El ladrón devoto

Cuentos compilados por el sacerdote del siglo XII Gonzalo de Berceo, cuya obra fue muy popular en la España medieval.

Había un mal ladrón, que prefería robar que ir a la iglesia o construir puentes. Sabía cómo mantener su casa por medio del robo, un mal hábito que tomó y ya no pudo abandonar.

Entre todos sus otros hábitos, tenía por lo menos uno bueno, que al final le sirvió y le dio la salvación. Creía en la Dama Gloriosa con todo su corazón. Cuando pasaba frente a una imagen de la Madre Dios, él siempre la saludaba diciendo el «Ave María«.  Siempre se inclinaba ante Su imagen, y sentía una gran vergüenza bajo Su mirada.

Pero, como el que camina en el mal en el mal debe caer, este ladrón fue un buen día atrapado con bienes robados. Como no tenía forma de defenderse, fue sentenciado a la horca.

Cubrieron sus ojos con una tela bien atada, y tirando fuertemente de la cuerda, lo levantaron del suelo tan alto como pudieron. Los que estaban cerca lo consideraban muerto.

Pero la Madre Gloriosa, que está acostumbrada a ayudar a Sus sirvientes en problemas, quiso proteger a este hombre condenado. Ella recordó el servicio que él siempre le prestó. Mientras estaba colgando, Ella colocó Sus preciosas manos bajo sus pies y le dio alivio. No se sentía agobiado por nada en absoluto y nunca había estado más cómodo ni más contento.

Luego, al tercer día llegaron sus familiares, y con ellos sus amigos y conocidos. Vinieron llorando para descolgarlo.

Pero la situación era mejor de lo que pensaban. Lo encontraron vivo, feliz e ileso. No habría estado más cómodo ni siquiera recostado en una  tibia tina de baño. Dijo que bajo sus pies había un cierto reposapiés y que no sentía ningún dolor.

Cuando los que lo habían colgado lo oyeron, pensaron que la soga estaba defectuosa y lamentaron no haberle cortado la garganta. Toda la banda tenía la misma opinión: habían quedado frustrados por una mala cuerda, ¡pero ahora deberían cortarle la garganta con una hoz o una espada para que su ciudad no se vea avergonzada por un ladrón!

Algunos jóvenes intentaron  cortarle la garganta con cuchillas largas y afiladas, pero Santa María interpuso Sus manos y la garganta del reo permaneció intacta.

Cuando vieron que no podían hacerle daño, que la Madre Gloriosa deseaba protegerlo, se retiraron de la disputa y, hasta que Dios decida lo contrario, lo dejaron vivir.

Le permitieron que siguiera su camino en paz, porque no querían oponerse a la Santa María.  El mal ladren enmendó sus caminos y dejó a un lado su locura. Así completó su vida y murió cuando llegó su momento.

Madre tan compasiva, de tal benevolencia, que tiene misericordia de los buenos y de los malos, debemos bendecirla con todo nuestro corazón, porque aquellos que lo hacen, obtienen grandes riquezas. Y Ella viene en ayuda de todos los que la invocan.

Fuentes

https://traditioninaction.org/religious/h175_Thief.htm
Traducido y adaptado por Proyecto Emaús