La Eucaristía, ese gran misterio

La Eucaristía es, con mucho, la cosa más extraña y misteriosa que hay. ¿Cómo comprender que ese pedazo de pan redondo se convierte en el cuerpo de Cristo entregado por nosotros?

“Eucaristía” es la transposición castellana de una palabra griega que simplemente quiere decir: “dar gracias”, “agradecer”. La Eucaristía es, de hecho, una acción de gracias. Pero, ¿qué agradecemos? Dios Padre, el creador del cielo y de la tierra. Ese que la Biblia nos muestra como un Dios de misericordia que “hace brillar el sol sobre buenos y malos”. Ese que se describe como un Dios que ama a los hombres, incansablemente, sin jamás esperar nada a cambio, sin ser apenas escuchado.

Es este Padre amante el que ha enviado a su Hijo Jesús para mostrarnos hasta dónde llega su amor y acercarnos a él. Es, por tanto, por la creación, por la vida que corre por nuestras venas y que viene de él que le damos gracias. Pero le agradecemos, sobre todo, por su Hijo, Jesús, que vino a vivir como un hombre entre los hombres y morir como uno de nosotros, pero afrontando el suplicio de la Cruz y el abandono de todos.

¿Cómo dar gracias a Dios?

Agradecer es dar las gracias, por supuesto, pero también es bueno expresar la alegría ante un regalo, ante un don. Pero, ¿cómo hacemos para agradecer a Dios todo lo que nos ha dado? ¿Cuál es el modo de hacerlo? ¿Hay algún camino para llegar a ello? Es aquí que Jesús mismo interviene y nos ofrece el modo de agradecérselo a su Padre: la víspera de su Pasión tomó pan, lo partió entre sus amigos y dijo estas extrañas palabras: “Tomad y comed todos de él, esto es mi cuerpo, entregado por vosotros”. Después, tomó la copa de vino, la bendijo y la dio a sus discípulos diciendo: “Tomad y bebed todos de él, porque este es el cáliz de mi sangre derramada por vosotros y por muchos. Haced esto en conmemoración mía”.

Un lento aprendizaje

Desde los primeros testimonios vemos a los discípulos obedecer a esta extraña misión dada por Jesús y reunirse para compartir el Pan. Los Hechos de los Apóstoles, las cartas de Pablo y los testimonios de los primeros cristianos nos dan fe de ello. Desde el comienzo, y más aún con los grandes pastores y teólogos de los primeros siglos a los que llamamos “Padres de la Iglesia”, los cristianos han vivido con la Eucaristía y meditado largamente sobre ella, buscando comprender y profundizar en esta realidad inagotable que se encuentra en el corazón de la vida cristiana.

En realidad, por la Eucaristía entramos en la vida del mismo Dios, en la acción de gracias de Jesús a su Padre y somos formados en esta acción. De pronto no es que nosotros debamos agradecer a Dios, nos basta con entrar en esta acción de gracias del Hijo a su Padre.

Del sacrificio a la semejanza

Dios no quiere los pretendidos “dones” o “sacrificios” por los cuales los hombres buscaban atraerse las gracias de la divinidad. A lo largo del Antiguo Testamento advertía: “Misericordia quiero, y no sacrificios.” Lo que Dios busca, lo que desea, la mejor manera de agradecerle, es amar como él ama, ser misericordiosos como él es misericordioso, resumidamente: asemejarnos a él.

Agradecer a Dios es aceptar el seguimiento de Jesús en este gran movimiento de amor que Jesús hace al Padre y que sólo él nos puede abrir. Es aceptar el darse a los demás como él mismo hizo viniendo entre nosotros. Entrar en esta dinámica nos conducirá hasta la entrega de nosotros mismos, como condujo a Jesús hasta la muerte en una Cruz. Agradecer a Dios es aceptar el porvenir, al menos un poco, como él…

Una misteriosa transformación

¿Transformarse en Dios para agradecérselo? Nada más sorprendente. Para llegar a ello podemos intentar cambiar de vida, transformar nuestro comportamiento, en resumen, hacer esfuerzos. Esto no es poca cosa pero percibimos rápido su simpleza. De hecho, Jesús nos indica otro camino, sorprendente pero seguro, para amar como él ama: alimentarse de Él, presente en la Eucaristía.

“Porque, dice, mi cuerpo es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida”. Aún más: “El que me come, vive por mí”. Así, poco a poco, nos transformamos en otros Cristo y podemos decir, como el apóstol Pablo: “Ya no soy yo, es Cristo que vive en mi”. O, por decirlo como Tomás de Aquino: “El efecto propio de la Eucaristía es la transformación del hombre en Dios.” Y es así que nos convertimos en la acción de gracias del hombre a su creador.

 

Fuentes

https://es.la-croix.com/sacramentos/la-eucaristia-un-gran-misterio