Jesús, Nuestra Señora en La Sallete y algunos Santos sobre la apostasía

El Cardenal Reinhard Marx, Arzobispo de Munich, presidente de la Conferencia Episcopal Alemana, recientemente hizo noticia por censurar la decisión del gobierno Baviera, de obligar a la instalación de la cruz en todos edificios oficiales. Imagen: La Prensa.

A lo largo de la historia de la Santa Iglesia Católica, no solamente Nuestra Señora ha sido portadora de mensajes con advertencias del Cielo sobre la apostasía, como sucediera en Quito, La Sallete y en Fátima, sino que también, han sido muchos los santos que, ya sea inspirados por el Espíritu Santo o por revelación privada de Nuestro Señor, nos han advertido y señalado las características mediante las cuales, seremos capaces de identificar, los días de esta gran apostasía. Para esto, nos han proporcionado detalles que por su correspondencia con nuestros días,  son un  verdadero llamado de atención para todos aquellos fieles quienes escogiendo la verdad, deseen perseverar sobre el error y la confusión, tristemente campantes en la Iglesia.

Jesús

La primera advertencia sobre la gran apostasía nos llega de labios de nuestro Señor Jesucristo, quien instruyendo a sus discípulos sobre la importancia de la fe y de la oración continua sin desfallecer, concluye una de sus parábolas de la siguiente manera:

Os digo que les hará justicia pronto. Pero, cuando el Hijo del hombre venga, ¿encontrará la fe sobre la tierra?

Después de 2000 años, ¿tenemos la fuerza del Espíritu para conservar y vivir la fe, para transmitirla con audacia a quienes viven cerca o lejos? “¡La fe se fortalece dándola!”.


San Pablo

San Pablo, en su segunda carta a los Tesalonicenses, deja en claro, a sus confundidos hermanos de la iglesia de aquel lugar, sobre la condición que tiene que necesariamente cumplirse antes de producirse la segunda venida de Jesucristo. Esta condición, es justamente la gran apostasía:

Por lo que respecta a la Venida de nuestro Señor Jesucristo y a nuestra reunión con él, os rogamos, hermanos, que no os dejéis alterar tan fácilmente en vuestro ánimo, ni os alarméis por alguna manifestación del Espíritu, por algunas palabras o por alguna carta presentada como nuestra, que os haga suponer que está inminente el Día del Señor.
Que nadie os engañe de ninguna manera. Primero tiene que venir la apostasía y manifestarse el Hombre impío, el Hijo de perdición, el Adversario que se eleva sobre todo lo que que lleva el nombre de Dios o es objeto de culto, hasta el extremo de sentarse él mismo en el Santuario de Dios y proclamar que él mismo es Dios.

¿No os acordáis que ya os dije esto cuando estuve entre vosotros? Vosotros sabéis qué es lo que ahora le retiene, para que se manifieste en su momento oportuno. Porque el ministerio de la impiedad ya está actuando. Tan sólo con que sea quitado de en medio el que ahora le retiene, entonces se manifestará el Impío, a quien el Señor destruirá con el soplo de su boca, y aniquilará con la Manifestación de su Venida.

Además, en su segunda carta a Timoteo (II Timoteo, 4), encontramos:

Porque vendrá un tiempo en que los hombres no soportarán la doctrina sana, sino que, arrastrados por su propias pasiones, se harán con un montón de maestros por el prurito de oír novedades; apartarán sus oídos de la verdad y se volverán a las fábulas


Nuestra Señora en La Sallete

El 19 de Septiembre de 1847, en el pueblo de La Salette-Fallavaux, Francia, la Virgen María se aparece a dos pequeños pastorcillos de nombres Mélanie Calvat (14 años) y Maximino Giraud (11 años). Ellos al regresar al pueblo aquel día y luego de pastorear sus vacas, reportaron haber tenido la visión de una hermosa pero triste señora que lloraba desconsolada y que estaba envuelta en una muy resplandeciente luz, sentada sobre una enorme piedra. Entre muchas otras advertencias, Nuestra Señora les dijo a los niños:

Los sacerdotes, ministros de mi Hijo, por su mala vida, por sus irreverencias y su impiedad al celebrar los santos misterios, por su amor al dinero, a los honores y a los placeres, se han convertido en cloacas de impureza.[…]

Las iglesias serán cerradas o profanadas; los sacerdotes,los religiosos serán expulsados; se les hará morir y morir de una muerte cruel.
Muchos abandonaran la fe y será grande el número de sacerdotes y religiosos que se apartarán de la verdadera religión; entres estas personas, habrá incluso obispos.

En los conventos, las flores de la Iglesia estarán corrompidas y el demonio se hará como el rey de los corazones. Que los que estén al frente de las comunidades religiosas vigilen a las personas que han de recibir, porque el demonio usará de toda su malicia para introducir en la órdenes religiosas a personas entregadas al pecado, pues los desórdenes y el amor de los placeres carnales se extenderán por toda la tierra.

Muchos conventos no son ya casa de Dios, sino pastizales de Asmodeo y los suyos.
Lucifer con un gran número de demonios serán soltados del infierno: abolirán la fe poco a poco, incluso en las personas consagradas a Dios. Los cegarán de tal manera, que a menos de una gracias particular, estas personas tomarán el espíritu de esos ángeles malos. Muchas casas religiosas perderán enteramente la fe y perderán muchas almas. Roma perderá la fe y se convertirá en la cede del anticristo.


San Francisco de Asís

Mucho antes de las apariciones de nuestra Señora en La Sallete, fue San Francisco de Asís, el fundador de la orden de los Franciscanos y re-constructor de la Iglesia, quien hiciera predicciones sobre la gran apostasía del final de los tiempos.

Estando ya en su lecho de muerte, mandó convocar a sus Frailes, y les amonestó sobre las tribulaciones futuras, diciendo:

Se acercan apresurados tiempos de una grande tribulación y aflicción, en los cuales perplejidades y peligros inundarán temporal y espiritualmente, se enfriará la caridad de muchos y sobreabundará la iniquidad de los malvados. El poder de los demonios será liberado más de lo usual y la pureza inmaculada de nuestra Religión y de las otras será deformada de tal manera, que poquísimos cristianos con corazón sincero y caridad perfecta obedecerán al verdadero Sumo Pontífice de la Iglesia Romana. Alguien elegido no canónicamente, en los momentos de aquella tribulación, con la astucia de su error tramará dar la muerte a muchos. Entonces se multiplicarán los escándalos, nuestra Religión será dividida y varias de las otras no serán en absoluto derribadas, puesto que no se opondrán al error, sino que le darán su asentimiento. Habrá tantas y muy graves opiniones y cismas en el pueblo, entre los Religiosos y el Clero, que si no fuesen acortados esos días, según la palabra evangélica (de ser posible), serían engañados aún los mismos elegidos, si en medio de tan gran tempestad no fuesen sostenidos por la inmensa misericordia de Dios. […] Aquellos que fervorosos de espíritu por la caridad y el celo de verdad cultiven la piedad, serán considerados desobedientes y cismáticos sufrirán persecuciones e injurias. Debido a que sus perseguidores, agitados por los espíritus malignos dirán que se rinde honores a Dios matando y cancelando de la faz de la tierra a hombres tan pestilentes.

El Señor, no obstante, será el refugio de los afligidos, y los salvará, por haber puesto la esperanza en Él. Y para hacerse conformes a su amo burlarán con confianza, y con la muerte se comprarán la vida eterna, escogiendo obedecer a Dios en vez de a los hombres; y rechazando consentir la falsedad y la perfidia, no temerán en lo absoluto morir. Entonces la verdad por algunos predicadores será callada, otros la conculcarán y la negarán. La santidad de vida de aquellos quienes la profesen, será motivo de mofa: por lo que el Señor Jesucristo les mandará a un digno, no un pastor, sino un exterminador.


San Vicente Ferrer

San Vicente de Ferrer, dominico valenciano, taumaturgo, predicador, lógico y filósofo, pronunció un célebre discurso en la Ciudad de los condes, la antigua Capital del Principado. Era el año de 1401, 13 de septiembre y versaba sobre “El fin de los tiempos”:

“Vendrá un tiempo que ninguno lo habrá visto semejante hasta entonces… llorará la Iglesia, las viudas se lamentarán, hiriendo sus pechos, y no encontrarán consuelo. Ahora está lejos, pero vendrá sin falta, y muy cercano de aquel tiempo en que “dos empezarán a llamarse Reyes”, pero sus días no se alargarán mucho.
Llorad, viejos y ancianos; suplicad y llorad, si algunos sois testigos de aquel “estruendo tan grande que ni fue, ni será, ni se espera ver otro mayor, sino el que se experimentará en el día del juicio”.
Pero la tristeza se convertirá en gozo. El Rey de Reyes y el Señor” de los Señores todo lo purificará y regenerará `…] los días no distarán; están ya a las puertas, Veréis”una señal” y no la conoceréis; pero advertid que en aquel tiempo las mujeres vestirán como los hombres, y se portarán según sus gustos y licenciosamente; y los hombres vestirán igualmente como mujeres. Ved ahí una señal pequeña de un castigo grande.


Ana Catalina Emerich

La beata Ana Catalina Emmerick fue una monja canonesa agustina, mística y escritora alemana que Nació en Flamske, Alemania en  1774, en una pequeña comunidad agraria. Desde pequeña tuvo visiones en las que se le aparecía principalmente Jesucristo cediéndole su cruz. Ingresó en un convento de agustinas. Cuando tenía 24 años le empezaron a aparecer heridas sangrantes, estigmas que se hacían visibles periódicamente en Navidad y Año Nuevo. Posteriormente, cayó gravemente enferma, viviendo desde ese entonces confinada en su pequeña cama. Se valió de la ayuda del escritor alemán Clemens Brentano quien llevó a cabo la labor de escribir y llevar el registro de estas visiones. Muchas de estas visiones, relatan la forma en que tendría lugar la gran apostasía.

Vi la iglesia de los apóstatas crecer grandemente. Vi las tinieblas que partían de ella, repartirse alrededor y vi muchas personas abandonar a la Iglesia legítima y dirigirse hacia la otra diciendo: Ahí todo es mas bonito, más natural y más ordenado.

Vi cosas deplorables: se jugaba, se bebía, se parloteaba, se seducía a las mujeres en la iglesia, en una palabra se cometían allí todo tipo de abominaciones.

Los sacerdotes dejaban que se hiciera cualquier cosa y decían la misa con mucha irreverencia. Vi pocos que tuvieran todavía piedad y juzgasen sanamente las cosas. Todo eso me afligió mucho. Entonces mi Esposo celeste me cogió por medio del cuerpo, como él mismo había sido atado a la columna y me dijo: «Es así como la Iglesia será todavía encadenada, es así como será estrechamente atada antes de que pueda revelarse.

El (mi esposo celeste) me mostró también en cuadros innumerables la deplorable conducta de los cristianos y de los eclesiásticos, en las esferas cada vez más vastas extendiéndose a través del mundo entero estando mi país incluido. Era un cuadro inmenso e indeciblemente triste que es imposible describir. Me fue así mostrado que no hay casi ya más cristianos en el antiguo significado de la palabra. Esta visión me llenó de tristeza.

Vi en el futuro la religión caída muy bajo y conservándose únicamente en algunos lugares, en algunos hogares y en algunas familias que Dios ha protegido también de los desastres de la guerra.

Vi construir una iglesia extraña y al revés de todas las reglas. […] Nada venía de lo alto en esta iglesia: todo venía de la tierra […] y de la región tenebrosa […] todo en esta iglesia era oscuro y contra sentido y sin vida: no había más que la burla y la ruina.

Vi cerca otra iglesia donde reinaba la claridad y que estaba provista de toda especie de gracias de lo alto. Vi a los ángeles subir y descender, vi vida y crecimiento… (y también) tibieza y disipación»
Vi por lo que creo, casi todos los obispos del mundo, pero solamente un pequeño número perfectamente sano. Vi todo lo que respecta al protestantismo tomar cada vez más poder y la religión caer en decadencia completa.

Había en Roma, incluso entre los prelados, muchas personas de sentimientos poco católicos, que trabajaban para el éxito de este asunto (la fusión de las iglesias). Vi también en Alemania a eclesiásticos mundanos y protestantes iluminados, manifestar deseos de formar un plan para la fusión de las confesiones religiosas y para la supresión de la autoridad papal. ¡Y este plan tenía , en Roma misma, a sus promotores entre los prelados!

Ellos construían una gran Iglesia, extraña y extravagante: todo el mundo tenía que entrar en ella para unirse y poseer allí los mismos derechos; evangélicos, católicos, sectas de todo tipo: lo que debía ser una verdadera comunión de los profanos donde no había más que un pastor y un rebaño.
Tenía también que haber un Papa pero que no poseyera nada y fuera asalariado. Todo estaba preparado de antemano y muchas cosas estaban ya hechas: pero en el lugar del altar, no había más que desolación y abominación.

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