El tiempo del Anticristo.

        Por el momento, estaría fuera de lugar decir algo más que esto. Sin embargo insistiré en una particular circunstancia contenía el las palabras de San Pablo, que en parte ya he comentado.
Está escrito que “vendrá una apostasía y que el hombre de pecado será revelado”. En otras palabras, el Hombre de Pecado nace de una apostasía, o por lo menos accede al poder por medio de una apostasía, o es precedido por un apostasía, o no existiría si no fuese por una apostasía. Eso dice el texto inspirado; ahora bien, observemos, tal como dable apreciar en la historia, de qué modo el curso de la Providencia permite interpretar predicción.

        En primer lugar, tenemos una interpretación en el episodio de Antíoco previo a los sucesos contemplados en la profecía. Los israelitas o por lo menos un gran número de ellos, abandonaron su sagrada religión, y recién entonces le fue permitido el enemigo en escena.

        Luego tenemos el caso de la emperador apóstata Juliano, quién intentó subyugar a la Iglesia por medio de astucias, y reintroducir el paganismo; es de notar que fue precedido e incluso criado por la herejía, por aquella primera gran herejía que perturbó la paz y la pureza de la Iglesia. Aproximadamente cuarenta años antes de que él se convertirse en emperador, surgió la pestilente herejía arriana, la cual negaba que Cristo fuese Dios. Hizo su camino entre las cabezas de la Iglesia como un cáncer, de tal modo que por medio que la traición de algunos y los errores de otros, llegó al punto de dominar sobre la Cristiandad. Los pocos hombres santos y creyentes, testigos de la Verdad, gritaron con pavor y terror, frente a la apostasía, que el Anticristo se acercaba. Lo llamaron “el precursor del Anticristo”[37]. Y ciertamente sus Sombra llegó. Juliano fue educado en el seno del arrianismo por algunos de sus principales sostenedores. Su tutor fue aquel Eusebio del cual sus partidarios tomaron su nombre; a su debido tiempo cayó en el paganismo, convirtiéndose en un perseguidor de la Iglesia y fue removido antes que completase el breve período durará el reinado del verdadero Anticristo.

        En tercer lugar, se levantó otra herejía de consecuencias mucho más perdurables y de mayor envergadura; era de un carácter doble, de dos cabezas, podría decirse: el Nestorianismo y el Eutiquismo, en apariencia opuestas una a la otra, más unidas en torno a un fin común: negar de un modo u otro la realidad de la graciosa encarnación de Cristo, teniendo así a destruir la fe de los cristianos, no menos ciertamente, e incluso de modo más insidioso que la herejía de Arrio. Se extendió a través de Oriente y Egipto, corrompiendo y envenenando aquellas Iglesias que en un tiempo ¡Ay!, habían sido las más florecientes, las primeras moradas y los baluartes de la verdad revelada. A partir de esta herejía, o por lo menos por medio de ella, surgió el impostor Mahoma, y compuso su credo. He aquí, por lo tanto, otra particular Sombra del Anticristo.

        En lo que respecta al cuarto y último ejemplo, que he podido tomar de la generación que ha precedido inmediatamente la nuestra, me limitaré a observar que de modo similar los ejemplos citados, la Sombra del Anticristo ha surgido de una apostasía, de un abandono de la fe en favor de doctrinas infieles, de la apostasía sin dudas más inicua y más blasfema que el mundo ha conocido[38].

        Todos estos ejemplos nos plantean los siguientes interrogantes: ¿surgirá enemigo de Cristo y de Su Iglesia a partir de un especial apartamiento de Dios? ¿No hay acaso motivos para temer que dicha apostasía se esté preparando gradualmente, reuniendo, madurando en nuestros mismos días? ¿Acaso no existe en este mismo momento un especial empeño en casi todo el mundo en prescindir de la religión, más o menos evidente en este o en aquel lugar, pero más visible y formidablemente en aquellas regiones más civilizadas y poderosas? ¿No existe acaso un consenso reciente de que una nación no tiene nada que ver con la religión, de qué se trata de algo concerniente sólo a la conciencia individual? Lo que es lo mismo que decir que podemos dejar que la Verdad desaparezca de la faz de la tierra sin que hagamos nada por evitarlo. ¿No existe un movimiento vigoroso y unificado en todos los países destinado a privar a la Iglesia de Cristo de su poder y posición? ¿No existe un empeño febril y permanente por deshacerse de la necesidad de la Religión en los asuntos públicos?, por ejemplo el intento de desembarazarse de los juramentos con la excusa de que son demasiado sagrados para los asuntos de la vida corriente, en vez de asegurarse de que fuesen proferidos de modo más reverente y conveniente. ¿No existe el intento de educar sin religión, o sea, poniendo a todas las formas de religión al mismo nivel? ¿No existe la tentativa de reforzar la templanza, y todas las virtudes que brotan de ella, sin religión, por medio de sociedades basadas en meros principios de utilidad; de hacer de la conveniencia y no de la verdad, el fin y la norma de las decisiones del Estado y de la constitución de las leyes; de hacer de los números, y no la Verdad, el criterio para sostener o no esté o aquél artículo de fe, como si hubiera en la Escritura fundamentación para sostener que los muchos tienen la razón y los pocos no; de privar a la Biblia de su sentido principal, de modo de hacernos pensar que está posee cien significados, todos igualmente verdaderos, o en otras palabras, que no posee significado alguno, que es letra muerta, y que puede ser dejada de lado; de reemplazar la religión en su conjunto, en cuanto es externa y objetiva, y expresada en leyes y palabras escritas, por algo meramente subjetivo, de confinarla a nuestros sentimientos internos, y de este modo, dada su inestabilidad y variabilidad, de destruir en definitiva la religión?

 

Palabras proféticas del Cardenal John H. Newman dichas en 1873 y tomadas de Cuatro sermones sobre el Anticristo, Ediciones del Pórtico, Buenos Aires, 1999, traducción por el p. Carlos A. Baliña, págs. 33-35.