La historia de «el Cristo de la Vega»


el Cristo de la Vega

La imagen del Cristo de la Vega. Crédito: Leyendas de Toledo.

Esta es la historia de «el Cristo de la Vega»,  una historia eterna que se remonta muy atrás en los anales de Toledo, España. Aunque removida del lector moderno a tiempo, las circunstancias que llevaron al milagro de el Cristo de la Vega les sonará familiar a aquellos que se han enfrentado al rechazo de otros sin culpa propia.

Regresemos en el tiempo a la ciudad de Toledo, misma que fue un epicentro cultural a lo largo de la Edad Media. Nuestra historia involucra a dos de sus jóvenes habitantes, Inés de Vargas y Diego Martínez. Ambos, cayeron en la misma trampa en la que han caído muchos a lo largo de los siglos, estos dos tenían intimidad antes de casarse.

Inés, llena de miedo de lo que haría su padre si se enterara, le rogó a Diego que se casara con ella. Diego respondió fríamente que debe ir a Flandes a la guerra, pero que a su regreso dentro de un mes se casaría con ella. Inés, siendo una joven perceptiva, notó la frialdad de su respuesta y no encontró el ardor que ella estaba esperando. Por ello,  le suplicó que jurara que al volver, se casaría con ella. Diego se resistió. Pero el joven Inés no cedería.

Ella finalmente logró llevar a Diego ante la imagen de «El Cristo de la Vega» en un Iglesia cercana. Para aplacar a su amante, Diego tocó los pies de Cristo y juró en voz alta que cuando él hubiese regresado de la guerra, se casaría con ella.

Promesas Olvidadas

Pasaron dos años y las guerras en Flandes finalmente terminaron; pero Diego no regresó. Sin embargo, Inés no se desesperaba, siempre aguardaba diariamente con fe y paciencia el regreso de su amado. Se la podía ver caminando desde su casa hasta la iglesia, en la que se hallaba al Señor crucificado, a cuyos pies Diego había prometido casarse con ella.  Estos mismos pies a menudo se lavaban con sus lágrimas. Inés encontraba gran consuelo allí.

Un día, después de tres años, vio a lo lejos una multitud de hombres que se acercaba a las murallas de la ciudad y en dirección de la imponente de Puerta de Toledo, conocida como la Puerta del Cambrón. Con su corazón latiendo con fuerza, emoción y esperanza, Inés buscaba entre  las caras de los jinetes que pasaban frente a ella. Uno por uno, su vista los recorría a todos  hasta que finalmente, se detuvo sobre Diego. Llegaba hecho un señor que, acompañado por siete lanceros y diez asistentes montados, lideraba el grupo.

Ella gritó,  llamándolo por su nombre. Para su horror,  el joven fingió no conocerla y, mientras ella se desmayaba, él, con palabras despectivas, estimuló a su caballo a cabalgar más ligero, perdiéndose en las estrechas y oscuras calles de Toledo. ¿Qué había cambiado a Diego Martínez? Posiblemente fue su avance en la milicia; de simple soldado, él fue ascendido a capitán y a su retorno  el rey lo nombró caballero y lo llevó a su servicio. El orgullo, lo había transformado, haciéndole olvidar su juramento de amor, negando en todas partes que había prometido casarse con la dulce Inés.

Inés seguía buscando a Diego, a veces con súplicas, a veces con amenazas,  y más a menudo con lágrimas; pero el corazón del joven capitán era tan duro como una piedra y la rechazaba continuamente.

En su desesperación, Inés solo veía una salida a la situación, aunque podría ser peligrosa, ya que traería su deshonra; en realidad los murmullos en la ciudad no se detenían y todos hablaban sobre este caso.

Una vez Inés había tomado la decisión,  fue a visitar al gobernador de Toledo, quien en ese momento era don Pedro Ruiz de Alarcón y le pidió justicia. Después de escuchar la historia, el antiguo dignatario pidió un testigo para corroborar su reclamo, pero ella, como era lógico, no tenía ninguno. Don Pedro mandó a Diego Martínez a comparecer ante su corte de inmediato. Cuando se le preguntó, negó haber jurado casarse con Inés. Como no habían testigos, el gobernador no podría hacer nada. Era la palabra de uno contra la del otro.

El gobernador luego le dio permiso a Diego para ocuparse de sus asuntos. Aliviado, Diego giró sobre sus talones y se dirigió hacia la puerta. Entonces,  como si una luz se abriera paso en la mente de Inés, ella recordó que realmente tenía un poderoso testigo de la promesa de su amante…

Cuando la joven mencionó el nombre de su testigo, todos quedaron paralizados de asombro. Un profundo silencio cayó sobre el lugar y, después de un momento de vacilación y una breve consulta entre don Pedro y los jueces quienes le acompañaban en la administración de justicia, decidió ir visitar al Cristo de la Vega para pedir su declaración.

Mientras el sol se ponía, las gentes llegaban al valle donde estaba la iglesia, en cuyo interior se encontraba el Cristo de la Vega. La emocionada multitud de personas, llegaba ansiosa de obtener más noticias sobre el evento, que como reguero de pólvora, ya se había extendido por toda la ciudad.

EL Cristo de la Vega testifica

el Cristo de la Vega

Delante estaban don Pedro Ruiz de Alarcón, Don Iván de Vargas, su hija Inés, los notarios, los guardias, monjes, nobles y la gente común. También por supuesto, no olvidemos mencionar a Diego. La iglesia había quedado abarrotada de tanta gente que había llegado al lugar. Cuatro candeleros y una lámpara se encendieron delante del Cristo crucificado. Muchos de rodillas se pusieron a rezar.

Entonces uno de los  notarios se acercó a la imagen del Cristo ante la cual,  los dos jóvenes amantes habían hecho su promesa.   En voz alta, después de leer «la acusación» exigió a Jesucristo que como testigo, jurase solemnemente que Diego Martínez, efectivamente, había prometido ante Su Imagen sagrada, el casarse con Inés de Vargas, tan pronto regresase de la guerra.

Después de unos momentos de expectativa y silencio, el Cristo bajó su brazo derecho, desclavando su mano de la cruz y colocándola sobre los papeles de la corte.  Sus labios se abrieron y exclamaron: «Sí, lo juro».

Ante este hecho prodigioso, ambos Inés y Diego renunció a las vanidades de este mundo y entraron en dos conventos,  invirtiendo sus días al servicio de Aquel que los amaba más de lo que ambos podrían haberse amado.

Así termina nuestra historia. He aquí, en prueba silenciosa de un evento sucedido hace muchos siglos, y cuyo testimonio llega hasta nuestros días por medio de la imagen del Cristo de la Vega.

El Cristo de la Vega | Fuentes
Artículo publicado en la revista Crusade Enero 2020.
Traducido y adaptado por proyecto Emaús.