El Quinto Dogma: María Co-Redentora, Mediadora y Abogada


La Santa Iglesia nos regala sus Dogmas para confirmar nuestra certeza y orientarnos en la confusión. Hoy se perfila el posible pronunciamiento confirmando el papel único en la Creación de Quien es Madre, Esposa e Hija predilecta del Creador. ¿Qué significa este papel especialísimo de la Reina de los Ángeles y los hombres?

Tras la ruina que trajo el pecado original sobre toda la humanidad, a causa de la desobediencia deliberada de nuestros primeros padres, quiso Dios darnos la posibilidad de cortar el lazo que este hecho nos había unido al demonio, y traer la salvación a todos los hombres, incapaces por sí mismos de salvarse y alcanzar la gracia perdida. Fue entonces a través de la Redención que Nuestro Señor, libre de todo pecado y culpa, pagó nuestra infinita deuda y nos arrancó de las garras infernales que nos esclavizaban desde el inicio del pecado.

Sólo una persona de toda la humanidad de todos los siglos encontró la gracia necesaria ante Dios para ser portadora del Salvador: la Santísima Virgen. Reconocemos en la pureza y perfección otorgadas desde el Cielo que fue concebida sin pecado original, librada de toda mancha de pecado que pudiese siquiera empañar un momento su completa unión y amistad con Dios. Ella es, pues, el único ser humano después de los primeros padres en tener la gracia de nacer inmaculada, santa desde el momento de su concepción.

Tanto amor tuvo Dios a esta criatura perfecta, que hizo en Ella la única relación absolutamente estrecha de la historia de convertirla en Hija, Madre y Esposa de las tres Sagradas Personas.

Por haber nacido sin mancha, y por haber permanecido inmaculada por el resto de su vida, la Santísima Virgen fue, como decíamos, la única criatura que pudo formar y nutrir a Su Divino Hijo en toda la historia. Llevada a cabo la Encarnación, se cumplía aquel Celestial deseo de traer la Salvación al mundo a través de unos nuevos Adán y Eva. Pero, ¿en qué forma Nuestra Señora colabora en dicha Salvación?

Ya en un principio, el ‘fiat’ pronunciado hizo posible lo que de otra forma jamás hubiera ocurrido. Dios la había creado a Ella inmaculada y perfecta – como dijimos – para este fin, y solo a través de su consentimiento era posible que la Encarnación tuviera lugar. O sea que, es en ese instante en que Ella acepta el don incalculable que iba a recibir y traer al mundo, cuando se hace posible la Salvación que luego tomó forma en el Monte Calvario. A tal punto confió Dios en Ella, que confió en que llevaría a cabo la voluntad de Dios a la perfección.

Es de suponer sin temor a equivocarse, que en una relación de tal excelencia entre las Tres Personas Divinas y la Virgen Santísima, fueran otorgados a ésta todos los dones y virtudes que ser humano alguno pudiera o pueda llegar a alcanzar. Por eso dice San Luís María Grignión de Montfort que podemos imaginar todo lo mejor y mas excelso de la Santísima Virgen, exceptuando que sea Dios.

En esta admirable relación que termina de tomar cuerpo cuando Ella dice «fiat», se forja tal lazo de unión y amor entre Dios y su criatura más perfecta, que se convierte la Virgen en Mediadora de Gracias, Abogada y, como ahora explicaremos, Co-redentora de la Humanidad.

No es necesario extenderse demasiado respecto a los dos primeros puntos: siendo Nuestra Señora coronada como Reina del Universo, y en su calidad de Hija, Madre y Esposa de Dios, pasa a convertirse en el Celestial Puente entre Dios y los hombres.

Es a través de Ella que recibimos las gracias que Dios nos otorga, porque ha querido hacerla depositaria de todas Sus riquezas, y es a través de Ella que alcanzamos el Perdón y la Misericordia de Dios. Por eso, contamos con Ella en nuestras necesidades, cuando nos arrepentimos, e incluso y fundamentalmente en el momento del juicio, por lo que decimos: «Ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte».

Pero a estos dos roles que recién mostramos, se agrega uno menos comentado a través de la historia, a pesar del peso que ha tenido para santos de todos los tiempos: la Co-Redención de María Santísima, o su cooperación con la Salvación.

Debemos dejar en claro, para empezar, que el título de co-redentora no sitúa a la Virgen a la misma altura de Jesucristo, sino que coopera con Él. El Dr. Miravalle, presidente de Vox Populi Mariae Mediatrici (el mayor movimiento católico en solicitar la pronunciación del quinto dogma) dice a este respecto:

«el prefijo «co» viene de la palabra cum latina que significa «con,» no «igual a». Hay casos, incluso en el uso común del idioma donde «co» no implica igualdad. Por ejemplo, el papel del co-piloto es claramente secundario al del piloto. Además, San Pablo nos llama todos a ser «co-operadores de Dios»(I Cor. 3:9) lo cual, por supuesto, no significa igualdad con Jesucristo, el Único que es Dios y hombre».

Obviamente, pues, María no es la principal causa de la Redención. Ella no podría redimirnos en justicia, adecuadamente, ya que eso requería un acto de valor infinito que solo podría pertenecer a una Persona Divina encarnada. Ella realmente es una causa de salvación secundaria, dispositiva y subordinada a Jesús. Se dice que ella no solo es subordinada a Jesús en que es inferior a Él, sino también en que cooperó en nuestra salvación por una gracia procedente de los méritos de Cristo. Ella actuó, por consiguiente, en Él, con Él y por Él.

Nunca debemos olvidarnos que «Porque uno es Dios, uno también el mediador entre Dios y los hombres, el hombre Cristo Jesús» (1 Tim. 2:5). Él redimió a María al preservarla del pecado original. De forma similar, es a través Suyo que ella contribuyó en nuestra salvación.

La asociación de María con Jesús en la redención no es por consiguiente como la de los Apóstoles, sino que es algo más íntimo. San Alberto el Grande formuló bien esto cuando dijo: «La Santísima Virgen María fue escogida por Dios no para ser Su ministro sino para ser Su consorte y Su ayudante, «in consortium et adjutorium», según las palabras del Génesis: «Voy a hacerle una ayuda semejante a él» (Gen. 2, 18). Es necesario dejar este punto en claro para evitar posibles controversias.

Dice San Bernardo: «No hay duda que para redimirnos, solo Jesucristo fue suficientísimo, pero le pareció bien que alguien del otro sexo cooperara con El directamente en esa obra de Redención». San Alberto llama a María «cooperadora de la Redención». Y San Anselmo dice: «Dios creó el mundo de la nada, pero para salvar al género humano quiso necesitar de la cooperación de María».

¿En qué cooperó la Santísima Virgen?

Desde la formación de Jesucristo en su vientre, podemos decir que colaboró en el Plan Salvífico, dándole a Nuestro Señor la carne y sangre que serían inmoladas el día de Su Pasión. Luego, participó durante toda la vida de Su Hijo en lo que a El le sucedía, teniendo que abandonar su hogar para huir a Egipto para protegerlo, presentándolo al Templo al principio de Su Vida en la tierra, cargando con Él los dolores y sufrimientos de no ser escuchado muchas veces en sus enseñanzas y finalmente, viviendo a Su lado el crucial momento de la Pasión.

Suele decirse que el sacerdocio de un hijo está unido al sacrificio de su madre. ¡Imaginemos el sacrificio de María Santísima al ver sufrir todos los dolores de Su Hijo por el bien de la humanidad! Y nunca, jamás se interpuso, porque nunca, jamás estuvo en contra siquiera un ápice de la Voluntad de Dios, aun cuando ésta supusiera el dolor que tan gráficamente San Simeón dijo que se clavaría en su corazón como una espada.

La Constitución Dogmática Lumen Gentium del Concilio Vaticano II deja clarísimo este punto que acabamos de exponer:

«Así la Santísima Virgen avanzó en su peregrinación de fe, y fielmente perseveró en la unión con su Hijo hacia la Cruz dónde ella resistió, siguiendo el plan divino, sobrellevando con su Hijo unigénito la intensidad de Su sufrimiento, asociada con Su sacrificio en su corazón de madre, y consintiendo amorosamente a la inmolación de esta Víctima que nació de ella».

Es importante dejar en claro algunas definiciones que eviten posibles malas interpretaciones. Una de ellas, si bien parece absurda su inclusión en el trabajo, es para asentar qué es un dogma para la Iglesia Católica, cuál es su valor y la necesidad de su existencia. Lamentablemente, hoy en día se asocia esta palabra con algo pasado de moda, impuesto y rígido, cuando el sentido que tiene es absolutamente diferente.

«El Magisterio de la Iglesia ejerce plenamente la autoridad que tiene de Cristo cuando define dogmas, es decir, cuando propone, de una forma que obliga al pueblo cristiano a una adhesión irrevocable de fe, verdades contenidas en la Revelación divina o también cuando propone de manera definitiva verdades que tienen con ellas un vínculo necesario.

Existe un vínculo orgánico entre nuestra vida espiritual y los dogmas. Los dogmas son luces en el camino de nuestra fe, lo iluminan y lo hacen seguro. De modo inverso, si nuestra vida es recta, nuestra inteligencia y nuestro corazón estarán abiertos para acoger la luz de los dogmas de la fe (cf. Jn 8,31-32).

Los vínculos mutuos y la coherencia de los dogmas pueden ser hallados en el conjunto de la Revelación del Misterio de Cristo (cf. Cc. Vaticano I: DS 3016: «nexus mysteriorum»; LG 25). «Existe un orden o ‘jerarquía’ de las verdades de la doctrina católica, puesto que es diversa su conexión con el fundamento de la fe cristiana» (UR 11)».

Por lo tanto, comprendemos en estas palabras que un dogma, lejos de ser un cubículo en el que la «manipuladora Iglesia» nos encierra, es un refugio en el cual podemos estar seguros de caminar en consonancia con la Revelación de Nuestro Señor. Nos basta observar que cuando uno o más de estos dogmas o principios de fe son ignorados, caemos en los diversos errores que han formado las herejías de otras épocas y de hoy en día.

Un dogma, pues, es una luz que nos permite estar seguros de nuestra fe en determinado punto con la misma certeza con que sabemos que Jesucristo nació en Belén. Lejos, pues, de limitarnos, nos da una base desde la cual desarrollar más nuestra fe, en lugar de entrar en discusiones estériles sobre temas ya establecidos por la Revelación y la Tradición. Así, el dogma de la Presencia real de Jesucristo en la Eucaristía, nos da la confianza y la fortaleza de la seguridad de que así es, en lugar de depender de suposiciones que pueden estar erradas o ser contrarias a la verdadera enseñanza de Nuestro Señor.

Características de un dogma

1- Ha sido solemnemente definido como tal por el Magisterio de la iglesia. Esto puede ocurrir en un Concilio Ecuménico o por un pronunciamiento ex cathedra del Papa. (Ejemplo: La Inmaculada Concepción de María).

2- Ha sido enseñado como tal por la Tradición invariable de la Iglesia y no requiere ser proclamada dogmáticamente. (Ejemplo: La condena al aborto)

Definido este punto, pasaremos a mencionar brevemente los cuatro dogmas que todo católico conoce – o debiera conocer – respecto a la Santísima Virgen María.

1. Maternidad Divina: Se refiere a que la Virgen María es verdadera Madre de Dios. Fue solemnemente definido por el Concilio de Efeso (año 431). Tiempo después, fue proclamado por otros Concilios universales, el de Calcedonia y los de Constantinopla.

2. Inmaculada Concepción: María fue concebida sin mancha de pecado original. El dogma fue proclamado por el Papa Pío IX, el 8 de diciembre de 1854, en la Bula Ineffabilis Deus.

3. Perpetua Virginidad: Se refiere a que María fue Virgen antes, durante y perpetuamente después del parto.

4. Asunción: La Madre de Dios, luego de su vida terrena fue elevada en cuerpo y alma a la gloria celestial

Cada una de estas verdades indiscutibles de la Iglesia Católica, ha traído en el momento de su promulgación una gracia inestimable sobre todos los creyentes. Dios suscita en el momento adecuado la ayuda de gracias que más estamos necesitando.

Así surgen santos que corresponden exactamente a la necesidad de contrarrestar determinada carencia que están viviendo los fieles de una época, como surgían los Profetas de la antigüedad, y de la misma forma sucede con los dogmas que se definen en el seno de la Esposa de Cristo, que lejos de ser doctrinas nuevas, son la aclaración de algo largamente implicado o incluso explícitamente creído en la Tradición católica. Esa aclaración trae mayor luz sobre la doctrina, y acerca a los fieles al conocimiento y a la confianza en Dios.

Así como el dogma de la Inmaculada Concepción abrió para los católicos una era de gracias marianas, el Quinto Dogma: «María Co-Redentora, Mediadora de todas las gracias y Abogada de la humanidad» es el consuelo, la esperanza y la alegría de sabernos hijos espirituales de quien tiene todo ese poder y gracia ante los ojos de Dios.

El lema «Todo a Jesús por María y todo a María por Jesús» refulge ante nuestra vista a cada paso que la humanidad da en la comprensión de los misterios divinos. Y así como para amar es necesario conocer, porque no podemos amar lo que no conocemos, mediante la fe en esta hermosa verdad, crecemos en confianza y en unión con María, y por lo tanto, con Jesús.

Con la iniciativa de Vox Populi Mariae Mediatrici, cinco millones de personas (entre ellas numerosos obispos y cardenales) enviaron sus firmas a Roma solicitando la promulgación de este dogma. Nos atrevemos a sumarnos a la iniciativa, rogando a Dios que se cumpla la voluntad divina y que, en caso afirmativo, podamos llamar a Nuestra Madre Co-Redentora, Mediadora de todas las gracias y Abogada nuestra con total seguridad, aunque todo esto se vea muy difícil, que no imposible en nuestros días.

Apoyos y oposiciones

Cuando la Iglesia se preparaba para celebrar la proclamación de los dogmas de la Inmaculada Concepción y de la Infalibilidad Papal el mundo católico se encontraba fuertemente dividido.

Nos encontramos a mediados del siglo XIX. El mundo salía de las sangrientas y dolorosas escenas de la Revolución Francesa y de la tiranía napoleónica. La Iglesia, que tanto había sufrido en estas circunstancias, se encontraba amenazada por distintos flancos. Por una parte estaban las cruentas persecuciones de los gobiernos masónico-liberales. Los sacerdotes eran perseguidos y martirizados y las restricciones a la enseñanza de la verdad católica eran insufribles.

Por otra parte, las difíciles relaciones con un mundo que avanzaba a pasos agigantados a la descomposición contemporánea presentaba oposiciones culturales muy intensas. El surgimiento del proletariado pobre y oprimido por el sistema económico protestante hacían un punto fuerte de preocupación del Santo Padre. El cientificismo apagaba, con sus falacias, la llama de la fe en los pueblos.

La mentalidad economicista, consumista, materialista y hedonista que han caracterizado al siglo XX ya se manifestaba en esos años. Surgía el marxismo «científico» y la teoría de la evolución daban a luz a «hombres fuertes» ajenos a las «ridículas afirmaciones piadosas de las religiones»

Inglaterra, quien ostentara hacía no muchos siglos el honorable título de «Defensora de la Fe» otorgada por el mismo Papado a su cabeza fiel de entonces, Enrique VIII, emitía un doble mensaje. Por una parte un endurecimiento del protestantismo con el Victorianismo y por otra el acercamiento de muchos fieles anglicanos a las fuentes de Agua Viva. Se presenciaban espectaculares conversiones por parte de connotados anglicanos. Lo mismo podríamos decir de la Alemania del Kaiser con sus persecuciones y conversiones.

La misma Italia se volcaba contra el Papado. Conducida por agitadores socialistas y masones, turbas «populares» usurpan los territorios papales y el Santo Padre queda en su augusto encierro en los pocos metros que ocupa el palacio Vaticano hasta donde permanece hoy en día. Esta revolución contó numerosas vidas de religiosos y seglares fieles al Papado y a sus derechos. Las persecuciones se hacían cada vez más virulentas y crueles.

Sostener, en este contexto, que la Santísima Virgen era Inmaculada en su concepción y que el Papa era infalible parecía, para muchos observadores, una completa locura. La disidencia dentro de la Iglesia afirmaba que la Infalibilidad sería interpretada como una medida de fuerza y que haría del Papa una suerte de «dictador» a los ojos del mundo. Y que la Inmaculada Concepción rompería el diálogo con las sectas e iglesias protestantes que verían en esto un alejamiento de la Iglesia en el camino de reconciliación.

Sin embargo, el sentir popular, las enseñanzas de los santos y las recientes apariciones como la Medalla Milagrosa y Lourdes (donde la misma Virgen se presenta como Inmaculada Concepción), hacían del sentir popular una unión íntima con el deseo del Santo Padre de otorgar estas certezas en medio de tanta oscuridad y confusión.

Quienes afirmaban la poca oportunidad pensaban en no disgustar a quienes se habían separado voluntariamente de la Santa Iglesia. O bien, en no insistir en aspectos que la nueva cultura tomaba por ridículos, dejando la postura católica como absurda y fanática.

Con todo, el sentir del pueblo fiel y la solicitud paternal del Santo Padre y de la Sagrada Jerarquía dieron como resultado la proclamación de ambos dogmas trayendo como consecuencias un renacimiento de la fe y de la espiritualidad cuyos efectos se prolongaron por hasta por lo menos mediados del siglo XX.

Un amoroso fervor popular y religioso por el Santo Padre, una confianza sin límites en el Magisterio de la Iglesia dieron a luz a nuevas órdenes y un celo apostólico que forjó grandes y numerosos santos. Cesan así los movimientos «democratistas» al interior de la Santa Iglesia y la autoridad de Pedro es fortalecida.

La devoción a Nuestra Señora confirmada y proclamada universalmente enciende los corazones y el entusiasmo del pueblo fiel y da inicio a una verdadera era mariana. Las virtudes de la Madre del Creador dan un modelo firme a un entusiasta movimiento mariano que impregna la espiritualidad del mundo católico.

Pero las repercusiones, como es propio de la Esposa de Cristo, no se limitaron solo una fe católica refrescada y fortalecida. Su luz más potente y vigorosa atrae a numerosos hombres y mujeres que gemían en la oscuridad. Sus conversiones desde el ateísmo o desde el cisma o la herejía bordan con hilos de oro este nuevo escenario. Son hijos de estos dogmas San Juan Bosco, Santa Teresita del Niño Jesús, la beata Madre Maravillas de Jesús, beato Pío IX, San Pío X entre otros.

Hoy la polémica se repite. Surgen voces disidentes que se oponen a proclamar pública y universalmente las verdades marianas. No las niegan, evidentemente. Pero, como entonces, ven en estas certezas universales escollos insalvables para la convivencia pacífica con las iglesias cristianas y diversas sectas. Indican este dogma como un retroceso en el diálogo y una causa de queja de los hermanos separados.

A estos responden los partidarios de la proclamación que la verdad nunca divide, solo separa la pertinacia en el error. Que este dogma servirá para aclarar la fe cristiana.

Mientras tanto, el pueblo fiel espera una definición más nítida de la actitud de la Sagrada Jerarquía al respecto. Sabe que la Iglesia no se maneja según consideraciones humanas. Es el Espíritu Santo, Divino Esposo de María, quien gobierna la Barca de Pedro. Es Cristo Su cabeza. El mismo que fue engendrado en el vientre purísimo de la Santísima Virgen y a quien ama con perfecto amor.

Sensus fidelis

En el proceso de gestación de un dogma no se atiende solo a la necesidad para una guía segura y firme en la fe. Se consideran varios aspectos. Por una parte la conformidad con la Revelación Escrita, esto es, con las Sagradas Escrituras, Palabra de Dios entregada a los hombres e inspirada por el Espíritu Santo. Esto es, que lo afirmado por el dogma no contradice en nada lo enseñado por las Escrituras.

Por otra parte, se considera la conformidad con la enseñanza permanente de los santos y del magisterio eclesiástico. Esto es la Revelación de la Tradición. Se confronta con lo enseñado tradicionalmente por la Iglesia. En esto se estudian, además, sus fundamentos teológicos y su solidez doctrinaria.

Finalmente, también se repara en el sentir del pueblo fiel. Esto se llama sensus fidelis, es decir, el sentir de los fieles. No se juzga, sin embargo, a manera de una votación «democrática» donde el número de votos determina las verdades. Si así fuese, los vicios y pecados de las personas podrían llevar a graves contradicciones entre su sentir y la Verdad revelada. Se asemejaría a la lógica protestante de la «inspiración» personal para interpretar las Sagradas Escrituras que ha originado la constante fragmentación y división de sus iglesias y sectas que aumentan cada día superando los dos millares solo en el territorio de los Estados Unidos de Norteamérica.

El sensus fidelis se fundamenta en el sentir de los miembros vivos de la Iglesia. En este sentir se contiene de forma palpitante la vivencia de la fe y de sus verdades. En este sentir de los fieles se han guardado todos los dogmas y verdades reveladas. Por esto es tan importante el pronunciamiento de los mismos en adhesión o rechazo a la propuesta dogmática. Su sentir es fundamental para la promulgación ex cátedra del Santo Padre. Solo entonces y una vez promulgada, será obligatoria la adhesión al nuevo dogma. Antes la Iglesia se enriquecerá con el debate serio y elevado suscitado en Su seno.

Hoy, ante esta proclamación ad portas es el sentir de los fieles el que debe apoyar o no esta corroboración del papel de María Santísima en la Redención, Mediación e Intercesión como Abogada.

Fuentes
http://www.cristiandad.org/investigaciones/vdogma.htm