«Hablar en lenguas»: El origen de los movimientos pentecostalistas


¿Cuándo se inventó el pentecostalismo? ¿Quién fue su creador y que buscaba? Más allá de una simple secta protestante, el pentecostalismo crece como una oscura mancha de aceite, impregnándolo todo. Desde Bélgica, el P. Martial Hicguet nos introduce este fenómeno y entrega las claves para discernir y prevenir eventuales tentaciones ante la vista de los aparentes prodigios que en este movimiento se producen. Un estudio actual y apasionante que complementa al anteriormente ya presentado en el sitio.

Es el año nuevo de 1900. Nos encontramos en Topeka, Kansas, EE.UU. La sala donde se reúne la asamblea de feligreses está presidida por un sujeto curioso. Es Carlos Parham, un ministro metodista algo preocupado por la ineficacia del tipo de protestantismo que practicaba. Meses antes había convocado a sus estudiantes a lo que en terminología protestante se denomina «escrutar la Palabra». Para el católico poco familiarizado con el argot de estos hermanos que se fueron de la Iglesia, equivale a estudiar las Sagradas Escrituras individualmente, prescindiendo de la guía y dirección de quienes fueron instituidos por el Señor para enseñar e interpretar, como ya se hacía desde el Antiguo Testamento, conforme las disposiciones Divinas.

Pues bien. En estas sesiones de «escrutamiento» (vaya palabra) tenían un objetivo concreto: descubrir el secreto del «poder» de los primeros cristianos y de los apóstoles. En cuanto asumían que no existía una Iglesia fundada y sostenida por el mismo Dios, asistida por el Espíritu Santo para que nunca errase, creían que era preciso borrar los casi 2.000 años de cristianismo para volver a lo que ellos se imaginaban eran los «primeros tiempos».

Poco importaba si sus imaginaciones correspondían o no a la verdad histórica, el caso es que después de mucho invocar al Espíritu (Dios sabe que espíritu puede ser invocado para contradecir a Su Iglesia) el «espíritu» respondió: la clave estaba en los Hechos de los Apóstoles. El secreto estaba en recibir el «bautismo del Espíritu» (ya sabemos cual) y la señal era «hablar en lenguas». Tampoco importaba si Cristo mismo instituyó un sólo bautismo, y es con agua, no con «fuego». A simple vista, ya es posible imaginar quien quiere bautizar con fuego, un fuego que no se extinguirá jamás.

El entusiasmo fue mayúsculo entre los «hermanos» y «hermanas» de la asamblea del «pueblo de Dios». Se pusieron a orar y pedir incesantemente ser «bautizados con el fuego del Espíritu» y así comenzar a hablar en lenguas y manifestar otros carismas al modo que ellos los entendían.

Ese 31 de diciembre de 1900 se habían reunido temprano para comenzar la jornada de oración. Pero parece que ese Espíritu estaba un poco sordo. Oraron y escrutaron todo el día hasta que a las 7 de la tarde en punto una niña se levantó de la reunión con una idea: tenía una ocurrencia en base a lo que habían escrutado antes y era que el ingrediente que faltaba al experimento era… ¡la imposición de las manos! Poco importaba que esa imposición la daban los apóstoles y por lo tanto sólo lo podían hacer sus sucesores, los obispos de la Iglesia presidida por el sucesor de san Pedro.

Parham la escuchó y le puso las manos en la cabeza. Y entonces… «¡Aaaalaaabaaaado sea el Seeeeñooooooor!». La niñita empezó a parlotear con unos sonidos muy extraños, rarísimos. «¡Ella ‘habla en lenguas’!» gritaron todos. ¡El experimento había resultado! Ahora todos querían ser habladores de lenguas y pidieron ser bautizados con el fuego y que les pusieran las manos en la cabeza.

En apenas tres años se extendieron estos extraños «bautismos». Parham y doce ministros de otras congregaciones protestantes se autobautizaron y comenzaron a cotorrear con palabras extrañas y desconocidas. Ya que nadie podía negar que se tratara de un idioma desconocido, celebraban estos singulares chachareos. Ni el mas diestro lingüista podría entender que decían, pero eso no inquietaba. Al parecer al «espíritu» que les prometió el fuego eterno no le importaba que el «don» no sirviera para absolutamente nada mas que causar impresión a sus acólitos.

El tiempo llevó esta ola de fuego a Texas y llegó a Los Ángeles donde entusiasmó a la pequeña iglesia de color del lugar, donde se popularizaron estas prácticas en medio de estas «misas» negras (por el tono de piel de los feligreses) o mas bien «cultos» como les gusta a los protestantes llamar a sus ceremonias. Pronto no fue sólo el espíritu negro el que se entusiasmó, sino que se ramificó por todo Estados Unidos y luego al resto del mundo.

Los cristianos se estaban renovando según los carismas de los primeros tiempos. Las estructuras de las «viejas» iglesias estaban desmoronándose por haber abandonado al Espíritu y construido un culto y una fe apartadas de éste, perpetuando errores por siglos. La Esposa de Cristo era la principal errada y los católicos tendrían que pagar las consecuencias de creer en dogmas como la infalibilidad pontificia. El cristianismo tenía que ser renovado, refundado desde las bases.

Dueños del «poder»

Por casi cinco décadas el Movimiento Pentecostal fue muy cerrado. No le gustaba compartir el secreto del «poder» con las sectas de la competencia. Pero fue casi imposible contener el secreto y pronto las otras «denominaciones» también tuvieron esta renovación carismática (así se denomina a la «reforma por obra del Espíritu»), si bien en un principio se mantuvo todo medio en secreto. En 1960 un ministro Episcopal afirmó públicamente haber sido «bautizado en el Espíritu» y sostuvo que también hablaba en lenguas.

El furor incendió a Occidente y junto con los desvaríos del hippismo del momento, estas nuevas formas de alucinación sin drogas se pusieron de moda. Los «renovados» sentían que la religión se había vuelto demasiado racional, muy poco experiencial y casi nada de experimental: no era democrática ni participativa. También sentían que se había vuelto externa, sin fervor ni «poder».

Como los «viejos cristianos» no estaban poseídos por el «espíritu» no manifestaban los fenómenos del poder de los carismas. En cambio ellos eran poderosos al invocar al «espíritu»: poseían el poder de sanar, de hablar en lenguas, de interpretar y escrutar la Palabra, de profetizar (anticipar situaciones o decir «verdades necesarias» a la asamblea). La nueva droga era el «bautizo (en o con) el Espíritu… Santo», es la experiencia «bautismal», el encuentro con el «espíritu».

A medida que el movimiento pentecostalista creció los nombres dados a sus prácticas variaron, tomando más apariencia católica o protestante dependiendo del lugar y del público que agruparan. Unos hablaban de «encuentros con Cristo» otros de ser «sumergidos en el fuego», unos aparecían más conservadores, otros mas renovados, pero todos mantienen en común el mismo secreto y origen de su poder.

El mecanismo por el que se producen estos convulsionantes y espectaculares cambios de vida es curioso. El «bautismo» es precedido de una hábil preparación psicológica, con hipnotizadoras sesiones de oración alimentadas con altas expectativas emocionales. Casi no tienen tiempo ni oportunidad de reflexionar sobre la validez espiritual de esta vía. Simplemente lo viven.

Finalmente salen convencidos de que esas excitantes emociones y extraños fenómenos son efectivamente obra del Espíritu Santo y las mismas acciones que vivieron los primeros cristianos que podrían saltar y despedazar a quienquiera que les pusiese en duda, llegando a acusarlos de «blasfemia contra el Espíritu Santo» si entienden que se les opone o critica. Esto no es muy complejo de comprobar ya que lo tomamos de sus mismas publicaciones y sitios en internet, donde la totalidad de este material protestante ha sido escrito por ellos mismos y de manera favorable.

La cuestión del ecumenismo

Comprendido en su espíritu y origen, el Movimiento Pentecostal puede ser analizado de mejor manera. Y la primera nota que salta a la vista es su evidente anticatolicidad, si bien no siempre es cruenta o «evidente» a la mirada simplista de quien sólo ve rótulos para juzgar.

La mentalidad pentecostal se basa en que el Espíritu Santo actúa directamente en cada cristiano, por lo que se hace innecesaria una jerarquía eclesiástica y se vuelve peligroso todo dogma. Como cualquier secta protestante, el pentecostalismo se divide constantemente ya que al poco andar el «espíritu» sopla ideas diferentes y contradictorias. Actualmente son reconocidas cientos de ramas pentecostales, con distintos énfasis doctrinarios y a veces con oposiciones abiertas entre sí. Están las «Asambleas de Dios», los «Campamentos del Espíritu», los «Evangelio Abierto», los «Pentecostales», los «Pentecostales Renovados», los «Sanación y Liberación», etc. que a su vez se dividen en muchas otra sectas y sectitas.

Es una gran anarquía que permanentemente reclama estar asistida por este espíritu peculiar, que ama las divisiones y peleas a diferencia del Espíritu Santo que ama la unidad y que la defiende como lo hizo desde los primeros tiempos hasta hoy.

Esta patente contradicción es rápidamente solucionada. En cuanto requieren abandonar el uso primario de la razón para colocar en su lugar la «experiencia», responden a la acusación de manera simple: el «espíritu» es común a todos, revela de manera espiritual pero subsiste en todas las manifestaciones religiosas, que en el fondo sólo difieren en lo externo, lo superficial. Muy en el fondo todos contienen semillas del espíritu, solo que en una se ha desarrollado más que en las otras. La cuestión está solo en no asfixiarlas con el rigorismo de los dogmas, obediencias y reglas de fe.

De la boca de uno de sus mas honorables hermanos, leemos al pastor David Du Plessis, quien fue contactado por una «voz» en 1951 y le ordenó predicar esta renovación en los carismas. Veamos su conformación a lo que apuntamos respecto al rigorismo y al laxismo:

«La renovación Pentecostal en las iglesias está ganando fuerza y velocidad. La cosa más notable es que la renovación se encuentra en las así llamadas sociedades liberales y en mucho menor medida en las evangélicas y no del todo en los segmentos fundamentalistas del Protestantismo. Los últimos mencionados son ahora los más vehementes oponentes a esta gloriosa renovación porque es en el Movimiento Pentecostal y en el modernista Consejo Mundial de Iglesias donde encontramos las manifestaciones más poderosas del Espíritu»

Du Plessis, p. 28 in Christenson, Larry. Speaking in Tongues.

En otras palabras, el peligro está en el «fundamentalismo» de quienes creen en verdades eternas contra los partidarios de la acción constante y renovada proveniente del «espíritu». El pastor protestante Clarence Finsaas, lo hace notar con estas palabras:

«Muchos se sorprenden al ver que el Espíritu Santo puede moverse también en las diferentes tradiciones de la Iglesia histórica… Si la doctrina de la iglesia tiene antecedentes en el Calvinismo o Armenianismo, importa poco, comprobando así que Dios es más grande que cualquiera de nuestros credos y que ninguna denominación tiene un monopolio sobre Él»

Du Plessis, p. 99 in Christenson, Larry. Speaking in Tongues.

 

El Espíritu Santo y la Verdad

Quienes nos escandalizamos con semejantes aberraciones no lo hacemos por el simple horror a lo absurdo, ridículo, patético o macabro. Lo hacemos con la seriedad y repugnancia al error de quien posee la verdad por pertenecer a la Iglesia instituida por el mismo Cristo y sostenida por el Espíritu Santo. Sabemos con certeza absoluta que la Verdad es eterna e inmutable. Así nos lo dice el mismo Señor: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida», «Quien no está conmigo está contra Mí; quien conmigo no siembra, desparrama».

Pese a conocer las Sagradas Escrituras y autodenominarse cristianos, los pentecostalistas sostienen que este extraño ritual les pone en contacto con Dios mismo, y que por esos pases mágicos reciben la efusión del Espíritu Santo. ¿Cómo es posible que un cristiano que se repute como tal no se aterre ante ese error?

Jesucristo instituyó a la Iglesia, y sólo a Ella, para comunicar la gracia a los hombres. Para ello instituyó una sagrada Jerarquía encabezada por los sucesores de los apóstoles, coronados por el Vicario de Cristo en la tierra. El Señor instituyó a la Iglesia y nada más que a Ella para comunicar esta gracia, por lo que niega cualquier idea de que sea alcanzada mediante extraños ritos, o cualquier fórmula invocada.

Nos horrorizamos ante estos absurdos. Esto no es tan solo porque observamos la falta de discernimiento entre los hermanos por sí mismos separados, sino además porque comprendemos que este movimiento surge fuera de la Iglesia y la amenaza conquistando los corazones de los fieles, apartándolos de la Iglesia y llevándolos por los caminos del error. O al menos contaminando la espiritualidad de los católicos con estas peligrosas novedades.

Concluir el origen real de este movimiento pentecostalista, con sus prácticas e ideas, y entender el grado de error y de peligro, es una misma cosa.

La secta que origina el movimiento pentecostalista dice entrar en contacto con Dios directamente. Es el error ya iniciado por Lutero y sus secuaces. Para los pentecostalistas, el contacto es directo y personal, prescindiendo de la Santa Iglesia, tanto de sus sacramentos e instituciones, como de las enseñanzas de las Sagradas Escrituras, de Su Magisterio y Tradición. Ellos creen haber descubierto, ese año nuevo de 1900, el medio de activar el poder del ‘Espíritu’, la efusión de la gracia de Dios. No es la Iglesia, instituida por Dios, el medio de comunicar la gracia a los hombres.

Para el protestantismo, recordemos, fueron necesarios 1500, 1800 o 1900 años (dependiendo del año de fundación de su grupo) para que la gente pudiera comenzar a salvarse leyendo las Escrituras y creyendo las ‘verdades’ que sus inventores vinieron a predicar. Con el pentecostalismo ocurre lo mismo: pasaron mas de 1900 años hasta que el ‘Espíritu’ viniera a manifestarse por segunda vez. Antes, afirman, el ‘Espíritu’ no actuó y todo se hizo en disconformidad con él, o al menos fueron actuaciones muy parciales.

Las Sagradas Escrituras y la Iglesia nos enseñan, por el contrario, que no es posible recibir los dones del Espíritu Santo fuera de la Iglesia. Sólo la Esposa de Cristo provee los medios a través del santo crisma administrado en el Sacramento de la Confirmación. Sin este medio el Espíritu Santo no desciende ni descenderá nunca.

Observando el origen de este movimiento vemos, pasmados, cómo se afirma – sin asomo de vergüenza o escándalo – que no importa qué error se siga desde hace poco o mucho tiempo (lo que ahora los sofistas llaman «tradiciones religiosas») todos comparten y acceden a la misma ‘experiencia’ religiosa. Experiencia bastante curiosa por tratarse de un fuerte impacto emocional mas que de una auténtica vivencia religiosa.

De allí nace ese ‘sabbath’ rarísimo que se aprecia en sus reuniones: unos parloteando sonidos raros, otros diciendo cosas incoherentes, otros eufóricos diciendo en voz alta perogrulladas o errores, otros allá imponiendo las manos al que se les cruza, aquellos empeñados en ‘liberar’ a ese desdichado. A veces se llega a extremos de subversión, cuando vemos a los feligreses imponer las manos al ‘sacerdote’ o a los ‘sacerdotes’ imponer las manos a su ‘obispo’, etc.

Se disuelven así lo poco que quedaba de concordancia con las Escrituras. Y en su orgullo disimulado por la euforia que confunden con misticismo, llegan a pasar de la etapa primera, en que creían que este movimiento se convertiría en la Asamblea definitiva que prepararía el Reino de Cristo, a la teoría de que este pan-movimiento ‘despertará’ al remolón ‘espíritu’, y serán todas las ‘iglesias’ las que recibirán esta ‘efusión’ y se convergirá en una nueva y dinámica iglesia impulsada por el ‘espíritu’. Y eso, para un católico, es -dicho con santa franqueza – una herejía.

Sólo la Iglesia es una, santa, católica y apostólica. Afirmar el error pentecostalista es quitar de entrada la nota de santidad de la Iglesia, de la guía permanente del Espíritu Santo. Si acaso se uniesen un día las diversas congregaciones y la Iglesia católica, sería por la plena aceptación de las sectas de la Verdad eterna que enseña y posee la Iglesia. Sería la única posibilidad. Que ellas rechacen sus errores y acepten a la Esposa de Cristo. Fundirse todas en una ‘verdad’ promedio es sostener una aberración.

Hablar en «lenguas»

Como obra del demonio, este movimiento no puede carecer de una de las notas principales del Maligno: lo grotesco. En contraposición con la suma fineza, excelencia y perfección de Dios, el demonio se complace en lo grotesco y extravagante. La diferencia que el movimiento pentecostal mantiene con las locuras del pasado es el énfasis en lo ‘vivencial’: en la ‘experiencia’ por sobre la doctrina. De hecho la apologética sirve de poco con ellos porque carecen de una sólida formación doctrinaria. El acento está en lo ‘vivencial’: ‘encontré a Cristo’, ‘sentí su amor’, etc. Y con quienes no piensan, es difícil discutir.

Pero lo más característico aún (lo vivencial por sobre lo doctrinal también es común a otras sectas y a la Nueva Era), y por propio más grotesco, es el énfasis en el ‘hablar en lenguas’

Sus mayores exponentes corroboran que:

«El bautismo de los creyentes en el Espíritu Santo es atestiguado por la señal física inicial de hablar en otras lenguas»

Sherrill, John, They Speak with Other Tongues. p. 79

Más aún, para Du Plessis:

«la práctica de orar en lenguas debe continuar y aumentar en la vida de quienes son bautizados en el Espíritu, de otra manera pueden descubrir que otras manifestaciones del Espíritu se presentan esporádicamente o se detienen por completo»

(Du Plessis, Speaking in Tongues.p. 89).

Forzoso es reconocer que este énfasis varía entre sectas. Para unas no necesariamente el primero, para otra es uno de los muchos dones que se reciben con la ‘efusión’ del ‘espíritu’. Todas, sin embargo, reconocen al menos que es una señal de la ‘efusión’ del ‘espíritu’ recibida con la unción de la imposición de las manos.

Aquí ya notamos lo enfermizo que es este pensamiento. Aún en la más retocada de sus Biblias recortadas pueden ver la escasa importancia que se le da al don de ‘hablar en lenguas’. Recién en el Nuevo Testamento se la menciona. Y sólo tres veces: el día de Pentecostés, sobre los Apóstoles (precursores de los Cardenales) y de Nuestra Señora (Hechos 2) y un par de veces mas (Hechos 10 y 19). Posteriormente no encontramos mayores referencias en las vidas de los Padres de la Iglesia, quienes gozaban de dones tan impresionantes como la resurrección de muertos.

En sus Homilías de Juan, San Agustín escribe «En la época temprana, el Espíritu Santo cayó sobre quienes creían, y hablaron en lenguas» que no habían aprendido, «conforme el Espíritu les proporcionó aserción.» Éstas fueron señales adaptadas a la época. Porque era adecuado que hubiera una señal del Espíritu Santo en todas las lenguas para mostrar que el Evangelio de Dios debería fluir en todas las lenguas sobre la Tierra entera. Esto fue hecho como señal, y desapareció. Y como si fuese para responder a los Pentecostales contemporáneos con su extraño énfasis en éste tema, San Agustín continua:

«¿Se espera ahora que ellos sobre los que se han impuesto las manos, deban hablar en lenguas? O cuando nosotros impusimos nuestras manos sobre estos niños. ¿Esperaba cada uno de ustedes ver si hablaban en lenguas? Y cuando vimos que no hablaron en lenguas, fue alguno de ustedes tan perverso de corazón para decir, ‘Ellos no recibieron el Espíritu Santo?»

Los pentecostalistas tuercen las Escrituras como lo hace en general el protestantismo, llegando incluso a olvidar el contexto inmediato en que se escribe. El mismo San Pablo en su Primera Epístola a los Corintios (Cor. 12-14), nos comenta cómo este ‘hablar en leguas’ se había convertido en fuente de desorden, y lejos de prohibirlas les resta importancia. Por lo tanto, lejos de fomentar una ‘renovación’ del ‘hablar en lenguas’ debería desalentarlo: exactamente lo contrario de lo que los pentecostalistas hacen al citar este texto incluso en sus coloridas pancartas. Si nadie fuera de la Iglesia puede recibir los dones del Espíritu Santo y aún dentro de la Iglesia es un caso raro, que se da bajo condiciones muy específicas, ¿qué podemos pensar de los pentecostalistas?

Evidentemente el fenómeno sólo puede tener un origen humano (la psicología ha estudiado muchas causas que explican ciertos desórdenes mentales que inducen a una suerte de ‘habla de lenguas’) o un origen no humano, y puede ser un engaño diabólico.

Cuando observamos el contexto en que se da, podemos concluir a veces ambos orígenes. Lo primero que notaremos es que el don del Espíritu Santo no se manifiesta libre y espontáneamente, porque es inducido a través de prácticas… curiosas. De hecho, casi es esperable que se manifieste después de todo lo que se hace por forzar el fenómeno.

Entremos en una de sus sesiones y observemos. El grupo de sectarios se reúne y reza sentidas oraciones (generalmente espontáneas, sin un rito canonizado). Se emociona, vibra con las palabras. Luego canta y canta canciones muy bien preparadas -desde el punto de vista psicológico – para producir impacto emocional (¡Viene! ¡Ya viene! ¡Está aquí! ¡Puedo sentirlo!). Luego – perdonen la crudeza de la imagen – comienza un ritual rarísimo de imposición de las manos como comunicando una ‘energía’ divina. Se acompaña por la repetición de una suerte de ‘mantra’ cristiano (una frase repetida una y otra vez para producir un efecto hipnótico) o simplemente… ¡haciendo sonidos con la boca!.

De esa cacofonía a veces no sale nada más que incoherencias. Entonces son invitados a perseverar en el pedido para ser honrados con el poder hablar una lengua extraña (a veces extrañísima). Otras veces de las sílabas inconexas sale una suerte de lenguaje que emociona hasta las lágrimas al inductor. Esta emoción se interpreta como devoción y se dan luego vívidos actos de agradecimiento al ‘espíritu’ por ese regalo. A eso lo llaman ‘oración y alabanza’. Aparte de esto está una más extraña terminología para denominar a las fatigas y consecuencias psicológica de estas experiencias de tanto impacto emocional.

Un católico se asustaría ante esto. Más si se reemplaza la acción verdadera del Espíritu Santo por estos juegos psicológicos. Se parece mucho más a una experiencia Nueva Era con chamanes y brujos que al entrar en trance hablan en ‘lengua’ de su ‘dios’, que al don con que excepcionalmente el Divino Espíritu consuela a los hombres en la historia.

Para este sector falto de instrucción y de uso de la razón, o bien proveniente de sociedades hiperracionalistas que secaron la vida de fe como dentro del catolicismo lo hizo el jansenismo, se abren gustosamente las puertas a estas experiencias, incluyendo la sanación, el hablar en lenguas, interpretación, profecía y, detrás de todo esto, una experiencia abrumadora llamada «Bautizo (en o con) el Espíritu Santo.»

Cabría entonces reiterar la pregunta que nos hiciéramos al principio: ¿qué es exactamente este espíritu? Basta ver los frutos para conocer el árbol. No la dulce cáscara que los cubre, ni los motivadores colores. Los frutos se miden en el tiempo y en relación a fuentes seguras como son las Sagradas Escrituras, la Santa Tradición y el Magisterio Infalible.

Los dones del Espíritu Santo

El demonio no tiene particulares inconvenientes de ser generoso en repartir ‘dones’ con tal de encandilar a sus víctimas y cultivar en ellas la soberbia (por ejemplo de sentir que pueden hablar directamente con Dios o que ellos son portadores de dones milagrosos) o la sensualidad.

En el caso de los pentecostalistas, no sólo se dan herejías, como la invención de ese extraño ‘bautismo del espíritu’, que se agrega al del bautismo y es independiente de la Confirmación (ellos no son católicos). También se dan aberraciones prácticas. Y precisamente la experiencia de este ‘bautismo’ abre la mayoría.

Ellos dicen que lo primero que sienten es ‘arrojo y poder espiritual’. Se sienten vivamente animados, personas distintas con capacidades desconocidas. Están excitados y emocionados. A partir de entonces es sólo pedir sabiduría y comienzan a ser sabios, pedir amor y sentir amor, pedir sanación y ser sanados, pedir milagros y recibir milagros. El ‘espíritu’ opera en ellos, los convierte en sus instrumentos.

En su soberbia, se imaginan recibiendo ese santo arrojo que Dios otorgó a los Apóstoles, Mártires y Confesores. Febril excitación no es comparable al sólido y sereno aplomo con que los santos actuaron ante situaciones determinadas. Ya muchos santos nos previnieron de ese sospechoso arrojo y confianza en nosotros mismos, como una peligrosa forma de autoengaño, suponiéndose santos o que están progresando espiritualmente, sintiéndose en un excitante estado de gracia. ¡Cuánto contraste con la despierta desconfianza ante estos fenómenos y la profunda humildad y desprecio de sí mismos que mostraron los santos!

Por eso no es raro escuchar en sus asambleas que profeticen en ambas acepciones: que se emocionen hablando de Dios o que anuncien acontecimientos futuros. Pero lo más escandaloso es escuchar, muchas más veces, que entre sonidos y voces extrañas, ‘hable Dios’ en primera persona. Ellos dicen que… ¡es la Palabra de Dios hablada directamente! No es preciso que sea en primera persona, pero sí es escandaloso que se renueve la revelación… y a través de esas bocas profanas. Esos mensajes -para dejar mayor margen a la posibilidad de concretarse – son generalmente vagos e inconsistentes, o bien son rimbombates y espectaculares. También hay ‘espíritus santos’ que hablan como Nostradamus.

Con esto inventan un Espíritu Santo que busca extrañísimas formas de comunicarse, al modo de los mediums espiritistas que invocan demonios o inventan directamente sus patrañas. Aparte, ¿por qué esas voces dignas de mentalistas de películas de terror? Desconfiemos con fuerza de esto: «Porque ellos os profetizan falsamente en Mi nombre: Yo no los envié, dice el Señor» (Jeremías 29:8-9).

Estas obras son del demonio, quien se complace en formar hijos a su imagen y semejanza y para ello les llena de conceptos falsos y sentimientos falsos. Los pentecostalistas substituyen, fuerzan e inventan los frutos que de suyo podrían darse tras muchos años de vida ascética y progreso espiritual, pero que ni siquiera son necesarios o suponen forzosamente santidad.

¿Qué actitud tomar ante el movimiento pentecostalista?

Comencemos comprendiendo la inexistente relación entre el movimiento pentecostalista y la espiritualidad cristiana comprobada en la vida de los santos y en la enseñanza de la única Iglesia que puede producir frutos del Espíritu Santo. Lo que observamos en estos movimientos son, en el mejor de los casos, manifestaciones puramente humanas sino es que son ‘gracias’ preternaturales, distribuidas por ‘efusión’ de un ‘espíritu’ que desde el principio quiere la perdición de los hombres y la ruina de la Santa Iglesia. A Veces al demonio no le importa tanto que quienes apostatan de la fe católica acepten y practiquen plenamente otra fe: le basta con que no sean buenos católicos. Con eso alcanza para que las buenas almas se pierdan.

Por esto el primer acento que debemos poner es el de discernimiento. Distinguir y observar de dónde viene la inspiración, hacia dónde lleva, qué quiere. No importa si tiene apariencia de devoción o si primeramente me llevo mejor con Dios. El demonio puede aparecerse como un dulce y devoto ángel de luz para perdernos. Basta con que enseñe un Evangelio distinto al que la Iglesia nos enseña.

En esto muestran un alarmante desinterés los pentecostalistas y derivados. Hay algunos que incluso ‘exorcizan a satanás’ antes de solicitar esa extraña cosa que llaman ‘bautismo del espíritu’. Pero el demonio no es tan tosco. Los judíos, como nos relata Hechos (19:15), exorcizaban, pero el demonio les responde: «conozco a Jesús, y conozco a Pablo; pero quienes son ustedes?«.

La Iglesia nos recuerda siempre que el maligno obra ‘milagros’ o ‘prodigios’ para aumentar la soberbia de ese hombre que se cree portador de dones especiales. El demonio puede enfermar a uno (de cuerpo o de mente) y darle a otro el ‘poder’ de sanarlo, para prepararlos así a una caída más aplastante.

Quienes asistimos a verdaderos exorcismos sabemos bien, como nos previenen los santos y la Iglesia, que los demonios se matan de risa fingiendo estar dolidos por ser expulsados del cuerpo a través de una persona que ellos saben no es más que un juguete del infierno, alguien profano. No en vano el Evangelio nos previene de la venida de falsos Cristos y falsos profetas.

Otra cosa notoria es la ausencia de gravedad y compostura. San Ignacio de Loyola nos da una regla de discernimiento infalible: todo lo que viene de Dios nos llena de paz y gravedad. Lo del demonio nos llena de excitación. Y son de temer los relatos de los pentecostalistas, que ‘se llenan de risa’ con el ‘bautismo del espíritu’. Muchas veces esta risa les produce relajación después de la histeria previa por conseguir los dones. Espantoso contraste con la gravedad de las Escrituras y el mismo Cristo, de quien nunca relatan las Escrituras haberse reído. Otra cosa es el buen humor y la fineza de espíritu, del que sí el Señor y los santos muestran gala. No es la risa sino las lágrimas las que son bendecidas en las Bienaventuranzas. Esta risa tonta ofende al Espíritu Santo, quien lejos de alabarla la reprueba.

Pero no bendice cualquier lágrima. De hecho los pentecostalistas también acuden al primo en el error de la risa descontrolada: son las lágrimas sin sentido, sin control, histéricas. Son ataques de llanto con aparente excusa de constricción o de alegría. San Juan de la Escalera, al hablar de las diversas causas de las lágrimas, algunas buenas y algunas malas, nos advierte: «No confíes en tus fuentes de lágrimas antes de que tu alma haya sido perfectamente purificada» (Peldaño 7:35); y sobre una clase de lágrimas dice rotundamente: «Las lágrimas sin pensamiento son propias solamente de una naturaleza irracional y no de una racional» (7:17).

Las otras reacciones varían según el grado de radicalidad protestante. Pero varían en graduación de moderación, raramente en el número de fenómenos. Así es posible escuchar relatos de experiencias de calor producido por la cercanía del ‘espíritu’ (comprensible por el tipo de ‘espíritu’), temblores, contorsiones, caerse al piso. Son presas de vivas emociones que les nublan el pensamiento y les llevan a desvariar entre emociones y confusas sensaciones. Sudan, se estremecen, saltan, quedan paralizados, se maravillan por este rompimiento de la ‘etiqueta’ y ‘compostura’ social. ‘Fuimos liberados de todo ello porque vivimos en el espíritu’, alegan emocionados.

Desconfiemos siempre de este ‘nuevo pentecostés’ sin Cristo, sin Su Iglesia, sin la ortodoxia del Magisterio y las Sagradas Escrituras. Desconfiemos de un ‘nuevo pentecostés’ ecuménico e interconfesionalista. Desconfiemos de este ‘espíritu (no)santo’ que obra iniquidades para atentar contra la salvación de los fieles y les niega la verdadera gracia, ridiculizándola. Ya se ha dicho antes: el demonio es la mona de Dios.

Es curioso comprobar la similitud entre estos fenómenos y los experimentados en religiones primitivas, donde los chamanes son poseídos por los demonios a petición propia, tras muy semejantes rituales y pases mágicos.

La actitud nuestra debe ser, primeramente, de activo recelo y desconfianza. En segundo lugar de intentar ayudarles a ver las aberraciones y desastres que el demonio hace entre ellos. Se les puede ayudar dándoles contención y ayuda. Luego, y sólo luego, podemos iniciar un trabajo de ‘desprogramación’ del tipo usado para los miembros de sectas. Aquí el uso de la razón poco puede aportar de entrada.

Y sobretodo, requeriremos de mucha oración y devoción a la Santísima Virgen, Reina de los Ángeles y Terror de los demonios, para no ser contaminados y así poder ayudarles a salir de ese error, además de la debida reparación, enmienda y adoración debida al Espíritu Santo, que es ofendido a diario por este tipo de movimientos.

Fuentes
http://web.archive.org/web/20021109192247fw_/http://www.cristiandad.org/investigaciones/pentecostalismo.htm