La Bestia de Gevaudan y la acción demoníaca en la naturaleza


La Bestia de Gevaudan

La Bestia de Gevaudan fue para algunos una hiena, para otros, un lobo, para otros tantos, un cruce entre diferentes animales.

Durante el gobierno de Luis XV, Francia fue asolada por una bestia sanguinaria que causó centenares de víctimas y miles de animales devorados. La intervención milagrosa de un cazador es el punto de partida para el desarrollo de uno de los puntos más descuidados por la enseñanza católica moderna: la acción preternatural.

San Pablo nos advierte «Que no es nuestra lucha contra la sangre y la carne, sino contra los principados, contra las potestades, contra los dominadores de este mundo tenebroso, contra los espíritus malos de los aires» (Efesios 6,12). Conozca más acerca de la acción de ángeles y demonios sobre las criaturas y las fuerzas de la naturaleza.

Una doctrina olvidada

Para la visión materialista del hombre de hoy, la realidad espiritual es ignorada cuando no negada. La influencia de los santos ángeles en el gobierno del universo es un punto muerto y omitido en los tratados y manuales de teología moderna. Sin embargo, la realidad choca contra nuestras creencias y nos encontramos con las innegables muestras de la existencia de esferas de acción distintas a las mensurables por la ciencia y el conocimiento empírico. Con todo, difiere mucho de las imaginaciones esotéricas con que esta misma verdad es recordada por los seguidores hipnotizados de la Nueva Era.

El trabajo hollywoodense adorna con delirantes imágenes producto del marketing y sensacionalismo el mundo de la acción preternatural. Ángeles y demonios son presentados con fuerzas desproporcionadas y a veces hasta omnipotentes en el caso de los malos, y estúpidas o infantiles en el caso de los buenos.

¿Quién no ha visto en la televisión o en la pantalla grande demonios todopoderosos contra los cuales nada – salvo una casualidad – tiene efecto para detenerlos? ¿Quién no se ha indignado al ver ángeles bobalicones, sentimentales o en planos de “penitencia” para ganarse un par de alas en un cielo insípido y mundano? Todas estas deformaciones han contribuido a hacer de la acción preternatural un mundo de la fantasía más ridícula. Gracias a esto, la realidad queda desechada y conferida al plano de la alucinación.

Teólogos modernos niegan la existencia de ángeles y demonios para relacionar – con tintes freudianos – la inspiración de bien y de mal, a nuestras perversas inclinaciones subconscientes. Los milagros, así mismo, son llevados al nivel de oposición con la ciencia, y quedan reducidos al absurdo o la imaginación popular.

Dios, Creador de todas las cosas, visibles e invisibles

La verdad católica nos enseña lo contrario. Dios es autor de toda la creación. Cada criatura fue creada en sí misma buena, aunque por efecto del pecado original se vean afectadas en sus funciones y consecuencias. Así, por ejemplo, la tierra produce abrojos y los animales se han vuelto agresivos. La tierra, rebelde, se opone a los designios de su rey – el hombre – y éste la domina con esfuerzo.

En la maravillosa escala de la creación, Dios ha impreso en todo una preciosa jerarquía. En el interior del hombre la observamos en la disposición de su alma: inteligencia, voluntad y sensibilidad.

En el exterior, en el orden de la naturaleza: el reino mineral, que sólo existe; el reino vegetal, que existe, crece, se desarrolla, se reproduce y muere; en el animal, que agrega a las facultades minerales y vegetales la del movimiento, instinto y sensibilidad; en el humano, que a todas las anteriores adiciona el uso de la razón, el sentimiento, la creatividad, la trascendencia; y en el angélico, que prescindiendo de las limitaciones espacio-temporales, es pura inteligencia.

Aquí, en este último caso, se dio la rebelión original, en que seres de inteligencia pura, capaces de comprender la esencia y hasta la última consecuencia de cada acto, negaron a Dios para adorarse a sí mismos, o le sirvieron con heroica fidelidad.

El demonio y sus secuaces fueron condenados al infierno, y desde ese lugar conspiran permanentemente, movidos por odio recalcitrante, para negar a Dios su gloria y perder el alma de los hombres, llamados a ocupar sus tronos en el Cielo.

Es San Pablo quien nos recuerda, contra toda teología protestante y modernista, que no es nuestra lucha contra la carne o la sangre, sino contra Satanás y sus secuaces que pueblan este mundo y los aires para nuestra eterna perdición.

Minerales, vegetales y animales han sido dispuestos para servicio del hombre, conforme nos lo enseñan las Sagradas Escrituras. Como buen rey, es responsable del recto gobierno del universo, depositado en sus manos como tesoro a explotar para mayor gloria de Dios y bien de su alma.

Ángeles y demonios

Los ángeles gobiernan a su vez el universo con poderes que superan nuestra capacidad de comprensión, reducida a una serie de relaciones mecánicas, según nos lo enseñan las actuales doctrinas científicas – basadas en la experimentación personal e ideología materialista –. Ellos, siguiendo al Doctor Angélico, rigen el curso de la creación con perfección, determinando el movimiento de los astros, los ciclos orgánicos, las leyes que llamamos naturales, y mil secretas combinaciones físicas y espirituales que hacen del cosmos nuestro reino.

Los demonios – que poseen las mismas facultades – conspiran en contra de la perfección del hombre y de la gloria del Creador. Para ello, actúan al modo de bufones, imitando como parodia el accionar angélico y divino. Dios permite sus desmanes para recordarnos su existencia, en satisfacción de Su Justicia, para acrecentamiento de los méritos personales y por misteriosos designios de Su Providencia.

San Rafael Arcángel

San Rafael Arcángel enviado por Dios a asistir a Tobías.

Los ángeles pueden, por tanto, hacer uso – como gobernantes que son – de todos los bienes del universo. Y conocen de estos las más secretas leyes que los rigen. Las Sagradas Escrituras nos cuentan, por ejemplo, como San Rafael Arcángel confiere cuidados a Tobías enseñándose secretos de la naturaleza y revela conocimientos utilísimos para su servicio.

Los demonios han hecho, de modo semejante, lo mismo con sus siervos, los hechiceros, magos y nigromantes. Éstos conocen rudimentos de los secretos del universo, y los emplean para mal y desgracia de los hombres. Muchas veces, los poderes angélicos de estos réprobos son puestos a disposición de sus esclavos a cambio de su alma y de los pecados que con ellos habrán de cometerse.

Recordemos el caso de Simón el Mago, quien imitaba y reproducía los milagros de los Apóstoles, gracias a la acción demoníaca. San Pedro, a sola señal de la Cruz, le hace precipitar de la levitación con que sorprendía y confundía a los concurrentes, produciéndole así la muerte en su caída. San Bartolomé se enfrenta al ídolo que producía enfermedades y males para “curarles” a cambio de la adoración. Así, a lo largo de toda la historia de la Salvación observamos esta lucha permanente entre el Bien y el Mal.

Los ángeles en el gobierno de todos los seres

Siguiendo esta lógica comprendemos por tanto que salvo en el caso de los hombres, que poseen libertad e inteligencia, todas las criaturas se someten al poder de los ángeles. Éstos, a su vez, pueden ilusionar al hombre actuando sobre sus sentidos y memoria, pero nunca, jamás, sobre su inteligencia ni voluntad. Esto sería atentar contra su libre albedrío. He aquí el primer punto que debemos tener en cuenta para el desarrollo del impresionante relato que desplegaremos a los ojos de nuestros lectores.

El segundo tiene relación con el sentimentalismo que nos impide ver a la creación con los ojos de Dios. Los animales, los vegetales y los minerales son seres dispuestos – como hemos dicho – para la gloria del Creador. Carecen de alma, aunque pueden tener sensibilidad (dolor, hambre, placer, miedo, etc.), aunque no sentimientos (como el amor, el odio, la melancolía, el embelesamiento, etc.) en el caso de los primeros.

Sus actos son, pues, indistintos al bien y al mal. Un animal no es malo al matar a otro, ni un vegetal peca por devorar la savia de otro para sobrevivir. Así tampoco un animal es bueno por ponernos contentos con sus juegos, ni un vegetal es virtuoso por tener flores bellas las cuatro estaciones del año.

Este bien y este mal son relativos al hombre y a Dios, para quienes es bueno contar con estas propiedades, o es dañoso enfrentarlas. Así vemos en la historia de la Salvación cómo santos y ángeles han usado de las fuerzas naturales de las criaturas y de los elementos para bien de Dios y de las almas. Dios mismo nos da ejemplo– entre muchos – castigando al endurecido faraón con las siete plagas en Egipto.

Ni las langostas, ni las ranas, ni ninguna fuerza natural eran malas en sí mismas, aunque fueron dispuestas de tal forma que sirvieron de mal a los pecadores. Josué detuvo el sol para ganar la batalla decisiva que garantizaba la paz a los buenos. Jonás fue transportado por la ballena, en castigo a su reticencia y para gloria de Dios, etc.

También los malos utilizan de las criaturas en esta lucha permanente. Los magos del antiguo testamento asediaban al pueblo de Dios con sus maleficios, sortilegios y engaños, llevándolos a la idolatría o a un temor servil a sus dioses. Para el lector escéptico recordamos que a tal punto llega el poder sobre las bestias y demás creaciones, que los magos del faraón logran replicar cada uno de los primeros prodigios obrados por Dios a través de Moisés.

Éste es el tercer punto que deseábamos recalcar antes de introducirnos en el misterioso suceso que nos orienta: la acción preternatural no se contrapone con la libertad de la criatura. En el hombre, tres son los grados de acción diabólica: tentación, obsesión y posesión. La primera y la segunda son externas, es decir, se invita a pecar o se cerca el alma con trampas, asechanzas, hostigamientos, etc. para incitarla por debilidad a pecar.

En el caso de la posesión, vemos una permisión divina de tomar el gobierno de ese cuerpo, y no del alma como se piensa comúnmente, por lo que la persona no comete pecado, salvo que consienta con este a medida que lo ve desarrollarse.

En los animales se obran dos de las formas mencionadas: la obsesión y la posesión. La tentación no es posible dado que el animal no puede pecar en la medida que no cuenta con libertad para obrar de una u otra forma.

Es opinión común de teólogos que casi siempre nos encontraremos con obsesión en el caso de las bestias. Los demonios pueden figurar a su imaginación bajo formas horribles y amenazantes, o bien pueden alterar sus sentidos con hambre, sed, dolor, etc. De esta forma obtienen las conductas apropiadas para daño de los hombres.

Es común el caso de caballos que, desbocados por causas “inexplicables”, se arrojan a un precipicio o contra un cercado o un muro, yendo a la muerte irremediable. Gatos y perros gruñen al aire como si de ello dependiese su vida.

Los casos más impresionantes los vemos también en granjas, donde los animales aparecen con crines entretejidas hasta el tormento, paralizados de terror al punto de impedirles poner huevos o atemorizados hasta no poder producir leche.

En casos contrarios, vemos a santos y ángeles que ponen a disposición de los hombres a los animales con producciones maravillosas (bueyes que aran el campo solos, gallinas que ponen montañas de huevos, árboles que brindan frutos sin fin, abejas que desbordan panales con miel, etc.). También está el caso de privación milagrosa, como en la vida de Santa Juana de Arco, cuando, para mostrar la voluntad divina, dejan de producirse huevos hasta que se le concede visitar al Delfín.

En el caso, más raro pero no imposible, de posesión animal, vemos que la bestia es dirigida a modo de maquinaria para tormento de los hombres. Esta posibilidad es muy interesante de resaltar en cuanto nos muestra la diferencia radical entre ángeles y demonios, siendo los primeros inspiradores santos de obras buenas, y los últimos tiranos crueles, obradores de iniquidad. Por ejemplo, un ángel puede inducir a un animal a servir al hombre, mientras que un demonio lo atemoriza (obsesión) o fuerza (posesión) para hacer males siempre dirigidos contra el ser humano.

A fin de ilustrar estas explicaciones teológicas referentes a los desórdenes que puede causar el demonio en la naturaleza, hemos recogido la historia de la Bestia de Gevaudan, por pocos conocida pero absolutamente real, acontecida por los medios y para alguno de los fines que ya hemos expuesto.

La Bestia de Gevaudan. Auvernia, Francia, junio de 1764

En 1764, durante el reinado de Luís XV, una criatura monstruosa apareció en Gevaudan, en Auvernia, Francia. Había sido vista un par de meses antes de esto en Vivarais donde empezó con sus ruinas. Nadie supo de dónde vino, pero al parecer se estableció en alguna parte cercana a Gevaudan, y por más de tres años atacaría y mutilaría o incluso mataría a las personas de Gevaudan, a sus animales y ganado. El primer ataque tuvo lugar el 30 de junio, cuando la Bestia devoró a una niña de 14 años, siguiendo a partir de entonces una ola de muertes y destrozos a todo lo que se interpusiera en su camino.

En sus incursiones mató por lo menos a más de cien seres humanos e hirió por lo menos a treinta, sin contar los innumerables estragos en animales y casas durante los treinta y seis meses en que propagó el terror en esas tierras. Atacó a muchas mujeres y niños en particular en los bosques, los campos o en los pasos montañeses. Algunas pocas víctimas lograron escapar con vida, pero la mayoría quedó afectada por el shock.

Tras varios meses de búsqueda y como los lugareños no conseguían atrapar o matar a la bestia, recurrieron al propio rey Luis XV, quien ofreció una recompensa elevada al que pudiese darle caza. Ésta noticia trascendió las fronteras del país, provocando la llegada masiva de cazadores de toda Francia así como de diversos lugares europeos.

La Bestia de Gevaudan

Ilustración de la época ofreciendo 2700 francos por la muerte de Bestia de Gevaudan. Dominio Público.

Países enfrentados a Francia, como Prusia e Inglaterra, aprovecharon esta oportunidad para ridiculizar al monarca francés diciendo que un país que no podía frenar a una simple fiera, no era amenaza militar para ellos. Estas burlas indignaron al rey, quién para acabar definitivamente con la Bestia de Gevaudan envió a varios de sus hombres de confianza a eliminarla, aunque sin éxito. Mientras tanto continuaba la asolación y el terror de los franceses.

Durante las expediciones, y a través de las víctimas que salieron con vida del espantoso encuentro, se hicieron dibujos, bocetos y descripciones que circularon por todo el país y que aún hoy pueden encontrarse.

El interés y el pavor que suscitó este animal, provocó que cientos de hombres (autoridades del orden, nobles, cazadores profesionales y extranjeros) fueran tras sus huellas, sin lograr por largo tiempo más que la eliminación de algunos lobos y otras alimañas que no terminaron con el problema, pues no se conducían de la forma desenfrenada en que lo hacía la bestia.

En septiembre de 1765, Antoine de Beauterne creyó haberla matado por fin. Él era un conocido cazador de lobos, y un valiente defensor del rey. Las noticias de que había terminado con el mal se esparcieron por Francia, más hubo quienes no creyeron que fuera cierto su éxito, dado que el animal atrapado no coincidía con las descripciones de quienes le habían visto. Efectivamente, poco tiempo duró la paz, y el terror volvió a sembrarse con nuevas mutilaciones y muertes entre personas y animales.

En otra ocasión, Marie Jean Vallet, una criada del cura de Paulhac, hirió a muerte a la bestia con una bayoneta cuando ésta se disponía a atacarla, a quién de nuevo se la dio por muerta por sus graves lesiones hasta que meses más tarde, ya recuperada, volvió a atacar a otros pueblerinos.

Un dato pavoroso era la gran distancia que en ocasiones mediaba entre dos lugares devastados en una misma noche, lo que mostraba una velocidad y una fuerza en la bestia desconocida en cualquier otro ser hasta entonces visto.

He aquí la descripción que cuadra con todas las declaraciones de quienes tuvieron la fortuna de salir con vida del encuentro con la bestia:

Era mucho más grande que un lobo, casi tan grande como una vaca, y con una cabeza enorme. Su nariz era larga y puntiaguda, de un color rojizo. Tenía orejas cortas y los dientes muy grandes. El pelaje era gris claro y corto. El pecho era blanco, y a lo largo de su lomo tenía una raya negra. Las patas grandes tenían garras tan afiladas como navajas, y la cola era tan espesa como la de un lobo.

Además era muy ágil y sumamente fuerte. Fue vista, como se dijo, en puntos muy equidistantes en un mismo día. Un pastor que la vio, declaró que podía ponerse de pie sobre sus patas traseras, como los osos, y podía sostener en el aire, entre sus garras, a una oveja adulta. Los perros huían aterrorizados cuando la misma estaba cerca, como la mayoría de los animales que se daban cuenta de su presencia.

Las cosas se iban poniendo cada vez peor. El distrito entero alrededor de Gevaudan estaba paralizado con el miedo. Nadie se atrevía a entrar en los bosques para conseguir leña y los pastores no se atrevían a sacar a sus manadas a pastar. Se intentó utilizar trampas para lobos sin ningún éxito. También probaron con carne envenenada esparcida en los campos, y si bien muchas fieras murieron por esta causa, nada pasó con la bestia, que siguió asolando la región.

Entre quienes habían visto a la bestia – cazadores o víctimas y también científicos de la época – hicieron innumerables teorías sobre la naturaleza de la misma. Al principio, la mayoría de la gente le adjudicó una identidad normal, considerándola un gran lobo que había bajado de los Alpes. Luego, otros creyeron que podría tratarse de una hiena, un oso, un enorme mono, o la mezcla estrafalaria de un león y un tigre. Pero ninguna descripción calzaba con estas ideas, y finalmente hubieron de desecharse. No se trataba de un ser normal o conocido…

El administrador de la Diócesis de Mende, Etienne Lafont, que se encontraba en Marvejols a finales de agosto, decidió enviar a ese lugar a unos cazadores, dirigidos por el señor Mercier, como ayuda debido a que ya se acercaban a Langogne.​ Sin embargo, pronto Lafont se dio cuenta de que estas cacerías eran insuficientes, por lo tanto, advirtió de la situación al señor de Saint-Priest, al intendente de Languedoc y al conde de Montcan, gobernador de la provincia. Es este último quien dio la orden al capitán Duhamel, que se encontraba en Langogne con sus dragones, de que lleve a cabo la misión de conducir las operaciones para cazar a la bestia

El capitán Duhamel

A partir del 15 de septiembre, el capitán Duhamel y sus dragones comenzaron su cacería.​ No estaban solos, sino que los campesinos se armaron y se dispusieron para ayudarlo. Ese año había cuatro compañías de dragones, voluntarios de Clermont, estacionados en Pradelles o Langogne y comandados por Duhamel, el capitán y asistente mayor. Durante las muchas cacerías llevadas a cabo en el bosque de Mercoire, la bestia nunca apareció, incluso se dice que huyó rápidamente de esa zona, debido a ellas. Luego se traslada a los confines de la Margeride y Aubrac, a principios de octubre.

El 7 de este mes, una joven fue asesinada en el pueblo de Apcher, parroquia de Prunières, y su cabeza se encontró ocho días después. Al día siguiente, un vaquero de 15 años fue atacado cerca de La Fage-Montivernoux. Ese mismo día, la bestia atacó a otro vaquero, entre Prinsuéjols y el castillo de la Baume. Sin embargo, el muchacho se refugió entre sus vacas, para lograr esconderse de la bestia.

Poco después, los cazadores que salían de un bosque cercano se dieron cuenta de que la bestia todavía estaba al acecho del joven.​Dos de los cazadores dispararon a la bestia, que en dos ocasiones cayó y se levantó. Nadie pudo atraparla, de modo que huyó hacia el bosque. La caza, que fue organizada para el día siguiente, también resultó un fracaso. Dos campesinos dijeron que habían visto al animal salir cojeando durante la noche. Así, por primera vez, la bestia fue herida.​

El 2 de noviembre, Duhamel y sus 57 dragones salieron de Langogne, para instalarse en Saint-Chély, en la posada de Grassal. Sin embargo, el 11 de noviembre ellos pudieron realizar su primera cacería, debido a la nieve. Al ver la falta de resultados de las cacerías hasta esa fecha, los estados de Languedoc se reunieron el 15 de diciembre, y propusieron una recompensa de 2.000 libras a quien matara a la bestia. Después de esto, cinco personas más murieron y uno de estos ataques le fue atribuido a la bestia, durante el mes de diciembre.

El llamamiento a la oración

El 31 de diciembre de 1764 el obispo de Mende, monseñor Gabriel-Florent de Choiseul-Beaupré, llamó a la oración y la penitencia. Este llamamiento pasó a la historia como la «Orden del obispo de Mende».​ Todos los sacerdotes de la diócesis tenían como orden anunciarla a los fieles. En este texto, el obispo llamó a la bestia “la plaga enviada por Dios para castigar a los hombres por sus pecados”.

Pero las oraciones parecían vanas, porque la bestia continuó con su masacre a principios del año 1765. Durante los meses de enero y febrero, las cacerías de Duhamel y sus dragones no tuvieron éxito. Entonces el consejero del rey, Clement Charles Francois L’Averdy, envío un cazador, Normand, el Sir Denneval (o Enneval) como reemplazo. Era considerado el mejor cazador de lobos del reino, ya que mató a más de 1200. Martin Denneval y su hijo fueron a Gevaudan a mediados de febrero.

La batalla de Portefaix

Antes de la llegada de los Denneval, el 12 de enero, la bestia atacó a siete niños de Villaret, parroquia Chanaleilles. La lucha y el valor que pusieron los pastores jóvenes quedaron demostrados en los archivos anuales. Desde la aparición de la bestia, se recomendó no enviar a los niños solos a cuidar el ganado. El ganado en esta región estaba compuesto de vacas y ovejas. Sin embargo, los hombres estaban a menudo ocupados con el trabajo agrícola. Para evitar la situación desventajosa que tenían los niños, se formaron grupos de jóvenes para el cuidado de los animales.

La Bestia de Gevaudan

Ilustración del combate de J. Portefaix y sus acompañantes contra la Bestia. Bibliothèque nationale, Histoire de France, 1764.14​

Este es el caso de los siete hijos de Villaret, cinco varones y dos niñas de entre ocho y doce años de edad. La bestia los atacó, girando en torno a los niños que tenían una posición defensiva. Se apoderó de uno de los chicos más jóvenes, pero los demás lograron pinchar a la bestia con la ayuda de palos, hasta que lo soltó.

Luego volvió al ataque, sosteniendo a Joseph Panafieu, el más joven, por el brazo y se lo quería llevar. A continuación, se apresuraron a rescatar a su desafortunado compañero, tratando de picar los ojos de la bestia. Encontraron la forma de hacerlo y logran que la bestia lo deje ir. Luego, debido a los gritos, llegó un grupo de hombres, pero la bestia huyó a un bosque cercano.

La Virgen María, una bala de plata y el fin de la Bestia de Gevaudan

La Bestia de Gevaudan

Dominio Público.

En junio de 1767, un granjero local, Jean Chastel, logró dar con el monstruoso animal tras mucho tiempo de perseguirlo sin descanso. Pensando acertadamente que se trataría de una bestia posesa, tras numerosas oraciones y ayunos, hizo fundir dos medallas marianas de plata (que mostraban a la Santísima Virgen con el Divino Infante) para convertirlas en una bala, con la cual pudo lograr lo que nadie había conseguido en tres años de intentos frustrados, a saber, matar a la terrible fiera.

Vale mencionar, como dato curioso, que de aquí surgió la leyenda popular de que a los hombres lobo se los mata con balas de plata. Obviamente, ni existen tales monstruos que nacieron en la imaginación popular, ni fue por la plata, sino por el valor religioso, que esta bala tuvo el poder que ninguna otra arma había tenido, y por ello se considera como un milagro mariano el fin de la bestia de Gevaudan.

Un poeta contemporáneo a estos sucesos, escribió un extenso poema en francés dedicado a la valiente y piadosa cacería que logró lo que ninguno, del que mencionamos unos pocos versos finales:

“Apuntando su fusil, la bala sale, y la bestia
Vomita mares de sangre. De su conquista seguro;
Al ver inútil todo esfuerzo, todo grito,
‘Bestia, no devorarás más’, Chastel grita.»

Jean Chastel embalsamó entonces al animal muerto para llevarlo a Versalles, donde el Rey quería verlo y mostrarlo a la gente para alcanzar la perdida paz tras estos años de terror, pero desgraciadamente el embalsamamiento no estaba bien hecho, y el calor provocó la descomposición del animal durante el viaje para su traslado.

Tras esta exitosa caza, cesaron inmediatamente los ataques en toda Francia, lo cual fue considerado signo de autenticidad, dado que las comunicaciones eran entonces bastante lentas, y no se sabía todavía de su muerte cuando se terminaron los horribles reportes de destrucción que antes brotaban como hongos en gran cantidad de aldeas.

La Bestia de Gevaudan

EL cuerpo de La Bestia de Gevaudan llegó casi putrefacto y en muy mal estado. Dominio Público.

Fueron entonces donados sus huesos al Museo de Ciencias Naturales de París, donde fueron estudiados por numerosísimos científicos hasta que durante la revolución de 1830 se provocó un incendio en dicho lugar, calcinándose tanto esos huesos como la mayoría de los grabados sobre la bestia. A pesar de que el esqueleto se ha perdido, las descripciones parecen indicar que se trataba de una gran subespecie de lobo de los Alpes, extinta en el siglo XIX.

Unos restos, sin embargo, fueron rescatados de la entonces destruida institución y trasladados al actual Museo de Gevaudan, pero no se ha podido corroborar con total seguridad que los mismos sean los pertenecientes a dicho animal. Si bien éstos son de una ejemplar singularidad, al no haberse confirmado su identidad, se los ha conservado con la creencia mas no la total aseveración de su relación con aquel suceso.

Según consta en el acta notarial y en los archivos departamentales de Puy-de-Dôme, en la necropsia realizada al cadáver de la Bestia se pudo constatar la presencia de las numerosas cicatrices surgidas por las heridas que los atribulados campesinos pudieron infligirle a lo largo de sus tres años de reinado del terror.

Al ser abiertas las cavidades abdominal y craneana fueron extraídos del estómago las vísceras de un animal, unos huesos de cordero y la cabeza y el fémur de un niño. En el interior de su cabeza sólo había un minúsculo cerebro en proceso de descomposición, mientras que el resto del cráneo era una masa ósea espesa, donde se sujetaban las membranas de una muy potente mandíbula.

Además, se certificó científicamente la causa exacta de su muerte: «La bala disparada por el fusil del llamado Jean Chastel, la cual traspasó la nuca del animal y arrasó las cuatro primeras vértebras…».

El arma que eliminó a la bestia de Gevaudan fue conservada como reliquia. Es una escopeta de dos cañones; la culata de vieja madera, esculpida copiosamente, lleva una placa de plata sobre la cual se grabó el nombre de Jean Chastel. Es necesario agregar que en la Sogne-d’Auvert, se asegura que en el mismo lugar donde se dio muerte a la bestia «la hierba no crece desde entonces», además está siempre rojiza, y ningún animal quiere comer esa hierba maldita.

Unas palabras finales

Al hombre escéptico de hoy se le dificulta enormemente creer siquiera en la posibilidad de la existencia de ciertos seres que, en determinado momento de la historia, han surgido para traer a las vidas de quienes los contemplaron, una trascendencia, una valoración de las cosas y un sentido de justicia que no habían tenido hasta entonces. Así, han brotado numerosas conjeturas sumamente alocadas respecto a la naturaleza de esta Bestia, llegando incluso a afirmarse que pudo tratarse de numerosos hombres confabulados en distintas partes del país para cumplir con sus perversos deseos de matar y destruir.

Lo cierto es que tales teorías no explican el cese inmediato de tales males tras la cacería de Jean Chastel, ni tampoco la indiscutible deformidad del esqueleto que se conservó del animal muerto.

La Bestia, que tantos desvelos provocó en su momento, fue estudiada en gran profundidad, e incluso corroborada en su existencia por el surgimiento de otras calamitosas criaturas que asolaron diferentes regiones en distintas épocas. Tal es el caso, por citar un ejemplo, de la Bestia de Kronenbörg, Alemania, aparecida a principios del siglo XX, con resultados similares a los recién relatados.

No se trata, en estos y otros casos, de curiosidades zoológicas que lamentablemente dieron malos resultados, sino de seres que poseían una fuerza, una velocidad y una fruición por la muerte totalmente desproporcionadas y fuera de todo marco normal.

La naturaleza del fenómeno que alteró violentamente la vida y costumbres de miles de personas, demuestra una acción ya no simplemente natural sino estrictamente preternatural. Sólo un ángel tiene tal dominio sobre la naturaleza y puede otorgar tales facultades a las bestias al modo que Dios, por medio de sus santos ángeles, castigó a Egipto, o a los niños que se rieron de San Eliseo, siendo devorados por un oso.

Guarda la Providencia similares designios sobre los hombres en su permisión de castigo. Así el mismo Apocalipsis describe sucesos inimaginables sobre bestias y fuerzas naturales que sólo son pálidamente comprensibles a la luz de acontecimientos como el de la bestia de Gevaudan.

Confiamos en la gracia de Dios Nuestro Señor para mantenernos incólumes ante estos males. Hasta hace unos pocos años la Santa Madre Iglesia mantenía exorcismos sobre plagas, fieras y desastres que pudieran denotar alguna acción preternatural en su conducta.

Hemos querido acercar al lector estos tristes sucesos como excusa para presentar un aspecto de la doctrina cristiana habitualmente olvidado o pospuesto por las cátedras de teología y enseñanzas de catequesis.

Es necesario recordar, a manera de conclusión, que si bien es cierto Dios permite la acción del maligno con el fin de santificar al hombre, también existen diversas historias, que nos demuestran el otro lado de la moneda, en las que el Creador pone a sus criaturas al servicio y protección de quienes le sirven, tal y como es el caso de Grigio, el perro de San Juan Bosco.

Fuentes

Artículo publicado originalmente en el desaparecido sitio http://www.cristiandad.org/investigaciones/gevaudan.htm

1 respuesta

  1. Edson dice:

    Excelente artículo que toca una verdad que la iglesia actual quiere esconder. El actuar del enemigo es sobrenatural y dota a sus secuaces de poderes preternaturales. Lamentablemente nuestra santa iglesia evita hablar del tema, evita decir a sus fieles que como hijos del Altisimo, podemos suplicar y clamar en el nombre de Jesus y ponernos de frente ante los ataques espírituales del maligno y defendernos. Enhorabuena por el articulo y su autor!

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