De cómo la Virgen trata a las almas elegidas

Sois como lirios perfumados de mi Inmaculado Corazón; lirios que cuido con esmero porque sois adorno del cielo en la tierra. En vosotras me recreo, me regocijo porque sois la locura de mi amor, amor que os lleva a abrazar la cruz de Jesús y a llevarla sobre vuestros hombros sin importar su tamaño o su peso. En vosotras, almas privilegiadas, las llagas del crucificado son sanadas porque vuestro sacrificio y oración son bálsamo que cicatriza sus heridas. En vosotras, almas víctimas, el Sacratísimo Corazón de Jesús halla descanso porque os unís a sus padecimientos en los misterios de su Sagrada Pasión.

Sed cireneos siempre listos y cargar con su cruz. Sed verónicas predispuestas en limpiar su Sagrado Rostro y esculpirlo en vuestro corazón.
Un alma víctima debe meditar diariamente en su Sagrada Pasión, debe acompañarlo en la calle de la amargura y unirse a sus padecimientos en el monte Gólgota.

Un alma víctima debe amar en extremo a Cristo crucificado, besa las llagas con su oración, las sana con su reparación.

Un alma víctima no rehuye al sufrimiento, halla complacencias en él. Un alma víctima mortifica sus sentidos, sus gustos, sus pasiones, sus flaquezas; quiere ser como Cristo crucificado.
Un alma víctima participa diariamente de su inmolación, de su pasión, muerte y resurrección en el Santo Sacrificio de la Misa.
Un alma víctima se deja triturar, moler como trigo porque sabe que ha de morir a su naturaleza terrenal para que brille en ella la Naturaleza Divina.

Un alma víctima guarda silencio en su sufrimiento, en su persecución, en su agonía y lo ofrece todo a Dios como reparación a sus pecados y los pecados del mundo entero.
Un alma víctima no se preocupa más de sí mismo, su único fin es agradar a Dios, consumir su vida en Dios hasta apagar su vida como cirio que arde al pie del Santísimo.
Un alma víctima ve con los ojos de Cristo, habla con las palabras de Cristo, toca con las manos de Cristo, siente con el corazón de Cristo, escucha con los oídos de Cristo y camina con los pies de Cristo.

Un alma víctima se une a mi dolor de ver a mi Hijo Jesús en la agonía de su Cruz.
Un alma víctima se despoja totalmente de sí, para que Cristo crucificado taladre sus manos y sus pies en elleño de la cruz.

Un alma víctima lleva sobre su cabeza la corona de espinas renunciando a sus pensamientos e ideas propias para pensar y actuar como pensó y actuó Jesús.
Un alma víctima lleva grabado en su corazón el rostro sangriento de mi Hijo Jesús, padece por Él, sufre por Él, agoniza por Él y muere por Él.
Un alma víctima lleva su ofrecimiento a una muerte en cruz. Crucifica allí su persona, su naturaleza, su voluntad, su inteligencia.

Un alma víctima repara con su oración cada latigazo, cada salivazo, cada martillazo que diariamente recibe de las almas pecadoras.
Un alma víctima peregrina en la tierra y se goza del cielo porque el hambre y la sed de Dios la consume.
Un alma víctima soporta todo, lo aguanta todo por amor a Jesús crucificado.
Un alma víctima busca aroma de santidad, estado de gracia.
Un alma víctima se inmola diariamente a Cristo crucificado en expiación de sus propios pecados y los pecados del mundo entero.

Un alma víctima convierte la amargura en dulzura, la tristeza en alegría, el padecimiento en refrigerio, la persecución en dulce paz, porque en todo quiere asemejarse a Cristo.
Un alma víctima acompaña a Jesús en la amargura y la soledad del Getsemaní uniéndose a su dolor, a su tristeza, a su padecimiento.
Un alma víctima lleva esculpido en su pecho una cruz, la Cruz Victoriosa que salva, que libera.
Un alma víctima termina en su cuerpo lo que falta a la Pasión de mi Hijo Jesús.

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Las almas a las que Dios destina al sufrimiento deben estimar mucho tal estado y pensar que sin una asistencia especial de Dios, no pueden serle fieles. Tenemos un testimonio de esto en la santificación de San Juan en el seno de su madre, que fue para él una gracia preventiva que le confirió la fortaleza necesaria para responder a los designios de Dios sobre su alma.

El primer toque que Dios da a las que su bondad llama por tal camino, viene a ser como esa santificación, siendo como un nuevo nacimiento a la gracia, y como con frecuencia lo recibimos después de llegados al uso de la razón, de nosotros depende el que esa gracia se nos siga otorgando; pero si llegamos a perderla, como a mí me ha ocurrido por preferir mi amor propio al de Dios, debo con gran confusión y humildad volver a pedírsela a Dios, ya que El me ha concedido tantas gracias como la de darme a conocer que su santa voluntad era que yo fuese a El por la cruz, que su bondad ha querido que yo tuviese desde mi mismo nacimiento y no habiéndome dejado casi nunca en toda mi edad (de mi vida) sin ocasiones de sufrimiento; y después de haberme hecho tantas veces estimar y desear tal estado, me he confiado a su bondad (esperando) que hoy me concedería nueva gracia para hacer su santa voluntad, pidiéndole con todo mi corazón me ponga en lugar y estado para ello, por penoso que haya de ser para mis sentidos.

Fuente: “Extracto de Mártires del Amor Divino”