El culto a Moloch en nuestros días | Proyecto Emaús

El culto a Moloch en nuestros días

Moloch o Molech en hebreo, era el dios de los antiguos cananeos o fenicios ampliamente asociado con los sacrificios humanos. Algunos eruditos creen que se trataría de otro nombre para el dios Baal, frecuentemente mencionado en el Antiguo Testamento. Era representado bajo la forma de un Toro Sagrado o de una figura humanoide con cabeza de toro, o cuernos de buey. El profeta Jeremías (Jeremías 32-35) menciona los sacrificios rituales de niños ofrecidos en su honor en el valle de Hinnom.

Se le consideraba como el símbolo del fuego purificante, el que, a su vez, simbolizaba al espíritu. Creían que, como resultado de una catástrofe ocurrida en el comienzo del tiempo, ese espíritu se había transformado a sí mismo en obscuridad al convertirse en materia.

Según las creencias fenicias -de acuerdo con la herejía gnóstica- el hombre era la encarnación de tal tragedia ontogénica y para redimirse de ese pecado era necesario ofrecer sacrificios a Moloch inmolando bebés, por ser considerados los más impregnados de materia.

Lanzar recién nacidos al fuego constituía el más agradable sacrificio que podía ofrecerse a esa implacable divinidad, representada por una gigantesca estatua de bronce que encerraba un horno en su cavernoso cuerpo.

Las madres arrojaban a sus propios hijitos vivos en el incandescente vientre de Moloch, el que esperándolos de brazos abiertos, devoraba por el fuego a sus pobres y pequeñas víctimas. Y para atenuar la repulsa causada entre los que asistían a tales escenas, los inicuos sacerdotes de Moloch tomaban el cuidado de hacer tocar trompetas y redoblar tambores para sofocar la infernal melodía de los gritos de los inocentes. (1)

Así, sin pena ni piedad, en aquellos tiempos los fenicios inmolaban millares de criaturas… ¿Sólo en aquellos tiempos? ¿Sólo los fenicios?

Ilustración del siglo XIII, muestra a una mujer preparando una mezcla de hierbas con fines abortivos. Wikimedia Commons.

En el Imperio Romano el aborto se practicaba regularmente lo mismo entre pobres, esclavos, mercaderes y la realeza. Para los pueblos antiguos y los romanos, un aborto era amoral. No había nada en la ley romana o en el corazón romano que dijera: “Matar a tu bebé en el útero es malo”. Tertuliano, el primer apologista cristiano, describe cómo los médicos de la época practicaban abortos:

“Entre las herramientas que los cirujanos emplean hay un determinado instrumento que se forma con un marco flexible bien ajustado para abrir primero el útero y mantenerlo abierto. Además está equipado con una cuchilla anular por medio de la cual las extremidades del niño son cortadas dentro del útero […] su último apéndice es un gancho embotado o tapado, con el cual todo el feto es extraído de manera violenta […] También hay otro instrumento en forma de un pico, que a partir de su función infanticida, recibeel nombre de embruosphaktes que significa “el asesino de niños” que, por supuesto, estaba vivo”.

Tratado sobre el alma 25.

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El aborto, en efecto, era una costumbre generalizada en el mundo pagano. Fue precisamente, una de las grandes y magníficas victorias obtenidas por Nuestro Señor Jesucristo en la Cruz al redimir al género humano, la virtual desaparición de esa monstruosidad en las naciones cristianas, bajo el benéfico influjo de la Iglesia.

Fueron necesarios muchos siglos de decadencia para que los hombres osaran volver a “endiosar” la práctica criminal del aborto al despenalizarlo o autorizarlo por los más diversos motivos.

Por primera vez, recién en 1920, el aborto fue legalizado en la Unión Soviética por el socialismo marxista, bajo la dictadura de Lenin. En la década del 40 y del 50 le siguieron Japón, Canadá, Suecia y varios países de Europa oriental dominados por los comunistas. Y en los años 60 y 70, en plena “revolución sexual”, tanto en los EE.UU. como en la mayoría de los países de Europa occidental, fueron abiertas las puertas al aborto legal o al menos a su despenalización.

De este modo, en los umbrales del siglo XXI, cuando tanto se proclaman los “derechos humanos”, el lugar de los sacerdotes fenicios lo ocupan médicos sin escrúpulos. Pero tragedia aún mayor –para cuya descripción el lenguaje humano tiene dificultad de encontrar las palabras exactas- el vientre de Moloch ha sido reemplazado por el propio seno materno

Quién hubiera dicho que, en nuestros aciagos días, el lugar de mayor riesgo para la vida de un niño es ¡el vientre de su madre!, el lugar por naturaleza más resguardado, más acogedor. ¿Puede haber una mayor y más monstruosa inversión de valores?

 

Sacrificio a los dioses modernos

¿A qué divinidad se inmolan hoy las millones de víctimas inocentes? Varían de acuerdo a un politeísmo macabro.

Cuando se trata de rendir culto al ‘placer sexual’, sin respetar las finalidades y consecuencias establecidas por la propia naturaleza, ese dios se llama Eros y la religión toma el nombre de Erotismo.

Cuando se trata de evitar ‘estorbos’, en una frenética búsqueda de conveniencias personales, ese ídolo se llama Ego y la religión tiene el nombre de Egoísmo.

Sobre todo esto, se yergue el Leviatán, es decir, los Estados hipócritas y las organizaciones internacionales, que son cómplices de una injusticia clamorosa: el exterminio del más indefenso de los seres, el no nacido. Y ahogan en la sangre de las víctimas inocentes al más elemental de los derechos fundamentales del hombre, el derecho a la vida, practicando la más odiosa de las discriminaciones contra el ser humano en la fase pre-natal de su existencia.

En realidad, el Moloch moderno es mucho más implacable que el dios cananita: los sacrificios humanos de la antigüedad son insignificantes si se comparan con los 50 millones de niños que todos los años son sacrificados en el vientre de sus madres.

La paradoja no podría ser más flagrante:

El hijo debería esperar, precisamente de la madre, amor sin límites, pero ella lo inmola, no ya en un altar en llamas, sino en una fría mesa de operaciones. El médico, cuya misión es garantizar la vida, se transforma en el instrumento de su muerte. El Estado, que debería castigar a los criminales que levantan la mano contra su vida, niega al nonato el derecho a vivir.

Este trágico símbolo de la decadencia moral de la sociedad denuncia también su profunda deshumanización e irracionalidad. Su deshumanización, por considerar a la vida del hombre como algo trivial, etéreo, una vana brisa sin una finalidad específica ni destino trascendente. Su irracionalidad, por conducir a la matanza de una vida inocente.

El aborto contradice profundamente la naturaleza humana. Es un desorden fundamental que nos aleja del principio moral más básico, el que nos manda respetar la vida de nuestros semejantes. Bien y mal, justicia e injusticia no son meras convenciones o caprichos. A ellos debemos adecuar nuestra conducta personal para el cumplimiento de nuestros deberes.

Ahora bien, el derecho y la justicia sólo encontrarán una sólida y efectiva justificación si afirmados en sus últimos y más absolutos fundamentos, es decir, si se comprende que los inalienables derechos del hombre le vienen de su condición de haber sido creado a imagen y semejanza de Dios, y, que, como criatura, tiene el deber de dar a los demás lo que les es debido.(2)

¡Qué la Santísima Virgen María, Madre del Verbo Encarnado y Madre nuestra, conceda este privilegio a todos los que luchan en defensa de la vida inocente!

Notas:

1. *) Cf. Dr. Johann B. Weiss, “Historia Universal”, Vol.3, Los Hebreos; los Fenicios; sus viajes y colonias, Barcelona; La Educación, 1937, pp. 904-905.

2. Cfr. Josef Pieper, “Justice”, Ed. Pantheon, New York, 1955, pp. 21-22.

http://www.newworldencyclopedia.org/entry/Moloch