Es un hecho: Ninguna representación de la Natividad de Nuestro Señor está completa si no tiene al buey y a la mula. ¿Pero sabías que estas figuras no están allí por pura casualidad?
Es más, todos los elementos que integrados conforman el Santo Belén tienen un significado y son proféticos. Es decir, contienen y conforman un mensaje de Dios para cada uno de nosotros… mismo que la gran mayoría de las veces vemos, pero no entendemos, o en el mejor de los casos, simplemente ignoramos.

Como bien indicase el papa emérito Benedicto XVI en su libro «La Infancia de Jesús«, ni la mula ni el buey aparecen en ninguno de los cuatro evangelios. ¿Por qué entonces están en nuestros belenes? Muy sencillo. Porque esos belenes no son una simple costumbre inofensiva y simpática, son lo más osado que existe en este mundo: un acto de fe.

A los ojos de la fe, la mula y el buey revelan el cumplimiento de las profecías en Cristo, porque son una alusión a una frase del profeta Isaías:

“El buey conoce a su señor y el asno, el pesebre de su dueño; ¡pero Israel no conoce, mi pueblo no entiende!”

En Cristo, se ha cumplido el plan de Dios para el ser humano. Los milagros, patriarcas, profetas, jueces, sabios y reyes del Antiguo Testamento miraban hacia él.  La historia del hombre no es una línea infinita, con un principio oscuro y sin fin, sino que tiene su eje en el nacimiento de Jesucristo. Desde entonces, ya nada será nunca igual. Nuestra esperanza no está puesta en el progreso, en la ciencia, en los poderosos de este mundo, en el dinero, en la ecología ni en la buena voluntad de los hombres, sino en el amor gratuito de Dios hecho carne.

Estos dos animales, pues, ponen tu mundo cabeza abajo. Tú crees que eres el centro del universo. Lo demuestras cada día viviendo para ti mismo, poniendo a todos y a todo a tu servicio, buscando que todos te sirvan, que te consideren , que te den gloria. Pero la mula y el buey, tozudos como todas las mulas y todos los bueyes, te dicen que el centro del mundo no eres tú, sino ese Niño que está entre ellos. No importa cuántas veces vuelvas a intentar ser el centro de tu mundo: ellos siempre estarán allí recordándote que estás equivocado. “Te manifestarás en medio de dos animales”, anunció el profeta Habacuc (Hab 3,2), y así se cumple hoy en ti: el sentido de la vida se te manifiesta entre dos animales, el Señor de tu historia entre una mula y un buey.

Que no te engañe el aspecto apacible del belén de tu casa o de tu parroquia. La palabra profética hecha figurilla de barro en la mula y el buey es terrible. Porque es terrible el contraste que señala Isaías entre el pueblo de Dios, que no reconoce su venida, y la mula y el buey, que, a pesar de ser solamente animales, conocen a su señor y reconocen el pesebre de su dueño. Como toda palabra profética, se refiere a ti y a tu vida. Tú eres parte del nuevo pueblo de Dios: ¿Reconoces su venida? ¿Estos días navideños están centrados para ti en Jesucristo o vuelan por las preocupaciones de regalos, cenas, uvas y fiestas? Si vives esta Navidad como la vive un pagano, hasta la mula y el buey se levantarán contra ti para acusarte, porque ellos reconocen el pesebre de su Señor y tú eres incapaz de hacerlo.

Los dos animales son también, como te diría San Francisco de Asís, una palabra de pobreza para ti. ¿Cuál es su misión en el nacimiento de Cristo? Calentar un poco aquel pesebre con su aliento y el calor de su cuerpo. Algo que está al alcance de hasta el más pobre de los pobres. ¿Qué te pide a ti Cristo hoy? ¿Grandes cosas? Eres incapaz de hacer grandes cosas. ¿Riquezas que cambien el mundo? Apenas llegas a fin de mes. ¿Sabiduría y erudición? A menudo, de tu boca salen más bien rebuznos o mugidos. Entonces, ¿qué quiere Dios de ti? Lo que quiere, en primer lugar y ante todo, es que te dejes querer por ese Niño y aprendas así a amarle a Él. Alégrate de formar parte de su familia, que es la Iglesia. Dios no quiere quitarte nada, te quiere a ti. Disfruta, pues, de “la generosidad de Jesucristo, que siendo rico se hizo pobre, para enriquecernos con su riqueza” (2Co 8,9). Ya habrá tiempo, si Dios quiere, para que hagas grandes cosas.

Como en una meditación ignaciana, la mula y el buey te muestran el camino de la contemplación. Desde que se puso el belén, los dos animales no hacen otra cosa que mirar al Niño, junto con María y José. Para eso es el nacimiento: para que mires al Niño, para que pases tiempo y tiempo contemplando a Dios hecho carne por ti, para que le digas mil palabras de cariño, para que estés ahí, junto a él. Leí una vez que San Josemaría compró una imagen de Niño Jesús de tamaño natural, para que, en Navidad, sus sacerdotes se la fueran pasando y tuvieran al niño en brazos durante unos momentos, contemplándolo, diciéndole cosas y simplemente queriéndolo. La mula y el buey no tienen nada mejor que hacer estos días. Y tú tampoco.

El Significado de las figuras

De acuerdo con la tradición, la mula en el pesebre representa el animal más humilde de la creación, motivo por el cual fue el elegido para acompañar a la Sagrada Familia en el pesebre. El buey por su parte,  mantiene la misión de mantener caliente  la cuna del niño Jesús. El buen San José, es el hombre que nos inspira a la obediencia y la fortaleza. La Santísima Virgen María, representa la fidelidad y el amor incondicional a Dios, mujer compresiva, humilde y bondadosa.  El Niño Jesús, es el Emanuel (Dios entre nosotros), que se aloja en el corazón del hombre para transmitirle su amor al mundo. La historia de la humanidad esta llena de historias de niños que se vuelven reyes y habitan en palacios, pero solamente hay una en la que el Rey se vuelve niño en un pobre pesebre. El ángel, simboliza la bondad, el amor y la misericordia. Son los mensajeros del Señor. Los Pastores, representan la humildad, la sencillez, el servicio, la ayuda y la alegría de los humanos que cuidan con amor a su rebaño. Las Ovejas, significan obediencia y docilidad, inspiran confianza. La estrella, significa renovación. Representa la luz inagotable y refrescante que disipa las tinieblas para darnos esperanza. El corderito, profetiza el papel del Divino Niño y su sacrificio como el Cordero de Dios. Y  finalmente los tres reyes magos, a través de sus obsequios traen también otro mensaje. El oro representa la realeza de Nuestro Señor, el incienso, su divinidad y la mirra (al igual que el corderito) hace referencia a la futura pasión de Nuestro Señor. (A los condenados a la cruz se les ofrecía vino mezclado con mirra a manera de sedativo mismo que Nuestro Señor rechazó). Todo este mensaje dentro de una humilde choza.

Esta Noche Buena, cuando sean las doce y con tu familia reces frente a la representación de la Natividad de Nuestro Señor, tendrás algunas cosas nuevas, en las que seguramente podrás meditar.

Para concluir, recordemos el pedido que hiciera San Francisco a sus frailes en relación a estos dos animalitos:

-Hermanos míos, por amor a Nuestro Señor, yo os ordeno que en los años futuros, la noche de Navidad déis de comer a todos los animales. Particularmente echad buen heno a los bueyes y a los burritos. Todas las criaturas vivientes deberán hacer fiesta en la Navidad de Jesús.

Desde entonces los frailes, hasta la muerte de San Francisco, todos los años van por las cuadras de Greccio a llevar buen heno a todos los bueyes y burritos, en la noche de Navidad.

 

Fuentes

http://www.infocatolica.com/blog/espadadedoblefilo.php/1301021013-aprende-de-la-mula-y-el-buey
http://www.lafamilia.info/navidad/el-pesebre-verdadero-sentido-de-la-navidad Adaptado por Proyecto Emaús

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