El camino hacia la humildad según San Bernardo


San Bernardo de Claraval, el gran santo mariano, enumera los doce pasos hacia una humildad más profunda en su primera obra publicada, el Tratado sobre los grados de humildad y orgullo, compuesta en torno a 1121. Sus sermones sobre los doce grados de la humildad de San Benito gustaron tanto a Geofredo de la Roche, que pidió al abad los pusiera por escrito.

1. Curiosidad

La curiosidad se revela en miradas errantes y en una sed por conocer noticias inútiles. Hay una curiosidad sana, pero a menudo profundiza “donde no debería”: los asuntos de los demás, temas privados, situaciones pecaminosas, etc. ¿Cuál es el vínculo entre la curiosidad y el orgullo? “Que pensamos que tenemos derecho a saber cosas que no tenemos derecho a saber”. Y esa mirada orgullosa e indiscreta cae entonces sobre asuntos “que no nos convienen o nos distraen, o que superan nuestra capacidad de abordarlos bien”.

2. Ligereza de pensamiento

El hombre de pensamiento ligero es el que, descuidándose a sí mismo, vigila estrechamente a los demás, envidiándoles por sus virtudes y despreciándolos por sus faltas.

Hay un “sentido del humor que es razonable” y “alguna diversión recreativa” a la que debemos hacer un espacio. Son necesarios momentos de relajación para hablar de deportes o de cine o de música. Pero, con demasiada frecuencia, eso es lo único que hacemos, y dejamos de lado asuntos que deberíamos abordar seriamente. No se puede dedicar horas a ver una serie de televisión tras otra, mientras no dedicamos ni un minuto a la oración, a la atención a los pobres o a nuestra formación cristiana y la de nuestros hijos. ¿Por qué esto es orgullo? Porque “dejamos de lado lo que es importante para Dios y lo sustituimos por nuestras fútiles prioridades.

3. Vana alegría

En el tercer grado del orgullo se encuentra el hombre entregado a una alegría no provechosa.

Es el paso siguiente que transforma la ligereza de pensamiento en “comportamientos frívolos” que enfatizan las experiencias banales en detrimento de las más profundas. Hay que ser rico en las experiencias “que le importan a Dios”, y no dar facilidades a que nuestro orgullo “maximice lo inferior y minimice lo superior”.

4. Jactancia

El jactancioso es aquel que tiene que decir tanto en su favor que tiene que hablar o reventar.

Cada vez más encerrados en nuestro pequeño mundo de una inteligencia oscurecida y un comportamiento atolondrado, empezamos a disfrutar con las actividades más viles y carnales y a considerarlas un signo de grandeza: empezamos a presumir de tonterías. La jactancia consiste en “hablar y pensar de uno mismo mejor de lo que es verdadero y razonable”. Hay que apreciar los dones recibidos, pero sin olvidar que son dones recibidos, esto es, “Dios nos los da y los demás nos ayudan a desarrollarlos.

En su célebre Mesa de los pecados capitales, que se exhibe en el Museo del Prado de Madrid, El Bosco representó el orgullo o soberbia con una mujer que se mira a un espejo sostenido por un demonio.

5. Singularidad

El amante de la singularidad adopta este lema: «Yo no soy como los demás hombres» (Lc 18, 2); su ambición es no ser, sino parecer mejor que los demás.

Llegados a ese punto “nuestro mundo es cada vez más pequeño y sin embargo lo que pensamos de nosotros mismos es cada vez más grande… Olvidamos nuestra dependencia de Dios y de los demás, y quiénes y qué somos”. Empezamos a creer que las cosas son como creemos que son: “Aferrados solo a nuestra propia opinión, descartamos las evidencias de la realidad dejamos de buscar la información y el consejo de los demás… Nuestro mundo se hace cada vez más singular, centrado cada vez más solo en nuestro propio yo”.

6. Arrogancia

Se define como “la opinión injustamente favorable e indebidamente elevada que uno tiene sobre su capacidad y su valor”. Y a medida que nuestro mundo es cada vez más pequeño y nuestro orgullo cada vez mayor, nos hacemos más auto-referenciales: “Somos ciegos a lo difícil que resulta vivir con nosotros. Vemos fácilmente las faltas de los demás y ninguna en nosotros mismos.

Empezamos a compararnos favorablemente con los demás y olvidamos por completo que el verdadero modelo a seguir es Jesús. En vez de compararnos con Él y pedir misericordia, nos comparamos con otros a quienes miramos por encima del hombro, abriendo camino al orgullo.

7. Presunción

El que está convencido de aventajar a los demás, ¿cómo no va a presumir más de sí mismo que de los otros? En las reuniones se sienta el primero. En las deliberaciones se adelanta a dar su opinión y parecer. Se presenta donde no le llaman. Se mete en o que no le importa. Reordena lo que ya está ordenado y rehace lo que ya está hecho.

Lo que sus manos no han tocado, no está bien ni en su sitio. Juzga a los tribunales y prejuzga a los que van a ser juzgados. Si al reestructurar los cargos no le nombran prior, piensa que su abad es un envidioso o un iluso. Si le confían algún cargo insignificante, monta en cólera, hace ascos de todo, pensando que uno tan capaz para grandes empresas no debe ocuparse de asuntos tan triviales. En este nivel, incluso el juicio de Dios debe ceder al nuestro.

8. Justificación del mal

De muchas maneras se buscan paliativos para los pecados. El que se excusa dice: «Yo no lo hice»; o «sí lo hice, pero lo hice como es debido». Si ha hecho algo mal, dice: «No lo hice mal del todo». Si lo ha hecho muy mal, entonces dice: «No hubo mala intención». Si le convences de su mala intención, como a Adán y a Eva, se esfuerza por excusarse diciendo que otros le persuadieron. El que excusa con descaro las cosas evidentes, ¿cómo podrá descubrir con humildad a su abad los pensamientos ocultos y malos que llegan, hasta su corazón?

Ya no necesito el juicio de Dios porque me basta el mío, es decir, en sentido literal, salvarme a mí mismo, lo que significa que “haré lo que yo quiera y yo decidiré si está bien o mal”.

9. Hipocresía

En griego, hipócrita significa “actor”. Reconocer las propias faltas y considerarse pecador es propio de la humildad, pero cuando el hombre orgulloso lo hace “solo está actuando”, más para lograr el reconocimiento social que por que tenga una contrición o arrepentimiento reales.

El que se acusa con fingimiento, puesto a prueba por una injuria incluso insignificante, o por un minúsculo castigo, se siente incapaz de aparentar humildad y disimular el fingimiento. Murmura, brama de furor, le invade la ira y no da señal alguna de encontrarse en el cuarto grado de humildad. Más bien pone de manifiesto su situación en el noveno grado de soberbia, que, según lo descrito, puede ser llamado, en sentido pleno, confesión fingida.

10. Rebelión

El orgullo empieza a salirse realmente de control cuando uno se rebela directamente contra Dios y sus respresentantes legítimos. Rebelarse significa renunciar a la lealtad o a cualquier sentido de la rendición de cuentas ante Dios o de la obediencia a Él, a su Palabra o a su Iglesia.

El farsante ya no tiene remedio, a menos que la misericordia divina le tienda su mano compasiva. Es casi imposible que acepte las acusaciones de los demás. Lo normal es que se vuelva más recalcitrante cuando constata que su situación llega a ser desesperadamente agobiante. Así incurre en el décimo grado, y se alza en rebelión: De ahora en adelante ya no habrá más arrogancias personales ni desprecios fraternos solapados. Las desobediencias y vilipendios al maestro mismo son tan claros como la luz del día.

11. Libertad en la viciosa complacencia

En este punto, el orgullo se acerca a su punto máximo, porque “afirma con arrogancia que se siente totalmente libre para hacer lo que le plazca. El hombre orgulloso rechaza cada vez más toda restricción o límite”. “En verdad, en verdad os digo: todo el que comete pecado es esclavo» (Jn 8, 34), dijo Jesús: el orgulloso se hunde tanto más profundamente “en la adicción y la esclavitud” cuanto más alto proclama su absoluta libertad para obrar a su capricho.

12. Hábitos de pecado arraigados

[El santo abad nos enseña que la impenitencia final es el único pecado realmente irremisible.]

Es “la flor más plena y más fea del orgullo”, dice Pope: “El pecado habitual y la esclavitud a él”. Como lamentaba San Agustín en las Confesiones (VIII, 5): “Mi voluntad perversa se hizo pasión, la cual, servida, se hizo costumbre, y la costumbre no contrariada se hizo necesidad”.