Celebración cristiana de la Navidad


Ya está perfilada la Navidad con la autenticidad de su acontecimiento central y con la actuación de sus protagonistas principales. Es una fiesta, fiesta interior, el encuentro amoroso del inmenso Dios con la mínima criatura humana en un abrazo de salvación. Por parte de Dios es el mayor milagro de la historia del mundo pues acerca tanto el Cielo a la tierra que convierte a los más corrompidos pecadores en hijos de Dios y ciudadanos del Cielo.

Y toda alma noble que comprenda la significación de la Navidad auténtica no piensa más que en acercarse a su Dios salvador, purificando su interior de toda basura de pecado, y al contemplar con sus ojos la majestad divina aunque esté disimulada por la pequeñez y endeblez del Nilo Dios, le adora fervorosamente, le da gracias con entusiasmo, le ofrece regalos, es como si tanto los magos como los pastores dijeran: Dios se nos ha dado entero. Démonos también con totalidad a Él.

La Navidad es el gesto de un Dios que nos creó, que ahora nos visita, que nos protege, que nos libra de la esclavitud del pecado, a costa de su propia sangre, que nos llama verdaderos hijos suyos, que nos enseña el camino del Reino, que nos impulsa con los sacramentos a caminar con Él, que nos inyecta una gozosa y permanente esperanza del Reino de la felicidad eterna.

En la Navidad no hay nada de deleites y de buena mesa, nada de fiestas rumbosas y caras, nada de espectáculos divertidos, nada de vacaciones de placer, nada de distracciones con árboles y belenes, nada de postales y regalos, todo eso puede ser puro egoísmo al buscar deleites personales: Los magos y los pastores, salen de sí, se superan, se olvidan, se dan a Dios, admiran la cercanía del Salvador, se postran reverentes ante Él, le adoran y sienten la enorme satisfacción de ser amados de Dios.

La palabra Navidad significa nacimiento. No un nacimiento cualquiera, sino el nacimiento humano de un Dios: Jesús. Todo lo demás que se le añada es como para desfigurar su identidad, para materializar su mensaje espiritual, para convertir en un triste carnaval, la visita del Redentor. Por ello nuestra Navidad debe asumir tres realidades:

Primera: la purificación del alma, de todo pecado, imperfección, que sabe a basura y podredumbre ante Dios: Existe el sacramento maravilloso de la confesión, para transformar al hombre-satanás por el pecado en hombre-dios por la gracia.

Segunda: la admiración por la noticia que Dios, Maestro y Salvador ha llegado al mundo, y me invita a mí personalmente a su abrazo, a su diálogo personal, a su amor.

Tercera: la gratitud inmensa del espíritu que impulsa a todo cristiano a buscar a este Niño Dios esté donde esté, lo mismo en un Belén que en un árbol de Navidad, pero mejor en un templo, donde en el Sagrario se halla realmente. Ese es el mejor Belén, y allá adorarlo con los pastores y los magos, ofrecerle nuestros mejores sentimientos de gratitud, de amor, de fidelidad, de intimidad.

A todos nuestros lectores deseamos se cumpla en ellos plenamente el mensaje de los ángeles la Noche de Navidad: «Gloria a Dios en el Cielo y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad».

Fuentes

http://www.infocatolica.com/blog/contracorr.php/1312230303-celebracion-cristiana-de-la-n


Adaptado por Proyecto Emaús