Historia de una niña extraviada


La Virgen nunca desatiende a sus devotos

En Alhaurín, lindo pueblo que se presenta en la sierra, cerca de Málaga, hacia la caída de la tarde, se veía a una mujer con imponderable desconsuelo. Era la causa de su dolor el que su hija, niña de cinco años, se había ido aquella mañana con otras niñas a jugar, se habían insensiblemente alejado del pueblo, habían subido intrépidas por aquellas vertientes buscando flores silvestres, se habían perdido y, cuando se cercioraron de que lo estaban, pasaron de repente, como lo hace la infancia, de un extremo a otro: de la más completa imprevisión a la mayor angustia y terror.

Emprendieron su regreso con desatinada precipitación, y por más que la pobre niña, que era la más pequeñita de todas, se esforzó en seguirlas, llorando y cruzando sus manitas, suplicándoles que no la dejasen sola, el egoísmo (tan incontrastable en la niñez) había ensordecido sus corazones y el miedo puesto alas a sus pies, y la pobre niña quedó sola y abandonada entre las asperezas de la tierra.

La ausencia de las niñas había sido larga, y las madres de todas ellas estaban inquietas, y más que ninguna otra lo estaba la madre de la niña chica. Pero, ¡cuál no sería su desconsuelo cuando, al regresar las demás, notó que su hija faltaba!

Muchos hombres, movidos por el parentesco unos, por la amistad otros, y los más por caridad, salieron en distintas direcciones a buscar a la niña perdida; pero la tarde caía, y uno tras otro regresaban cabizbajos y sin consuelo para la pobre mujer, la que parecía haber perdido el juicio, y que sólo a la fuerza conseguían las vecinas retener para que no saliese en aquel violento estado en busca de su hija.

– ¡Hija de mi alma! – exclamaba -: la noche va cerrando, y, si no se ha despeñado ya, ni se la han comido los lobos, se morirá de angustia. ¡Sola en la noche oscura entre esos breñales! ¡Madre mía de los Dolores! – añadía cruzando las manos y dirigiendo su ferviente súplica a la efigie de esta Señora que se halla en aquella iglesia y que con tanto ardor amante imploran los habitantes del pueblo -, ¡apiádate, Señora, de mi niña, la que siempre puse bajo tu santo amparo! ¡Madre fuiste y corazón de madre tienes para los desamparados! ¡Desamparadas estamos mi niña y yo, y sin más esperanzas que en Ti! Señora, recuerda que uno de los puñales que a tu santo corazón atravesaron fue la pérdida de tu Hijo! ¡Madre, apiádate del mismo dolor que sentiste! ¡Ampara a la hija… consuela a la madre!

– Todavía no han vuelto Juan y Mateo – le decían para consolarla y alentar sus esperanzas las compasivas vecinas.

Pero también regresaron Juan y Mateo sin traer la menor noticia de la niña.

Entonces el dolor de la madre no tuvo límites; aunque oscura la noche, quiso salir a internarse por las agrias y escabrosas sierras. Nada la disuadía de su intento y habían llegado los esfuerzos de la madre para salir y los de las vecinas y parientes para retenerla, hasta la lucha, cuando se abrió la puerta y en su quicio se presentó, con general asombro, la niña. Arrojóse a ella con un penetrante grito de júbilo su madre; la tomó en sus brazos, sofocándola con lágrimas y cariños; y cuando la alegría le permitió hacer uso de la palabra, le gritó:

– ¡Hija de mi alma! ¿Quién te ha traído?

– Una Señora – contestó la niña.

– ¿Y cómo fue eso?

– Vino y me dijo: «Niña, ¿qué haces aquí sola y llorando?». Le dije que las otras niñas se habían ido y me habían dejado perdida. Entonces me tomó por la mano y me trajo aquí.

– Pero, ¿quién era?

– Yo no la conozco.

– ¿Cómo era?

– Muy hermosa.

– ¿Quién podrá ser? – se preguntaban unos a otros.

– Yo quiero saberlo – exclamaba la madre – para darle las gracias, para besar, mientras viva, la tierra que pise.

La noticia de lo acaecido corrió de boca en boca, y todos los habitantes del pueblo acudieron presurosos a ver a la niña perdida y dar la enhorabuena a su madre.

A medida que entraban las mujeres, y hasta las señoras de Málaga que estaban allí de temporada, la madre iba preguntando a su hija:

– ¿Fue la que te amparó y te trajo aquí esta señora?

Pero la niña, después de mirarlas, hacía cada vez con su cabecita una señal negativa.

A la mañana siguiente tenía la buena cristiana dispuesta en la iglesia una función de gracias por tamaño beneficio, a la que se apresuró a concurrir todo el devoto pueblo.

Llevaba la feliz madre a su hija de la mano. Al acercarse al altar en que estaba la efigie de la Virgen de los Dolores, la niña, desprendiéndose de las manos de su madre, se arroja al altar gritando:

– ¡Madre, madre! Esta es la Señora que me tomó de la mano y me trajo a casa.

El efecto producido por estas palabras en boca de la inocente niña, fue eléctrico.

Todo un pueblo postrado instantáneamente ante aquella Señora, que es amparo del cristiano que la invoca, los sollozos de las mujeres, en medio de todos la niña, en pie, alzando sus bracitos hacia la Amparadora, y esta hermosa imagen, cual la presenta, dulce, serena, mansa y apacible, así en sus triunfos como en sus dolores, así para los que fervientes la veneran como para con sus desalmados verdugos y detractores, causaba una impresión que se siente, pero no se describe.