¿Cómo se transmite el pecado original?


Despejando las dudas sobre un aspecto ignorado de la Teología Mariana

El Pecado Original y la Santísima Virgen

La afirmación simple de «Todos los hombres pecaron en uno sólo» es el gran argumento esgrimido por los protestantes contra la ‘Inmaculada Concepción’. Respondemos, con franqueza evangélica, que no sólo no contradice en nada el dogma católico. De ninguna forma.

El apologista de oro y místico de gran vuelo, San Francisco de Sales, en su «Tratado del Amor de Dios«, expresa esta verdad de un modo soberbio y glorioso:

«El torrente de la iniquidad original vino a lanzar sus ondas impuras sobre la concepción de la Virgen Sagrada, con la misma impetuosidad que sobre los demás hijos de Adán; pero llegando ahí, las olas del pecado no continuaron avanzando, sino que se detuvieron, como otrora el Jordán en el tiempo de Josué, aquí respetando el arca de la alianza el torrente paró; allá en atención al Tabernáculo de la verdadera alianza, que es la Virgen María, el pecado original se detuvo»

Los amigos protestantes deberían comprender la diferencia que hay entre «pecar en Adán» y «pecar personalmente», como son cosas muy distintas pertenecer a una raza pecadora y ser pecador.

¿De que forma nosotros contrajimos el pecado original?

Esta transmisión no puede hacer por la «creación» del alma; afirmar esto sería decir que Dios es el autor del pecado, lo que es imposible y repugna. No se transmite tampoco por los padres, pues el alma de los hijos no se origina del alma de los padres, sino que es creada por Dios. La transmisión se efectúa por la «generación».

El alma es creada por Dios en estado de inocencia perfecta, pero contrae la «mácula», uniéndose a un cuerpo formado de un germen corrompido, de mismo modo que ella sufriría, si fuese unida a un cuerpo herido. Es la opinión del Doctor Angélico, Santo Tomás de Aquino.

San Agustín dice a propósito:

«A pesar de nacer de padres bautizados, los hijos vienen a luz con el pecado original, como del trigo inutilizado germina una espiga, en que el grano es mezclado con la paja».

En ese misterio del nacimiento de una criatura, por lo expuesto, opera una doble concepción: la del alma y la del cuerpo. Fue en ese momento casi imperceptible que Dios preservó del pecado original a la «persona» de María Santísima. Creó su alma, como creó las nuestras. Los progenitores de Nuestra Señora le formaron el cuerpo, como nuestros padres formaron el nuestro.

Hasta aquí todo es natural; el milagro de la preservación se limita al instante en que el creador unió el alma al cuerpo.

De esta unión debía resultar la «transmisión del pecado». Dios hizo parar el curso de esta transmisión, de modo que en ella la unión se operó, como se había realizado en la persona de Adán, cuando Dios, después de haber hecho el cuerpo del primer hombre, sopló en él, constituyéndolo en la perfección de la inocencia y de la justicia original.

María es una segunda Eva… ¡pero una Eva antes de su caída!

Tal es la doctrina de la Iglesia de Cristo.