28 de Septiembre: Beato Bernardino de Feltre


Beato Bernardino de Feltre

El Beato Bernardino de Feltre (a veces Bernardo de Feltre) fue un Fraile Menor y misionero. Se le recuerda en relación con el monti di pietà del que fue reorganizador y, en cierto sentido, fundador, junto con el Beato Michele Carcano. La fiesta del Beato Bernardino se celebra en la Orden de los Frailes Menores el 28 de septiembre.


Día celebración: 28 de septiembre.
Lugar de origen: Feltre, Italia.
Fecha de nacimiento: 1439.
Fecha de su muerte: 28 de septiembre de 1494.


Contenido

– Introducción
– Vida temprana
– Toma los hábitos
– Gran predicador
– Auxilio de las autoridades civiles
– Los «montes de piedad» | Controversia
– Días postreros
– Oración al Beato Bernardino de Feltre


Introducción

En Italia el siglo décimo quinto fue de guerras incesantes y de catastróficos desórdenes internos. No se trataba de la defensa de una nación unificada contra la agresión, sino de rivalidades comerciales y disputas políticas entre estados vecinos, cuando las querellas entre los príncipes eran atizadas y aprovechadas por aventureros y mercenarios a sueldo, que no se interesaban para nada en la bondad o maldad de la causa por la que luchaban y que siempre preferían holgar a combatir, y combatir a trabajar honradamente.

Los habitantes de la península estaban a merced de los tiranos y demagogos, desmoralizados por las continuas luchas y la incertidumbre de su existencia, debilitados por los refinamientos del Renacimiento, divididos por agrupaciones y partidos. Y todas aquellas desavenencias e inquietudes penetraron en la Iglesia y debilitaron su influencia: la fe se inclinó hacia la superstición y la moral cayó gradualmente en la ruina de la corrupción.

Sin embargo, en aquel estado de cosas hubo santos que mantuvieron en alto las verdaderas virtudes y gran número de entre ellos pertenecían a la orden de los franciscanos. Entre éstos descuella el Beato Bernardino Tomitani, llamado de Feltre,. gran predicador y economista práctico. Su aparición en el trastornado escenario de Italia había sido precedida por otro Bernardino, el de Siena, quien, durante un sermón pronunciado en Perugia, dijo:

«Después de mí, vendrá un segundo Bernardino, que vestirá el mismo hábito y que hará cosas grandes. Bien sé que muchos no le escucharán, pero a los que le escuchen les pido que crean en sus palabras y se conformen a sus enseñanzas».

Vida temprana

El beato Bernardino de Feltre, nació en 1439, en la ciudad véneta de Feltre, en el seno de la noble familia de Tomitani (aunque algunos investigadores dicen que nació entre los Tome, familia más humilde) ; fue el mayor de diez hermanos y en la pila bautismal recibió el nombre de Martín. El chico fue el miembro más estudioso de la familia.

A la edad de doce años, ya podía componer versos latinos, y su madre tenía que obligarle a jugar con los chicos de su edad para que se apartara de sus libros y cuidara de su salud. En cierta ocasión, Martín advirtió que empleaba demasiado tiempo en su aseo personal y, acto seguido, se cortó la abundante cabellera y declaró que prefería emplear sus horas con la pluma que con el peine.

En 1454, su padre consiguió que le admitieran en el colegio local para notarios y, al cabo de dos años de estudios, le envió a la Universidad de Padua donde se entregó con ardor al aprendizaje de la filosofía y las leyes; al mismo tiempo, comenzó a conocer los pensamientos de los intelectuales de su tiempo, ideas estas que habrían de resultarle muy valiosas en su futuro de predicador.

Toma los hábitos

La muerte repentina de dos de sus profesores en la Universidad causó un profundo efecto en el ánimo del joven y, tan pronto como quedó bajo la influencia del santo franciscano, Fray Santiago de la Marca, quien predicó durante la Cuaresma de 1456 en Padua, se sintió atraído hacia Dios.

En mayo del mismo año, el joven Martín recibió los hábitos entre los frailes menores de la observancia, donde tomó el nombre de Bernardino, en honor del santo de Siena que acababa de ser canonizado. En aquella ocasión, Santo Santiago dijo a los frailes: «Reclutamos hoy en la milicia de Jesucristo a un soldado que dará brillo y esplendor a nuestra orden y contribuirá poderosamente a la mayor gloria de Dios y la confusión de Satanás».

Entre los placeres a que renunció Bernardino al tomar los hábitos, figuraba en primer lugar la música:

«Para los que se consagran a Dios», escribió más adelante, «la música no es cosa conveniente. Esos cantos que agradan al oído por la armonía de las voces, no son agradables al Señor. Yo no desearía escuchar nunca un Kyrie en música orquestal, en cambio lo escucho con gusto puesto en canto llano. La música orquestal está vedada en todos los monasterios de la observancia, puesto que consideramos escandaloso producir algo así como un concierto».

Fray Bernardino fue ordenado sacerdote en 1463 y, durante seis años más, llevó en su convento una tranquila vida de plegaria y estudio. Hasta entonces, Fray Bernardino no había pronunciado sermones en público, pero durante el capítulo general reunido en Venecia en 1469, se le nombró predicador y, a pesar de sus protestas y su confusión, tuvo que aceptar. No por eso disminuyó su nerviosismo ni la falta de confianza en sí mismo.

Alegaba que no estaba dotado para la tarea que querían encomendarle, a causa de su pobre presencia física, puesto que era de estatura tan corta que, cuando le fue presentado al Papa Inocencio VIII, éste le llamó Párvulas, y el propio Bernardino solía firmar sus cartas con los adjetivos «piccolino e poverello» antes de su nombre.

A tanto llegaron sus vacilaciones, que fue a consultar el caso con su director, Sixto de Milán, a quien señaló su falta de experiencia, su ignorancia, sus inhabilidades. Sixto le pidió que se arrodillara y entonces hizo el signo de la cruz sobre sus labios y le dijo: «Dios curará todas las trabazones de tu lengua para que comprendas que el don de predicar viene tan sólo de Él. ¡Nada puedes temer, hijo mío! Aprenderás más de tu crucifijo que de tus libros».

Desde aquel momento, Bernardino ya no sintió ningún temor ni experimentó más dudas. Sin embargo, la primera vez que subió al púlpito ante una nutrida concurrencia, el día de la fiesta de su patrón, se sintió presa del pánico y se olvidó de todo cuanto quería decir, de cómo lo quería decir, de todo su bien preparado discurso con sus pausas y entonaciones.

Pero sí recordó su amor y su admiración por las virtudes de San Bernardino de Siena y de eso habló, espontáneamente, con facilidad y apasionamiento que se transformó en verdadera elocuencia.

Desde aquel día, no volvió a hacer el intento de pronunciar un sermón preparado con anterioridad; se limitaba a anotar los puntos que iba a tratar, oraba para que el Espíritu Santo lo iluminase y, lleno de confianza en sí mismo, improvisaba con extraordinaria brillantez. «La oración», comentaba, «es una preparación mejor que el estudio; es más efectiva y más rápida».

Gran predicador

Durante veinticinco años, Bernardino predicó por todo el territorio de Italia. Grandes multitudes le aclamaban; los papas, los obispos sabios y justos, los otros famosos predicadores le alababan sin reservas, los perversos clamaban en su contra y todos reconocían su gran poder. Como no había iglesias con la capacidad suficiente para contener a las muchedumbres que ansiaban escucharle, a menudo hablaba en las plazas públicas.

En Florencia y en Pavía las concurrencias llenaron las grandes plazas principales; en Padua y en Feltre las gentes de fortuna alquilaron los mejores sitios de la iglesia mientras durase su estadía; tres mil personas le siguieron desde la ciudad de Crema, donde había predicado aquel día, hasta Lodi, donde se anunciaba su sermón para el siguiente.

Se estima que el fraile predicó más de tres mil seiscientas veces, pero sólo ciento veinte de sus sermones han llegado hasta nosotros. Por ellos, se puede juzgar que hablaba con absoluta sencillez, con mucha vida y sin recurrir a los adornos de la oratoria. Aun trataba de evitar las citas en latín, porque, como él decía, «La ostentación nunca hace bien. Un sermón cuya trama queda con frecuencia interrumpida por citas, no se mete en los corazones ni llega a convencer a nadie».

A Bernardino se le envió a ejercer su ministerio entre una sociedad constituida, en su mayoría, por gente egoísta, orgullosa y depravada; el fraile opuso a sus vicios la caridad, la austeridad y la humildad. Jamás se olvidó de que era un fraile menor y, cuando recibía en su casa, lavaba los pies a los visitantes, rehusaba la hospitalidad de los ricos y vivía en las casas pobres y entre las familias modestas cuando andaba de viaje. Pero consideraba con razón que tan sólo el buen ejemplo no es bastante y muchas veces se le oía hablar con energía inusitada contra los vicios que observaba a su alrededor.

«Se diría», escribió Jerónimo de Ravena, «que cuando ataca el mal no habla, sino que arroja rayos y truenos por la boca. En dos ocasiones, el furor con que denunciaba los escándalos públicos, hizo que se le reventaran las venas. «Tiene la mano muy pesada y no sabe halagar», comentó sobre él, tras uno de sus sermones furibundos, el cardenal d’Agria.

Como era de esperarse, su vehemencia le creó muchos enemigos, que algunas veces llegaron a atentar contra su vida, pero él continuó su trabajo, imperturbable. Gracias a sus prédicas, consiguió que se impusieran normas a los desórdenes del carnaval y logró la clausura de varias casas de juego en diversas ciudades; a causa de los abusos que se cometían durante las carreras del día de la Asunción en Brescia, los tradicionales festejos fueron suprimidos; en varios lugares las autoridades civiles destruyeron las estampas y los libros inmorales y procaces.

Tal como había sucedido antes con San Bernardino de Siena y en la misma época con Savonarola, cada misión del predicador culminaba con la erección de una pira frente a la iglesia, a la que se prendía fuego para que las gentes arrepentidas quemaran sus barajas, dados, libros y estampas obscenas, joyas de utilería, pelucas, afeites, filtros mágicos y objetos de superstición, paquetes de escandalosos vestidos femeninos y otras vanidades. A aquellos incendios les llamaba Fray Bernardino, «las quemas de la plaza fuerte del diablo» y estaban destinadas no tanto a eliminar las ocasiones de pecado, cuanto a causar una impresión profunda en la imaginación del pueblo.

Auxilio de las autoridades civiles

Ante un llamado suyo, las autoridades civiles se apresuraban a aprobar o abolir leyes: los hombres y las mujeres quedaron separados en las cárceles se aprobó el Acta de Propiedad para las mujeres casadas y se impidió que los esposos despilfarrasen los bienes de sus consortes; los senados de Venecia y de Vicenza dejaron de otorgar la inmunidad a los delincuentes que, para quedar a mano con la ley, perseguían a los asesinos y traían sus cabezas.

Fray Bernardino no se detenía a considerar la calidad o la posible influencia de una persona cuando se trataba de combatir alguna trasgresión a la ley moral. Amonestó al príncipe de Mantua, que era un patrocinador muy liberal de los Frailes Menores, por no restringir la rapacidad y el desenfrenado ejercicio del poder entre sus cortesanos; en Milán pronunció un sermón desafiante contra los manejos del duque Galeazzo Visconti; denunció a los Oddi y a los Baglioni, jefes de los partidos rivales en Perugia; cuando Fernando I de Nápoles le ordenó que se trasladase desde Aquila para comparecer ante el tribunal, Bernardino se negó a dar cuenta de sus palabras, a menos que se lo ordenaran sus propios superiores.

Los príncipes más sabios y los más prudentes le admiraban y confiaban en él, y no fueron pocas las veces en que solicitaron sus servicios para gestionar las paces. En Brescia, en Narni, en Faenza y en otros sitios, apaciguó reyertas públicas y hasta tumultos, y el propio Papa Inocencio VIII le mandó en una misión de paz a Umbría. Sólo las rivalidades feudales en una ciudad desafiaron todos sus esfuerzos.

En tres oportunidades, en 1484, en 1488 y, en 1493, un año antes de su muerte, se trasladó a Perugia para establecer la concordia en las disensiones, pero siempre fracasó. Con el propósito de hacer duradera la paz, fomentó la organización de asociaciones de terciaros que se comprometiesen a no hacer uso de las armas contra nadie. A diferencia de otros predicadores y moralistas de su tiempo, Fray Bernardino no permitió que sus propios triunfos o los abusos y relajamientos que observaba entre otros eclesiásticos, le alejaran de la obediencia o le indujeran a adoptar una actitud independiente hacia sus superiores y las autoridades de la Iglesia.

Cuando la Santa Sede le ofreció facultades para absolver pecados que correspondía tratar a los obispos, repuso: «Los obispos son los pastores indicados del clero y del pueblo, y yo prefiero depender de ellos en todas las circunstancias en que las leyes de la Iglesia lo requieran».

Los «montes de piedad» | Controversia

Un siglo antes, Miguel de Northborough, obispo de Londres, dejó al morir un millar de marcos de plata para que se hiciesen préstamos a los pobres, sin cobrar intereses y con la única garantía del depósito de alguna prenda; y entre las varias experiencias de esta naturaleza, aquella fue la que constituyó el primer «monte de piedad».

En 1462, Bernabé de Terni, otro franciscano, fundó en Perugia una «casa de préstamos» destinada a hacer empréstitos de cantidades reducidas de dinero a los pobres, a cambio de objetos depositados y a intereses muy bajos. Aquella institución tuvo éxito inmediatamente; al año siguiente, se estableció una segunda casa en Orvieto y, muy pronto, los Monte, di pietá se extendieron por la Marca, los Estados Pontificios, la Toscana y otras regiones.

El sistema fue examinado, reorganizado y perfeccinado por Fray Bernardino quien, en 1484, inauguró su propio monte de piedad en Mantua (el cual tuvo que cerrar muy pronto a causa de la hostilidad de los usureros) y administró otras veinte casas durante los ocho años siguientes.

Los detalles de la administración variaban pero, por regla general, manejaban los montes de piedad comisiones mixtas de frailes y laicos, y algunas de las casas de préstamos pertenecían al municipio. El capital inicial se obtenía por suscripciones o por empréstitos de los propios judíos; todas las ganancias se agregaban al capital y se aplicaban a la reducción de los intereses.

Por esa causa, era natural que Fray Bernardino fuese blanco de los ataques de los usureros de Lombardía, los cuales consiguieron que algunos de los montes de piedad fuese clausurados. Sin embargo, surgió una oposición más grave e igualmente inevitable, por parte de algunos canonistas, moralistas y teólogos, quienes insistían en que el interés que se cobraba, por reducido que fuese, constituía una usura, de acuerdo con las leyes canónicas y, en consecuencia, era pecaminoso.

Aquellos críticos pedían que si se hacía un préstamo, no se cobrase interés ninguno, lo cual hubieses significado que los montes no habrían podido sostenerse por sí mismos y, por lo tanto, Fray Bernardino se mantuvo firme en su opinión de que era necesario cobrar intereses reducidos. La controversia fue tan prolongada, que en vida del fraile no se llegó a ningún arreglo. Sin embargo, en el quinto Concilio General de Letrán, en 1515, se decretó que los montes de piedad eran instituciones legales y dignas
de aliento y de respaldo.

De ahí en adelante, surgieron prolíficamente por toda Europa occidental, a excepción de las Islas Británicas. Al Beato Bernardino se le recuerda también por sus esfuerzos en pro de estas instituciones benéficas, y en sus imágenes se le representa, a veces, con un montículo verde en las manos, sobre el que campean tres cruces y una leyenda que dice: Curam illius habe.

Días postreros

Fray Bernardino se mantuvo en actividad hasta el fin de su vida. A principios de 1494, dijo ante una concurrencia de florentinos que ya no le volverían a ver y, cuando llegó a Siena, corría de boca en boca la noticia de que había muerto. «Si se dan oídos a lo que se dice», comentó, «yo he muerto muchas veces. Pero vendrá el día y vendrá pronto, en que la noticia de mi muerte sea cierta».

En aquella ocasión, se entrevistó con el cardenal Francesco Piccolomini (posteriormente el Papa Pío III), quien deseaba ser su penitente. Aquella entrevista le dio oportunidad a Bernardino para hacer un juego de palabras ingenioso, puesto que, en un momento dado, dijo: «Tanto su Eminencia como yo. somos piccolomini, ¿no es verdad?» y, como la palabra italiana piccolomini, significa hombres pequeños y, al mismo tiempo que era el apellido del cardenal, describía la corta estatura de Bernardino, aquel soltó la risa.

A fines de agosto, el fraile viajó a Pavía y, no obstante que se sentía al cabo de sus fuerzas, subió al pulpito a predicar y dijo a su auditorio: «Ya oigo los martillazos que dan los franceses al herrar sus caballos para lanzarse a la invasión de Italia . . .».

Pocos meses más tarde, los ejércitos del rey Carlos VIII penetraron en territorio italiano, pero ya para entonces hacía tiempo que Fray Bernardino de Feltre estaba en mejor vida, puesto que el 28 de septiembre anterior había muerto en Pavía. Su culto fue aprobado en 1728.

Oración al Beato Bernardino de Feltre

Beato Bernardino de Feltre | Fuentes
La vida de los Santos por Butler