Cómo ovejas sin pastor: Cuando Jesús denunció públicamente la mentira y la hipocresía


Vivimos en los días en los que muchos lobos se hacen pasar por ovejas, o peor aún,  en los que somos testigos de cómo muchos pastores permanecen inmóviles, pasivos y prefieren voltear la mirada, ver a otro lado mientras sus ovejas son devoradas. Así, mismo en sus días, Jesús padeció esta misma situación y denunció públicamente la mentira y la hipocresía, refiriéndose a la suerte de su pueblo al que comparó con «ovejas sin pastor», totalmente expuestas a quienes las abusaban o que con argucias se beneficiaban de ellas.

Jesús entendió que su pueblo andaba como «ovejas sin pastor» (Mt 9,36). Nadie lo representaba dignamente ante esta situación: el poder político lo engañaba con duras «cargas» que apesadumbraban la vida cotidiana, y el religioso había olvidado hablar como «profeta» y «sanar» como pastor. Uno y otro justificaban lo que sucedía. Tenían miedo (Jn 11,48). Jesús los llama hipócritas porque eran «semejantes a sepulcros blanqueados, que por fuera lucen hermosos, pero por dentro están llenos de huesos de muertos y de inmundicia» (Mt 23,37). Habían hecho de la mentira un modo de vida para sostenerse en el poder, olvidando la causa del pobre, el servicio fraterno.

Nuestro Señor  criticó duramente el sistema político existente en su época con la metáfora «raza de víboras»:

«¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, porque edificáis los sepulcros de los profetas y adornáis los monumentos de los justos, y decís: «Si nosotros hubiéramos vivido en el tiempo de nuestros padres, no habríamos tenido parte con ellos en la sangre de los profetas!»Con lo cual atestiguáis contra vosotros mismos que sois hijos de los que mataron a los profetas.¡Colmad también vosotros la medida de vuestros padres! «¡Serpientes, raza de víboras! ¿Cómo vais a escapar a la condenación de la gehenna?

(Mt 23,33)

Esto le costó la vida. Jesús denunció el comercio que existía en torno al Templo, donde confluían actores políticos, económicos y religiosos; los comparó con una «cueva de ladrones» (Mt 21,13), dejando al descubierto cómo vivían de la mentira, de la corrupción, manipulando las conciencias de los pobres, quitándoles sus bienes (Mc 12,41-44). Al final le matan.

Una mentira es una declaración realizada por alguien que sabe, cree o sospecha que es falsa en todo o en parte, esperando que los oyentes le crean, de forma que se oculte la realidad en forma parcial o total. Una cierta oración puede ser una mentira si el interlocutor piensa que es falsa o que oculta parcialmente la verdad. En función de la definición, una mentira puede ser una falsedad genuina o una verdad selectiva, exagerar una verdad, si la intención es engañar o causar una acción en contra de los intereses del oyente.

La mentira deshumaniza, perturba nuestras palabras, nuestros tratos, divide a las personas (Jn 8,44) y destruye el bien común. Herodes engañó a los sabios para matar a un inocente (Mt 2,1-12), así como algunas autoridades acusaron falsamente a Jesús para poder ejecutarlo (Mt 26,59).

Quien roba y miente le quita el pan, el futuro al pobre, y torna al otro en dependiente, porque ha convertido al «dinero» en su ídolo (Lc 16,13).

Sea vuestro lenguaje: «Sí, sí»; «no, no»: que lo que pasa de aquí viene del Maligno.

Mateo 5:37

«Rechazad, por tanto, toda malicia y todo engaño, hipocresías, envidias y toda clase de maledicencias.»

1ª Pedro 2:1

La «hipocresía» se refiere al acto de afirmar que cree en algo pero actúa de manera diferente. La palabra se deriva del término griego para «actor» -literalmente, «alguien que usa una máscara» -en otras palabras, alguien que pretende ser lo que no es. La Biblia condena la hipocresía por ser un pecado contra la Verdad.

El Señor me dijo: «Este pueblo me sirve de palabra y me honra con la boca, pero su corazón está lejos de mí, y el culto que me rinde son cosas inventadas por los hombres y aprendidas de memoria.

Isaías 29:13

En efecto, Jesús describe la hipocresía como el deplorable estado al que una persona que, debido a que no conoce a Dios Padre, se reduce: una suerte de actor en un escenario. Hay muchas personas que viven sus vidas en una búsqueda desesperada de aprobación humana y aplausos. Disciernen su dignidad y valor, sin considerar a Dios, pues es un extraño para ellos. Están dispuestos a adaptarse, a menudo de manera dramática, para ganar la aprobación humana. Están dispuestos a jugar muchos papeles y a usar muchas máscaras con tal de complacer a la audiencia, a quienes sirven o a fin de lograr sus objetivos.  Son como actores en un escenario, que buscan aplausos, o quizás risas y aprobación.

Por medio del Profeta Isaías Dios reprendió la hipocresía del pueblo que daba culto a Dios en apariencia pero había apartado su corazón de la Ley de Dios para hacer el mal.

A colación, viene perfectamente bien, este extracto de la homilía de Benedicto XVI en la Catedral de Santa María la Real de la Almudena de Madrid, el Sábado 20 de agosto de 2011:

«Bienaventurados seréis cuando os injurien, y os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa.»

 

Apoyados en su amor, no os dejéis intimidar por un entorno en el que se pretende excluir a Dios y en el que el poder, el tener o el placer a menudo son los principales criterios por los que se rige la existencia. Puede que os menosprecien, como se suele hacer con quienes evocan metas más altas o desenmascaran los ídolos ante los que hoy muchos se postran. Puede que os persigan cuando denunciéis la mentira y habléis con la verdad. Será entonces cuando una vida hondamente enraizada en Cristo se muestre realmente como una novedad y atraiga con fuerza a quienes de veras buscan a Dios, la verdad y la justicia.

 

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