¡Una completa mula! ¡Estoy casado con una mula!

Y así, conforme había creído en su corazón y sin darse cuenta, el avariento obtuvo el tercer deseo : Su mujer quedó convertida en una mula, con silla de montar y todo.

Moraleja

El rico que vive para acumular riquezas, solo trae sobre sí más carga, sin darse cuenta, va perdiendo su humanidad convirtiéndose en una suerte de bestia, que no siente ni lástima ni compasión por los menos afortunados que él.

En cambio el pobre y humilde, que da de lo poco que tiene, y pone la mirada en la salvación del alma, a ese,  Dios le alcanza las mayores riquezas del mundo: Las gracias justas y necesarias para asegurar su salvación.