El Peso de la Santa Cruz


En el soleado pueblo de Andalucía, se llevaban a cabo las preparaciones para la guerra. Don Mancio, el señor del castillo, lideraba a sus hombres en la lucha contra los moros.

Ese sinuoso tren conformado por la columna de guerreros españoles que marchaba para luchar por la causa cristiana, proporcionaba una escena para recordar: los pulidos cascos que reflejaban el sol, con sus plumas al aire, montados sobre magníficos corceles árabes, que galopan agitados en anticipación a la batalla.

La casa de Don Mancio todavía se podía ver a través de los arboles y olivares. Mientras cabalgaba, el caballero pensó en la esposa y el hijo que dejaba atrás. Habían pasado cuatro años desde que llevó a su noble novia a esa casa, y su hijo tenía ahora tres años. Pero la hora del dolor, la hora del juicio, había llegado, y cuán justamente ambos habían hecho frente a la prueba.

El pórtico medieval en la puerta del castillo enmarcó la escena que recordaría hasta el día de su retorno: Allí estaba de pie la esposa de Don Mancio, joven, justa y llena de dignidad, su rostro pálido que mostraba los signos de su profundo dolor.

Ella sostenía la mano de su hijo entre los pliegues de su vestido, mientras el niño miraba a su madre y a su padre con ojos amplios y firme inocencia, que lo ven todo y sin embargo no entienden mucho. Solo sabía el pequeño que algo importante estaba sucediendo.

Don Mancio, vestido con cota de malla, abrazó a su esposa e hijo por última vez. Luego se fue a luchar contra los infieles moros, ¡por su Señor Jesucristo y su amada España!

Resistiendo las lágrimas la joven esposa había dicho:

“Está bien. Mi caballero sale a la batalla por la Cruz, y no por ninguna miserable causa terrenal. Dios te bendiga Mancio; que te mantenga a salvo. Y si caes en su buena causa, Jesús mio, Hágase tu voluntad”.

Así Don Mancio, había quedado listo para la batalla, y aquella, habría de ser la imagen que se quedaría con él:

«¡Ay!, puede ser que nunca los vea de nuevo! Buen Dios y Señor: mantenlos bajo tu cuidado!

El día finalmente se levantó sobre el campo de batalla y la sangre española de don Mancio hervía en sus venas a la vista de la luna creciente. La cruz de color roja ardía sobre su pecho, y su espada, levantada en el aire, estaba lista para golpear a la cimitarra.

Pocos minutos después, el gran choque llegó. Cristianos y moros se encontraron en sangrienta lucha. Al llegar la noche, muchos soldados cristianos se habían encontrado con su Creador. Muchos otros, habían sido capturados. Don Mancio se encontraba entre ellos.

Los cautivos habían escapado a la muerte, solo para enfrentar los tormentos crueles de la prisión. Un barco de esclavos se los llevó a los desiertos de África.

Don Mancio pudo ver, como frente a sus ojos desaparecía la costa de España. Esa última escena en la puerta de su castillo vino a su mente y comenzó a preguntarse que sería de su esposa e hijo…

Ya en África, Don Mancio trabajaba día tras día bajo el sol ardiente y el páramo despiadado. Pero lo soportó todo virilmente, lo soportó todo con paciencia. Fue solo entonces que él llegó a conocer esa misteriosa alegría que solo unos pocos hombres conocen: La alegría que puede provocar el sufrimiento del paciente.

Pocos la conocen porque pocos soportan su dolor agonizante con un corazón dispuesto por Cristo, quien murió para mostrar el camino a la verdadera dicha, a través de los espinosos caminos del infortunio.

Durante diez años agotadores Don Mancio sufrió bajo el látigo y el peso de las cadenas. Y durante todos esos años no recibió una sola noticia de casa. El trabajo diario, los latigazos, la comida escasa y todos los padecimientos, eran mucho más fáciles de soportar que este silencio total desde casa. Aquella muerte lenta que padecía su corazón, la necesidad ardiente de escuchar al menos alguna noticia sobre sus seres queridos… pero nada. ¿Estaban vivos?, ¿Estarán en España?, ¿Le creían muerto?, ¿Sabrían sobre su destino? Todas estas preguntas atormentaban su mente.

En la soledad de su cautiverio, encontró un amigo amable, y él aprendió a amarlo sufriendo como nunca lo había hecho… A ese amigo que veía todos los días cuando salía por la puerta de la ciudad a los campos de trabajo forzado. Colgando sobre la puerta de la ciudad, había un crucifijo de tamaño natural de nuestro dulce señor que había sido robado por los moros de una hermosa iglesia española que habían arruinado. Allí había sido colgado por desprecio, con el fin de recibir salivazos, pedradas e insultos de los transeúntes paganos. Así, se reavivaba la pasión del hijo de Dios.

Ante tal vista, la sangre de don Mancio hervía en sus venas:

«Oh, si no estuvieran mis manos encadenadas y su tuviera mi espada colgada a mi lado…Cómo vengaría el honor de mi Salvador! «

¡Pero Ay! No había nada que humanamente el pudiera hacer. En su corazón hizo una promesa solemne: Si por Dios ganase su libertad, nunca descansaría hasta rescatar aquel crucifijo y colocarlo en un santuario donde el amor y el honor, acabasen con la vergüenza de todos esos años de insulto y desprecio. Este era su sueño de noche, su pensamiento de día, mientras esos tristes rasgos del Crucificado se marcaban más en su corazón, imprimiéndose como había una vez sucedido con el velo de Verónica.

Así pasó la noche oscura de su terrible prisión. Habían transcurrido ahora diez años completos. No tenía la menor idea de que el amanecer estaba cerca. Más, sin embargo, su hora más oscura todavía estaba por llegar. Su prueba de fuego antes de que pudiera ver la luz…

Algunas muy escasas veces, desde el otro lado del mar, llegaban misioneros españoles, hombres de coraje y celo para ministrar a los pobres cautivos, desafiando la muerte y el peligro. Algunos llevaban oro con ellos, oro enviado por las familias de los prisioneros para redimirlos de las cadenas árabes. Pero con o sin oro, los misioneros siempre llevaban el consuelo de la fe en forma de la absolución y ¡oh alegría! del Santísimo Sacramento, para ser administrado a esas almas hambrientas.

Entonces, de vez en cuando, cuando se corría la voz a través de los campos de que había un misionero en medio de ellos, Don Mancio sentía destellos de esperanza encendida dentro de él. Quizás, quizás su esposa había encontrado los medios para rescatarlo. Don Mancio miraba y esperaba, pero en vano. Para él no llegaba nunca el rescate. Solamente surgían nuevas preguntas: ¿Me habrán olvidado? ¿Estaba muerta su joven esposa?

Año tras año, había esperado en vano… ni una palabra de ella. El sabía que el precio de el rescate era grande, pero también sabia que su amada pagaría cualquier precio, haría cualquier sacrificio…pero hasta ahora, nada. Pensó entonces que ella estaba muerta o que a lo mejor, ni siquiera conocía el lugar de su cautiverio…

¡Por fin, el día menos esperado se mencionó su nombre! Un rescatador había llegado preguntando por Don Mancio. Y esta es la historia que contó:

Solo hasta fecha reciente su esposa había recibido noticias de su destino gracias a otro prisionero recientemente liberado. Ella nunca le había olvidado. Sin descanso, había investigado sobre el paradero de su esposo y, sobre todo, había sufrido y se había negado a sí misma y a su hijo el sustento diario a fin de recaudar el rescate a pagar por él en caso de que lo encontraran. Y he aquí que la oportunidad finalmente se había presentado.

Solo una noche más encadenado y la mañana siguiente ¡estaría de camino a casa en España!

Esa noche, Don Mancio apoyó la cabeza en su duro catre y no sintió más su dureza. Unas horas más, pensó, unas pocas más y su rescate sería puesto en la balanza y su camino a casa sería seguro.

El corazón de Don Mancio latía con rapidez, sus ojos se iluminan, y había recobrado la esperanza: Podía ver a su esposa, su hijo y escuchar sus palabras de bienvenida, sentir sus brazos alrededor de él.

¿Es un sueño? ¿Cuántas veces se habían burlado tales sueños de él? No. No. Esta vez no es un burlón sueño, ha visto al fraile franciscano que llevaba su rescate.

De repente, un pensamiento cruzó por su mente como un rayo. El ¡crucifijo! En su imaginación, ve esa forma sagrada colgando de una cruz de hierro sobre esa puerta infame. Él ve ese semblante sagrado mirándolo, ese rostro que se había marcado en su corazón hasta el punto de que había quedado grabado allí. Su felicidad recién descubierta, se había visto atenuada repentinamente.

De pronto, le pareció escuchar una voz infinitamente majestuosa y dulce: “Mancio, ¿me olvidarás en tu alegría ¿Volverás a casa y me dejarás?”. Mancio respondió: “¡Oh Dios mío! ¿que puedo hacer? No tengo dinero. ¡Nada! Cuando me vaya, lo primero de lo que me voy a ocupar es del negocio de vuestro rescate”. “Cuando te vayas dices. ¿Pero puedes irte y dejarme?”.

Luego, ante él, brilló un pensamiento que estremeció su corazón como el empuje de una espada. “¡Mi dinero de rescate! ¡Eso compraría la Cruz!”. Pero, ¿podría volver a enfrentar esa terrible vida en prisión y robarle a la esposa y al hijo la felicidad?. “¡Oh Dios mío! ¡No puedes pedir este sacrificio!”. Pero una vez más, esa voz preguntó: “¿Quieres irte de aquí y dejarme?”

Don Mancio no pudo dormir esa noche. Se libró una terrible batalla en su alma. Dos amores se encontraron cara a cara, el amor del hogar y la familia y el amor a Jesús crucificado. “Oh Señor, no estoy dispuesto, sálvame de mí mismo por tu amarga pasión, por tu cruz, ten piedad de mí y deja pasar este cáliz”. Pero esa voz, esa voz suplicante voz que impactaba hasta la profundidad de su alma, le repetía: “¿Te irás y me dejarás aquí solo?”.

Dentro de su corazón, una voz más alta respondió: «¿Puedes quedarte aquí y enviar en tu lugar ese crucifijo, esa pesada cruz de hierro, para aplastar aquel corazón que te espera, que cuenta los días y las horas? Piensa en su viudez solitaria, los días y las noches que ha pasado llorando. ¿Los revivirás a todos?”. Una vez más, aquella voz, ahora más débil, casi apagándose insistía: «El que ama a su padre o a su madre más que a mí no es digno de ¡Mi!». Mancio respondió: “¡Oh Dios ten piedad! ¡Sálvame! ¡Deja pasar este cáliz!”.

Entonces, en esa hora temible, su alma angustiada vio un solitario jardín. En ese jardín, había un Dios-Hombre sudando sangre. Él también sabía el costo, el amargo costo de infligir dolor a todos los que le amaban. Él también había sufrido y se había sobrecogido por aquel dolor. Lentamente, el sufrimiento de Mancio se fue calmando a la luz de esa visión de la misteriosa agonía de Dios. “¡Dios mío, Dios mío! No puedo, no iré y te dejaré en Tu dolor”. Se sintió vigorizado. La batalla había terminado.

Se levantó con el amanecer. El amanecer de ese día en el que debería haber sido libre. Hoy se pagará el dinero del rescate, pero no por él. El todavía ha de ser un esclavo, sin embargo, no está triste. Está visiblemente en paz. ¿No dice acaso nuestro Señor que su cruz produce alegría? Es la alegría conocida solo por las almas valientes, almas como las de Mancio: «El que pierda su vida por Mí, la salvará».

El mercado estaba abarrotado. El murmullo de muchas voces llenaba el aire. Moros y cristianos, amos y esclavos, abarrotados ante una escena extraña. La noticia se había difundido: uno de esos cuyo rescate había llegado de España justo ayer había renunciado a su esperada libertad y la había cambiado por la de ese viejo crucifijo que por tanto tiempo había estado colgado en aquel portal. ¡Seguramente debe estar loco aquel noble cristiano, para enviar a su esposa un pedazo de hierro sin valor en su lugar mientras el permanece cautivo hasta su muerte!

El moro ha dicho que exige por ese enorme cruz de hierro su peso en ducados de plata y que no aceptará nada menos. ¡La cruz es inmensa, toda forjada en hierro y de tamaño natural!

Había llegado el momento de pesar el rescate. Cristianos y moros se agolpan para ver; los moros se burlan mientras los cristianos con edificante asombro, pronuncian algunas oraciones.¿Qué clase de hombre se sacrificaría así mismo por compartir la locura celestial de la Cruz?

“Piensa bien, hijo mío”, dice el padre franciscano, mientras unos corpulentos hombres bajan lentamente la pesada cruz en la balanza. “Piensa bien, hijo mío; el gran depósito de dinero que he traído para rescatarte, apenas podrá pagar por el peso de ese gran crucifijo. Tu esposa ha pasado largos años en reunirlo, y pueden pasar aún más años, si acaso, antes de que ella pueda reunir y enviar una suma similar de nuevo. ¿Has sopesado bien el costo?”.

Por un breve momento se formó una espesa niebla ante los ojos de Don Mancio, y en voz baja pero firme respondió: “Padre mío, he sopesado el costo y estoy listo”. Respondió el franciscano: “Que así sea, hijo mío”.

En la balanza se colocó la pesada cruz, y una por una las monedas de plata comenzaron a caer. Los hombres contuvieron la respiración, contando los ducados mientras hacían su sonido al golpear la bandeja. Una tras otra caían más y más monedas, pero aún así la pesada cruz yacía inmóvil. “Uno, dos, tres, doce, veinte”, contaba el Padre, rezando todo el tiempo, pidiendo que hubiesen suficientes monedas para superar el costo.

¿Pero acaso el Maestro no pagó cien veces cada acto de amor? Solo treinta piezas de plata habían caído en la balanza cuando, cuando he aquí que la escala que sostenía el crucifijo se elevó en el aire mientras la otra balanza bajaba. ¡Milagro! El peso de la cruz había sido equiparado con solo treinta monedas de plata!

Así, Aquel que hace mucho tiempo había sido vendido por treinta piezas de plata, hoy deseaba ser rescatado por la misma suma, para liberar a su noble siervo. Mancio también es rescatado, porque todavía queda una gran cantidad de monedas para satisfacer a los moros. El señor de Mancio, su único amigo durante sus años de cautiverio, no se irá de allí y lo dejará solo como esclavo. Tanto el rescatado como el Rescatador son libres.

Fuentes

Esta historia fue publicada en la Revista Crusade de Julio del año 2000.


Traducido y adaptado por Proyecto Emaús