Ahora y en la hora de nuestra muerte…


Después de que el Espíritu Santo descendió en forma de lenguas de fuego en los Apóstoles el día de Pentecostés, San Pedro salió ante una gran multitud y habló con tanta pasión, unción y sabiduría, que cinco mil pidieron a la vez el santo bautismo.

En esa multitud había una pobre joven que escuchaba con toda su alma. Se llamaba Liliana.

Liliana era pobre y humilde, y se ocupaba de las tareas domésticas. Algunos días después de ese gran día cuando escuchó a San Pedro predicar, Liliana cayó enferma. Su enfermedad empeoró gradualmente y pronto, exhausta y debilitada, quedó en cama.

El diablo, que es un gran cobarde, la había estado observando muy de cerca, «»¡Ja, ja!». Pensó: «Ahora está tan débil y enferma que puedo provocarla a pecar y, tal vez, incluso robarle su nueva Fe». Verán, mis amigos, el diablo está muy resentido con todos los que profesan nuestra santa fe católica, porque esa fe, les da los medios para alcanzar el cielo y ver al buen Dios bueno, cosa que el diablo nunca podrá hacer…

En su estado debilitado, la pobre niña consintió en algunos pecados. Ahora, todos sabemos que cuando cometemos pecado, nos debilitamos, lo que hace que sea mucho más fácil para el diablo tentarnos aún más.

Entonces, el diablo tomando la apariencia de una mujer, se acercó al lecho de Liliana y comenzó a hablar sobre la nueva Iglesia que acababa de ser fundada:

«Sabes no deberías escuchar lo que esos discípulos de ese Hombre que acaba de morir en la cruz tienen que decir». Te están engañando. Todas esas cosas que te dicen son mentiras. Deberías mantenerte alejada de ellos. Si no lo haces, los mismos sacerdotes y jueces que crucificaron a su Maestro te castigarán».

Una y otra vez fue el diablo, repitiendo su historia, hasta que la joven estuvo casi convencida de que verdaderamente debía renunciar a su recién adquirida Fe. Aún así, ella preguntó:

«Pero, ¿qué pasa con esa señora a quien he visto con el  los Cristianos y que es tan hermosa, tan buena, tan amable y paciente?

Respondió el diablo:

«Oh…no lo creerás… ¡Ella es la peor de todas! ¡No te dejes engañar por su aspecto y su supuesta amabilidad y paciencia!

Al escuchar todo esto, la joven Liliana le creyó al demonio y renunció a su fe. Al mismo tiempo, su salud empeoró, y pronto estuvo a las puertas de la muerte.

Al enterarse de su condición por un vecino, uno de los setenta y dos discípulos de Nuestro Señor Jesús la visitó. Al encontrarla tan enferma, trató de hablar con ella y ayudarla a prepararse para el final que se acercaba. Pero ella no lo escucharía. Cuanto más trataba de hablar, más se detenía ella y le pedía que se fuera de su casa. Al darse cuenta de que la niña estaba en gran peligro, el discípulo inmediatamente buscó al Apóstol San Juan para contarle sobre la difícil situación de Liliana. San Juan se dirigió rápidamente a la casa de la niña y, al entrar, vio a la pobre criatura acostada en su cama rodeada de legiones de demonios.

Al ver a San Juan, los demonios se retiraron, pero aún así, el Apóstol no pudo hacer nada para convencer a Liliana de que volviera a su Fe. Tan pronto como San Juan se fue, todos los demonios regresaron, atormentando a la pobre niña y asegurándose de que permaneciera en sus garras.

Muy preocupado, San Juan no perdió tiempo en visitar a la Santísima Virgen, que vivía en Jerusalén, para contarle sobre Liliana y el peligro en el que se hallaba.

Nuestra Señora visitó a la pobre niña en su cama, la que sufría terriblemente, y estaba nuevamente rodeada de horribles demonios. Se postró en el suelo y le suplicó a Dios que salvara esa alma atormentada. Después de haber rezado, la santa Señora llamó a uno de los ángeles que siempre la acompañan y le ordenó ir donde la joven para tratar de hacer lo posible para que ella volviese a sus sentidos. El ángel obedeció de inmediato y pronto regresó.

«Mi Señora, regreso de la tarea de ayudar a esta joven en su peligro mortal, como tú, Madre de la Misericordia, me lo has mandado. Por desgracia, su corazón es tan duro, que no ha querido escucharme. He luchado contra los demonios pero se resistieron a dejarla es paz, diciendo que, por derecho, esta alma pertenece les pertenece porque ella se entregó a ellos voluntariamente. Dios no me ha permitido cumplir tu voluntad. Lo siento, mi Señora, pero no puedo darle este consuelo.

La madre amorosa estaba muy triste por esta noticia pero, siendo verdaderamente nuestra madre, no se daría por vencida con esta pobre niña. Una vez más, con la cara en el suelo, suplicó a Dios Nuestro Señor que librara a esta pobre alma de las garras del diablo.

Aunque no obtenía respuesta de su Hijo  en el cielo, la Santísima Señora sabía que tenía que ayudar.  Dirigiéndose a San Juan entonces, ella dijo:

«Ven conmigo hijo. Yo mismo voy a ayudar a este joven paloma que está tan engañada».

Cerrando la puerta del Cenáculo detrás de ellos, se dirigieron a la casa de la niña, que no estaba lejos de allí.  De inmediato varios  ángeles aparecieron ante ellos y bloquearon su camino.
La Santa Madre les preguntó por qué hacían semejante cosa y esto le respondieron:

«No hay razón para que podamos permitirte caminar, mi señora, cuando podamos llevarte».

Diciendo esto, hicieron un trono de nubes brillantes y colocaron a Nuestra Señora en el. Así la llevaron directamente a la cama de Liliana. Tan pronto como apareció la Santísima Dama
en la sala, los demonios se apresuraron a salir, tan así que en su huida, se tropezaban entre ellos. La poderosa reina les ordenó regresar al infierno y permanecer allí hasta que ella les diese permiso para salir. Así ordenados, no podían hacer nada más que obedecer.

María se acercó a la niña. Tomando su mano y llamándola por su nombre, le habló con dulces palabras de vida. Inmediatamente, la niña se sintió mejor y renovada.

«Mi señora. Una mujer vino a mí y me dijo que los discípulos de Jesús eran engañosos  y que mejor me separe de ellos y de ti. También me dijo que si aceptaba su fe, me ocurriría una gran desgracia».

La reina respondió:

«Mi hija, la que te pareció que era una mujer, era tu enemigo, el diablo. Yo vengo en el nombre del Altísimo para darte vida eterna. Regresa, entonces, a la verdadera fe, y confiesa con todo tu corazón a Jesús como tu Dios y Redentor. Adóralo y pídele que te perdone tus pecados. Recuerda que los únicos castigos que realmente se temen son los del infierno, a los cuales el demonio quiere llevarte».

La pobre niña pronto estaba llorando y lamentaba mucho lo que había hecho. Le rogó a la buena Dama que la llevase de regreso a la Iglesia. La Santísima Madre llamó a San Juan para administrar los sacramentos a la niña moribunda. Repetir los actos de contrición y amor e invocar a Jesús y María.

Así, la niña moría feliz en los brazos de la buena madre. La gran dama se había quedado con ella dos horas para evitar que vuelvan los demonios. Su ayuda fue tan completa que no solo  restauró a la niña y le aseguró la eternidad, sino que también compensó su Purgatorio con Sus propias oraciones.

Tan pronto como Liliana exhaló por última vez, la gran Reina entregó su alma a uno de los doce ángeles que son los guardianes especiales de todos aquellos que tienen devoción a María y le ordenó que la entregara al cielo.

Entonces, mis queridos amigos, cada vez que digamos el Ave María y pronunciemos estas las palabras «ruega por nosotros ahora, y a la hora de nuestra muerte», recordemos esta historia y pidamos a la Bendita Madre con todo nuestro corazón, que esté con nosotros y nos asista también en aquella hora. Mejor aún, si somos fieles devotos de Ella a lo largo de nuestras vidas, esta Madre, que es tan dulce madre con los niños y tan terrible para el diablo como un ejercito en orden de batalla, vendrá ella misma a llévanos a su Hijo y a la felicidad eterna.

Fuentes

Publicado originalmente en la revista Crusade en Enero del año 2000
Traducido por Proyecto Emaús.