El Cristiano y la celebración de los Carnavales

El carnaval es una celebración pagana desde sus inicios. Existen diferentes versiones sobre el origen de su nombre. La más precisa de todas ellas, pareciera ser la que alude a su procedencia del latín carnevale que significa la «despedida de la carne» (quitar la carne), misma que no se comerá en los siguientes 40 días de la cuaresma, antes de la pascua. Otras, proponen su relación con la celebración en honor a Carna, hija de Heleno, diosa de las habas y del tocino. Otras versiones menos aceptadas y poco verosímiles, son las que argumentan que Carnaval significa carne vale o carne a Baal.

A los carnavales se les considera además como la continuidad de los antiguos Saturnales, las festividades romanas que se celebraban en honor al Dios Saturno.

El hecho de disfrazarse, pintarse la cara y festejarlo, según historiadores, se remonta a mas de 5000 años de antigüedad, en la época del imperio romano, donde se celebraban ocasiones de manera similar y que luego se difundieron en el resto de Europa y América gracias a los navegantes portugueses y españoles. Incluso existen algunas evidencias de que el pueblo sumerio ya realizaba este tipo de festejos hace 5.000 años.

A raíz de la expansión del cristianismo fue cuando más auge tomó y la fiesta adquirió el nombre de carnaval. Y no es que Cristianismo haya promovido esta fiesta pagana, sino más bien todo lo contrario. Incluso en su momento se intentó purificarla, lo que en el mejor de los casos, resultó en una fusión de elementos europeos, indígenas e incluso africanos.

Ejemplos visibles de esta fusión los encontramos en Bolivia con el carnaval de Oruro, fiesta que tuvo su origen en la festividad de Nuestra Señora de la Candelaria. En Brasil, con el carnaval de Rio de Janeiro, en donde las celebraciones se ven influenciadas por los ritos africanos llegados a América, por medio de los esclavos.

Los carnavales eran (y lo son aún…) un período de permisividad, de crítica social, en el que se ridiculizaban a los gobernantes, a los nobles, al clero e incluso la moral religiosa. Esta festividad pagana encuentra sus raíces en las antiguas Saturnales romanas y en las celebraciones orgiásticas en honor al dios Baco, tan relacionadas a su vez con la finalización de la siembra de invierno, la entrada del equinoccio de primavera y la fertilidad de un nuevo ciclo.

Así, el pueblo se ocultaba bajo máscaras y disfraces, se celebraban desfiles, bailes y comilonas, ardían las hogueras y se sacrificaban animales para atraerla fortuna.

I. Concupiscencia, mundo, demonio

Para nadie es desconocido que todo el período que abarca el tiempo de carnaval es un período caracterizado por el desenfreno, especialmente en lo que concierne a la lujuria y la gula. Así nos lo recuerda San Juan en su primera carta (1Jn 2, 16):

1.- Los enemigos espirituales del alma son la concupiscencia, el mundo y el demonio.

Porque todo lo que hay en el mundo, la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos y la soberbia de la vida, no es del Padre sino del mundo.

Del latín concupiscere, significa desear ardientemente. En general se entiende como una función del apetito sensitivo que se divide en irascible (frente al bien o mal difíciles) y concupiscible (frente al bien o mal fáciles). Moralmente significa una inclinación desordenada a los placeres sensibles contra el orden racional; más estrictamente equivale a la sensualidad.

La concupiscencia de la carne es un enemigo interior, y es cualquier anhelo del alma por el bien; en su acepción estricta y específica, es un deseo del apetito inferior contrario a la razón. Los primeros padres estaban libres de la concupiscencia, de modo que su apetito sensual estaba perfectamente sujeto a la razón; y esta libertad la iban a transmitir a la posteridad siempre que observasen el mandamiento de Dios.

Dios permite el placer ordenándolo a un fin superior, une el placer con ciertos actos buenos, para que se nos hagan más fáciles y para atraernos así al cumplimiento de nuestros deberes. Por esta razón, desear o buscar el placer más allá del fin que le hace lícito, quererlo por lo tanto como un fin en la cual descansa la voluntad es un desorden. Un desorden que trae consigo otro: porque al buscar solamente el placer, corremos el peligro de amarle con exceso, ya que entonces no nos guía el fin que nos pone límites al deseo inmoderado de placer que existe en cada uno de nosotros.

La concupiscencia de los ojos comprende dos cosas: la curiosidad malsana y el amor desordenado de los bienes de la tierra.

La curiosidad como deseo inmoderado de ver, de oír, de saber lo que pasa en el mundo. Comprende sobre todo las falsas ciencias adivinatorias por las que se intenta conocer las cosas secretas o futuras, cuyo conocimiento ha reservado Dios para sí solo.

El segundo aspecto de esta concupiscencia es el amor desordenado del dinero.

Los ojos del hombre caído olvidaron el cielo, se volvieron a los bienes terrenales despreciando los verdaderos bienes sobrenaturales y eternos.

El demonio fomenta esta funesta tendencia explotando a los ojos de los mortales cuanto hay de seductor en las criaturas, a quienes repite lo que dijo a Cristo: Todo esto te lo daré si postrándote me adoras, (Mt, 4, 8). Y así, los hombres seducidos buscan la felicidad en el oro y las riquezas. El amor al dinero es la raíz de todos los males, afirma San Pablo. Por eso Cristo maldijo las riquezas que rebajan y corrompen el corazón humano.

La soberbia de la vida. La soberbia dice Bossuet es una depravación más profunda, por ella el hombre a sus anchas considérase como dios de sí mismo llevado del exceso de amor propio. La soberbia es el más terrible enemigo de la perfección, porque roba a Dios su gloria y es fuente de innumerables pecados.

2. El mundo, del que hablamos no es el conjunto de personas que habitan el mundo, entre las que se hallan almas escogidas y gentes impías. El mundo es el conjunto de los contrarios a Nuestro Señor Jesucristo y esclavos de la triple concupiscencia: los incrédulos, los indiferentes, los pecadores impenitentes, los mundanos. Este es el mundo que maldijo Jesús por los escándalos «¡Ay del mundo por los escándalos! Porque forzoso es que vengan escándalos, pero ¡ay del hombre por quien el escándalo viene!» (S. Mt 18, 7) y del que San Juan dice estar sumergido en el mal «Pues sabemos que nosotros somos de Dios, en tanto que el mundo entero está bajo el Maligno» (1Jn 5, 19).

Las máximas mentirosas del mundo conducen necesariamente al fruto amargo del pecado. Los enemigos del alma se esfuerzan con éxito por arrastrar a los humanos a toda clase de injusticias, blasfemias, impurezas. Los hombres, dice la Escritura, beben la iniquidad como el agua (Job 15, 16).

El pecado es la rebelión de la criatura contra el Creador, es la ingratitud más negra contra el mejor de los padres. El pecado es el verdugo de Jesús a quien crucifica, según la enérgica expresión del Apóstol. El pecado entristece el cielo y colma de alegría al infierno. El pecado lanza a Dios del alma y entroniza allí al demonio.

El pecado venial es la enfermedad, el debilitamiento progresivo que conduce paulatinamente a la muerte del alma. Por eso el demonio lleva insensiblemente a las almas por esta pendiente. Es homicida y busca la muerte de las almas.

El mundo, iglesia de Satanás, enseña las máximas del demonio que pervierten los espíritus y corrompen los corazones. ¡Cuántos cristianos piensan, hablan y obran según la verdad del Evangelio sino según las ideas y máximas del mundo!

Cuando el mundo no puede seducirnos, intenta atemorizarnos, ya por las persecuciones organizadas contra los creyentes, ya mofándose de la piedad de los devotos, ya amenazando a los fieles.

3. El demonio es el príncipe del mundo. Quien rechaza el suave yugo de Jesús, se hace esclavo de Satanás. El mundo es el imperio en el que reina Lucifer. El mundo humaniza al demonio: le presta ojos para ver, labios para reír, manos para obrar la iniquidad. Así como la Iglesia es la encarnación y prolongación de Jesús, así el mundo es la encarnación de Satanás. Por eso San Juan llamó despreciativamente al mundo sinagoga de Satanás (Ap, 2, 9). Todo lo que la santa Iglesia es y hace en orden a la santificación y a la salvación, el mundo lo es y lo hace en orden a la seducción y a la perdición eterna de las almas.

San Pedro compara al demonio con un león rugiente que da vueltas alrededor de nosotros con intento de devoramos (1Pe 5, 8-9).:

Sed sobrios y estad en vela: vuestro adversario el diablo ronda, como un león rugiente, buscando a quien devorar. Resistidle, firmes en la fe, sabiendo que los mismos padecimientos sufren vuestros hermanos en el mundo.

La pelea, pues, que hemos de reñir con el demonio, así como con el mundo y la concupiscencia, nos confirma en la vida sobrenatural, y nos da ocasión de adelantar en ella.

II. Consecuencias morales del carnaval

Los carnavales son el afloramiento de la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos y la soberbia de la vida.

La vida cristiana no es una conformidad con las máximas del mundo, sino una lucha de capital importancia porque ella nos lleva a la vida eterna.

La triple concupiscencia, que conservamos de nuestra primera generación, y que se encargan de reavivar y reforzar el mundo y el demonio: inclinación habitual que nos induce al apetito desordenado de los placeres sensuales, de nuestra propia excelencia y de las riquezas.

Así, han de estar necesariamente en pugna continua dos hombres: la carne, o sea el hombre viejo, que desea y busca el placer, sin cuidar para nada de la moralidad, que lo inclina a placeres prohibidos y peligrosos, a los cuales se ha de renunciar por deber, o sea, porque así es la voluntad de Dios; más, como la carne persiste en sus deseos, la voluntad, ayudada por la gracia, está obligada a mortificarla, y, si menester fuere, a crucificarla, es, pues, el cristiano un soldado, un atleta, que lucha por alcanzar una corona inmortal, y así hasta la muerte.

Fuentes

https://es.scribd.com/document/249199699/Carnaval-o-Carne-Para-Baal
https://contralaapostasia.com/2015/03/14/carnaval-o-carne-para-baal/
https://adelantelafe.com/el-carnaval-no-es-cristiano/
Adaptado por Proyecto Emaús