El origen católico del Croissant


Una de las versiones más divulgadas sobre el origen del Croissant, se encuentra en los actos festivos que tienen lugar en la ciudad de Viena, luego de verse librada del sitio que las fuerzas otomanas habían tendido sobre ella.

Los «Cruasanes» o Croissants (como lo conocemos más comúnmente hoy en día), tienen un origen verdaderamente peculiar que data del siglo XVIII. Están vinculados a los trágicos momentos que tuviesen lugar durante el sitio de la ciudad de Viena por el ejercito otomano, y a su inesperado desenlace, en donde la Santísima Virgen María…y los panaderos, tuviesen un papel decisivo.

Corría el año 1683 y el ejercito musulmán bajo el mando del gran visir Kara Mustafá, había logrado avanzar incontenible, conquistando la vasta mayoría de las regiones a orillas del Danubio. Desde estas estratégicas posiciones, logran sitiar de manera efectiva la ciudad de Viena, misma que luego de la caída de Constantinopla, hubiese sido la primera conquista importante de Europa y un trofeo por el que el mundo otomano, estaba dispuesto a pagar un alto precio.

Los defensores de Viena que se calculan eran entre 75,000 a 90,000 y recibieron muy poca ayuda desde exterior. Por su parte, las fuerzas otomanas se calcularon entre 150,000 – 170,000 y tenían el apoyo de unas 300 piezas  de artillería.

Durante las semanas que duró el asedio, los otomanos lograron asaltar las viejas murallas que defendían la ciudad en múltiples oportunidades, logrando debilitarla en diversos puntos gracias al empleo de cargas de pólvora. En su interior, las provisiones comenzaban a escasear, el constante asedio del enemigo minaba poco a poco las fuerzas de los defensores y todo parecía presagiar lo peor. La caída de la ciudad debería de ser solo cuestión de tiempo.

Debido a estos intentos de asalto poco exitosos y porque de manera frontal los defensores se habían demostrado feroces, los turcos decidieron atacar Viena por sorpresa haciendo uso de nueva estrategia: Cubiertos por el oscuro manto de la noche, comenzarían a socavar el terreno debajo de las murallas.

Los panaderos, que trabajaban de madrugada para tener el pan listo para esa misma mañana, se dieron cuenta de la nueva estratagema debido a los continuos ruidos que en sus afanes, producían los turcos. De inmediato dieron la alarma…

Al alba del 12 de septiembre, cuando Viena estaba en oración, el padre Marcos de Aviano celebra la Santa Misa sobre la colina de Kalhemberg, ante todo el ejército cristiano. Después extiende las manos y hace descender la bendición de Dios Uno y Trino sobre la armada, por la intercesión de la Santísima Reina de la Victoria. Después, vuelto hacia el rey Juan Sobieski, le grita con certeza absoluta: “Johannes, tú vencerás”. Así, preparados para enfrentar a un enemigo numéricamente superior, la caballería de los Húsares alados (pues los jinetes llevaban unas «alas» sujetas al espaldar de la coraza) abandona la ciudad.

Habiendo divisado al enemigo, los Húsares inician la carga, dando lugar a una de las escenas más hermosas que pudieran presenciar ojos humanos: como una legión de verdaderos ángeles, los Húsares alados caen sobre las tropas de la «media luna», tomándolas desprevenidas y ocasionando tal confusión y desorden entre sus huestes, que se ven obligadas a retroceder, en una desastrosa retirada.

La batalla fue violentísima y breve y, en su mayor parte, se desarrolló en el campamento otomano y en las trincheras. Los otomanos, al no estar en formación, no pudieron detener la carga del enemigo. La acometida de la caballería polaca fue tan potente que después de treinta minutos de combate, la victoria ya estaba decantada. En pocas horas los turcos sufrieron unas veinte mil bajas; una parte considerable de su ejército huyó. Viena no cayó en poder otomano. Sobieski envió una carta al papa Inocencio XI después de la batalla que empezaba con la frase de Julio César: Vine, vi y vencí, pero la cambió por: «Vinimos, vimos y Dios venció».

No mucho después, las fuerzas otomanas serían finalmente expulsadas del país.

Si por mar, los mahometanos fueron vencidos en Lepanto gracias a la intercesión de María Santísima -auxilio de los cristianos-, en el asedio de Viena, la madre de Dios, había puesto bajo sus pies, -nuevamente-, a la media luna de las fuerzas otomanas.

Luego de la victoria, el emperador decide condecorar a los panaderos vieneses por la oportuna y valiosa ayuda ofrecida. Estos, como agradecimiento, elaboraron dos panes: uno con el nombre de “emperador” y otro «Halbmond», en alemán “media luna”, antepasado del actual croissant, como mofa a la media luna de la bandera otomana.