La Medalla Milagrosa y la conversión de Alfonso de Ratisbona


La historia de la conversión de Alfonso de Ratisbona

conversión de Alfonso de RatisbonaAlfonso de Ratisbona  (1812-1884), fue un judío, abogado de profesión y banquero muy rico, pero libertino que se caracterizaba por su profundo desprecio a la Iglesia Católica y al clero. Resentía muy especialmente el hecho de que su hermano Teodoro se hubiese convertido y ordenado sacerdote.

En 1842, Ratisbona se encontraba en Roma. Allí se encontró con el Barón De Bussiéres, francés converso del protestantismo, hombre devoto y consciente de su responsabilidad de evangelizar.

Este le contó de los milagros que estaban ocurriendo por medio de la Medalla Milagrosa. Pero de Ratisbona lo rechazó tildándolo de «supersticioso».

El Barón no se dio por vencido y desafió a de Ratisbona a someterse a una simple prueba sobre la eficacia de la medalla. Debía llevarla y rezar el Memorare todos los días. De Ratisbona, ante la insistencia del Barón y para demostrar que nada le iba a persuadir a convertirse, se puso la medalla.

El Barón un grupo de amigos se comprometieron a rezar por la conversión de Ratisbona. Entre ellos, el conde Laferronays, que estaba muy enfermo y ofreció su vida por la conversión del “joven judío”. Ese mismo día entró en la Iglesia y rezó 20 Memorares por esa intención, sufrió un ataque al corazón, recibió los sacramentos y murió.

El día siguiente, el 20 de enero de 1842, el Barón se encontró con Ratisbona cuando iba a la iglesia de Sant Andrea delle Fratte, cerca de la Plaza de España en Roma, para hacer los arreglos de un funeral.

conversión de Alfonso de Ratisbona

Sobre el altar, ahora se encuentra una imagen de la Virgen María, tal y como la vio Alfonso de Ratisbona.

Los dos entraron en la iglesia y de Ratisbona se quedó mirando las obras de arte mientras su amigo estaba en la rectoría. De pronto, el altar dedicado a San Miguel Arcángel se llenó de luz, y se le apareció, majestuosa, la Virgen María, tal como en la imagen de la medalla que llevaba al cuello. El se arrodilló y se convirtió. Mas tarde escribió:

«Una fuerza irresistible me llevó hacia ella. Ella me pidió que me arrodillara. Ella no dijo nada pero yo lo entendí todo»

Cuando el barón regresó de la rectoría se encontró a su amigo orando de rodillas con gran fervor frente al altar de San Miguel. Ratisbon entonces le dijo que deseaba confesarse y prepararse para entrar en la Iglesia. El 31 de enero recibió el bautismo, la confirmación y la comunión de manos del Cardenal Patrizi.

La conversión de Alfonso de Ratisbona fue muy famosa y tuvo gran impacto en una cultura muy influenciada por el racionalismo, que rechaza las realidades espirituales. En 1847 Alfonso Ratisbona fue ordenado sacerdote jesuita. Su hermano inspirado por su conversión, fundó la congregación de “Nuestra Señora de Sión”, con sede en Israel, cuyo carisma es la evangelización del pueblo judío (Romanos 11, 25-26).

La imagen del Arcángel San Miguel que se hallaba en el altar donde ocurrió el milagro en Sant’Andrea delle Fratte ha sido remplazado por una gran pintura de la Santísima Virgen María, según de Ratisbona la describió. (San Miguel fue movido a otro lugar de la misma iglesia) Juan Pablo II visitó y oró en el altar de la aparición.

 

El relato de la conversión de Alfonso de Ratisbona por un amigo

El Barón Theodore de Bussières, estuvo presente el día de la conversión de Alfonso de Ratisbona. El Sr. Laferronnays, el amigo de Bussières que acababa de morir, había ofrecido su vida por la conversión de Alfonso de Ratisbona. A continuación su narración de los hechos.

El 20 de enero de 1842, el mismo día de su conversión, Alfonso de de Ratisbona no había avanzado hacia la verdad; su voluntad es inflexible como siempre, convierte todo en ridículo y parecen importarle solamente las cosas terrenales. Alrededor del mediodía entró en un café en la Piazza di Spagna para leer los periódicos. Allí encontró a, Edmund Humann; Charlaron sobre las noticias del día con una ligereza y una facilidad que excluyeron toda idea de cualquier preocupación mental seria.

Parece como si a la Divina Providencia le hubiera gustado ordenar las cosas para excluir la posibilidad de dudas sobre el estado mental de de Ratisbona justo antes de la inesperada gracia de su conversión.

Alrededor de las doce y media, cuando salió del café, se encontró con su amigo el Barón de Lotzbeck y entabló conversación con él sobre los asuntos más frívolos. Habló de baile, de placer, de la fiesta ofrecida por el Príncipe. Si alguien le hubiera dicho en ese momento, «dentro de dos horas serás católico», ciertamente no le habría dado crédito a sus sentidos.

Era alrededor de la una y Alfonso de Ratisbona se hallaba bajando por la Via Condotti. Entró en la iglesia y se dio cuenta de los preparativos para un funeral y preguntó para quién fueron hechos.

«Para un amigo que acabo de perder, y a quien amaba muchísimo, M. de Laferronnays».

Luego comenzó a caminar por la nave, y su mirada fría e indiferente parecía decir:

«Esta es ciertamente una iglesia muy fea».

Se quedó a un lado de la nave de la iglesia, a la derecha de un pequeño recinto destinado a recibir el ataúd, y entró en la rectoría.

Solo tuvo unas pocas palabras para decirle a uno de los monjes que quería una tribuna preparada para la familia del difunto; mi ausencia no pudo haber sido más de 10 o 12 minutos.

Cuando regresé a la iglesia perdí a Ratisbona por un momento; entonces lo vi de rodillas, frente al altar lateral de San Miguel Arcángel. Me acerqué a él y lo toqué tres o cuatro veces antes de que se diera cuenta de mi presencia. Finalmente se volvió hacia mí, con la cara bañada en lágrimas; él juntó sus manos y dijo, con una expresión que ninguna palabra puede expresar:

«Oh, cómo este caballero [M. de Laferronnays] ha rezado por mí!»

Estaba petrificado de asombro; sentí lo que la gente siente en presencia de un milagro. Levanté a de Ratisbona, lo conduje, o más bien casi lo saco, de la iglesia; le pregunté cuál era el problema y a dónde deseaba ir.

«¡Llévame a donde quieras. Después de lo que he visto, obedezco!».

Le insté a que explicara lo sucedido, pero simplemente no podía; su emoción era demasiado poderosa y profunda. Sacó de su pecho la medalla milagrosa y la cubrió con besos y lágrimas. Lo traje de regreso a su departamento; y a pesar de mis repetidas preguntas, no pude obtener de él más que exclamaciones, quebradas por profundos sollozos:

“¡Oh, qué dicha es mía! ¡Qué bueno es el Señor! ¡Qué plenitud de gracia y de felicidad! ¡Qué lamentable es la suerte de los que no lo saben!

Luego se echó a llorar al pensar en herejes e incrédulos. Esta emoción salvaje se calmó gradualmente, y luego de Ratisbona me abrazó. Su rostro estaba radiante, casi podría decir transfigurado.

conversión de Alfonso de Ratisbona

A fin de obtener la conversión de Alfonso de Ratisbona, un amigo ofreció su propia vida.

Me rogó que lo llevara a un confesor; quería saber cuándo podría recibir el Santo Bautismo, no podría vivir sin él; anhelaba la bendición de los mártires cuyos sufrimientos había visto representados en las paredes de S. Stefano Rotondo.

Me dijo que no podía darme ninguna explicación de su estado hasta que hubiera recibido permiso de un sacerdote para hacerlo.

«Por lo que tengo que decir es algo que solo puedo decir de rodillas».

Lo llevé inmediatamente a la Iglesia para ver al Padre de Villefort, quien le rogó que se explicara. Entonces de Ratisbona sacó su medalla, la besó, nos la mostró y exclamó:

“La he visto; ¡La he visto! ”

Y su emoción nuevamente ahogó su expresión. Pero pronto recuperó la calma e hizo su declaración.

“Estuve solo unos momentos en la iglesia cuando de repente me detuve con una agitación mental indescriptible. Alcé los ojos; el edificio había desaparecido ante mi; solo estaba el altar lateral, por así decirlo. Sobre este se reunió y concentró toda la luz. Y en medio de ese resplandor vi de pie en el altillo, vestida de esplendor, llena de majestad y dulzura, la Virgen María, tal como está representada en la medalla.

Una fuerza irresistible me atrajo hacia ella; la Virgen me hizo una señal con la mano para que me arrodillara; y luego pareció decir: ¡Esta bien! Ella No dijo una palabra, pero entendí todo.

conversión de Alfonso de Ratisbona

La medalla milagrosa, que llevaba en el momento de su conversión de Alfonso de Ratisbona.

Por breve que sea esta afirmación, de Ratisbona no podría pronunciarla sin detenerse con frecuencia para respirar y dominar la emoción con la que se sentía. Lo escuchamos con asombro sagrado, mezclados con alegría y gratitud, maravillados por la profundidad de los consejos de Dios y por los tesoros inefables de su misericordia.

Una palabra nos sorprendió especialmente por su profundidad de misterio: «Ella no habló una palabra, pero entendí todo».

La conversión de Alfonso de Ratisbona | Fuentes

La conversión de Alfonso de Ratisbona

https://www.traditioninaction.org/religious/c020rpde Ratisbona01.html

https://www.corazones.org/maria/de Ratisbona_medalla_milagrosa.htm


Traducido y adaptado por Proyecto Emaús