Jesús va a Jerusalén, en donde sabe que ha de morir dentro de pocos días  y hace su entrada solemne en la ciudad. Selemne, sí. Más sin embargo, humilde y sencilla. En medio de la tristeza se que respira en toda la Semana Santa se oyen los cánticos de alegría. Las personas de corazón recto salieron a recibir a Jesús con himnos y alabanzas. Pero no faltaban en medio de la multitud los orgullosos fariseos que se consumían de envidia al presenciar el triunfo del Redentor.

Evangelio (Mateo 21, 1-9)

En aquel tiempo, acercándose Jesús a Jerusalén llegado a Betfagé, junto al monte de los Olivos, envió Jesús a dos discípulos, diciéndoles: «Id al pueblo que está enfrente de vosotros, y enseguida encontraréis un asna atada y un pollino con ella; desatadlos y traédmelos. Y si alguien os dice algo, diréis: El Señor los necesita, pero enseguida los devolverá.» Esto sucedió para que se cumpliese el oráculo del profeta: Decid a la hija de Sión: He aquí que tu Rey viene a ti, manso y montado en un asna y un pollino, hijo de animal de yugo. Fueron, pues, los discípulos e hicieron como Jesús les había encargado: trajeron el asna y el pollino. Luego pusieron sobre ellos sus mantos, y él se sentó encima. La gente, muy numerosa, extendió sus mantos por el camino; otros cortaban ramas de los árboles y las tendían por el camino. Y la gente que iba delante y detrás de él gritaba: «¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Hosanna en las alturas!»”