El perfume de los Ángeles

El olfato, al igual que los demás sentidos presentes en el ser humano, hace participar a la mente de toda experiencia. Cuanto olor percibe, es de inmediato asociado a su posible fuente, y dependiendo si el olor es grato o desagradable, nos acerca o aleja de ella . ¿Pero, que sucede cuando percibimos un olor cuya fuente no se puede identificar o precisar físicamente y que por su belleza y pureza impresiona el alma de quien lo percibe? Decimos entonces que acabamos de experimentar la trascendencia del mundo sobrenatural en nuestro limitado mundo material, hemos recibido un verdadero regalo de Dios.

¿Es posible que Los ángeles emanen perfumes tal como lo hacen el Espíritu Santo, La Santísima Virgen, Cristo y sus Santos? ¿Si esto es así, es acaso posible reconocer su presencia por medio de una fragancia en particular?

Evitando caer en cualquier referencia esotérica y de la nueva era, tan tristemente asociada con los ángeles, arcángeles y a tanto pseudo auto proclamado “angelólogo”, existe en la historia de la Iglesia Católica, una muy bien documentada lista de personajes que han tenido el privilegio de ser el receptáculo de estas manifestaciones divinas.

El caso de Santa María Francisca y San Rafael

San Rafael Arcángel está asociado con el olor a la angélica.

Sor María Francisca de las Cinco Llagas, de la Tercera Orden Franciscana, nació en Nápoles (Italia) en el año 1715. Su padre era un tejedor, hombre de terrible mal genio. La mamá era una mujer extraordinariamente piadosa, la cual antes del nacimiento de la niña, ante los tratos tan violentos de su esposo y ante el misteriosos sueños que había tenido, le consultó el caso a San Francisco Jerónimo, el cual le profetizó que tendría una hija a la cual Dios le hablaría por medio de revelaciones.

Cuando la mamá se le murió, María Francisca se dio cuenta de que ante el temperamento tan violento de su padre, ella tenía que abandonar el hogar. Y un santo sacerdote le permitió que fuera atenderle la casa cural. Allí estuvo los últimos 38 años de su existencia, y ese tiempo le sucedieron muchos hechos misteriosos.

Cuando rezaba el Viacrucis iba sufriendo algunos dolores parecidos a los que Jesús sufrió en el Huerto de los Olivos, en la flagelación, en la coronación de espinas, al llevar la cruz a cuestas y al ser crucificado. Cada Viernes Santo entraba en agonía como si estuviera muriendo en una cruz. Y todo esto lo ofrecía por la conversión de los pecadores, y el descanso de las benditas almas del purgatorio. Las gentes decían: “María Francisca saca más almas del purgatorio ella sola con sus sufrimientos, que todos nosotros con nuestras oraciones“.

Su condición de salud fue siempre muy precaria.  En 1789, el arcángel san Rafael se le apareció y le dijo que Dios lo había enviado para curarla. Al día siguiente, de hecho, la religiosa estaba curada y había retomado sus actividades laborales. Una vez sor María Francisca tenía hinchada una vena que le impedía hacer cualquier esfuerzo y san Rafael la curó nuevamente.

Una vez, mientras el sacerdote Francesco Bianchi estaba hablando, ella olió un intenso perfume que flotaba alrededor de él; el sacerdote le preguntó a la religiosa si ella también lo advertía y la monja respondió que el perfume provenía del arcángel Rafael que estaba ahí presente, sin que el sacerdote Bianchi pudiera verlo.

El arcángel Rafael siempre ha estado relacionado con el fuerte perfume que emana la planta llamada angélica.

Durante la Edad Media, Oriente, que exportaba gran cantidad de especias y plantas medicinales hacia Occidente, descubrió en Europa uno de los pocos remedios que allí no existían, la raíz de angélica. Por aquel entonces, era tan famosa, que se le atribuían grandes virtudes, sobre todo en materia de longevidad. Muchos médicos elogiaban los méritos de esta planta, que utilizaban para protegerse del contagio de enfermedades infecciosas y prescribían como tónico general en caso de convalecencia. Paracelso luchó contra la peste con la raíz de angélica. Hoy en día, sigue siendo uno de los ingredientes en la elaboración del licor de los monjes benedictinos y los cartujos.

Una leyenda cuenta que San Rafael, reveló a un devoto ermitaño el uso de la angélica, así llamada en su honor (alguna vez fue llamada arcangélica). Según los autores antiguos, esta planta sería una verdadera panacea: curaría la rabia y las enfermedades propias de las mujeres, volvería amables a las esposas y las suegras amargas, y fieles a las extravagantes.

Sería también excelente contra el veneno de serpiente y escorpión, y permitiría vivir cien años. Un cierto Annibale Camoux, fallecido en Marsella en 1759 a la respetable edad de ciento veinte años, atribuía su longevidad excepcional al hábito que tenía de masticar cada mañana la raíz de la angélica.

Asociaciones misteriosas

Volviendo a la angélica se creía que pudiese curar la peste y proteger de la misma. En la angélica el ángel ayuda a la naturaleza. Si se toman en cuenta los principios activos de esta planta, es difícil comprender cómo se pueda tener este efecto. Y, sin embargo, las asociaciones que encontramos en ella actúan de manera misteriosa.

Si consideramos la vegetación de esta planta, subraya el estudioso de ángeles Marcello Stanzione, comprendemos que ésta abraza ambos polos, el polo oscuro de la tierra y el polo luminoso del cielo. En ella, la luz y la oscuridad están en equilibrio. Un ángel que conoce también la opresión, la noche oscura del alma, eleva todo a la luz.

La “anomalía” de las hojas

La característica peculiar de la angélica es que las nuevas hojas brotan de una especie de vaina protectora, que se abre cuando las hojas están listas. Las grandes hojas sufren, absorben la luz y la transportan a la raíz. Aunque la flor se desarrolla dentro de una vaina protectora, símbolo del nacimiento interior del hombre. El objetivo de la vida humana es que Dios renazca siempre en ella, volviéndola la vida que Dios quería que fuera.

San Gabriel Arcángel y el el boqueé de flores

San Gabriel Arcángel está asociado a un fuerte olor a diversas flores, pero muy especialmente el lirio.

Gabriel es representado por los pintores con flores y con el lirio, que saluda a la pureza de la Virgen. Con su ramo de olivo, subraya las aspiraciones pacíficas de Siena contra la belicosa ciudad de los Medici y, cuando levanta un tallo de amarillo en la escena de la Anunciación, es en homenaje a la realeza de María. Pero resulta ser más explícito, interviniendo directamente con algunas flores en algunas personas.

El caso de María de Jesús

El amor por las flores perfumadas de San Gabriel se manifestó también en un acontecimiento que tuvo lugar en Córdoba, España, a la carmelita María de Jesús de Sandoval (1543-1604), discípula de santa Teresa de Ávila, dividida entre su ángel de la guarda, que amaba mucho, y san Gabriel, por el cual ella alimentó una profunda devoción. No que los dos ángeles fuesen rivales ante ella, pero María pasaba a una sucesión de éxtasis donde veía a su ángel de la guarda ante ella, glorioso y resplandeciente de una belleza celestial, luego Gabriel que se une tanto a ellos, que termina eclipsando a su hermano.

El buqué de flores

María no sabe qué pensar hasta el día en que una visión le hace comprender el significado de este juego de escondidas: si el ángel de la guarda la guía, le aconseja, la ilumina, a veces la regaña, es a Gabriel – que está frente a Dios (cfr Lc 1, 19) – a quien le toca hacer contacto para presentar sus oraciones frente al trono del Altísimo, como muchas flores con que él hace un buqué. Para dar más peso a su demostración, él le deja una vez entre las manos un cesto de oro: rosas del amor, lirios de la pureza, violetas de humildad, margaritas de la sencillez. Sor María de Jesús se apresura para llevar al altar de la Virgen ese regalo tan encantador como insólito.

 

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