Algunos engaños del demonio


San Cipriano el brujo y Santa Justina

El demonio y sus esbirros en la tierra, intervienen e interfieren a diario en la vida del cristiano, buscando que estorbarle y alejarle del camino de la verdad.

El Padre de la Mentira tiene muchas maneras de deformar a los hombres. Todos vivimos la tentación y el vicio de alguna u otra forma en más de una ocasión. Pero en algunas oportunidades, permite Dios que el ataque sea más sensible, para formación espiritual de sus hijos y humillación del tentador. Aquí contamos algunos casos afortunados, y otros nefastos en la actuación de quienes pasaron por estos artilugios infernales.

Queriendo explicar el Apóstol las ilusiones con que engaña el demonio a las almas mal advertidas, dice que «el mismo Satanás se disfraza de ángel de luz» (2 Cor. 11, 14). Veis aquí las apariencias y las ilusiones con que el engañador hace parecer lo falso por verdadero.

Y porque los ángeles del cielo, enviados por Dios para consolar o para instruir o para animar a sus siervos, y alguna vez para manifestarles también las cosas futuras, suelen venir coronados de rayos y resplandores muy debidos a su glorioso estado, también él se cubre con manto de luces y esconde con ellas su fealdad, para parecer lo que no es.

Y porque los ángeles expresan sus embajadas con voces claras, que ahora resuenan en los oídos del cuerpo, y ahora en lo profundo del corazón, y también él finge semejante modo de hablar y hace penetrar un semejante sonido en los oídos del cuerpo o del corazón.

Recordemos que el deseo del demonio es siempre de arruinarnos. Baste decir que San Antonio vio en una ocasión a todo el mundo sembrado de lazos, los cuales no significaban otra cosa que los engaños, las astucias y fraudes que el demonio arma – en formas mas o menos explícitas – para hacernos caer y precipitarnos en el abismo de todos los males.

El caso del santo ermitaño Abraham

Así tentó el enemigo de engañar al santo ermitaño Abraham, según la relación que nos hace San Efrén. Porque hallándose el Santo solitario recogido en devota oración, vio de improviso resplandecer toda su habitación con una bella luz que en medio de la noche formaba un claro día, y oyó que le decían estas palabras:

«Feliz tú, Abraham, que no tienes semejante; porque has cumplido en todo mi querer»

– San Efren en «La vida de San Abraham»

Pero Abraham, como quien tenía el verdadero espíritu del Señor, entendió luego quién fuese aquel que venía a visitarlo con pompa de tanta luz, y que le daba tan feliz anuncio; y así le echó con desprecio, diciéndole:

«Anda lejos de mí, espíritu falaz y engañador. Yo no soy cual tú me predicas: soy un miserable pecador. Con todo eso tengo en mi defensa a Jesucristo, en cuyo nombre te arrojo, perro infernal».

El caso de San Simón Stelita

Del gran San Simón Stelita refiere Antonio, su discípulo y escritor de su vida, que un día se le apareció el demonio rodeado de hermosos resplandores, sobre una carroza de fuego, y llegado a la columna en que hacía vida celestial, apartado de todo comercio humano, le dijo:

«El Señor me ha enviado del paraíso, como su mensajero, para que te arrebate al cielo, como arrebaté a Elías en otra ocasión, y en una semejante carroza lo transporté. Sube, pues, y vamos al cielo, donde los ángeles, los Apóstoles, los mártires, con María, Madre de Dios, esperan con ansia tu llegada»

– Antonio en «La vida de San Simon Stelita».

¡Cosa maravillosa! A la llegada de aquel falaz mensajero no conoció el santo hombre el engaño. Dio crédito al embuste (quizá lo permitió Dios, para hacernos a nosotros más cautos). Levantó el pie para subir sobre aquella carroza flamante. ¿Pero qué? Señalándose en aquel acto la frente y el pecho con la santa cruz, desapareció al punto el coche, los caballos y el mensajero, y se desvaneció al instante de sus ojos aquella falsa luz.

Un hecho semejante refiere Paladio de San Juan, que predijo con espíritu profético una insigne victoria al Emperador Teodosio. Porque se le apareció también a él el demonio en figura hermosa, sobre un coche muy luminoso, prometiéndole trasladarlo a las estrellas si, doblando la rodilla, lo adorase. Pero Juan, guiado por la luz celestial, conoció el engaño y le respondió:

Yo adoro al Rey del cielo, pero tú no lo eres.

– Paladio en «Alabanzas».

A esta repulsa desapareció la visión y el urdidor de la trama se alejó confuso.

El caso de San Pacomio

Otras veces se transfigura el enemigo infernal en otras formas. Para engañar a las almas recogidas con Dios, toma la figura de algún Santo o Santa, y tal vez toma el temerario la semejanza del mismo Jesucristo, por acreditar con aquella mentida apariencia la falsedad, y autenticar la mentira.

En esta forma se presentó delante de San Pacomio, diciendo:

Yo soy Cristo, que vengo a ti mi fiel siervo, para visitarte

Dionisio, en «La vida de San Pacomio».

Pero el Santo, no experimentando en sí aquellos efectos de paz, de quietud y serenidad que solían causarle las verdaderas visiones del Redentor, lo arrojó con indignación y oprobio, diciéndole:

«Apártate de mí, diablo; que maldito eres, y maldita es tu visión».

Entonces se fue el demonio, y dejando un horrible hedor, dijo:

Te habría ganado con mi engaño, si no lo hubiese impedido el Redentor con su poderoso brazo: mas no por eso pierdo el ánimo; jamás dejaré de hacerte fiera guerra.

El caso del Monje Valente

Mas lo que en este particular debe llenarnos de un justo y santo temor, es el saber que el demonio, con estos sus engaños, no sólo ha alucinado los ojos de hombres santos, sino que tal vez los ha cegado totalmente. Es digno de lágrimas el caso que trae Paladio de Valente, monje de gran virtud.

A éste se le comenzó a aparecer el demonio en forma de ángel muy resplandeciente, y hallando creencia en el hombre simple, volvía frecuentemente a engañarlo con estas lúcidas apariciones. De manera que el infeliz, pareciéndole ya que estaba introducido entre los coros de los ángeles, y admitido a tratar familiarmente con ellos, se elevó con soberbia, como si hubiese llegado a ser uno de ellos.

Entonces el enemigo, viéndolo tan dispuesto a recibir los engaños, lo ganó del todo con otra muy fuerte ilusión. Púsole delante de los ojos una larguísima procesión de mil ángeles, todos con hachas encendidas y resplandecientes en las manos.

Al fin de ella venía un personaje de más hermoso y decoroso aspecto, que representaba la persona de Cristo. A su llegada, uno de los ángeles que estaban a su lado, vuelto hacia el monje, le dijo:

«Valente, Cristo te ama tanto, que ha venido a visitarte acompañado de tan noble comitiva; sal presto al encuentro, y adóralo profundamente».

Salió al punto el monje de su celda y lo adoró. En aquel acto se enseñoreó tanto de él el espíritu de la soberbia, que habiendo entrado poco después en la iglesia con otros monjes, comenzó a decir a manera de un loco y desatinado:

«Yo no necesito comulgar, porque hoy mismo he visto a Jesucristo con mis ojos».

Los monjes, al oír proposición tan impía, quedaron escandalizados y debieron encerrarlo por un tiempo.

Ni son menos lastimosas las caídas que cuenta Casiano de monjes santos, pervertidos por el demonio con falsas revelaciones y vanas representaciones. Llora él la ruina de un viejo Erón, el cual, después de cincuenta años de vida gastada en la soledad, lejos aún del comercio y conversación de los monjes, con tanta austeridad que hacía escrúpulo de alimentarse aún el día de Pascua con una mísera escudilla de lentejas, engañado al fin por el demonio, pereció infelizmente.

Porque dando crédito al ángel del infierno transformado en ángel del paraíso, se arrojó en un profundísimo pozo confiado en la palabra que le había dado el engañador, de que saldría sin lesión alguna.

Y lo peor fue, que sacado por los monjes con gran trabajo, no quiso persuadirse en tres días que sobrevivió, de que aquella había sido ilusión, ni detestarla, aun experimentando en sí mismo sus funestos efectos. Y así, después de tantos años de vida penitente, murió al fin impenitente por soberbia y apego a sus propias ideas.

Por esto recomiendan los directores espirituales, desde tiempos antiguos, una gran objetividad, un gran amor de Dios en descubrir la verdad y una profunda humildad tanto en quienes dirigen como en quienes viven o han vivido experiencias de apariencia sobrenatural.