Dios Remunerador

Los hombres tenemos cuerpo y alma. El cuerpo es nuestra parte material y morirá algún día. El alma es nuestra parte espiritual y no morirá nunca.

De la unión del cuerpo y del alma resulta la vida. La separación del alma y del cuerpo significa la muerte. Entonces el cuerpo vuelve a la tierra, y el alma, que es inmortal se dirige a Dios, para que el Señor le dé el premio o el castigo que merezca por sus actos en la vida terrena.

Al comparecer el alma ante Dios es juzgada por sus palabras, por sus obras y por sus pensamientos; por lo que hizo y por lo que dejó de hacer. Y el Señor dicta sentencia.

Si el alma se presenta ante Dios sin mancha alguna, el alma va al cielo, que también se llama gloria y paraíso celestial. El cielo es un lugar de felicidad indescriptible, en donde se ve a Dios tal cual es y en donde se le posee para siempre.

Si el alma se presenta en estado de gracia, pero debiendo pagar por sus pecados alguna pena, va al purgatorio, que es lugar de sufrimientos. Las almas están en el purgatorio hasta que se purifican. Una vez purificadas van al cielo. Las penas que padecen las almas que están en el purgatorio son temporales y de dos clases: pena de daño -privación de la vista y posesión de Dios- y pena de sentido o terribles tormentos.  Es decir, tenemos una deuda. Por eso es que nuestro Señor nos enseñase  a pedir el perdón de «nuestras deudas», las ofensas se perdonan por medio de la confesión. Pagamos nuestra deuda también con actos penitenciales.

Si el alma se presenta ante el Señor manchada por uno o más pecados mortales, entonces va al infierno, lugar de suplicio en donde las almas sufrirán eternamente la pena de daño y la pena de sentido.

Cuando rezamos el Credo y decimos: Creo en la vida eterna, queremos decir que creemos en la otra vida, en la vida futura. Y como no sabemos cuándo vamos a morir, debemos estar siempre preparados para el gran viaje a la eternidad.

Cada uno de nosotros sufrirá al fin de su vida un juicio particular, pero, al fin del mundo, el Señor llamará a todos los muertos y les hará resucitar, volviendo a unirse sus almas con sus mismos cuerpos, para nunca más morir. Entonces tendrá lugar el juicio universal. Ante los hombres resucitados aparecerá por los aires Jesucristo, glorioso y triunfante, acompañado de la Santísima Virgen y rodeado de legiones de ángeles. Los buenos serán puestos por los ángeles a la derecha del Señor. Los malos, con los demonios, serán puestos a la izquierda.

Entonces pronunciará el Señor su eterna sentencia:
– Venid, benditos de mi Padre -dirá a los buenos-, a poseer el reino que os está preparado desde el principio del mundo.

Y a los malos:
– Apartaos de Mí, malditos; id al fuego eterno que está preparado para Satán y los suyos