El Mundo Invisible

Una homilía del Cardenal Newman

Tal como lo repetimos en el Credo, hay dos mundos, “el visible y el invisible”―el mundo que vemos y el mundo que no vemos; y el mundo que no vemos existe tan realmente como el que vemos. Existe realmente por mucho que no lo veamos. Sabemos que existe el mundo que vemos porque lo vemos. Basta con levantar los ojos y mirar a nuestro alrededor y contamos con la prueba: lo dicen nuestros ojos. Vemos el sol, la luna y las estrellas, la tierra y el cielo, colinas y valles, bosques y llanuras, mares y ríos. Y también vemos hombres, y las obras de los hombres. Vemos ciudades, y edificios fastuosos, y sus habitantes; hombre que van y vienen ocupándose de proveer para sí y para los suyos, o llevando a cabo grandes empresas, u ocupados en sus negocios. Todo aquello con lo que se topan nuestros ojos constituye un mundo. Es un mundo inmenso; llega hasta las estrellas. Podríamos desplazarnos durante miles de milenios por los cielos y aunque viajásemos más rápido que la misma luz, no alcanzaríamos sus confines. Son distancias más grandes que lo que se puede definir. Tan alto, tan ancho, tan profundo es el mundo; y con todo, también se nos acerca y se nos pone a tiro. Allí está, por todas partes; y no deja lugar a ningún otro mundo.

Y sin embargo, a pesar de este universo mundo que podemos ver, existe otro mundo, igualmente grande, igualmente cerca nuestro, y mucho más maravilloso; otro mundo alrededor nuestro, por más que no lo veamos, y más maravilloso que el mundo que vemos; por esto, si no por otra cosa: que no lo vemos. A nuestro alrededor hay innumerables seres, idas y venidas, seres vigilantes, que trabajan o que esperan, que no vemos: pertenecen a aquel otro mundo, al que no alcanzan a ver nuestros ojos, sino sólo la fe.

Detengámonos en esto. Nacemos a un mundo de sentidos; esto es, de cosas reales que yacen a nuestro alrededor, un gran conjunto de cosas se nos acerca, nos acosa a través de nuestros órganos corporales, nuestros ojos, oídos y dedos. Las sentimos, las oímos y las vemos; y sabemos que existen porque así es que las percibimos. Contamos con innumerables cosas a nuestro derredor, animadas e inanimadas. Pero una clase en particular de estas innumerables cosas se nos hacen presentes a través de los sentidos. Y más aún, mientras actúan sobre nosotros, tomamos conciencia de su presencia. Entonces las sentimos y somos concientes de que las percibimos. No sólo las vemos, sino que además sabemos que las vemos; no sólo tenemos tratos con ellas, sino que también lo sabemos. Estamos entre hombres, y lo sabemos. Sentimos frío y hambre; sabemos qué cosas sensibles los quita. Comemos, bebemos, nos vestimos, vivimos en casas, conversamos entre nosotros y actuamos con otros y cumplimos con los deberes de la vida social; y sentimos vívidamente que lo estamos haciendo, mientras lo hacemos. Así es nuestra relación hacia una parte de las innumerables cosas que nos rodean. Actúan sobre nosotros y lo sabemos; y nosotros actuamos sobre ellas, y eso, concientemente.
Pero todo esto no interfiere con la existencia de aquel otro mundo del que hablo, que actúa sobre nosotros, y que sin embargo no nos hace tomar conciencia de que así es. Bien puede estar tan presente como el visible y ejercer una influencia semejante al mundo que se nos revela. Y semejante mundo existe: nos los dice la Escritura.

¿Os preguntáis qué es y qué contiene? No diré que todo lo que le pertenece resulta inmensamente más importante que lo que vemos, pues entre las cosas visibles están nuestros coetáneos, nuestros compañeros, y no hay cosa creada más preciosa y noble que un hijo de hombre. Pero aun así, tomadas como un todo las cosas invisibles y aquellas que vemos, hay que decir que en definitiva las cosas que no vemos son más encumbradas que las que vemos. Pues, antes que nada, está Él, Aquel que está por encima de todas las cosas, que las ha creado todas, ante quién no son sino como nada y con quien nada puede compararse. Bien sabemos que Dios Todopoderoso existe más real y absolutamente que cualquiera de nuestros compañeros cuya existencia certifican nuestros sentidos; y sin embargo no lo vemos, no lo oímos, no lo sentimos, no lo encontramos.

Aparentemente, pues, las cosas que se ven no sino una parte, y una parte sólo secundaria, de los seres que nos rodean, cosa que podemos afirmar aunque más no fuera porque el Dios Todopoderoso, el Ser entre los seres, no pertenece a su número, sino que está entre “las cosas que no se ven”.

Una vez, y una sola vez, durante treinta y tres años, condescendió en convertirse en uno de los seres que se pueden ver, cuando Él, la segunda persona de la Santísima Trinidad, nació, por una indecible merced, de la Virgen María, para aparecer en el mundo visible. Y entonces fue visto, oído, tocado; comió, bebió, durmió, conversó, anduvo, actuó como otros hombres; pero a excepción de aquel breve período, su presencia nunca fue perceptible; nunca nos ha hechos concientes de su existencia por medio de nuestros sentidos. Vino y se retiró detrás del velo: y a nosotros, individualmente, resulta como si nunca se nos hubiese mostrado; no contamos con ninguna experiencia sensible de su presencia. Y con todo, “Él vive para siempre”.

Y en aquel otro mundo también están las almas de los muertos. Ellos también, cuando parten de aquí, de este mundo, no cesan de existir, pero se retiran de la escena de las cosas visibles; o, en otras palabras, dejan de interactuar con nosotros a través de nuestros sentidos. Viven tanto como vivían antes; pero su marco exterior a través del cual les era posible tener trato con otros hombres, es, de algún modo, no sabemos cómo, separado de ellos, y toda esa estructura exterior se seca y se marchita como hojas caídas de un árbol. Ellos permanecen, pero sin los medios habituales para acercarse y corresponder con nosotros. Como cuando un hombre pierde la voz o la mano aún existe como antes, pero ya no puede hablar, o escribir, o tener trato con nosotros; de tal modo que cuando pierde no sólo la voz o la mano sino su marco entero, se dice de él que murió―no hay nada para mostrar que se ha ido, pero nosotros hemos perdido los medios de aprehenderlo.

Más todavía: los ángeles también habitan el mundo invisible, y a su respecto se nos dice mucho más que de las almas de los fieles difuntos, pues estos últimos “descansan de sus labores; pero los ángeles están activamente empleados entre nosotros, en la Iglesia. Se dice que son “espíritus servidores, enviados para servicio a favor de los que han de heredar la salvación” (Heb. I:14). No existe un cristiano tan modesto que no cuente con ángeles a su servicio, si vive por la fe y para el amor. Y eso, pese a que son tan grandiosos, tan gloriosos, tan puros, tan maravillosos, que con sólo verlos (en el caso que se nos permitiera) caeríamos por tierra, como a osadas le ocurrió al profeta Daniel, a pesar de ser un justo de consumada santidad. Y con todo, son nuestros “compañeros-sirvientes” y nuestros camaradas de ruta que velan cuidadosamente por nosotros, atentos para la defensa del menor de entre nosotros, con tal de que seamos de Cristo.

Que forman parte de nuestro mundo invisible se pone de manifiesto en una visión que tuvo el patriarca Jacob. Se nos refiere que cuando huyó de su hermano Esaú, “llegado a cierto lugar, pasó allí la noche, porque ya se había puesto el sol. Y tomando una de las piedras del lugar, se la puso por cabezal, y acostóse en aquel sitio.” (Gén. XXVIII:11). Ni se le ocurrió que había alguna cosa maravillosa en aquel lugar. Parecía un lugar cualquiera, igual que cualquier otro. Era un lugar solitario y poco confortable: allí no había casa, se venía la noche, y se vio obligado a dormir sobre la roca pelada. Y sin embargo, lo cierto es que todo resultó considerablemente diferente a lo que parecía. Jacob sólo vio el mundo visible; no vio el mundo invisible; y con todo, el mundo invisible estaba allí. Estaba ahí bien que no se hizo conocer inmediatamente sino que hizo falta que le fuera manifestado sobrenaturalmente. Lo vio en sueños. “Y tuvo un sueño: he aquí una escalera que se apoyaba en la tierra, y cuya cima tocaba en el cielo; y ángeles de Dios subían y bajaban por ella. Y sobre ella estaba Yahvé.” He aquí el otro mundo. Ahora, observemos lo siguiente: por lo general la gente habla como si el otro mundo no existiese actualmente, aunque conceda que exista después de la muerte. No es así: existe ahora, lo veamos o no. Está entre nosotros y a nuestro alrededor. A Jacob se le mostró esto en sueños. Los ángeles lo rodeaban aunque él no lo supiera. Y lo que Jacob vio en su sueño, es lo que el sirviente de Elías vio con sus propios ojos, y que los pastores, en el tiempo de Navidad, no sólo vieron, sino que también oyeron. Oyeron las voces de aquellos benditos espíritus que alaban a Dios día y noche en un oficio que a nosotros, en nuestra condición menos encumbrada, se nos permite participar.

Por tanto estamos en un mundo de espíritus, tanto como en el mundo de los sentidos, y tenemos tratos con ellos, y participamos de ese mundo invisible aunque inconcientemente. Si a alguno todo esto le parece raro, que piense por un momento que innegablemente también participamos de un tercer mundo, por cierto que visible, pero del que no sabemos mucho más que acerca de las legiones de los ángeles: el mundo animal de las bestias de la tierra. A menos que estemos acostumbrados a pensar sobre esto, ¿podrá haber algo más sorprendente o maravilloso que este fenómeno de raza de seres que nos rodea y que vemos claramente y que sin embargo conocemos tan poco? ¿Que sabemos tan poco acerca de su naturaleza, de quienes no podemos describir sus intereses, ni su destino―no más que de los habitantes del sol y de la luna? Ni bien nos ponemos a pensar en este asunto―en verdad se trata de un pensamiento sobrecogedor―esto de que nos codeamos como si nada, que incluso, me animaría a decir, tenemos trato con creaturas que nos resultan tan extrañas, trato habitual con seres misteriosos, fabulosos, extrañas creaturas más poderosas que el hombre y que sin embargo están a su servicio, seres que parecen sacados de una fábula oriental… En verdad sabemos más acerca de los ángeles que sobre las bestias. Aparentemente cuentan con pasiones, hábitos, y un cierto sentido de la responsabilidad, pero están rodeados de misterio. No sabemos si pueden pecar o no, si están bajo un castigo, si han de tener otra vida después de esta. A algunos de ellos les infligimos señalados sufrimientos y como por una ley tan asombrosa cuanto inexorable, cada tanto se vengan de nosotros. De varias señaladas maneras dependemos de ellas; nos valemos de su trabajo, comemos su carne. Y con todo, aquí sólo me refiero a los animales que tenemos más a mano: pónganse a pensar en todo su vasto número, grandes y pequeños, en inmensos bosques, o en el agua, o en el aire, y luego digan si la presencia de semejante muchedumbre de tan variada naturaleza, tan extraños y salvajes en sus formas, viviendo sobre la tierra sin que se pueda establecer con qué objeto, y díganme si no son tan misteriosos, o más, que lo que las Escrituras nos dicen sobre los ángeles. ¿Acaso no está claro que hay un mundo inferior a nosotros en la escala de los seres con los que estamos conectados sin entenderlos plenamente? Por lo tanto, no es de extrañar ni difícil para la fe creer a la Escritura en lo que se refiere a nuestra conexión con un mundo más encumbrado que el nuestro.

En verdad, si hay gente para la cual le resulta dificultoso concebir la existencia entre nosotros de un mundo de espíritus porque no tienen conciencia de él, deberían recordar cuantos variopintos mundos de hecho se contienen simultáneamente en la sociedad humana. Nos referimos al mundo político, al científico, al académico, literario, religioso; y eso muy apropiadamente, porque los hombres están tan intrínsecamente relacionados con algunos, y a la vez tan distantes de otros, puesto que tienen cometidos tan diferentes y principios tan distintos y por consiguiente compromisos tan disímiles, que en un mismo lugar coinciden una cantidad de círculos de interés (como se los podría llamar), o mundos, constituidos por gente visible, pero ellos mismo invisibles, desconocidos, y lo que es más, ininteligibles los unos respecto de los otros. Los hombres se desplazan en los caminos comunes de la vida, y se parecen todos; pero no hay mucha comunión de sentimientos entre ellos; cada cual sabe poco de lo que sucede fuera de la esfera de su propio mundo. Un extranjero llegado a cualquier vecindario, contemplándolo de acuerdo a sus propios afanes e intereses, se iría de allí con impresiones totalmente diferentes e incluso totalmente equivocadas de aquel pueblo visto en su conjunto. O, en otro ejemplo, abandonad por un tiempo el ajetreo comercial y político de una gran ciudad para refugiaros en un pequeño pueblo perdido en las montañas; allí donde no existe el bombardeo de las noticias, considerad el modo de vida y los hábitos mentales de sus habitantes y decid si el mundo, considerado en sus diferentes partes, no se parece menos a sí mismo que al mundo de los ángeles que la Escritura coloca cabe nuestro.
Así, el mundo de los espíritus, por muy invisible que sea, está presente; en el presente, no en el futuro, no lejos. No está por encima del cielo, ni más allá de la tumba, está aquí y ahora: el Reino de Dios está entre nosotros. De esto habla el texto: “No ponemos la mirada en las cosas que se ven sino en las que no se ven; porque las cosas que se ven son temporales, mas las que no se ven, eternas.” Ya ven que el Apóstol la tenía por verdad práctica, una verdad para guiar nuestra conducta. No sólo refiere al mundo invisible, sino al deber de “contemplarlo”; no sólo lo opone a las cosas que pasan, a las cosas temporales, sino que agrega que hay allí razón de más para no mirar las de acá, sino poner la mirada más allá. Por más que la eternidad se proyecta hacia el futuro, no por eso se encuentra lejos; no porque resulte intangible, lo invisible carece de influencia. De igual modo, dice en otra epístola que “nuestra conversación está en los cielos” (Phil. III:20) y, en otro lugar, que “Dios nos resucitó y nos hizo sentar en los cielos en Cristo Jesús” (Ef. II:6), aparte de recordarnos que nuestra vida “está escondida con Cristo en Dios” (Col. III:3). Y parecidamente San Pedro, cuando nos dice que a Cristo lo amamos “sin haberlo visto, en Él ahora, no viéndolo, pero sí creyendo, os regocijáis con gozo inefable y gloriosísimo” (I Pet. I:8). Y San Pablo también quiere que tengamos presente que “hemos venido a ser un espectáculo para el mundo, para los ángeles y para los hombres” (I Cor. IV:9) y, en palabras ya citadas, nos habla de los ángeles como “espíritus servidores, enviados para servicio a favor de los que han de heredar la salvación” (Hebreos I:14).

Así es el reino escondido de Dios; y, así como ahora está oculto, a su debido tiempo será manifestado.

Los hombres creen que son señores del mundo y que pueden hacer lo que les venga en gana. Creen que esta tierra les pertenece, y que tienen poder sobre sus movimientos cuando en realidad cuenta además con otros señores, y el mundo resulta ser la escena de un conflicto más alto que lo que son capaces de concebir. Contiene a los pequeñuelos de Cristo que ellos desprecian, y a sus ángeles, en los que no creen. Hasta ahora “todas las cosas”, aparentemente, “permanecen como desde el principio”, y “vendrán impostores burlones” que dirán “¿dónde están las promesas de su Parusía?” (II Pet. III:3); pero en el tiempo señalado habrá una “revelación de los hijos de Dios” (Rom. VIII:19) y los santos escondidos “brillarán como el sol en el Reino de su Padre” (Mt. XIII:43).

Cuando los ángeles aparecieron ante los pastores, fue una manifestación repentina: “Y de pronto se juntó con el ángel una multitud del ejército celestial” (Lc. II:13). ¡Qué admirable revelación! La noche anterior había parecido igual que cualquier otra noche; tal como aquella en que Jacob tuvo su visión parecía igual que cualquier otra. Estaban vigilando sus rebaños; vigilaban a medida que pasaba la noche. Las estrellas pasaban―llegó la medianoche. No tenían la menor idea de lo que ocurriría cuando de repente se les apareció un ángel. Tales son el poder y la virtud escondida en cosas visibles, y cuando Dios así lo quiere, se manifiestan. Por un momento, le fueron manifestadas a Jacob, por un momento al siervo de Elías, por un momento a los pastores. Serán manifestadas para siempre cuando venga el Cristo en el Último Día, “en la gloria de su Padre con los santos ángeles” (Mt. XXV:31). Entonces este mundo se desvanecerá y el otro resplandecerá.

Me gustaría que pensaran en esto, mis hermanos, especialmente en esta primavera, cuando la faz de la naturaleza toda se muestra tan feraz y hermosa. Sólo una vez por año, una sola vez, el mundo que vemos exhibe sus poderes ocultos y de alguna manera se manifiesta. Entonces brotan las hojas y florecen los árboles frutales y las flores; y crece el césped y aparece el maíz. Hay como una repentina explosión que exterioriza aquella vida oculta que Dios alojó en el mundo material. ¿Y bien? Eso nos muestra, a modo de ilustración, lo que puede hacer ni bien Dios se lo manda, cuando da la voz de orden. Esta tierra, que ahora brota en forma de hojas y florecimientos algún día brotará para convertirse en un nuevo mundo de luz y de gloria, en el que veremos morar a los santos y los ángeles. ¿Quién habría pensado, a menos que no fuera por su experiencia de otras primaveras a lo largo de su vida, quién habría anticipado hace dos o tres meses, que fuera posible que la faz de la naturaleza, que entonces parecía tan inerte, se convertiría en algo tan espléndido y variado? ¡Cuán diferente es un árbol revestido de hojas y uno deshojado! ¡Cuán inverosímil parece, antes de que ocurra, que las secas y desnudas ramas de repente se vean revestidas con lo que resulta tan luminoso y refrescante! Y sin embargo, en el tiempo oportuno, los árboles se revisten de hojas. Puede que la estación se retrase, pero al fin llega. Y así es con la venida de aquella Eterna Primavera que los cristianos todos esperamos. Y en efecto, al fin aparecerá, aunque se demore un tanto; y por mucho que tarde, esperémosla porque “puesto que vendrá, no se demorará” (Habacuc, II:3). Y así decimos día tras día, “adveniat regnum tuum”, que significa: Oh Señor, muéstrate; manifiéstate; aunque tu trono esté entre los querubines, muéstrate; manifiesta tu poder y ven a ayudarnos. La tierra que vemos no nos satisface; no es más que un comienzo; pero es una promesa de algo que está más allá; incluso cuando aparece con toda su gloria y nos muestra de modo tan conmovedor lo que encierra en lo más profundo, no nos alcanza. Sabemos que hay mucho más… mucho más, escondido en aquello que vemos. Un mundo de santos y ángeles, un mundo glorioso, el palacio de Dios, la montaña del Señor de los Ejércitos, la Jerusalén Celestial, el trono de Dios y del Cristo, todas esas maravillas eternas, sin precio, misteriosas e incomprensibles, yacen escondidas en lo que vemos. Lo que vemos es la caparazón exterior de un reino eterno; y en ese reino fijamos los ojos de la fe. Resplandece, Señor, como cuando en tu Natividad los ángeles visitaron a los pastores; que tu gloria florezca y brote como las hojas de los árboles; con tu poder omnímodo haz que este mundo visible se convierta en aquel mundo más divino que aún no vemos; destruye lo que vemos para que pase y se transforme en aquello que creemos. Por resplandeciente que sea el sol, y el cielo, y las nubes; por verde que sean las hojas y los campos, por dulce que sea el canto de las aves; sabemos que no son todo lo que hay y no confundiremos la parte con el todo. Proceden de un centro de amor y bien, que es Dios mismo; pero no son el Dios todo; hablan del cielo, pero no son del cielo; no son sino rayos perdidos y pálidos reflejos de Su Imagen; no sino migas caídas de la mesa. Estamos a la espera de la venida del día de Dios, cuando todo este mundo exterior, por bello que sea, perecerá; cuando los cielos se incendiarán y la tierra se derretirá. Podemos soportar su pérdida, pues sabemos no que será mas que el retiro de un velo. Sabemos que la remoción del mundo visible será la manifestación del mundo invisible. Sabemos que lo que vemos es como una pantalla que no nos deja ver a Dios y al Cristo, a sus ángeles y a sus santos. Y por la fuerza de la añoranza que tenemos de aquello que no vemos, deseamos con toda el alma y rezamos por la disolución de todo lo que vemos.
¡Bienaventurados en verdad aquellos destinados a contemplar aquellas maravillas en medio de las que se encuentran, a las que ahora miran, y que sin embargo no reconocen! ¡Benditos aquellos que a la larga verán aquello que con el ojo mortal no se ve y que sólo se contempla con la fe! Aquellas cosas maravillosas del mundo nuevo están incluso ahora como entonces serán. Son cosas inmortales y eternas; y las almas que entonces cobrarán conciencia de ellas las verán en la paz y majestad en las que siempre se mantuvieron. Pero ¿quién podrá expresar la sorpresa y gozosa admiración que descenderá sobre aquellos que las aprehendan por primera vez, y para quiénes aquella percepción resultará enteramente nueva? ¿Quién podrá imaginar los sentimientos de aquellos que, habiendo fallecido en la fe, se despertarán para el gozo?

La vida que entonces comience, lo sabemos bien, durará por siempre; y con todo, si la memoria continuará siendo lo que es para nosotros ahora, en la eternidad aquel será un día muy celebrado en la presencia del Señor, por los siglos de los siglos. En verdad, podremos crecer en conocimiento y amor por siempre jamás y sin embargo aquel primer despertar de entre los muertos, el día que será simultáneamente el de nuestro nacimiento y el de nuestros esponsales, será querido y santificado por nuestros pensamientos por toda la eternidad.

Cuando nos encontremos, después de un largo descanso, regalados con poderes renovados, cuando nos sintamos llenos del vigor de la semilla de la vida eterna aleteando en nuestro seno, cuando seamos capaces de amar a Dios todo lo que querramos, concientes de que toda tribulación, pena, dolor, ansiedad, luto y congoja han pasado para siempre, cuando nos hallemos bendecidos por el afecto pleno de aquellos amigos terrenales que hemos amado tan pobremente y que no hemos podido proteger sino débilmente cuando estaban en la carne, y, por sobre todo, cuando estemos siendo visitados por la Presencia inefable, visible e inmediata, de Dios Todopoderoso, con su Hijo Unigénito, Nuestro Señor Jesucristo y su Espíritu Santo co-eterno y co-igual con Él, aquella gran visión en la que la plenitud del júbilo y del gozo que serán por siempre jamás―¡qué pensamientos más profundos, incomunicables, inimaginables, nos acompañarán! ¡Qué secretas armonías despertadas, de las que la naturaleza humana parecía incapaz!

En verdad, todas las palabras terrenales resultan inútiles para el servicio de anticipaciones tan elevadas. Cerremos lo ojos y guardemos silencio.

“Toda carne es heno, y toda su gloria como flor del campo; sécase el heno, marchítase la flor, cuando el soplo de Yahvé pasa sobre ella. Sí, el hombre es heno; sécase la hierba, la flor se marchita, mas la palabra de nuestro Dios permanece eternamente” (Is. XL:6-8).

No ponemos la mirada en las cosas que se ven
sino en las que no se ven;
porque las cosas que se ven son temporales,
mas las que no se ven, eternas.

II Cor. IV:18