La Casulla de San Idelfonso


Casulla de San Idelfonso

Imposición de la Casulla a San Ildefonso, regalo de la santísima Virgen María. Wikimedia Commons.

Fue un santo varón, sabio y piadoso. Se llamaba Ildefonso. Por sus virtudes le elevaron a la silla arzobispal de Toledo y hoy le veneramos en los altares. Desde muy niño se consagró al Señor, entrando para servirle en el Monasterio de Agalia, en las inmediaciones de la ciudad. Para ello no sólo pospuso todas las cosas mundanas, sino que, movido por alta inspiración, contrarió los deseos expresos de su padre, quien, aunque llegó a penetrar en el cenobio con buen golpe de gente armada, no pudo dar con su hijo, el cual, favor extraordinario del cielo, permaneció oculto y a salvo.

El monasterio agaliense era una de las famosas escuelas monásticas de entonces. Ildefonso aprovechó sobresalientemente las enseñanzas de aquellos maestros y después marchó a Sevilla a fin de perfeccionar sus conocimientos al lado de San Isidoro, la más alta cumbre del saber de la época. Y, en verdad, el discípulo honró a sus maestros, porque «era -según lo retrata un contemporáneo suyo- grave en la presencia, humilde, paciente, insuperable en la sabiduría, agudo en sus razonamientos y tan favorecido en las gracias de la elocuencia que, cuando hablaba, parecía que el mismo Dios hablaba por su boca».

Recibió órdenes sacerdotales de manos de San Eladio y, al morir otro bienaventurado, San Eugenio, le fue forzoso resignarse a dejar la quietud monástica, donde había brillado como espejo de la comunidad y reformado las costumbres y norma de vida de los monjes, para ocupar la sede metropolitana de Toledo.

Y este santo arzobispo, cuya «virtud fue como ardiente antorcha que iluminó toda España; su doctrina, como sol y luna que resplandecieron en la Iglesia; su memoria, como bendición de olor y composición de incienso», uno de los más grandes del siglo VII, recibió singulares favores del cielo. Se hizo así patente y manifiesta a los ojos del mundo la santidad de la vida de Ildefonso.


Entre las obras brotadas de la pluma del Santo hay una, conservada como documento cultural de la época visigoda, escrita por él con singular delectación y cariño: «De perpetua virginitate Sanctae Mariae».

Dos herejes, Helvidio y Joviniano, habían escrito un libro cuajado de balsfemias contra la Virgen y, como respuesta viva y aplastante, surgida al calor del amor y veneración del Santo a la Madre de Dios, nació el tratado de «La Perpetua Virginidad de María Santísima«. En él la inspiración y el celo de San Ildefonso rebosa de natural y verdadera elocuencia, donde armoniosamente se templan la dulzura con la fortaleza: rigidez como de acero para confundir al adversario, y fervor suave y candorosísimo para publicar los loores de la celestial Señora, que pocas veces han sonado más bellos en ninguna lengua humana.

Y aun, impulsado por este amor y devoción a la Reina del Cielo y por el deseo de que fuese honrada y venerada debidamente por el pueblo cristiano, trasladó la fiesta de la Anunciación -«cuando Gabriel vino con el rico mandado»- celebrada, como ahora, en marzo, por ser tiempo de cuaresma, entonces muy rigurosa -«tiempo de quaresma es de aflicción, -nin cantan aleluya, nin facen procesión»- a diciembre. Reformó, además, el oficio de aquel día, enriqueciéndolo con nuevos himnos y oraciones. Pero bien correspondió la «Gloriosa» al amor de su siervo.

Todo Toledo acudió a la fiesta de la Virgen. El santo arzobispo se levantó a maitines y entró en la iglesia seguido de su clero. Pero, al penetrar en el templo la comitiva, todos se quedaron atónitos y asombrados. Una luz vivísima los deslumbró de tal suerte que, dejando caer las antorchas, retrocedieron despavoridos. Quedó San Ildefonso rodeado de ángeles y resplandores. Una dulce armonía se escuchaba y un perfume suavísimo, de gloria, embalsamaba el ambiente.

La Casulla de San Idelfonso

Y allí, sobre la misma ebúrnea cátedra desde donde el santo prelado solía predicar al pueblo las glorias de María, apareció la Señora, radiante, hermosísima, sonriente. Traía en sus divinas manos un presente prodigioso: una maravillosa casulla de seda y oro, refulgente de perlas y finas pedrerías, hecha por manos angélicas en los talleres del Cielo…

«Bien has escrito de mí, Ildefonso -dijo la celestial Señora con voz incomparable-. Acércate, carísimo siervo de Dios; recibe de mis manos este don que traigo para ti del tesoro de mi Hijo; úsale sólo en el día de mi festividad. Y como siempre tuviste los ojos fijos en mí y el ánimo dispuesto a mi servicio, y ceñiste tus lomos con el cíngulo de la virginidad, y con la dulce elocuencia de tu labio derramaste, en los corazones de los fieles, mis glorias y loores, adórnate ya en esta vida de la túnica de la gloria para alegrarte después en mi morada con los demás siervos».

«Cayó extático San Ildefonso al recibir la sagrada casulla, sonó de nuevo la dulce armonía de las legiones angélicas y se esparció por los ámbitos de la basílica suave humo de incienso, mientras los ojos de San Ildefonso permanecían clavados en el ábside, como queriendo retener la visión que desaparecía…»

En la Catedral de Toledo, en el hueco de un pilar, tras una reja pequeñita, hay una piedra marmórea desgastada a fuerza de tocarla. Cuantos pasan por allí, meten la mano por la reja, tocan la piedra devotamente y se besan la punta de los dedos, repitiendo estas palabras allí escritas: «Adoremos el lugar donde descansaron sus pies». Es que, para eterno recuerdo de la visita memorale, Dios quiso que quedaran grabadas de manera sensible las huellas de su Madre Santísima, donde puso los pies.

Nueve años y diez meses ocupó San Ildefonso la silla metropolitana de Toledo (657-667), irradiando desde la cátedra episcopal los tesoros de la sabiduría, virtud y santidad suyas. Influyó decisivamente en los acontecimientos políticos y eclesiásticos de la época. Y, cuando a Dios plugo, subió al Cielo recibir el premio merecido.

El púlpito desde donde explicara el santo obispo, que los pies de la Madre de Dios santificaron, fue tenido en respeto y veneración suma. Ninguno de los sucesores volvió a ocupar aquella cátedra, ni a usar la casulla preciosa, reliquia celestial. Pero en cierta ocasión el cabildo elevó a la silla arzobispal a un canónigo, «soberbio y de seso liviano».

Quiso igualar al santo en los honores, aunque no en las virtudes. Hizo traer la casulla celeste para celebrar con ella. Vistiósela, pero aunque la santa vestidura era amplia en exceso, tan pronto se la puso comenzó a menguar, e hízose tan angosta que cogióle el cuello como dura cadena y «fue luego enfogado (ahogado) por su gran locura».

Así lo cuenta el «famoso maestro Gonzalo de Berceo», quien pone al relato del milagro estupendo con el que la Virgen honró a San Ildefonso, el sabroso colofón de estas palabras: Si a tal Madre servimos, buscamos nuestro provecho; «honraremos los cuerpos, las almas salvaremos, por poco de servicio gran galardón habremos».