Epifanía de Nuestro Señor Jesucristo


La fiesta de la Epifanía, la adoración de Nuestro Señor en Belén por los «Magos del Este» (Mateo 7), nos muestra el valor de la representación y el simbolismo en los planes de la Divina Providencia.

Generalmente se dice que los Tres Magos llegaron a adorar a Nuestro Señor como representantes de los pueblos gentiles. También es común decir que eran magos porque representaban la antigua sabiduría de Oriente rindiendo homenaje a Nuestro Señor Jesucristo. Mago, una palabra derivada del griego, significa un hombre de gran sabiduría. Los Tres Magos vinieron de diferentes partes del mundo para adorar a Nuestro Señor como una señal de que todas las naciones fueron llamadas a la luz de la Fe.

Muchos progresistas y protestantes han expresado sus dudas de que eran reyes. No existe razón para albergar semejante duda, ya que la Escritura predijo que los reyes de diferentes partes del mundo vendrían a adorar al Mesías (Salmo 2: 10-12; 71: 10-11; Is 60:11; 62: 2).

En cualquier caso, fueron hombres de diferentes razas que representan el mundo antiguo y la sabiduría antigua, que viajaron a Belén para adorar a Nuestro Señor y a rendirle homenaje con regalos de oro, incienso y mirra. Viajaron movidos por una causa muy noble. Según sus sabias previsiones y una llamada interior que recibieron de Dios, sabían que el Mesías había nacido.

Esta llamada interior nos muestra que Dios mismo los eligió como representantes de los pueblos gentiles. Cumplieron la vocación por la cual fueron llamados, y en la Epifanía rindieron homenaje a Nuestro Señor. Por supuesto, cada rey que estuvo presente en el pesebre arrodillado ante el Infante Divino, representó su propia fidelidad personal, pero también representó la fidelidad de todos los reyes anteriores, así como de todos los reyes por venir en la historia. Eran solo tres, pero cumplían esa representación.

Encontramos algo parecido en la Pasión y al pie de la Cruz. Nuestra Señora, San Juan y las Santas Mujeres representaban a todos los que habían sido, fueron o serían fieles a lo largo de los siglos. Por ejemplo, cada alma fiel en la historia está representada por el acto de Verónica limpiando el Santo Rostro de Nuestro Señor. El selecto grupo que fue fiel en esa solemne ocasión representó a todo el género de personas fieles.

Podemos preguntar si podemos aplicar esta regla a nosotros mismos. Hoy en día, la Iglesia católica se ve humillada por sus propias autoridades, perseguida por el progresismo dentro de sus muros, inmersa en la peor confusión que jamás haya caído sobre ella en la historia. Solo somos unos pocos que queremos permanecer fieles a la Iglesia como siempre lo fue y restaurarla a su gloria pasada. De cierta manera, representamos la fidelidad, la pureza, la ortodoxia, el coraje y el espíritu de iniciativa y batalla en el preciso momento en que todo presiona a todos a renunciar, a dar un paso atrás, a huir.

¿A quién estamos representando? En esta nueva crucifixión de Nuestro Señor, que es la crucifixión de la Iglesia, representamos a los fieles del pasado que descansan en la paz del Señor y amaron a la Iglesia. Si San Gregorio VII, San Luis de Francia, San Fernando de Castilla, San Luis Grignon de Montfort o el Beato Nuno Alvares hubieran podido ver en sus tiempos la crisis por la que pasa la Iglesia ahora y las pocas almas que lo harían.

También representamos a aquellas almas fieles desconocidas en todo el mundo hoy en día que son golpeadas por el progresismo dentro de la Iglesia y no saben qué hacer ni a dónde ir para ser fieles. Les gustaría hacer lo que estamos haciendo.

Finalmente, estamos representando a aquellos que vendrán después de nosotros y que entusiasmados, mirando al pasado, apreciaran lo que estamos haciendo ahora. Desearan entonces haber estado con nosotros para ayudarnos.

En la historia algunas de estas representaciones son bastante impresionantes. Por ejemplo, cuando San Remigio estaba enseñando al rey Clovis y a sus hombres la fe católica para prepararlos para el bautismo y escucharon acerca de la Pasión de Nuestro Señor, Clovis gritó en voz alta y clavó su lanza en el suelo diciendo: ¡Allí con mis francos para evitar semejante injusticia!

Mientras hablaba, sus guerreros francos golpearon sus lanzas en el suelo para señalar su aquiescencia. No se dieron cuenta, pero en cierto sentido estuvieron presentes en la Pasión.

Hoy, Nuestra Señora es como un prisionero que es insultado y maltratado por los hombres, y especialmente por las autoridades religiosas progresistas. Ella vino a advertir a la humanidad en La Salette y en Fátima sobre esta apostasía general en la Iglesia. Sus palabras no fueron escuchadas. También lloró en varios lugares: Siracusa, Rocca Corneta, Granada. Sus lágrimas suplican a los pocos que permanecen fieles para salvarla del horrible sufrimiento de esta pasión de la Santa Iglesia. Es un honor ser llamado a actuar a esta hora extraordinaria. Si respondemos a este llamado, enjugaremos el rostro santo de Nuestra Señora, como lo hizo Verónica con Nuestro Señor.

Esta es la doctrina de cómo unas pocas personas pueden representar un género completo, que vemos en la adoración de los Tres Magos y debería alentarnos. Pidámosles, a quienes ciertamente están en el cielo con nuestro Señor, que nos den el valor que necesitamos:

* El coraje de esta soledad, como ellos la padecieron en medio de un mundo pagano;
* El coraje para esperar la aparición de una estrella, la señal de que la hora de Dios ha llegado para que cumplamos Su voluntad;
* y el coraje de hacerlo con prontitud y con total fidelidad, como ellos lo hicieron.

 

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