¿Es cierto que « fumar es pecado y que la Iglesia prohibía el tabaco»?

 fumar es pecado
¿Es cierto que «la Iglesia prohibía el tabaco y que fumar es pecado»?

Asado para veganos, cafés descafeinados y leches sin lactosa. Los habitantes de la posmodernidad, acostumbrados a la forma sin la cualidad, al aparecer sin el ser y al círculo cuadrado, hemos descubierto que el cigarrillo hace mal…

Nuestra higiénica sociedad ha conseguido inculcarnos que fumar es pecado, que es uno de los peores crímenes que se pueden cometer. Lo que nuestros abuelos hacían sin mayores remilgos, nuestros hijos lo consideran algo abominable e incomprensible. Si se toma al azar a un niño hoy en día y se le pregunta si considera que fumar es pecado, en el caso poco probable de que entienda el concepto de pecado, es casi seguro que responderá con un sí sin dudarlo mucho.

Si hoy resulta que, si uno saca un cigarrillo parece que haya desenfundado un revólver…

Pero, y lo siento por los celotes antitabaco, resulta que fumar no es pecado (vaya por delante que quien esto escribe no es fumador, aunque tenga amigos mucho mas santos que el que sí lo son). Y para confirmarlo, un reciente artículo publicado en The Catholic World Report sobre la historia del catolicismo y del tabaco, dedicado a santos fumadores, Papas aficionados a los cigarros y católicos que esnifaban rapé, ese tabaco molido y aromatizado, preparado para su consumo nasal, que nos suena de las películas históricas.

Y es que nada más pisar el Nuevo Mundo, aquellos intrépidos españoles ya advirtieron aquel humo que los nativos expulsaban de sus bocas que provocaba el tiznón encendido que aspiraban. Rodrigo de Triana comprobó de primera mano sus efectos entre mareantes y reconfortantes y fue el primero que lo trajo a Europa. Bueno, el punto está en que, apenas descubierto el tabaco en América, gran parte de Europa lo prohibió por temor a sus posibles efectos.

También España lo hizo, pero sólo durante siete años, mientras que en el resto de Europa la prohibición tolerada duró dos siglos.

A pesar de la prohibición, bien pronto se extendió su consumo entre todos aquellos que podían pagarlo. En Europa, algunos curas aventureros fumaban un “cigarrillo” tras otro durante las liturgias. Hasta 1583, año en el que fueron advertidos que el consumo de tabaco en la administración de los sacramentos estaría penado con la condenación eterna de sus almas. Una vez terminada la misa tendrían permiso para fumar a su antojo.

El papa Urbano VIII, el 30 de enero de 1642, emitió la bula Cum Ecclesiae en respuesta a las quejas del Decano de la Catedral de Sevilla, por la que se declaraba que cualquier persona que consumiera tabaco por la boca o por la nariz (hay que recordar que así fumaban los americanos), ya sea rayado, en polvo o en pipa, en las Iglesias de la Diócesis de Sevilla, recibiría la pena de excomunión latae sententiae:

«No hace mucho que se nos ha informado que la mala costumbre de tomar por la boca y las narices la yerba vulgarmente denominada tabaco, se halla totalmente extendida en muchas diócesis, al extremo que las personas de ambos sexos, y aun hasta los sacerdotes, y los clérigos, tanto los seculares como los regulares, olvidándose del decoro propio de su rango, la toman en todas partes y principalmente en los templos de la villa y diócesis de Hispale (Sevilla), sin avergonzarse, durante la celebración del muy santo sacrificio de la misa, ensuciándose las vestiduras sagradas con los repugnantes humores que el tabaco provoca, infestando los templos con un olor repelente -con gran escándalo de sus hermanos que perseveran en el bien- y aparentando no temer en nada la irreverencia de las cosas santas (…)

 

Por medio de la presente, pongamos en entredicho y prohibamos en consecuencia, a todos en general y a cada uno en particular, a las personas de uno y otro sexo, a los seculares, a los eclesiásticos, a todas las órdenes religiosas y a cuantos formen parte de una institución cualquiera de esa naturaleza, el tomar tabaco bajo los pórticos y en el interior de las iglesias, ya sea mascándolo, fumándolo en pipa o aspirándolo en polvo por la nariz; en fin, usarlo en cualesquiera formas que sean”.

Es que no queda muy bien fumar dentro de la Iglesia y, menos, celebrando Misa.

En 1650, ocho años después de la bula de Urbano VIII, Inocencio X impuso la misma pena para el uso del tabaco en las capillas, en la sacristía o en el pórtico de la Archibasílica de San Juan de Letrán de San Pedro de Roma, por la razón de que se había invertido mucho tiempo y dinero en embellecer con mármoles y bajo relieves y no se quería que fuesen manchados con el jugo del tabaco, el humo y otras emanaciones y excrementos del tabaco (recordemos que el tabaco de mascar se escupe una vez consumido).

La pregunta clave vino en 1685. Muchos teólogos se ensarzaron en un polémica discusión sobre si estas normas debían aplicarse a la Iglesia Universal y, de ser así, se preguntaban a que lugares afectaría (rectorado, capilla, sacristía…). En 1725 se revocó la pena de excomunión por fumar en San Pedro, ya que Benedicto XIII se dio cuenta de que los parroquianos tenían la tendencia a salirse a la puerta a “echar un cigarrillo” y se decidió que lo mejor era que se quedasen fumando en el interior, evitando así la interrupción de la liturgia o que se perdieran parte de ella. Pronto se volvería a prohibir.

Y en 2002, Juan Pablo II prohibió que en el territorio del Vaticano se fumase en lugares cerrados o incluso lugares públicos muy frecuentados, bajo multa de 30 euros (por la gran cantidad de colillas de cigarrillo que dejaban los visitantes a la plaza San Pedro).

Papas y Santos que usaban tabaco

Benedicto XIII, siendo él mismo aficionado al rapé, reforzó la necesidad de mantener el tabaco fuera del altar pero retiró la pena de excomunión por fumar en San Pedro al comprobar que los fieles entraban y salían sin cesar de la iglesia para fumar o inhalar rapé, con la consecuente distracción permanente que ello conllevaba.

Los siglos XVIII y XIX marcan la edad de oro del tabaco en la Iglesia. San Alfonso Maria de Ligorio, también consumidor de rapé, en su manual para confesores dejó escrito que «el tabaco tomado a través de la nariz no rompe el ayuno, incluso si una porción desciende hasta el estómago«, ni tampoco el humo de un cigarro. Se cuenta de Benedicto XIV, también aficionado al rapé, que al ofrecer su cajita de tabaco molido al superior de una orden religiosa, que declinó el ofrecimiento con las siguientes palabras: «Santidad, no tengo ese vicio», el Papa contestó: «No es un vicio. Si lo fuera, usted ya lo tendría».

El beato Pio IX fue tan aficionado al rapé que se tenía que cambiar varias veces al día su sotana blanca debido a las manchas que el polvo de tabaco dejaba sobre sus vestiduras. Y durante su cautiverio en el Vaticano, el pontífice ofreció una de sus cajitas de rapé, bellamente decorada con dos corderos paciendo tranquilamente, como premio para la lotería internacional que se organizó para recaudar fondos para la Iglesia.

San Pio X tomaba rapé y fumaba puros. Leon XIII fue también aficionado al tabaco y sufrió mucho cuando, al final de su vida, tuvo que abandonarlo por indicación de sus médicos. Pio XI fumaba puros de manera ocasional y Juan XXIII fumaba cigarrillos. Esta tradición, que no se mantuvo durante los pontificados de Pablo VI, Juan Pablo I y Juan Pablo II, se ha recuperado con Benedicto XVI, quien ha reconocido que le gusta fumarse un «marlboro» de vez en cuando.

Si de los papas pasamos a los santos (aunque no son categorías incompatibles, como varios de los citados anteriormente atestiguan), veremos que el hecho de su afición al tabaco fue utilizado durante sus procesos de beatificación en los casos de san Jose Cupertino, san Juan Bosco y san Felipe Neri. En los dos primeros casos el abogado del diablo argumentó que el tabaco les ayudaba a permanecer despiertos durante sus horas de oración y les permitía soportar largos ayunos.

En el caso de san Felipe Neri, el examen de su cadáver permitió comprobar que una parte del tejido de su nariz había desaparecido, por lo que no se podía hablar de incorruptibilidad. Este hecho se atribuyó a su intenso uso del rapé. En cualquier caso, ninguna de estas objeciones fueron suficientes para cerrarles el camino a los altares.

Quizás una de las consumidoras de tabaco molido más sorprendentes sea santa Bernadette Soubirous. La vidente de Lourdes era asmática y los médicos de la época le prescribieron rapé, pues entonces se pensaba que dilataba los bronquios. Su consumo constante a lo largo de su vida fue en ocasiones motivo de escándalo para otras religiosas que desconocían que lo hacía siguiendo órdenes de los médicos.

Otros santos de los que se tiene constancia que fumaban o esnifaban tabaco son san Vicente de Paul, san Juan Maria Vianney, el cura de Ars, y el Padre Pio, que siempre llevaba una cajita de rapé en un bolsillo de su hábito.

Si bien es cierto siempre se ha argumentado que el hábito de fumar estaba reñido con las virtudes heroicas exigidas para la santidad, es evidente que la Iglesia, no encontró obstáculo en el.

Fuentes


https://hdnh.es/cuando-se-fumaba-en-las-iglesias/
http://www.quenotelacuenten.org/2019/05/04/la-iglesia-prohibia-el-tabaco/
https://www.religionenlibertad.com/blog/26802/papas-y-santos-fumadores.html