El por qué de las misas y las oraciones por los difuntos

La misa tiene un valor infinito pues es CRISTO nuevo y sumo sacerdote que se ofrece al PADRE e intercede por los hombres. Esta intercesión de CRISTO, nosotros la aplicamos al igual que las oraciones para que el Señor libere a estas alma del Purgatorio y las lleve al Cielo. Si el alma esta en el infierno, nuestras oraciones no sirven de nada.

Las almas que se hayan en el purgatorio, están definitivamente salvadas. Las indulgencias aplicadas a las almas del purgatorio se explican en el pasaje en que el Señor le dice a PEDRO “Lo que ates en la tierra será atado en el Cielo” luego la iglesia tiene el poder de desatar estas almas del Purgatorio y llevarlas al Señor.

La Tradición de la Iglesia, que se remonta a los primeros años del cristianismo, ya habla sobre el Purgatorio y la conveniencia de orar por los difuntos. El mismo San Agustín, en el siglo IV nos lo recomienda cuando decía:

Una flor sobre su tumba se marchita, una lágrima sobre su recuerdo se evapora. Una oración por su alma, la recibe Dios.

Cuenta San Agustín que su madre Santa Mónica, lo único que les pidió al morir fue esto:

“No se olviden de ofrecer oraciones por mi alma”

Cuando a San Agustín le preguntaron: “¿Cuánto rezarán por mí cuando yo me haya muerto?”, y él le respondió: “Eso depende de cuánto rezas tú por los difuntos. Porque el evangelio dice que la medida que cada uno emplea para dar a los demás, esa medida se empleará para darle a él”

Muy conocida es también la oración de San Agustín por las almas del purgatorio:

“Dulcísimo Jesús mío, que para redimir al mundo quisisteis nacer, ser circuncidado, desechado de los judíos, entregado con el beso de Judas, atado con cordeles, llevado al suplicio, como inocente cordero; presentado ante Anás, Caifás, Pilato y Herodes; escupido y acusado con falsos testigos; abofeteado, cargado de oprobios, desgarrado con azotes, coronado de espinas, golpeado con la caña, cubierto el rostro con una púrpura por burla; desnudado afrentosamente, clavado en la cruz y levantado en ella, puesto entre ladrones, como uno de ellos, dándoos a beber hiel y vinagres y herido el costado con la lanza. Librad, Señor, por tantos y tan acerbísimos dolores como habéis padecido por nosotros, a las almas del Purgatorio de las penas en que están; llevadlas a descansar a vuestra santísima Gloria, y salvadnos, por los méritos de vuestra sagrada Pasión y por vuestra muerte de cruz, de las penas del infierno para que seamos dignos de entrar en la posesión de aquel Reino, adonde llevasteis al buen ladrón, que fue crucificado con Vos, que vivís y reináis con el Padre y el Espíritu Santo por los siglos de los siglos. Amén”.

Una de las explicaciones que San Agustín basándose en las Escrituras de la doctrina del purgatorio fue:

“Algunos pecadores no son perdonados ni en este mundo o en el próximo. Que a algunos pecadores no se les perdonarán sus faltas ya sea en este mundo o en el próximo no se podría decir con verdad a no ser que hubieran otros (pecadores) quienes, aunque no se les perdone en esta vida, son perdonados en el mundo por venir”.

Muy similar a la explicación de San Gregorio Magno:

“Si Jesucristo dijo que hay faltas que no serán perdonadas ni en este mundo ni en el otro, es señal de que hay faltas que sí son perdonadas en el otro mundo. Para que Dios perdone a los difuntos las faltas veniales que tenían sin perdonar en el momento de su muerte, para eso ofrecemos misas, oraciones y limosnas por su eterno descanso”.

Realmente hay referencias al purgatorio incluso de mucho tiempo atrás. En el relato de la Pasión de Santa Tecla y Santa Felicidad (ANF,III:701-702), escrito en el año 202 ya se habla del purgatorio. Clemente de Alejandría también lo hace ese mismo año en su explicación sobre el purgatorio (Stromata,6:14,in ANF,II:504). E incluso antes de esa fecha, en el año 160, leemos en los Hechos de Pablo y Tecla una petición de intercesión para que una cristiana fallecida fuera trasladada el lugar de los justos (ANF,VIII:490)

También hay referencias de Tertuliano en “De corona militis” donde menciona las oraciones para los muertos como una orden Apostólica y en “De Monogamia” (cap. x, P. L., II, col. 912) y aconseja a una viuda “orar por el alma de su esposo, rogando por el descanso y participación en la primera resurrección”; además, le ordena ” hacer sacrificios por él en el aniversario de su defunción,”

La explicación de Orígenes también es muy clara:

“Porque si sobre la base de Cristo, haz construido no sólo oro y plata sino piedras preciosas (I Cor., 3); sino también madera, caña o paja ¿qué es lo que esperas cuando el alma sea separada del cuerpo? ¿Entrarías al cielo con tu madera y caña y paja y de este modo manchar el reino de Dios? ¿ o en razón de estos obstáculos podrías quedarte sin recibir premio por tu oro y plata y piedras preciosas? Ninguno de estos casos es justo. Queda entonces, que serás sometido al fuego que quemará los materiales livianos; para nuestro Dios, a aquellos que pueden comprender las cosas del cielo está llamado el fuego purificador”.

Pero este fuego no consume a la criatura, sino lo que ella ha construido, madera, caña o paja. Es manifiesto que el fuego destruye la madera de nuestras trasgresiones y luego nos devuelve con el premio de nuestras grandes obras.” (Origenes P. G., XIII, col. 445, 448).

Lo mismo San Cirilo de Jerusalén (313–386 d.C) / San Cirilo de Jerusalén (Catechet. Mystog., V, 9, P.G., XXXIII, col. 1116):

“Entonces oramos por los Santos Padres y Obispos que han muerto; y brevemente por todos aquellos que han dejado esta vida en nuestra comunión; creyendo que las almas de aquellos por quienes oramos reciben un gran alivio, mientras esta santa y tremenda víctima yace en el altar.”

San Gregorio de Niza (334-394 d.C) (P. G., XLVI, col. 524, 525) declara:

“Cuando el renuncia a su cuerpo y la diferencia entre la virtud y el vicio es conocida, no puede acercarse a Dios hasta no haber purgado con fuego que limpia las manchas con las cuales su alma está infectada. Ese mismo fuego en otros cancelará la corrupción de materia y la propensión al mal”.

En la misma época la Constitución apostólica en los formularios usados para recorrer a los muertos dice:

“Oremos por nuestros hermanos que durmieron en Cristo, que Dios en su amor por los hombres reciba el alma del que partió y le perdone todas sus faltas, y por misericordia y clemencia lo reciba en el seno de Abraham, junto con aquellos que, en esta vida, han agradado a Dios”.

En las catacumbas o cementerios de los primeros cristianos, hay aún esculpidas muchas oraciones primitivas, que demuestran que los cristianos de los primeros siglos ya oraban por sus muertos. Del siglo II es esta inscripción:

«Oh Señor, que estás sentado a la derecha del Padre, recibe el alma de Nectario, Alejandro y Pompeyo y proporciónales algún alivio».

Tertuliano (año 160-222) dice:

«Cada día hacemos oblaciones por los difuntos».

San Juan Crisóstomo (344-407) en su homilía a Filipo, Nro. 4  dice:

«No en vano los Apóstoles introdujeron la conmemoración de los difuntos en la celebración de los sagrados misterios. Sabían ellos que esas almas obtendrían de esta fiesta gran provecho y gran utilidad».

Otro hecho que contribuyo a la práctica de orar por los difuntos fue que en la Iglesia primitiva se pensaba que después del bautismo los pecados no eran perdonados, por ese motivo las personas de vida irregular, atrasaban su bautismo hasta la hora de su muerte (ej.  Constantino) más tarde en el siglo III (252) y bajo el pastoreo del Papa Calixto I, se definió, tras escudriñar las escrituras, que después del bautismo, sí se tenían bases para asegurar que por los méritos de la Sangre de JESÚS, los pecados podían ser perdonados, menos la blasfemia al ESPÍRITU  SANTO, esto ocasionó otra controversia … el pecado era perdonado; pero que pasaba con los daños causados a otros por estos pecados cometidos después del bautismo y con plena conciencia del mal?

Aquí fue y basado en Mateo 18, 21-35 que la Iglesia asistida por el ESPÍRITU SANTO definió que existía un lugar donde los salvos purgaban o se purificaban por el daño ocasionado a otros por el pecado cometido después de la conversión y no retribuido.

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