Al igual que Cristo, la verdadera iglesia es rechazada por el mundo

Por Monseñor Fulton J. Sheen

Si yo no fuera católico y quisiera encontrar cuál fuese hoy, en el mundo, la Iglesia verdadera, iría en busca de la única Iglesia que no estuviese de acuerdo con éste; en otras palabras: iría en busca de la Iglesia odiada por el mundo. En efecto, si Cristo está hoy en alguna Iglesia en el mundo, debe de ser odiado todavía en ella como lo era cuando vivía sobre la tierra. Según esto, si quieres hallar a Cristo hoy, encuentra a la Iglesia que no esté de acuerdo con el mundo; busca a esa Iglesia a la que acusan de no estar a la altura de los tiempos, igual que acusaban a Nuestro Señor de ser un ignorante y de no haber estudiado jamás; busca a esa Iglesia a la que los hombres escarnecen por su inferioridad social, así como escarnecían a Nuestro Señor porque venía de Nazaret; busca a esa Iglesia a la que acusan de tener demonio, como se acusaba a Nuestro Señor de estar poseído por Belcebú, príncipe de los demonios; busca a esa Iglesia a la que los fanáticos quieren destruir en nombre de Dios, del mismo modo que crucificaron a Cristo pensando que así servían a Dios; busca a esa Iglesia que el mundo rechaza porque se proclama infalible, como Pilato rechazó a Cristo porque decía que era la Verdad; busca a esa Iglesia que el mundo se niega a recibir, igual que los hombres se negaron a acoger a Nuestro Señor.

Por lo tanto, es el hombre el que debe adaptarse y aceptar la doctrina infalible de la única Iglesia verdadera fundada por Cristo: la Católica-Romana. La doctrina de Cristo es siempre perenne, siempre vigente, siempre joven, siempre manantial de frutos y gracias. No es la Iglesia la que debe adaptarse a los errores del mundo. Sólo en la Iglesia verdadera hay salvación. La Iglesia Católica enseña cuáles son los enemigos del alma: mundo, demonio y carne. La doctrina de la Iglesia es inmutable, aunque algunos de sus jerarcas intentasen cambiarla y enseñacen de diferente manera, pues la doctrina de Cristo y su Verdad permanecen incólumes a través de los siglos y la historia, hasta el final de los tiempos. La Verdad siempre fue, es y será. Cristo ayer, hoy y eternamente. El Redentor ya lo dijo: “Los cielos y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán”. No hay nada más cierto, pues su palabra es de un Dios eterno y por lo tanto siempre vivo. Sus palabras serán por lo tanto, Verdad eterna e inmutable y manantial de agua siempre viva para la juventud, vida y salvación de nuestras almas.