El mejor ardid del demonio será hacernos creer que existe…y que es bueno


Como siempre ha sido y así será hasta el fin de los tiempos, el demonio miente. Siempre miente….

La clásica sentencia de Baudelaire pareciera haber cambiado. En efecto, de «el mejor ardid del demonio consiste en hacernos creer que no existe», el análisis informado de la realidad contemporánea nos indica que su osadía da un paso y ahora nos sugiere que su existencia misma es buena.

La elogiable y necesaria indignación que causa el mal y el pecado, por amor de Dios y por amor a las almas, fue sucedida por un estado de cinismo generalizado. En este período – que se extiende en espíritu hasta hoy – las personas, los pueblos y las diferentes culturas no reaccionan ni a favor ni en contra del mal y del pecado: hacen como que no existe, lo desestiman, se dan palmaditas en la espalda restándole importancia y consecuencia.

Se trata de un vicio arraigado en las almas que logra una impostación de optimismo ciego y suicida. No quieren ver el mal, no quieren pensar en sus consecuencias, el mundo sobrenatural y divino ha desaparecido en sus existencias superficiales y mundanas.

Acostumbrados a una lucha pequeña de intereses cotidianos, en sus horizontes no se visualiza ni la Cruz ni la Santa Faz de Cristo en su Iglesia. Por eso son escépticos, incrédulos, cínicos y descreídos.

No existen promesas ni advertencias, ni mandamientos ni certezas. Para ellos el mal ha triunfado y hay que acomodarse a las nuevas condiciones para preservar sus amadas comodidades. Como malos ciudadanos, se acomodan al enemigo invasor tanto como a la Patria triunfante con tal de no perder su trozo de pan, su lecho caliente y su taza de chocolate.

A ellos aplicamos las palabras que el P. Andrés García Torres nos hacía meditar hace unas semanas atrás en la séptima meditación de los Ejercicios Espirituales:

«Si nuestro corazón no se lo damos totalmente al Señor nos pasará como dice Santa Teresa:»Ni disfrutamos del mundo, ni disfrutamos de Dios» («medias tintas», el pecado de tibieza del que nos habla el libro del Apocalipsis:» Conozco tu conducta: no eres ni frío ni caliente. ¡Ojalá fueras frío o caliente¡ Ahora bien, puesto que eres tibio, y no frío ni caliente, voy a vomitarte de mi boca…» (Carta a la Iglesia de Laodicea, Apocalipsis 3, 15-16)»

Esta corriente de pensamiento presenta un obstáculo serio a la labor de apostolado, discernimiento, a toda verdadera misión de evangelización.

Este cinismo generalizado, que por décadas no supo ver ni denunciar ni combatir ni menos aún formar a las personas frente a los desafíos que se enfrentaban, fue sucedido por un espíritu lúdico y festivo con fascinación por lo perverso.

Si ya nada se entenderá como serio, nada se analizará o reflexionará, deberá impostarse un nuevo tipo humano. Se trata de un sujeto amorfo, relativista, ansioso por vivir en «consenso», de «valores» morales muy «lights», pero ante todo adorador de la «espontaneidad», de la «naturalidad», del vértigo y de la tecnología o de la ecología.

Profundamente progresista, si bien ya no confía ciega e ilimitadamente en el progreso como sus antepasados, cree que las cosas «se van a componer solas». Su pensamiento sólo es capaz de enterrarse en la rica tierra de la historia para sacar las raíces al aire, arrancarlas y despreciarlas. Así se suicida, pero gusta de la muerte.

Esta cultura que poco a poco va tomando forma, ríe a carcajadas con las formas más perversas de conducta, celebra la «revolución cultural» que trae al demonio como «el gran liberador del sufrimiento humano». ¿De que sufrimiento? ¿Será de las consecuencias del pecado que hieren de muerte al hombre y a la sociedad? No. Se trata de la «pesada carga» de los mandamientos, de los principios, del honor, de la vida de la gracia, de la fidelidad a Dios y a Su Iglesia.

Hoy parece atractivo cualquier ataque, cualquier ridiculización que se lance contra la Iglesia, la moral, la virtud, es causa de alegría y de admiración, no ya sólo por parte de los pseudo-intelectuales, sino hasta por el público masivo.

Pareciera ser que ya el demonio no trata de hacernos creer que no existe para actuar con más libertad. Hoy en día, el demonio se nos aparece sonriente, moderno y triunfante, con una gaseosa en la mano diciéndonos:

«Heme aquí, vuestro gran liberador. Dejen atrás las trabas morales que les causan angustias ya ansiedades, libérense de todo eso y vivan la vida que les prometo será muy entretenida. Dejen atrás las costumbres anticuadas. El futuro está en mi pecho, en mis pensamientos y en mis planes»

Y como siempre ha sido y así será hasta el fin de los tiempos, el demonio miente. Siempre miente.