“Es necesario repensar el modo de distribuir la Comunión”

El prefecto del Culto Divino, el cardenal Robert Sarah, firma el prefacio de un libro que saldrá hoy y que revela los forzamientos y subterfugios con los que se ha concedido la Comunión en la mano. Y advierte: “¿por qué nos obstinamos en dar la Comunión de pie y en la mano? Este es un tema importante sobre el que la iglesia de hoy debe reflexionar para favorecer un replanteamiento general sobre el modo de distribuir la Santa Comunión”. ¿Cómo? Comenzando desde el ángel en Fátima hasta San Juan Pablo II y Santa Madre Teresa de Calcuta, que la recibieron en la boca y arrodillados. El prefacio completo exclusivamente para el Nuevo BQ.

Con el consentimiento del editor Cantagalli y del autor publicamos el prefacio al libro que sale hoy a la venta de don Federico Bortoli, La distribuzione della comunione sulla mano. Profili storici, giuridici e pastorali [La distribución de la Comunión en la mano. Perfiles históricos, jurídicos y pastorales]. Este prefacio fue escrito por el prefecto de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, el cardenal Robert Sarah.

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La Providencia, que dispone sabia y suavemente todas las cosas, nos ofrece la lectura del libro La distribución de la Comunión en la mano, de Don Federico Bortoli, justamente después de celebrar el centenario de las apariciones de Fátima. Antes de la aparición de la Virgen María, en la primavera de 1916, el Ángel de la Paz se le apareció a Lucía, Jacinta y Francisco, y les dijo: “no teman, soy el ángel de la paz. Recen conmigo”. El Ángel se arrodilló en el suelo y tocó el suelo con la frente. Entonces, poseído por una fuerza sobrenatural, los niños lo imitaron y repitieron después del Ángel esta oración: «Mi Dios, creo, adoro, espero y te amo, te pido perdón por todos los que no creen, no adoran, no esperan y no te aman». Luego el Ángel desapareció. En la primavera de 1916, en la tercera aparición del Ángel, los niños se dieron cuenta que el Ángel, siempre el mismo, sostenía en su mano izquierda un cáliz, sobre el cual estaba suspendida una hostia. Algunas gotas de sangre caían de esa hostia en el cáliz.

Dejando el cáliz y la hostia suspendidos en el aire, el Ángel fue hacia los niños, se postró en tierra, repitiendo tres veces esta oración:

«Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo: te adoro profundamente y te ofrezco el preciocísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Jesucristo, presente en todos los tabernáculos de la tierra, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias con los que Él mismo es ofendido. Y por los méritos infinitos de su Sacratísimo Corazón y por intercesión del Corazón Inmaculado de María, te pido la conversión de los pobres pecadores». Después, levantándose, el Ángel tomó de nuevo en sus manos el cáliz y la Hostia, dio la Hostia santa a Lucía, y la Sangre del cáliz a Jacinta y a Francisco, que permanecieron arrodillados, mientras él decía: «Tomen y beban el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo, terriblemente ultrajado por los hombres desagradecidos. Reparen sus crímenes y consuelen a vuestro Dios». El Ángel se postró nuevamente en tierra, repitiendo tres veces la misma oración con Lucía, Jacinta y Francisco.

El Ángel de la Paz nos indica entonces cómo debemos comulgar el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo. La oración de reparación dictada por el Ángel, lamentablemente, es cualquier cosa menos obsoleta. ¿Pero cuáles son los ultrajes que Jesús recibe en la Hostia santa, por los cuales es necesario reparar? En primer lugar, están los ultrajes contra el Sacramento mismo: las profanaciones horribles, de las cuales algunos ex-satanistas convertidos han dado noticia y una descripción espantosa; los ultrajes son también las Comuniones sacrílegas, recibidas no en gracia de Dios o no profesando la fe católica (me refiero a ciertas formas de la llamada ‘Intercomunión’). En segundo lugar, constituye un ultraje a nuestro Señor todo lo que podría impedir la fecundidad del Sacramento, especialmente los errores sembrados en la mente de los fieles para que no crean más en la Eucaristía. Las terribles profanaciones que se llevan a cabo en las llamadas “misas negras” no perjudican directamente al que es ultrajado en la Hostia, ya que terminan sólo en los accidentes del pan y del vino.

Por supuesto, Jesús sufre por las almas de los profanadores, por los que derramó esa Sangre que tan miserable y cruelmente desprecian. Pero Jesús sufre más cuando el don extraordinario de su Presencia eucarística divino-humana no puede llevar los potenciales efectos a las almas de los creyentes. Y entonces entendemos cómo el ataque diabólico más insidioso consiste en tratar de extinguir la fe en la Eucaristía, sembrando errores y favorecer una manera que no es apta para recibirla; de hecho, la guerra entre [el árcangel] Miguel y sus ángeles por un lado, y Lucifer por el otro, continúa en el corazón de los fieles: el objetivo de Satanás es el sacrificio de la Misa y la presencia real de Jesús en la Hostia consagrada. Este intento de rapiña sigue a su vez dos ejes: el primero es la reducción del concepto de ‘ presencia real ‘. Muchos teólogos no dejan de eliminar o despreciar – a pesar de los continuos recordatorios del Magisterio – el término ‘ transubstanciación ‘. Bien ha hecho entonces don Bortoli en componer una amplia introducción histórica sobre la fe genuina de la Iglesia en las palabras “éste es mi cuerpo… ésta es mi sangre…”: un simple “es”, pero que revela todo el amor de Cristo, su ardiente deseo de querer estar físicamente cerca de nosotros, así como estuvo cerca de la Virgen, de San José, de los discípulos, de la multitud para alimentar, de los discípulos de Emaús… Los buenos Doctores y el Magisterio de la Iglesia han encontrado en la palabra ‘transubstanciación’ un bastión inexpugnable para las herejías, y, al mismo tiempo, el término más conformado para señalar el amor realísimo – ‘sustancioso’, precisamente – presente en las especies sagradas, independientemente de las disposiciones del hombre y de su pensamiento.

El principio de inmanencia -o sea, el error filosófico por el cual ya no es el pensamiento el que debe adaptarse a lo real, sino lo real es lo que está enmarcado y establecido por el pensamiento– ha tratado de contaminar incluso la doctrina Eucarística: la presencia real objetiva (= el Amor sin condiciones) es relativizada en función de alguien que entiende el signo (transfinalización) o de alguien que es alimentado (transignificación). El beato Pablo VI tuvo que intervenir con la encíclica Mysterium Fidei, precisamente para explicar cómo estos conceptos no expresan adecuadamente el misterio de la Eucaristía. ¡No! En el Santísimo Sacramento está el Amor, aunque nadie lo ame, aunque nadie lo entienda, aunque nadie se alimenta de él, aunque nadie lo piensa. Está allí, como una roca que brota en el desierto: adora, agradece, pide perdón por el hombre e invoca todas las gracias necesarias para él, en un modo absolutamente independiente de su pensamiento–, y todo esto para que el hombre mismo crea al final y se rinda a este Amor: «Credidimus caritati!» (1 Jn 4, 16).

Veamos ahora cómo la fe en la presencia real puede influir en el modo de recibir la Comunión, y viceversa. Recibir la Comunión en la mano implica indudablemente una gran dispersión de fragmentos; por el contrario, la atención a las partículas más pequeñas, el cuidado en la purificación de los vasos sagrados, no tocar la Hostia con las manos sudadas, se convierten en profesiones de fe en la presencia real de Jesús, incluso en las partes más pequeñas de la especie consagrada: ¡si Jesús es la sustancia de la Pan Eucarístico, y si el tamaño de los fragmentos son sólo accidentes del pan, tiene poca importancia si un trozo de Hostia es grande o pequeña! ¡La sustancia es la misma! ¡Es él! Por el contrario, la falta de atención a los fragmentos hace perder de vista al dogma: poco a poco podría prevalecer el pensamiento: “si tampoco el párroco presta atención a los fragmentos, si administra la Comunión de tal modo que los fragmentos puedan dispersarse, entonces significa que en ellos no está Jesús, o está ‘hasta cierto punto’”.

El segundo eje sobre el que se desarrolla el ataque a la Eucaristía es el intento de remover del corazón de los fieles el sentido de lo sagrado.
La Sagrada Congregación para los Sacramentos y el Culto Divino, ya en 1980, con la instrucción Inaestimabile Donum, lamentaba una creciente pérdida del sentido de lo sagrado en la liturgia, que lamentablemente no ha cesado en las últimas décadas. Ciertamente el Señor nos ama de muchas maneras, a través de su Providencia: la vida natural, el aire que respiramos, nuestro prójimo, etc. Dios nos da muchas cosas, pero hay un amor por el cual Dios se nos da a sí mismo, haciéndonos partícipes de su naturaleza divina: este amor se llama ‘gracia’, y es un amor que trasciende todos los otros amores. Si malinterpretamos la expresión ‘todo es gracia’, si no hacemos las distinciones apropiadas, corremos el riesgo de caer en el panteísmo y en el naturalismo: porque si todo es gracia, nada es gracia; si no existe el primer plano (el orden natural y el amor providencial), no existe ni siquiera el segundo (el orden sobrenatural y la gracia). Es necesario que esto sea bien claro: más allá de la Providencia, hay un amor de Dios poco común, especial, dilectio specialis. Y esta Dilectio specialis está contenida en la Eucaristía.

Por eso Santo Tomás de Aquino comienza su Tratado sobre la Eucaristía mostrando lo peculiar de este Sacramento: si los otros sacramentos son “signos de lo sagrado en cuanto santifican al hombre” (Summa Theologiae, III, q. 60, a. 2, c), aquí lo Sacro está no sólo significado, sino sustancialmente presente: “ésta es la diferencia entre la Eucaristía y los otros sacramentos con materia sensible: que la Eucaristía contiene algo sagrado en sentido absoluto, es decir, Cristo mismo” (Summa Theologiae,, III, q. 73, a. 1, ad 3). La Eucaristía es sagrada, porque contiene lo sagrado por excelencia, el tres veces santo, ese Dios que es caridad, el más sagrado y santo de los amores. No por nada la Eucaristía es el Sacramento caritatis. Tener el sentido de lo sagrado quiere decir percibir esta presencia especial.

Mientras que el término ‘transubstanciación’ nos muestra la realidad de la presencia, el sentido de lo sagrado nos hace vislumbrar la absoluta peculiaridad y santidad. ¡Qué desgracia sería perder el sentido de lo sagrado precisamente en lo que es más sagrado! ¿Y cómo es posible eso? Cuando se recibe el alimento especial de la misma manera que un alimento ordinario. Sería gnosticismo pensar en ser capaz de separar la fe del hombre de los signos externos sensibles, que por el contrario deben ser coherentes con lo que significan, porque el hombre alcanza la percepción de las realidades no vistas, ordinariamente, sólo a través de signos concretos, pasando de lo conocido a lo desconocido, como destaca el Doctor Angélico (cf. Summa Theologiae, III, q. 60, a. 2, c). El Concilio Vaticano II, en la Sacrosanctum Concilium, recuerda lo importante que son los gestos, las actitudes del cuerpo, los signos externos y su gran valor pedagógico (cf. SC, 30, 33). En consecuencia, a la presencia real de un amor especial (dilectio specialis) corresponde una adoración especial, una alabanza especial, thema laudis specialis (secuencia de Lauda Sion) y un modo especial de recibirlo: no como un pan común.

Para admitir a los niños a la Primera Comunión, San Pío X no exigía que supieran explicar ‘sustancia’ y ‘accidentes’, sino que consideraran al pan eucarístico diferente del pan común (cf. Decreto Quam singulari, 7 de agosto de 1910). Esta es la primera noción, la condición sine qua non, la primera semilla que luego se podrá desarrollar en una comprensión mayor (el balbuceo de la teología que espera contemplar a Jesús ya no velado). Si un niño recibe el Pan Eucarístico de la misma manera que recibe un caramelo de su madre, ¿qué sentido de lo sagrado podrá tener? El Señor mismo nos pide que cultivemos el sentido de lo sagrado: dice el Profeta Malaquías: “si yo soy padre, ¿dónde está el honor que es mío? Si yo soy el amo, ¿dónde está el temor de mí? Dice el Señor de los ejércitos a vosotros, sacerdotes, que desprecian mi nombre (Ml 1, 6). Pero esta petición divina es única y exclusivamente al servicio del hombre: “Pues aunque no necesitas nuestra alabanza, ni nuestras bendiciones te enriquecen, tú inspiras y haces tuya nuestra acción de gracias, para que nos sirva de salvación” (Prefacio común IV), y nos ayudan a considerar creíbles los misterios de la fe.

La liturgia está compuesta por muchos ritos y gestos pequeños. Cada uno de ellos es capaz de expresar estas actitudes cargadas de amor, de respeto filial y de adoración a Dios. Precisamente por esto es oportuno promover la belleza, la idoneidad y el valor pastoral de una práctica desarrollada durante la larga vida y tradición de la Iglesia, esto es, el acto de recibir la Santa Comunión en su idioma y arrodillados. La grandeza y la nobleza del hombre, así como la más alta expresión de su amor a su Creador, consiste en ponerse de rodillas delante de Dios. Jesús mismo oró de rodillas en presencia del Padre:
“entonces se alejó de ellos a casi un tiro de piedra y, arrodillado, oró: Pater, si vis, transfer calicem istum a me; verumtamen non mea voluntas sed tua fiat: “Padre, si quieres, aparta de mí este cáliz; pero que no se haga mi voluntad sino la tuya’ (Lc 22, 42; Mc 14, 35-36; Mt 26, 38-39). La liturgia del cielo insiste y recomienda que nos postremos delante del Cordero inmolado: “entonces vi erguido, en medio del trono rodeado por los cuatro seres vivos y por los ancianos, un Cordero, como inmolado. Tenía siete cuernos y siete ojos, símbolo de los siete espíritus de Dios enviados por toda la tierra. Y el Cordero vino y tomó el libro de la derecha de Aquél que estaba sentado en el trono. Y cuando lo tomó, los cuatro seres vivientes y los veinticuatro ancianos se postraron ante el Cordero, teniendo cada uno un arpa y copas de oro llenos de perfumes, que son las oraciones de los santos” (Ap 5, 6-8).

En este sentido, me gustaría proponer el ejemplo de dos grandes santos de nuestro tiempo: San Juan Pablo II y Santa Teresa de Calcuta. La vida entera de Karol Wojtyła estuvo marcada por un profundo respeto por la Santa Eucaristía. Tendríamos que decir mucho y mucho se ha escrito sobre esto. Basta recordar simplemente los últimos años de su ministerio petrino: un hombre marcado en el cuerpo por la enfermedad, que lo condujo progresiva e irreversiblemente hacia un deterioro físico casi total. Pero a pesar de estar extenuado y sin fuerzas, literalmente destruido por la enfermedad, casi clavado con Cristo, Juan Pablo II nunca se permitió sentarse a la vista del Santísimo Sacramento expuesto. ¿Quien no recuerda con emoción y afecto esas imágenes del papa Juan Pablo II, aplastado por la enfermedad, extenuado, pero siempre arrodillado delante del Santísimo durante la procesión de Corpus Christi, desde San Juan en Letrán a la Basílica de Santa María la Mayor? El Papa extremadamente enfermo siempre se impuso estar de rodillas delante del Santísimo. No podía arrodillarse y ponerse de pie solo. Necesitaba a otros para doblar sus rodillas y luego levantarse. Hasta sus últimos días nos quiso dar un gran testimonio de reverencia al Santísimo Sacramento. ¿Por qué somos tan orgullosos e insensibles a los signos que Dios mismo nos ofrece para nuestro crecimiento espiritual y nuestra íntima relación con Él? ¿Por qué no nos arrodillamos para recibir la Santa Comunión a ejemplo de los santos? ¿Es realmente demasiado humillante postrarse y ponerse de rodillas frente al Señor Jesucristo? Sin embargo, «él, a pesar de ser de condición divina, […] se humilló a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte y a una muerte en la Cruz” (Flp 2, 6-8).

Santa Madre Teresa de Calcuta, una religiosa excepcional que nadie se atrevería a tratar como tradicionalista, fundamentalista o extremista, cuya fe, santidad y don total de sí misma a Dios y a los pobres son conocidas por todos, tenía un respeto y culto absolutos hacia el Cuerpo divino de Jesucristo. Es cierto que ella tocaba diariamente
la “carne” de Cristo en los cuerpos deteriorados y sufrientes de los más pobres de los pobres. Sin embargo, llena de asombro y de respetuosa veneración, la madre Teresa se abstenía de tocar el cuerpo transustanciado de Cristo. Más bien ella lo adoraba y lo contemplaba silenciosamente, permanecía durante mucho tiempo arrodillada y postrada frente a Jesús Eucaristía. Por otra parte, ella recibía la Santa Comunión en su boca, como un niño pequeño que se deja alimentar humildemente por su Dios.

La Santa se entristecía y se apenaba cuando veía a los cristianos recibir la Santa Comunión en sus manos. Además, afirmó que, según lo que ella sabía, todas sus hermanas recibían la Comunión sólo en la lengua. ¿No es ésta la exhortación que Dios mismo nos dirige: ‘Yo soy el Señor tu Dios, quien te hizo salir del país de Egipto; abre tu boca, quiero llenarla’? (Sal 81, 11).

¿Por qué nos obstinamos en comulgar de pie y en la mano? ¿Por qué esta actitud de falta de sumisión a los signos de Dios? Que ningún sacerdote se atreva a pretender imponer su autoridad sobre esta cuestión rechazando o maltratando a aquéllos que desean recibir la Comunión de rodillas y en la lengua: vayamos como los niños y recibamos humildemente de rodillas y en la lengua el Cuerpo de Cristo. Los santos nos dan el ejemplo. ¡Ellos son los modelos a imitar que Dios nos ofrece!

¿Pero cómo ha podido volverse tan común la práctica de recibir la Eucaristía en la mano? La respuesta nos es dada por don Bortoli, apoyada por una documentación hasta ahora inédita, extraordinaria por su calidad y cantidad. Fue un proceso que distó mucho de ser claro, una transición de lo que concedió la instrucción Memoriale Domini en el modo hoy tan difundido: se había concedido -sólo a las conferencias episcopales de los países donde la práctica ya había sido introducida abusivamente- pedir un indulto para poder distribuir la Comunión en la mano, y esto sólo donde era imposible, y en detrimento del principio de autoridad, volver a la forma adecuada de recibir la Eucaristía. Lamentablemente, tanto para el idioma latín como para una reforma litúrgica que habría debido ser homogénea con los ritos anteriores, una concesión especial se convirtió en la palanca para forzar y vaciar la caja fuerte de los tesoros litúrgicos de la iglesia. El Señor conduce al justo por ‘caminos rectos’ (cf. Sb 10, 10), no por subterfugios. En consecuencia, además de las motivaciones teológicas mostradas arriba, también el modo con el que se difundió la praxis de Comunión en la mano parece haberse impuesto no según los caminos de Dios.

Que este libro pueda animar a esos sacerdotes y a esos fieles que, movidos también por el ejemplo de Benedicto XVI –que en los últimos años de su pontificado quiso distribuir la Eucaristía en la boca y de rodillas– desean administrar o recibir la Eucaristía en este último modo, mucho más adecuado al Sacramento mismo. Espero que pueda haber un redescubrimiento y una promoción de la belleza y el valor pastoral de esta modalidad. De acuerdo con mi opinión y mi juicio, ésta es una cuestión importante sobre el cual la iglesia actual debe reflexionar. Éste es un posterior acto de adoración y amor que cada uno de nosotros puede ofrecer a Jesucristo.

Me complace mucho ver a tantos jóvenes que eligen recibir a nuestro Señor con tanta reverencia, de rodillas y en sus lenguas. Que este trabajo de don Bortoli pueda fomentar un replanteamiento general de la manera de distribuir la Sagrada comunión. Como dije al principio de este prefacio, acabamos de celebrar el centenario de Fátima y se nos alienta a esperar el triunfo seguro del inmaculado corazón de María: entonces también triunfará la verdad sobre la liturgia.

Créditos

Publicado originalmente en italiano el 22-02-2018, en lanuovabq.it/it/bisogna-ripensa…
Traducción al español por: José Arturo Quarracino

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