El heroico cardenal Mindszenty y la abstinencia de TODOS los Viernes

El heroico cardenal, preso de las fuerzas comunistas. Luego, el tribunal popular de Budapest lo condenaría por alta traición gracias a un un proceso‒farsa.

El cardenal Mindszenty fue cardenal en Hungría cuando este país fue tomado por los comunistas. En seguida lo metieron en la cárcel, donde pasó muchos años, años que fueron un martirio. Salió de la cárcel cuando Hungría se independizó de la Rusia comunista; él era ya muy mayor y murió al poco tiempo.

Durante los primeros años de la ocupación soviética de Hungría, la figura del cardenal Mindszenty se agigantó en un enfrentamiento con las autoridades comunistas del país, personificando una gesta en defensa de las libertades de la Iglesia y de la tradición espiritual del pueblo húngaro.

Junto a miles, fue reprimido por oponerse tenazmente a la nacionalización de las escuelas católicas, y detenido, sufriendo a manos de los comunistas torturas durante treinta días y noches consecutivos, consistentes en privación de sueño, administración de drogas, forzamiento de declaraciones y falsas acusaciones, y juzgado en un proceso totalmente injusto en el que la corte -según- lo encontró culpable de «traición», condenándole a cadena perpetua.

Durante los muchos años que pasó encarcelado fue un ejemplo como cristiano por su fortaleza y fidelidad a Dios y a la Iglesia. Una muestra, es, por ejemplo, su firmeza en vivir la abstinencia, que es el mandamiento de la Iglesia que nos manda a los cristianos mayores de 14 años, que vivamos la mortificación de no comer carne los viernes de todo el año. Como sabes, fuera de la Cuaresma la abstinencia de carne se puede sustituir por otro acto penitencial (oración, mortificación o limosna); pero durante la cuaresma no.

Todos los viernes, y sólo los viernes, le daban carne para comer y cenar. El cardenal sabía perfectamente que en sus circunstancias no le obligaba esa ley de la Iglesia, pero jamás tomaba aquella carne. Quería libremente vivir aquella mortificación.

En sus «memorias» escribe este diálogo con el Comandante de la prisión, un día en que el policía no pudo aguantar más aquella actitud:

– ¿Cree usted que son los presos quienes dictan el reglamento en la cárcel?
– No; no creo semejante cosa.
– Pues entonces coma lo que se le da.
– Los viernes no como carne.
– No le daré otra cosa.
– Tampoco pido que me dé otra comida. Pero si me da carne no la comeré los viernes.
– En tal caso, le castigaré.
– Estoy dispuesto a aceptar cualquier castigo.
Aquel día la comida se quedó sobre la mesa. Se la llevaron poco antes de la cena, que también consistió en un poco de carne. La escena se repitió en los sucesivos viernes, hasta que acabaron por dársela los domingos.

Puedes decirle ahora a Dios lo que sigue, pero dándote cuenta de que le estás hablando y Él te está escuchando:

Señor, cuántas veces yo tengo compasión de mí mismo, y me busco excusas para no mortificarme, o no obedecer a mi madre la Iglesia. A veces, por el deporte o por el estudio soy capaz de esforzarme y sufrir, y sin embargo cuando lo tengo que hacer por ti me echo para atrás. Si te amase más, sería más generoso y fuerte. Te amo, Señor, pero quiero amarte mucho más. La próxima vez que ante una mortificación me venga a la cabeza una excusa, la rechazaré porque te quiero. Y, en concreto, será en la abstinencia de comer carne porque te quiero y te agradezco todo lo que te debo, Redentor mío.

Fuentes

http://www.catolicidad.com/