Cual es el significado de «abrazar la Cruz de Cristo»


Una piedad auténtica penetra cada rincón de nuestras almas, naturalmente agitando nuestras más intimas emociones. La Piedad, sin embargo, es mucho más que los sentimientos. Surge en lo más profundo de nosotros mismos, de nuestro conocimiento de las verdades que gobiernan nuestra vida interior formada de acuerdo con la fe.

Estas  verdades se adquieren a través de diligente y disciplinado estudio, pero la inteligencia, tanto así como la emoción, son una base inadecuada para la piedad, que también reside en la voluntad.

Por lo tanto, debemos desear vivir las verdades que conocemos. No es suficiente entender que Dios es perfecto por ejemplo. También debemos amar su perfección y deseo de tener alguna participación en ella; debemos aspirar a la santidad.

Sin la voluntad de sacrificarnos, nuestros “deseos piadosos”, no son más que simples ilusiones. Las tiernas contemplaciones de las verdades divinas y los sagrados misterios, son semillas estériles si no traen como fruto una firme resolución de vivir nuestra fe.

Es especialmente oportuno el recordar esto durante la Semana Santa, meditando sobre la Pasión de Nuestro Señor Jesús. Esta es una devoción digna de alabanza, pero debemos seguir el camino de la cruz en nuestras vidas. Debemos dar a Nuestro Señor pruebas sinceras durante estos días de nuestra devoción y amor, enmendar nuestras vidas y luchar con todas nuestras fuerzas en defensa de la Santa Iglesia Católica.

«¿Por qué me persigues?»

Cuando Nuestro Señor enfrentó a San Pablo en el camino a Damasco, le preguntó: «Saúl, Saúl, ¿por qué me persigues?». Con estas palabras nuestro Señor quiso significar que perseguir a la Iglesia es perseguirle a Él, pues la Iglesia es el Cuerpo Místico de Cristo.

Si la Iglesia es perseguida en nuestros días, quiere decir entonces que Cristo es perseguido, por lo tanto, la Pasión de Nuestro Señor tiene lugar nuevamente. Cada acción que aleja una alma de la verdadera Iglesia, reaviva esta pasión. Es como arrancar un pedazo del cuerpo Místico de Cristo.

Meditemos sobre sus padecimientos a manos de quienes le perseguían hace casi 2,000 años, pero no olvidemos que hoy en día, se infligen en su Cuerpo Místico, las mismas heridas que tenía su cuerpo físico cuando cargando con su Cruz, se detuvo por un momento frente a Verónica. Consolemos a la Iglesia haciendo aquello que esté a nuestro alcance y a cualquier precio, de la misma manera que lo hiciera aquella piadosa mujer con Jesús.

¿Cuantas almas perderán la fe?

Ciertas verdades sobre Dios y nuestro fin sobrenatural, pueden ser entendidas por medio del uso de la razón. Sin embargo, a pesar de que nuestra razón sea ha visto cegada por el pecado, podemos aún conocer otras verdades gracias a que nuestro Señor en su infinita bondad, nos las ha revelado en el Antiguo y Nuevo Testamentos.

Nuestra creencia en la Revelación está cimentada en la virtud de la Fe. Sin ella, no hay salvación. Sin embargo, nadie puede llevar a cabo un acto de fe sin la ayuda sobrenatural de la gracia de Dios. Dios ofrece su gracia a todos los hombres, pero la derrama abundantemente, a los miembros de su Cuerpo Místico: La Santa Iglesia Católica.

A través de la Fe, el Espíritu Santo habita en nosotros, santificando nuestros cuerpos como su templo (cd.1 Cor. 6:19). Por lo tanto, abandonar o perder la fe, es rechazar al Espíritu Santo y  expulsar a Cristo de nuestras almas.

A pesar de esto, podemos ver a nuestro alrededor a los muchos Católicos que han rechazado la Fe. Fueron bautizados, pero en el curso de sus vidas, perdieron la fe. A pesar de que ellos la perdieron por propia culpa o de que pudiesen haber sido tentados por otros, nadie pierde la Fe sin haber caído en pecado mortal. Indiferentes y hostiles, piensan y viven como paganos. Pueden estar entre nuestros familiares, vecinos o incluso nuestros amigos. Esta desgracia es inmensa. La marca de su bautismo es indeleble. Marcados para el Cielo, están condenados al infierno, donde serán objeto de burla especial y tormento sin igual.

La Sangre de Cristo fe asperjada sobre sus almas y nadie puede borrarla. Es profanada por aquellos que adoptan principios y normas que violan las doctrinas de la Iglesia de Cristo.

¿Y nosotros? ¿Nos preocupamos por todo esto? ¿Nos afecta y duele? ¿Oramos por su conversión? ¿Hacemos reparación? ¿Somos apostólicos? ¿Dónde estuvo nuestro asesoramiento? ¿Nuestra argumentación? ¿Nuestra caridad? ¿Dónde está nuestra defensa valiente y enérgica de las verdades que niegan o insultan?

El Sagrado Corazón de Jesús sangra por esto. Sangra por las apostasías de estas almas y por nuestra indiferencia, una indiferencia que es dos veces culpable porque es indiferente a nuestro prójimo y, ante todo, a Dios.

¿Cuántas almas en todo el mundo están perdiendo su fe? Considere el número interminable de periódicos y revistas impíos, transmisiones y películas, que inundan el mundo a diario. Considere a los innumerables trabajadores de Satanás que, en academia, en el seno de la familia, en salas de reuniones, en lugares de entretenimiento, propagan ideas impías. Las consecuencias están ante nosotros. Instituciones, costumbres y arte. El mundo está cada vez más descristianizado, una indicación innegable de que el mundo entero está perdiendo a Dios.

¿No se nota, percibe o delata acaso que todos estos males responden a un gran proyecto? ¿Pueden tantos, en tantos lugares diferentes, acaso, articular y uniformizar métodos, estar unidos en sus objetivos y desarrollo, y ser una mera coincidencia?

No pensamos en nada de esto. Ni siquiera lo percibimos. Dormimos el sueño pesado de nuestra vida cotidiana… de nuestras distracciones. ¿Por qué no prestamos mas atención? La Iglesia sufre mucho, pero sola. Lejos de ella, muy lejos de ella, dormimos. La escena en el Jardín de los Olivos se repite…

¿No pueden velar una hora conmigo?

Nosotros, por gracia de Dios, aún profesamos la Fe que hemos recibido de nuestros padres y no la hemos abandonado ni traicionado. Pero…¿Cuál es el uso que hacemos de ella? ¿Entendemos acaso que nuestra más grande felicidad en esta tierra es el pertenecer al Cuerpo Místico de Cristo, es decir, a su Santa Iglesia y la de llevar en nuestras frentes el titulo de «Cristiano»?. Entonces, si respondemos afirmativamente – y cuan escasos son aquellos que en buena conciencia pueden –  ¿Estamos dispuestos a hacer los sacrificios necesarios para preservar la Fe?

Antes de contestar con un romántico «si», examinemos nuestras conciencias de manera honesta. ¿Buscamos ocasiones en las que podríamos poner nuestra Fe en peligro? ¿Disfrutamos de placeres mundanos que son indiferentes a este peligro? ¿Vemos o leemos material con contenido contrario o que viola sus estándares? ¿Disfrutamos de la compañía de aquellos que la ignoran e incluso menosprecian?

En virtud de su instinto de sociabilidad, todos los hombres son propensos a ajustarse a la opinión popular, a aceptar el juicio convencional a su alrededor. Las opiniones dominantes en el mundo de hoy contravienen las enseñanzas de la Iglesia en filosofía, sociología, historia, ciencia, arte, en definitiva, en todo. Es muy probable que nuestros amigos sigan esta tendencia. ¿Tenemos el coraje de resistirlo? ¿Protegemos nuestros corazones contra cualquier penetración de ideas erróneas? ¿Somos de la misma opinión con la Iglesia en todo? ¿O nos contentamos con ir negligentemente siguiendo nuestro libre albedrío, asimilando todo lo que el espíritu de los tiempos inculca?

Quizás no hemos expulsado a Nuestro Señor de nuestro almas, pero ¿cómo tratamos a este Invitado Divino? Es él ¿El objeto de toda nuestra atención, el centro de nuestra vida intelectual, moral y afectiva? ¿Es él nuestro rey? ¿O le asignamos solo un pequeño espacio donde es tolerado como invitado secundario, como a un invitado inconveniente?

Cuando el Divino Maestro gimió, lloró y sudó sangre durante su pasión, fue atormentado no solo por dolores físicos, ni solo por aquellos sufrimientos ocasionados por el odio de quienes le persiguieron. También fue atormentado por todo lo que nosotros haríamos contra Él y la Iglesia en los siglo venideros. Lloró por el odio de todos aquellos hombres de mal como Arrio, Nestorio y Lutero. Pero también lloró previendo la interminable procesión de almas tibias, almas apáticas, que, aunque no perseguidas, no lo aman como deberían.

Esta es la innumerable multitud de aquellos que no pasan la vida odiando ni amando y de quienes, según Dante, permanecen a las puertas del infierno porque ni siquiera el infierno tiene suficiente lugar para ellos. ¿Estamos entre estos? Esta es la gran pregunta que con la gracia de Dios debemos responder en los días de recogimiento, piedad, y expiación estamos a punto de entrar.

Fuentese
Artículo presentado en la revista Crusade en abril del 2000.

Traducido por Proyecto Emaús